

Vivimos en un mundo grande y diverso; cada vez más rico, pero desigual. Los frutos del desarrollo no se han redistribuido bien entre la población. Incluso nos hemos acostumbrado a que sea así, a pesar de que la desigualdad extrema no es un fenómeno reciente. Tras dos siglos de crecimiento económico global, la desigualdad extrema persiste. Que el mundo sea más desarrollado y productivo supone un progreso. El problema es que cada vez es mayor la desigualdad económica entre ricos y pobres y, además, la concentración de la riqueza en un grupo cada vez más reducido de personas es enorme. No solemos preocuparnos por conocer los datos exactos de estas desproporciones. Pero la disminución de la desigualdad —que se produce en pocos países— es una característica esencial de la democracia política. La desigualdad global aumenta... pero no en España.
En el fondo, se debe hablar de desigualdades —en plural— porque hay varios tipos. Lo habitual es pensar en la desigualdad económica, ya sea de ingresos anuales o de riqueza. Pero también están la desigualdad entre países del mundo, las diferencias climáticas y sus azares, las desigualdades derivadas de los distintos regímenes políticos, las desigualdades urbanísticas y, sobre todo, la discriminación de género, que retrasa la igualdad efectiva de las mujeres y cuya paridad todavía no se ha conseguido en ningún país.
"En los últimos años, los indicadores sugieren una reducción moderada de la desigualdad en España, en un contexto de ciclo económico favorable y de políticas redistributivas acertadas"España es, en este contexto, una historia de éxito. Mantiene una desigualdad económica moderada, típica de Europa, y en la última década esa desigualdad ha logrado una cierta reducción. Coincide con el ciclo de Gobierno progresista iniciado en 2018, lo que seguramente tiene algo que ver con esa disminución de la desigualdad en la población. En los últimos años, los indicadores sugieren una reducción moderada de la desigualdad en España, en un contexto de ciclo económico favorable y de políticas redistributivas acertadas —por ejemplo, el salario mínimo y las transferencias—, aunque esto requiere un análisis específico. España mejora además en igualdad de género. En la evolución reciente se acerca a la paridad entre mujeres y varones. Todavía queda mucho por hacer, pero el progreso realizado en los últimos años es notable. Además, es uno de los países del mundo con mayor esperanza de vida, especialmente en las mujeres. España es un país en el que merece la pena vivir.
A los científicos sociales de todo el mundo les inquieta la relación entre desigualdad y democracia. Contamos por fin con un informe estadístico detallado titulado World Inequality Report 2026. Es el tercer informe de una serie publicada en 2018, 2022 y 2026. Lo elaboran unos doscientos expertos internacionales y cuenta también con apoyo de la Unión Europea. Reconoce que la población está frustrada por la desigualdad de las estructuras económicas y sociales. Las desigualdades diversas —sociales, económicas, ecológicas, de género y políticas— interactúan entre sí. Piketty llama la atención sobre el movimiento histórico hacia la igualdad que podría desarrollarse en las próximas décadas. El informe incluye un prólogo de Joseph E. Stiglitz —premio Nobel de Economía en 2001— y Jayati Ghosh, profesora de Economía en la Universidad de Massachusetts Amherst. Stiglitz afirma que la desigualdad extrema es evitable.
El mundo se desarrolla, pero cada vez hay más concentración de riqueza en un grupo muy reducido de población: el 0,1% del total. Los ingresos, la riqueza y el poder se concentran en la cima de los países. El 10% de la población mundial posee alrededor de las tres cuartas partes de la riqueza, mientras que el 50% de las personas más pobres —la mitad de la población mundial— apenas posee el 2% de la riqueza mundial. A esa situación de desigualdad se llega, entre otras cosas, por la desigualdad de recursos en educación: la diferencia de inversión por estudiante entre países varía unas treinta y cinco veces.
