Martes, 28 de julio de 2026
EDUCACIÓN SUPERIOR Y DESIGUALDAD

La universidad enfrenta una grave crisis de confianza

¿Quién puede permitirse estudiar? ¿Quién decide qué jóvenes acceden a cada universidad? ¿Y qué queda de la libertad académica cuando las instituciones educativas se convierten también en espacios de poder ideológico? El sociólogo y primer catedrático Príncipe de Asturias Jesús M. De Miguel propone una "agenda pública" para "recuperar la confianza en la universidad" porque "mientras persista el sistema actual, lo único que se consigue es una polarización de la población y una división en clases sociales hereditarias".

Jesús M. De Miguel Jesús M. De Miguel 5 de mayo de 2026
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El pasillo de una biblioteca en una universidad. | Unsplash / Will Grobbelaar
El pasillo de una biblioteca en una universidad. | Unsplash / Will Grobbelaar
Estos días miles de jóvenes estudian para los exámenes de selectividad, la famosa EBAU —Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad—, también conocida como las PAU —Pruebas de Acceso a la Universidad—. Bastantes de estos jóvenes se preguntan si lo conseguirán y si merece la pena el esfuerzo, como explicaba Miguel A. García Vega en El País.

Las universidades juegan un papel importante en las sociedades democráticas actuales. En los regímenes autocráticos, las universidades son sistemas de adoctrinamiento, de control y de represión. En las democracias, tienen la misión de formar a la ciudadanía, de permitir "pensar lo impensable" y de debatir sobre todo lo que es humano. Para producir investigación y docencia, hay que asegurar la libertad de pensar creativamente. Es lo que se considera critical thinking, la principal misión de la educación superior. Pero eso supone cometer errores. También incluye desafiar los sistemas de valores establecidos. Conviene dedicarse al conocimiento aunque no tenga resultados prácticos inmediatos, lo que se denomina "investigación básica".

Es el modelo que se llama liberal arts education, que revaloriza el concepto de curiosidad intelectual. En la educación de grado, los primeros cuatro años, no conviene ser demasiado prácticos. Es difícil saber qué conocimientos se van a necesitar en el futuro. Dedicar cuatro años al pensamiento difuso es el éxito de la educación "superior". No hay nada más práctico que una buena teoría. Mejor aún: lo importante es ser capaz de incorporar dos teorías contradictorias sin angustiarse. La juventud tiene cuatro años para poder aprender todo eso.

"Todavía hay en España instituciones educativas superiores donde el profesorado que se divorcia sabe que pierde su puesto de trabajo"
En la universidad, el valor fundamental es la libertad académica. Asegura al profesorado que su puesto de trabajo no depende de las ideologías del centro, ni de la dirección del departamento, ni del rector, ni de las directrices políticas del país. El profesorado debe estar seguro de que puede expresar libremente sus opiniones e ideologías. Todavía hay en España instituciones educativas superiores donde el profesorado que se divorcia sabe que pierde su puesto de trabajo y que debe irse a otra institución. A su vez, el alumnado debe estar protegido para expresar sus dudas, opiniones, ideas, creencias y protestas de forma pacífica.

La libertad académica es un tema especialmente sensible en España, pues los largos años de la dictadura de Franco supusieron la depuración de los mejores profesores progresistas del país, su persecución, exilio e incluso muerte. Somos, pues, los herederos de una historia de represión. Después de la Guerra Civil —y durante cuatro décadas— se produjo una amplia autocensura, necesaria para sobrevivir. En educación superior, la dictadura militar solo permitió la creación de algunas universidades privadas si eran religiosas, católicas, como Navarra, la Pontificia de Salamanca o ICADE, mientras que otras instituciones católicas, como Deusto, venían de antes.