La primera impresión de la desigualdad es la brecha entre el hemisferio norte y el hemisferio sur. Como se afirma en el prólogo, a escala global "inequality is not destiny, but choice". La desigualdad más llamativa es la económica —ingresos y riqueza—, pero también hay nuevas dimensiones ligadas al clima, al género e incluso a la democracia. La crisis climática, por ejemplo, está estrechamente relacionada con la actual concentración de riqueza. La mujer gana apenas un 32% de lo que obtiene un varón por cada hora de trabajo. Todas estas desigualdades están relacionadas entre sí. Además, son extremas y persistentes. Hay una gran acumulación de recursos en la cúspide de la sociedad y se está produciendo una aceleración de estas desigualdades.
"A escala global, la desigualdad no es destino, sino decisión política: el mundo se desarrolla, pero cada vez hay más concentración de riqueza en un grupo muy reducido de población"El WIR 2026, y este artículo, analiza seis dimensiones interrelacionadas de la desigualdad mundial —y su aplicación al caso español—: las desigualdades geográficas, la estratificación de la desigualdad, las disparidades entre ingresos y riqueza, el cambio social de la desigualdad, la discriminación de las mujeres y las posibles tendencias futuras en factores esenciales como la imposición fiscal, el cambio climático y el futuro de la democracia. Todo ello se analiza aquí utilizando los mejores datos comparativos disponibles en la actualidad.
El informe considera que "el mundo es extremadamente desigual". El tamaño y la población de los países son factores originales de esa desigualdad. El planeta es un tapiz —o un rompecabezas— de piezas diferentes. Bastantes países se enfrentan a un problema doble: ingresos muy bajos y desigualdades muy altas. También hay diferencias entre grandes ciudades y zonas rurales. El supuesto modelo de democracia occidental, que es EE. UU., mantiene niveles muy altos de desigualdad.
Los datos fiables sobre desigualdad se pueden calcular hoy para unos cuarenta países del mundo. En la tabla 1 presento una selección de treinta y dos países distribuidos por continentes y regiones. Se indica la población actual de esos países —en millones de habitantes—, la media de los ingresos mensuales de su población adulta en euros y el nivel de desigualdad económica actual, junto con la tendencia experimentada en la última década, de 2014 a 2024. Hemos construido un planeta en el que los países son muy desiguales. La India —actualmente el país más poblado de la Tierra, con 1.464 millones de habitantes— es, por ejemplo, 244 veces más grande que Noruega, que tiene seis millones. China —gracias a la política del hijo único— es el segundo país más poblado, con 1.416 millones de habitantes, solo un poco por debajo de la India. La muestra excluye países de menos de seis millones de habitantes y los llamados microestados. Incluso con esa restricción, la desigualdad de tamaño y población es evidente.
La segunda columna recoge la media de los ingresos mensuales de la población adulta, en euros. En ingresos económicos la desigualdad es algo menor, pero persiste. Noruega, con 5.598 euros de ingresos al mes, es "solamente" dieciséis veces más rica que Pakistán, con 349 euros mensuales. Las disparidades son evidentes incluso dentro de cada continente. Los países escandinavos tienen ingresos mensuales altos. También los tienen países asiáticos democráticos, como Taiwán —con 4.077 euros al mes—, Corea del Sur y Japón. Las grandes potencias muestran ingresos variados: EE. UU., 3.947 euros mensuales por cada adulto; Rusia, 2.294 euros; y China, 1.464 euros.
"Hemos construido un planeta en el que los países son muy desiguales: solo un 12% de los países mantienen una desigualdad baja o muy baja"En la India, en cambio, los salarios medios son de solo 518 euros mensuales. En España —con cerca de cincuenta millones de habitantes— los ingresos mensuales son algo inferiores a los de Francia: equivalen al 88% de los franceses, al 65% de los estadounidenses y al 46% de los noruegos. El tamaño de los países varía mucho, así como los ingresos de sus habitantes. La media salarial es, en realidad, un artefacto estadístico que oculta disparidades enormes.
En la tabla, la desigualdad económica mide la situación actual —año 2025— y la tendencia de la desigualdad en la última década. La desigualdad norte-sur y entre países es importante, pero también lo es la desigualdad dentro de cada país. Solo un 12% de los países mantienen una desigualdad baja o muy baja. La desigualdad más baja es la de Noruega y Dinamarca, dos de los países más democráticos del mundo. Existe una relación positiva entre igualdad y democracia. Más de la mitad de los países de la muestra —el 53%— presentan una desigualdad alta o muy alta: México, EE. UU., Rusia, Sudáfrica, Brasil e India, entre otros. Europa destaca por una desigualdad más moderada, e incluso comparativamente baja. Asia, Latinoamérica y África muestran tasas elevadas de desigualdad. EE. UU. mantiene una gran desigualdad interior, lo que empaña su soft power.