La tendencia de las universidades suele ser preservar la situación existente y la estratificación de la sociedad. La universidad es —y forma a— una élite que defiende la "meritocracia", el poder de los más listos, y refuerza así la herencia social. Pero todo eso suele chocar con las tendencias igualitarias de las democracias modernas. En el plano popular se produce a veces un cierto antiintelectualismo, o incluso escepticismo sobre la educación. En realidad, los exámenes de las PAU y las notas de bachillerato son una medida imperfecta de la productividad académica y profesional. Muchas personas no confían en ese sistema de clasificación. Se dice que hay que esperar veinte años para medir adecuadamente el impacto de una educación.

Pérdida de confianza en la universidad

La confianza en la universidad disminuye cada año. Hay por lo menos tres razones para este declive, que se observa en muchos países:

En los últimos años decrece, en todo el mundo, la confianza en la autoridad; en varios tipos de autoridad. Se confía cada vez menos en los maestros, los profesores de universidad, la ciencia, el Estado, los partidos políticos, el Congreso, los periódicos, la televisión, las empresas, los negocios e incluso en la inteligencia artificial (IA) y los algoritmos.

Una parte de la población considera que la educación es una inversión económica —y de esfuerzo— dudosa. ¿Para qué tanto estudiar e ir a la universidad si luego no hay empleos dignos para esos jóvenes ni salarios adecuados? No pueden ni comprar una vivienda.

Impacta la errática política de Donald Trump contra algunas de las mejores universidades del mundo, a las que acusa de wokismo y de antisemitismo. Las amenaza con retirarles la financiación federal. J. D. Vance llegó a titular una conferencia de 2021 "The Universities Are the Enemy". Sobre el ataque a Harvard, véase también Nathan J. Robinson, "Abolish Harvard", en Current Affairs.

Se requiere un proceso de autorreflexión de las universidades y un debate de la población sobre la confianza en el sistema educativo. ¿Qué universidades del mundo están reformándose seriamente para aumentar la confianza en esta institución? Son sobre todo las universidades más importantes del mundo, entre ellas las de la Liga de la Hiedra, Ivy League, que además son —de manera ejemplar— las más atacadas por Trump. En Europa también Oxbridge, Oxford y Cambridge, y la London School of Economics and Political Science (LSE).

"La evidencia es el declive de la confianza de la población en la educación superior, común a otros muchos países"
Acaba de aparecer el informe de la Universidad de Yale, en Estados Unidos, sobre la confianza en la educación superior: Report of the Yale Committee on Trust in Higher Education. Es un informe excelente y esencial. Merece ser leído y estudiado con detenimiento. En Estados Unidos es un momento peculiar debido a los problemas entre el Gobierno republicano y las universidades. La evidencia es el declive de la confianza de la población en la educación superior, común a otros muchos países. Es un problema real y urgente que debe ser debatido… y solucionado. Pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

La falta de confianza es un problema subjetivo, aunque real. Otros problemas pueden ser más cuantificables. El coste de la educación superior es cada vez más alto, y la situación empeora aún más con la privatización de las instituciones educativas. Segundo, el sistema de admisión en la universidad es dudoso. Se ofrece poca información de cómo se realiza y de las proporciones de estudiantes según su excelencia académica. Tercero, no se protege suficientemente la libertad de expresión en las universidades, tanto del estudiantado como del profesorado. Cuarto, la ideología de la derecha radical de "los nativos primero" discrimina contra las minorías. Sin embargo —y es una noticia optimista—, en los países avanzados hay ya más mujeres que varones en la universidad. Eso representa una gran conquista social.

Se supone que la universidad debe reforzar la "meritocracia", dando más recursos, salario y poder a quienes acumulan más mérito. Se justifica alegando que la universidad debe formar líderes, personas que van a mandar en la sociedad, que dedicarán su vida a solucionar los problemas económicos y sociales de la población vulnerable. Conviene leer el excelente libro del español Emilio J. Castilla, The Meritocracy Paradox: Where Talent Management Strategies Go Wrong and How to Fix Them. Castilla es catedrático de management en el MIT. Luego, la realidad es diferente. La mayoría de estos líderes acumulan riqueza y consiguen que sus hijos e hijas hereden los mismos privilegios. El sistema está lleno de trucos y estrategias para favorecer a la descendencia de estas clases altas.