La tabla incluye también una estimación de la tendencia de la desigualdad económica en la última década. Solo en el 28% de los países de la lista la desigualdad decrece algo. En el resto sigue creciendo año a año. España tiene una desigualdad moderada y, además, muestra cierta reducción, asociada seguramente a las políticas de su Gobierno progresista en estos últimos años. En Europa, la desigualdad es baja en los países escandinavos y moderada en el resto. Pero, en la última década, esa desigualdad permanece estable o cambia poco. Solo en Italia —con un Gobierno de derechas— la desigualdad aumenta. En cambio, en España se observa una cierta reducción, lo que son muy buenas noticias. Otros países que reducen algo la desigualdad son Emiratos Árabes Unidos —aunque parten de una desigualdad alta—, Egipto, Argentina y Chile. México mantiene una desigualdad extremadamente alta, pero desciende un poco. Mejoran también Taiwán, Filipinas y Pakistán, aunque en muchos países asiáticos la desigualdad sigue siendo alta. Todo ello demuestra que la desigualdad se puede cambiar; no es un destino inmutable. Muchos de mis colegas internacionales están hoy dedicados a analizarla y a reducirla.
La tendencia que se mide para los cuarenta países abarca de 2014 a 2024. Esa década no es idónea para el caso español, pues solapa un cuatrienio conservador con seis años progresistas. Los datos del World Inequality Report 2026 no permiten fraccionar ese período, pero en el futuro sería útil distinguir mejor —dentro del siglo XXI— entre los Gobiernos conservadores de Aznar y Rajoy y los progresistas de Rodríguez Zapatero y Sánchez.
La desigualdad se estratifica fundamentalmente según los ingresos y la riqueza de las personas. Los ingresos son el flujo anual de renta; la riqueza, en cambio, es el stock —capital mobiliario e inmobiliario, por ejemplo—, y eso pone de manifiesto que la riqueza consolida el poder entre generaciones y entre países. La desigualdad de ingresos es elevada, pero la de riqueza lo es todavía más. En la tabla 2 se comparan ambos factores.
Se distinguen tres niveles: personas ricas, clase media y clase baja. Operativamente, la clase baja puede identificarse con la mitad de la población adulta, el 50% con ingresos más bajos. La clase media equivale al 40% de la población. Es lo que en la sociología española se ha llamado "la sufrida clase media", pues su crecimiento de ingresos es muy bajo —1,0%—, aunque el incremento de riqueza y propiedad es elevado —3,5%—; quizá eso ayude a explicar parte de su descontento. Todo indica que la clase media es la que menos se ha beneficiado del progreso y la que más se ha estancado.
Los ricos —uso aquí el término en sentido genérico, referido a mujeres y varones, aunque entre las grandes fortunas predominan los hombres— representan operativamente el 10% de la población. Una de las enseñanzas principales de los estudios recientes es que, para entender la concentración de ingresos y riqueza, hay que diferenciar entre el 10% más rico, el 1% y, más aún, el 0,1%. La población adulta del planeta ronda los 5.600 millones de personas. La mitad más pobre suma 2.800 millones; el 10% más rico, 556 millones; el 1% más rico, unos 56 millones; y el 0,1% se reduce a 5,6 millones. Esa estratificación explica en buena medida la concentración contemporánea de riqueza y poder.
En ingresos, ese 0,1% más rico concentra el 8% de los ingresos mundiales: exactamente la misma proporción que la mitad de la población menos rica. Lo más llamativo es que el 10% más rico concentra más de la mitad de los ingresos del mundo —el 53%—. El 1% más rico obtiene ingresos 120 veces mayores que la mitad más pobre de la población. Ese 0,1% acumula ingresos anuales de unos 2,5 millones de euros. La tabla incluye además el crecimiento anual medio de los ingresos entre 1980 y 2025. Los ricos tienen una influencia creciente y, en muchos casos, llegan a configurar una plutocracia: una situación en la que las personas ricas ejercen una preponderancia decisiva sobre el gobierno del Estado. En 2026 esa influencia es, además, cultural y comunicativa. Todos los grupos crecen, pero sobre todo los más ricos, a un ritmo del 2% anual. La población total aumenta sus ingresos al 1,1% anual. La desigualdad no se debe solo a la distancia entre ricos y pobres, sino también a la distancia cada vez mayor entre los ricos y los superricos.
"La desigualdad no se debe solo a la distancia entre ricos y pobres, sino también a la distancia cada vez mayor entre los ricos y los superricos"La misma tabla compara, en su parte inferior, la distribución de la riqueza, que es siempre más desigual que la de los ingresos. No se trata solo de una desigualdad grande, sino persistente. El 1% más rico concentra el 37% de la riqueza del mundo, mientras que la mitad más pobre apenas alcanza el 2% de la riqueza global. La desigualdad patrimonial es enorme. El 0,1% más rico tiene ingresos anuales de 2,5 millones de euros, pero además conserva una riqueza personal cercana a los 30 millones. La riqueza del 1% más rico —seis millones de euros— es 923 veces mayor que la de la mitad de la población. La riqueza aumenta con más intensidad —3,1% anual— que los ingresos —1,1% anual—: crece casi tres veces más. Se produce así una elevada concentración patrimonial y, además, cada año es mayor. No sabemos cuándo se frenará. Los más ricos aumentan su riqueza al máximo: 3,8% anual, que se va acumulando. A partir del 10% más rico, y cuanto más afinamos en los estratos superiores, mayor es el crecimiento anual de la riqueza. Con los datos disponibles para 1995-2025, las cincuenta y seis personas más ricas del planeta aumentan su patrimonio al ritmo del 8,5% anual.
De estos datos se derivan dos hechos básicos: primero, los ingresos son desiguales, pero la riqueza lo es mucho más; segundo, la riqueza se acumula y se concentra en los estratos superiores. Ambas dinámicas llevan a plantear la necesidad de un impuesto global sobre la riqueza. Si no se frena la tendencia al incremento y a la concentración patrimonial, la situación será explosiva en el futuro.
Otro indicador importante de la desigualdad es el número de veces que la riqueza supera a los ingresos anuales. Estas diferencias aparecen en la tabla 3. Los ingresos medios anuales por adulto varían mucho. Los de Noruega, por ejemplo, son dieciséis veces mayores que los ingresos medios de Pakistán. En Noruega alcanzan 67.179 euros anuales, unos 5.600 euros al mes. Los diez países con mayores ingresos mensuales en 2024 —per cápita, en euros y ajustados por PPP, purchasing power parity— no son exactamente los que solemos tener en mente: Taiwán, EE. UU., Emiratos Árabes Unidos, Holanda, Suecia, Bélgica, Alemania, Australia, Canadá y Arabia Saudí. La lista solo incluye países con más de diez millones de habitantes; Singapur y Mónaco quedarían aún por encima. La corrección por PPP sirve para eliminar las diferencias del coste de la vida entre países.
En Burundi los ingresos mensuales son de 50 euros, y en Yemen, de 59. Las desigualdades son, pues, manifiestas. En la distribución de la riqueza, Europa ha descendido bastante. Los ingresos reflejan sobre todo los salarios del trabajo. También dentro de las grandes potencias las diferencias son notables: EE. UU. registra 47.359 euros anuales por adulto; Rusia, 27.533; y China, 14.396.
España tiene unos ingresos anuales medios de 30.992 euros, algo inferiores a los de Italia y equivalentes al 88% de los ingresos per cápita de Francia. En los países democráticos asiáticos las diferencias también son claras: Taiwán, 48.923 euros anuales por persona; Corea del Sur, 32.509; y Japón, 29.699. Sorprenden los altos ingresos de Taiwán, que incluso superan los de EE. UU.