Coste de la educación superior

El coste de la educación superior aumenta a mayor velocidad que el coste de la vida y que los recursos de la mayoría de las familias. A su vez, la educación se alarga. Para profesionalizarse, ya no parece suficiente la educación de grado, y se exige cursar un máster. Esto incrementa el coste familiar. Además, la educación de máster está más privatizada y es más costosa, por no mencionar que el ideal es estudiar en el extranjero.

En España, el número de universidades aumenta, mientras que las públicas están estancadas tanto en número como en presupuestos. Las comunidades autónomas gobernadas por la derecha no están interesadas en la educación pública, sino en crear más universidades privadas para sus amigos. Supuestamente es un buen negocio, al menos desde el punto de vista ideológico. Pero el número de familias en el país que pueden pagar la educación superior privada no aumenta sensiblemente. Así, la competición entre universidades privadas es cada vez mayor y el gasto en propaganda aumenta. Este desequilibrio se atenúa porque actualmente las familias tienen menos descendencia y seguramente más capacidad de invertir recursos en esos pocos hijos e hijas. Ahora también ayudan a pagar la universidad los abuelos y abuelas. Tradicionalmente se invertía más en la educación privada de los hijos varones. Eso sigue siendo cierto.

El coste de la educación superior aumenta a pesar de que las instituciones que se dedican a ella suelen ser públicas, o privadas pero sin ánimo de lucro. Esta ausencia de lucro se debe cuestionar. Por ejemplo, en España muchas de las universidades privadas son católicas y defienden una ideología conservadora. Además, la existencia de universidades privadas en una ciudad supone una influencia —y un poder— dentro de la comunidad. Que a veces sean supuestamente sin ánimo de lucro no significa que sean neutras ni inocentes.

"Se trata de que los estudiantes, durante los cuatro primeros años, puedan vivir independientes de los recursos familiares. Solo así es posible reducir la discriminación social y las altas tasas de dependencia juvenil"
El modelo al que se tiende modernamente en las sociedades avanzadas es el de precios altos de matrícula, junto a becas y ayudas para las familias con menos recursos. Pero estas becas deben cubrir todo: matrícula, residencia, manutención, viajes y transporte, compra de libros, gastos de estudio y gastos personales. Al estilo norteamericano, el estudiantado vive en el campus, en residencias de la universidad, los colleges, y tiene cubiertas todas sus necesidades vitales durante cuatro años. No se trata, pues, como en España, de una mera matrícula gratuita, sobre todo en instituciones públicas, que supone poco dinero. Se trata de que los estudiantes, durante los cuatro primeros años, puedan vivir independientes de los recursos familiares. Solo así es posible reducir la discriminación social y las altas tasas de dependencia juvenil.

Las mejores universidades estadounidenses pueden suponer un coste total cercano a los 90.000 dólares por año de estudios por persona, una cantidad absolutamente prohibitiva para las familias españolas. Las familias con ingresos inferiores a 200.000 dólares anuales obtienen matrícula gratuita para sus hijos e hijas, y las familias con ingresos inferiores a 100.000 dólares tienen cubiertos por la beca todos los gastos, incluyendo residencia y alimentación. Paga el Gobierno federal, el estado, la propia universidad o fundaciones, o los cuatro. Así, la educación está abierta a todo tipo de personas e incluso etnias. Es el modelo de altos precios pero ayudas muy generosas, que Yale ha reforzado para las familias con ingresos inferiores a 200.000 dólares, según Yale News. Igual que en España, el problema es que muchas familias —y estudiantes— no están informadas, o simplemente no creen, de antemano, que existan esos programas de ayuda. Por tanto, es importante que la información de becas se difunda antes de que las personas tomen decisiones. La típica equivocación es pensar que "no vale la pena estudiar" y que puede ser mejor jugar al fútbol.