La riqueza, sin embargo, se distribuye de forma aún más desigual y además se concentra en países concretos. La riqueza por persona en las tres grandes potencias es la siguiente: EE. UU., 264.686 euros por adulto; Rusia, 94.048; y China, 86.462. En España la riqueza concentrada es de 185.267 euros por persona; equivale al 70% de la riqueza per cápita estadounidense. Sorprende de nuevo Taiwán, que alcanza la mayor riqueza per cápita de la muestra, con 373.288 euros por persona: veintitrés veces más que Pakistán, con 15.649 euros.
La desproporción entre ingresos y riqueza se aprecia en la última columna de la tabla. La riqueza equivale entre dos y ocho veces a los ingresos anuales. Las diferencias medias son claras: en China, seis veces; en EE. UU., 5,6; en Rusia, 3,4. En España la diferencia es considerable: la riqueza es seis veces mayor que los ingresos anuales, uno de los factores más altos del mundo. Esa brecha es también elevada en los países democráticos asiáticos —Taiwán, 7,6; Corea del Sur, 6,5; Japón, 5,9— y en el "nuevo mundo": Australia, 6,8; Canadá, 6,1; EE. UU., 5,6.
"La riqueza equivale entre dos y ocho veces a los ingresos anuales, y en España la diferencia es considerable: la riqueza es seis veces mayor que los ingresos anuales"Tanto en ingresos como en riqueza, las diferencias entre países son elevadas y no se explican fácilmente. Reducir la desigualdad económica exige intervenir sobre los ingresos y sobre la riqueza, pero ambas reducciones requieren políticas distintas. La riqueza se oculta y se evade con facilidad. En ambos casos, las clases más altas evitan los impuestos. A menudo, los sistemas fiscales nacionales son en el fondo regresivos. El mundo está lleno, además, de paraísos fiscales, donde los ricos ocultan sus ganancias y sus posesiones.
El análisis decisivo, sin embargo, está dentro de cada país. Para ello puede compararse lo que obtiene el 10% más rico con lo que obtiene la mitad más pobre de la población. En la tabla 4 se presentan ambas diferencias, de ingresos y de riqueza, para los países de la muestra. Se mide así la proporción de ingresos totales del país que acumula el 10% más rico frente al 50% más pobre. En Rusia, el 10% superior concentra el 51% de los ingresos y la mitad más pobre, el 16%. En EE. UU., 47% frente a 13%. En China, 43% frente a 14%.
Las tres son sociedades grandes y muy desiguales. Más aún la India, donde el 10% más rico concentra el 58% de los ingresos y la mitad más pobre, el 15%. En Latinoamérica las diferencias son todavía más extremas: el 50% de la población concentra solo el 8% de los ingresos en Chile y México, y el 9% en Brasil. Las diferencias alcanzan su máximo en Sudáfrica, donde el 10% más rico concentra el 66% de los ingresos y el 50% más pobre solo obtiene el 6%. En Europa las diferencias son moderadas. En España, el 10% más rico concentra el 33% de los ingresos totales, mientras que la mitad de la población obtiene aún el 22%. Las desigualdades son menores en Europa, salvo en Alemania, donde el 10% superior concentra el 38% de los ingresos. Los países más poderosos son, además, más desiguales. O quizá habría que plantearlo al revés: es posible que la desigualdad acelere el acceso al poder. Es una pregunta que merece investigación.
La distancia entre la riqueza del 10% más rico y la de la mitad más pobre se extrema aún más y, además, se acumula. En Rusia, el 10% superior posee el 75% de la riqueza, mientras que la mitad más pobre tiene el 3%. En EE. UU., 70% frente a 1%. En China, 68% frente a 6%. Las diferencias son también considerables en la India —65% frente a 6%—. En Sudáfrica los ricos concentran todavía más riqueza, el 86%. En Latinoamérica, el 10% más rico controla una gran parte de la riqueza total. En Europa la concentración patrimonial también es elevada. En España, el 10% más rico posee el 57% de la riqueza, mientras que la mitad más pobre de la sociedad solo tiene el 7%.
De manera consistente, la reducción de la desigualdad exige dos políticas distintas. La primera: que los más ricos obtengan menos ingresos y, sobre todo, acumulen menos riqueza, o que ambas magnitudes se ajusten mediante impuestos progresivos. La segunda: favorecer que la mitad más pobre obtenga más ingresos y más patrimonio. En ambos casos, una política fiscal adecuada debería reducir las diferencias de ingresos y de riqueza.