En España, y en otros países, algunos jóvenes sueñan con irse a estudiar al extranjero. Creen que en esos países hay becas y podrán sobrevivir. No suelen ser decisiones académicas, porque los estudios sean mejores, sino de supervivencia y de deseos de libertad: no aguantan más a sus padres. No se tiene confianza en el propio sistema educativo superior. En parte porque no se conoce o no se está informado. Las universidades no publican sus tasas de admisión, proporción de becarios, cuantía de las becas, diversidad del alumnado universitario ni datos reales de salidas profesionales. A veces lo que se publica es pura propaganda. Las universidades privadas aseguran en la prensa que "hay becas" o que "el 90% de los egresados consiguen empleo en seis meses". Pero no proporcionan datos exactos ni fiables.

Crecientemente, algunas familias optan por conseguir préstamos bancarios, por ejemplo, para enviar a sus hijos a la universidad. Pero esta conducta choca con una desconfianza generalizada sobre la educación superior. En el imaginario familiar, lo importante no es que su hijo o su hija aprenda, sino que consiga luego un empleo. Por eso los anuncios, indemostrables, de que los egresados de las universidades privadas consiguen empleo gracias a la educación recibida en su institución son tan llamativos. Las familias acomodadas desean que sus vástagos consigan empleo, se casen y compren vivienda. El progreso del conocimiento, la investigación básica, la población en situación de pobreza o el debate de la ciencia les deja indiferentes.

Consecuencias del proceso de privatización

Resulta necesario abordar la privatización de la enseñanza universitaria. En España existen dos sistemas paralelos que asisten a dos clases diferentes de familias. Están los colegios privados y concertados para las clases "pudientes" —esta expresión castiza es estupenda— y la educación pública para el resto, incluyendo migrantes. La privatización empieza por la estructura de colegios frente a escuelas. Igualmente, hay universidades privadas para las familias con muchos recursos económicos y públicas para jóvenes listos pero sin dinero.

En España, el sistema privado se adelanta al ciclo de las PAU, admitiendo estudiantes unas semanas antes de que realicen las pruebas de selectividad. Las familias acomodadas consiguen así que sus hijos e hijas tengan una plaza en una universidad privada antes de que se evalúe su competencia académica, o con independencia de las notas del examen. Pero eso les cuesta muchos recursos. Sorprende que esa política discriminatoria sea utilizada por universidades católicas españolas.

"Las universidades privadas en España nunca informan de qué porcentaje de estudiantes admiten ni qué criterios utilizan para la admisión"
Incluyo aquí como ejemplo cuatro universidades españolas, sin identificar, que realizan los procesos de admisión para estudiantes en primavera. Se adelantan, pues, a los exámenes oficiales de selectividad, que suelen ser en la primera semana de junio. En las universidades privadas, las pruebas de admisión, más que exámenes, son un simulacro, a veces meramente una entrevista. Preguntas reales del examen de admisión son: "¿Cuál es para ti el invento más importante de la historia?" y "¿Cómo sería el mundo si todos hablásemos el mismo idioma?". Las universidades privadas en España nunca informan de qué porcentaje de estudiantes admiten ni qué criterios utilizan para la admisión. Seguramente admiten a todos los que puedan pagar. Para asegurar la permanencia de esos futuros estudiantes, se les obliga a abonar ya en primavera una "reserva de plaza". En estos casos son más de 2.500 euros. Con ese truco se garantiza alumnado cuyas familias puedan luego pagar durante cuatro o cinco años:

Universidad A:

Admisión con entrevista, sin examen: marzo de 2026.
Para formalizar reserva: hay que pagar 3.950 euros y decidir en dos semanas.
Coste de matrícula del primer año: 14.000 euros.

Universidad B:

Examen de admisión: marzo de 2026.
Para formalizar reserva: 2.500 euros, en dos semanas.
Coste de matrícula por año: 13.200 euros.

Universidad C:

Examen de admisión: mayo de 2026.
Para formalizar reserva: 3.195 euros, en dos semanas.
Coste de matrícula por año: 18.500 euros.

Universidad D:

Tres exámenes/entrevistas de admisión: mayo-junio de 2026.
Para formalizar reserva: 3.000 euros.
Coste de matrícula por año: 30.000 euros.

Todas estas cantidades no incluyen residencia ni alimentación; solo la docencia. Antes de que se realicen las pruebas oficiales de selectividad en todo el país, las clases pudientes ya han asegurado una plaza para sus hijos e hijas en universidades privadas. Estas universidades no eligen a sus estudiantes por su mérito académico, sino por su disposición a pagar. El detalle decisivo es que todo este sistema funciona antes de que los hijos se examinen de las PAU. Estas cantidades de matrícula anual, entre 13.200 y 30.000 euros, hay que compararlas con la matrícula oficial en universidades públicas de prestigio como la Universidad Carlos III de Madrid o la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona, que suponen unos 1.400 euros anuales para un doble título. Son, pues, entre nueve y veintiún veces más caras en la privada. En esas universidades públicas, una carrera de grado puede costar 5.600 euros.

El grado supone en todos los casos un mínimo de cuatro años, y si es doble titulación, cinco años. En las universidades privadas, las opciones más baratas son al menos entre 52.800 y 120.000 euros, solo de matrícula, aunque puede ser más, pues hay subidas anuales en el precio de matriculación. ¿Cuáles son las familias que pueden pagar esta cantidad? Muchos de estos estudiantes, para profesionalizarse, deben realizar después un máster. La mayoría de másteres en España están también privatizados y cuestan aún más dinero que el grado. España está creando un sistema educativo "superior" que es dicotómico socialmente. En realidad, es de tres tipos, pues además están los jóvenes que ni siquiera llegan a la universidad.

"El mérito académico no suele ser lo importante, ni el pensamiento crítico, sino la perpetuación familiar de privilegios"
De forma gradual, las universidades dividen a los jóvenes en dos clases. No se trata de que la educación sea muy diferente, pero sí lo es ideológicamente. Las familias conservadoras huyen de un profesorado universitario de izquierdas y woke. No quieren que sus hijos e hijas se metan "en líos". En España, la mayoría de las universidades privadas que son además religiosas, católicas, dependen del obispado, de los jesuitas, de otras órdenes religiosas o del Opus Dei. No son instituciones sin ánimo de lucro, sino claramente ideologizadas. Esas instituciones —afirman— forman a los líderes del mañana. Se cierra así un círculo discriminatorio claramente negativo. El mérito académico no suele ser lo importante, ni el pensamiento crítico, sino la perpetuación familiar de privilegios. En la sociedad actual, la familia y el sistema educativo —y muy especialmente la universidad— suponen los dos sistemas más eficaces de herencia social.

Hay dos formas de neutralizar esto: primero, fijando por decreto las fechas de admisión —en todas las universidades, privadas y públicas— tras las pruebas de las PAU y nunca antes; y segundo, mediante un sistema eficaz de becas incluso en el sistema privado. Se eliminaría así la llamada "reserva de plaza". Mientras persista el sistema actual, lo único que se consigue es una polarización de la población y una división en clases sociales hereditarias cada vez más inaguantable. Ese sistema es esencialmente injusto.

Sistema de admisión

Algunas de las universidades más selectivas del mundo rechazan a alrededor del 96% de los jóvenes que solicitan admisión. Se supone que el criterio de admisión debe ser puramente académico. En España, la admisión a universidades y carreras depende de las PAU, que incluyen un 60% de la media de notas de bachillerato y un 40% del examen de selectividad. Los colegios privados recurren a una inflación de notas, subiendo así la media, mientras que los institutos públicos son más exigentes. Así se marca la diferencia en el futuro. Además, la transparencia en admisiones no es muy clara. Las universidades privadas construyen una clase, y son "más que un club". De forma explícita aseguran que forman líderes imprescindibles para la sociedad.

La variedad del estudiantado y del profesorado es un valor estimable de la universidad. La igualdad de oportunidades es esencial para la transmisión de la ciencia y para realizar investigación científica o artística. Actualmente, hay más mujeres que varones en las universidades. Sin embargo, hay diferencias esenciales por carreras y profesiones. Las carreras con mejores salarios son para los varones. Las carreras en que hay que "cuidar" se han feminizado, como sucede en todas las carreras sanitarias: Medicina, Farmacia, Veterinaria. En las universidades privadas hay más varones estudiantes, pero más mujeres entre el profesorado.

Pluralismo intelectual en el aula

La mayoría del profesorado universitario se identifica con posiciones democráticas y de izquierdas. Esto pone nerviosas a las familias conservadoras por la posibilidad de que los profesores adoctrinen a sus hijos. Prefieren pagar mucho dinero y enviar a sus hijos a universidades privadas y religiosas. Ciertamente, algunos partidos políticos de izquierdas se han originado en universidades públicas. A su vez, la derecha radical no es actualmente bien recibida en esas instituciones. La confianza en la universidad es más baja precisamente entre las familias más conservadoras. Nunca se creen que sus vástagos sean educados de forma neutral.

Algunos asuntos esenciales de la sociedad contemporánea no aparecen en las asignaturas de esas universidades. Son temas relacionados con mujeres, violencia, etnicidad, minorías, democracia, secularización y sexualidad. Prefieren una tendencia hacia la conformidad intelectual e ideológica. Pero sabemos que la diversidad sigue siendo esencial para la docencia y la investigación de calidad.

"En las aulas abiertas en que se permiten móviles y ordenadores, muchos estudiantes en clase parecen idos; están presentes, pero su mente navega por el espacio"
El profesorado siente que su prioridad es la investigación y no la docencia. Es evaluado y promocionado sobre la base de la investigación que realiza. Se debilita, pues, uno de los elementos fundamentales de la misión de la universidad. Al mismo tiempo, el alumnado ayuda poco a estimular al profesorado. En las aulas abiertas en que se permiten móviles y ordenadores, muchos estudiantes en clase parecen idos; están presentes, pero su mente navega por el espacio. Son definidos como una "generación ansiosa". Me refiero al libro del catedrático Jonathan Haidt The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness. Hay que recuperar el valor del pensamiento y el debate en las aulas presenciales. En una línea similar, hay que prever el papel de la IA tanto en la docencia como en la investigación.

La agenda pública

La universidad requiere una puesta a punto, un reset. Es ya una demanda desde el libro más importante sobre la universidad, publicado en 1963, pero con varias ediciones posteriores: Clark Kerr, The Uses of the University. A su vez, Kerr, rector de la Universidad de California, prologa la versión en inglés del libro de Ortega y Gasset sobre la universidad. Pero ¿quién controla a las universidades privadas en España? ¿Cómo se van a controlar las estrategias que realizan para quedarse con las familias que pueden pagar más por la educación superior? Las ideas anteriores llevan a recomendaciones de lo que conviene hacer en esta próxima década. Son recomendaciones que requieren una agenda pública. En primer lugar, hay que volver a leer Misión de la Universidad, de José Ortega y Gasset. Ortega ya pensó en algunas de estas recomendaciones.

Todo el estudiantado debe ser clasificado y admitido en las universidades y carreras según una demostración objetiva de su conocimiento académico. No se debe permitir que los estudiantes sean aceptados antes que los demás por las universidades privadas simplemente pagando una reserva de plaza antes de las pruebas de selectividad.

Toda reforma debe tener en cuenta la misión original de la universidad. Se trata de crear, diseminar y preservar el conocimiento a través de la docencia y la investigación. Lo demás es accesorio. Lo de educar líderes es un mito.

Hay que proteger al máximo la libertad de expresión, así como el pensamiento crítico. En una democracia es esencial el derecho a pensar diferente. Incluso el derecho a poder pensar lo impensable. También el derecho al debate intelectual. Esto supone además el derecho a la protesta pacífica dentro y fuera de la universidad. La universidad debe promover debates abiertos en el campus.

Paralelamente, se requiere libertad académica para el profesorado. Incluye la libertad en la investigación, la docencia en las clases, la elaboración del programa y la discusión dentro del campus, sin censura por parte de la administración universitaria ni del Estado. La universidad debe asegurar la diversidad en los planes de estudio y en los programas de las asignaturas. Debe organizar la presencia de perspectivas poco representadas, incluso de metodologías alternativas. Una forma es atraer profesores visitantes o invitados con puntos de vista diversos.

La educación debe reducir los precios para las familias, tanto en el sector público como en el privado. Esto debe extenderse a todas las familias. Hay que garantizar matrícula gratuita a las familias con menos ingresos. Además, hay que informar del coste de toda la carrera contando con inflación y elevación de precios. Esto debe incluir el grado, el máster y otros títulos profesionales. Asimismo, hay que informar de becas con antelación a las fechas de matriculación, para que las familias puedan tomar decisiones adecuadas. La tendencia debería ser que la matrícula fuese gratuita para todo el estudiantado de las universidades públicas.

Las tasas de admisión en todas las universidades, públicas y privadas, deben depender de los méritos académicos y nunca del dinero que puedan pagar los familiares de los estudiantes. Estas tasas deben ser comunicadas y publicadas. Lo mismo con la distribución de becas y su cuantía exacta.

Del mismo modo, hay que favorecer áreas —carreras o seminarios— amplias de docencia que incluyan las ciencias, las ciencias sociales, las humanidades e incluso las artes para que cada estudiante adquiera una formación plural e inclusiva. Esto puede ser atacado como una formación poco práctica o difusa, pero lo cierto es que es imposible prever el conocimiento que va a ser necesario en el futuro. Los cambios de la tecnología moderna y de la inteligencia artificial van a ser considerables. El conocimiento amplio y abstracto es una buena estrategia. Es lo que internacionalmente se denomina liberal arts education.

Las universidades no deben ser torres de marfil. Conviene que su actividad se extienda a otras universidades, escuelas y a la comunidad. Deben desarrollarse programas de colaboración con los sectores público y privado. También hay que organizar educación a distancia y en línea. Conviene experimentar con sistemas para hacer accesibles a toda la sociedad el conocimiento y los recursos de la universidad. Otra forma son los programas de verano.

Hay que volver a la misión de la universidad, que es diseminar el conocimiento y la investigación. El aula debe ser el centro de la experiencia. Es imperativo elevar el nivel de atención dentro del aula, el debate intelectual y la curiosidad. Hay que eliminar distracciones dentro del aula, como estudiantes conectados con el mundo exterior. Conviene, pues, no autorizar el uso de teléfonos móviles, tabletas u ordenadores en el aula. Hay que favorecer el intercambio activo entre estudiantes, libres de pantallas.

Se observa recientemente un énfasis excesivo en la especialización —en asignaturas y carreras— y en el conocimiento práctico. Se recomienda incluir en las carreras, especialmente en el primer año, contenidos generales básicos como el debate sobre el futuro de la democracia, la estructura del gobierno, la vida pública, así como los retos científicos y tecnológicos. Además, es importante educar en investigación ya desde el primer año de carrera, de grado. Algunos alumnos deben colaborar desde el principio en investigaciones dentro del campus.

Muchas de estas recomendaciones públicas requieren mayor transparencia e información. Tanto lo que se hace como lo que se propone debe comunicarse al profesorado y al alumnado. También debe ser publicado con datos claros y exactos. Esto es imprescindible si se desea elevar la confianza de la población —y de las familias— respecto de la universidad y sobre el futuro de la educación superior. España tiene más recursos. Estaría bien que los utilizara.

Agradecimiento. Agradezco al catedrático Xavier Coller, de la UNED, el envío de material de la Universidad de Yale para este artículo, así como sus ideas.
Jesús M. De Miguel
Jesús M. De Miguel
Doctor en Sociología y Ciencias Políticas
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense y en Sociología por la Yale University. Ha ocupado la Cátedra de Estudios Españoles Príncipe de Asturias en la Georgetown University, Washington D. C.
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