"La reducción de la desigualdad exige dos políticas distintas: que los más ricos obtengan menos ingresos y acumulen menos riqueza, y que la mitad más pobre logre más ingresos y más patrimonio"La riqueza privada ha aumentado mucho, mientras que la riqueza pública se contiene y, en algunos casos, incluso disminuye. El mundo es más rico, sí, pero la propiedad de esa riqueza se desplaza cada vez más hacia los individuos y las empresas privadas. Las reservas públicas permanecen paralizadas. Los ingresos del capital aumentan mucho más que los ingresos del trabajo. Y, aun así, la mitad más pobre de la población apenas posee entre el 1% y el 5% del total de la riqueza de cada país. El mundo es más rico, pero también está mucho más en manos privadas.
¿Estamos resolviendo la extrema desigualdad económica en el mundo contemporáneo? Más bien no. La desigualdad continúa y, en muchos casos, incluso aumenta, porque tiende a acumularse. Un indicador combinado consiste en relacionar los ingresos del 10% más rico con los del 50% más pobre. Es la tasa T10/B50, es decir, los ingresos medios del top 10% de la población adulta divididos por los ingresos medios del bottom 50%. Se expresa en número de veces. Las diferencias en 2024 son considerables: EE. UU., 35 veces; Rusia, 32; China, 31.
En España esas diferencias son aproximadamente la mitad: quince veces. En 2024, los ingresos medios del 10% más rico son 103.626 euros PPP, mientras que los del 50% menos rico son 7.039 euros PPP; es decir, 14,7 veces de diferencia. Ese es el desnivel de ingreso medio entre el 10% y el 50% de la población. Basta compararlo con Latinoamérica: Brasil presenta 64 veces de diferencia; Chile, 72; y México, 76. Las diferencias son extremas en Sudáfrica, con 118 veces entre los más ricos y los más pobres. Allí, además, se superpone una fuerte desigualdad étnica.
Las diferencias son grandes, y en algunos casos enormes; pero pueden aumentar o disminuir. En más de la mitad de los países —el 56%— la desigualdad aumenta. Aquí se comparan 2014 y 2024. La pauta general es clara: la desigualdad sigue creciendo. Indonesia incrementa su desigualdad salarial un 35% en la década. Rusia, un 21%. Brasil, un 18%. Sudáfrica aumenta un 15% unas desigualdades ya enormes. El mismo aumento del 15% se observa en Argentina y Corea del Sur.
"En España, en cambio, las diferencias entre ricos y pobres disminuyen: en 2014 eran de 16,4 veces y una década después bajan a 14,7"En España, en cambio, las diferencias entre ricos y pobres disminuyen. En 2014 eran de 16,4 veces y una década después bajan a 14,7. El Gobierno progresista contribuye así a reducir las desigualdades económicas de la población. La disminución es de aproximadamente un 10%, y para una década supone un avance significativo. Además, es la mayor reducción de Europa. También se observa una disminución en otros países del mundo donde las desigualdades iniciales eran muy altas, como Emiratos Árabes Unidos, Chile, México o Taiwán.
La desigualdad de las mujeres es una de las desigualdades básicas de las sociedades actuales. No se está logrando la paridad de género. Una de las desigualdades más persistentes es precisamente la diferencia entre mujeres y varones. Las mujeres obtienen entre la tercera y la cuarta parte de los ingresos del trabajo de los hombres. Y, sin embargo, contribuyen más significativamente al trabajo pagado y al gratuito. Trabajan más y ganan menos. La desigualdad más profunda consiste en que no se contabilizan —ni se pagan— muchas de sus horas de trabajo en el hogar. El trabajo doméstico sigue siendo relativamente invisible y, sobre todo, gratuito. Incluye las tareas del hogar y el trabajo de cuidados, especialmente de niños y ancianos. Si se suman las horas de trabajo económico y doméstico, las mujeres obtienen solo el 32% de los ingresos correlativos de los varones. No solo trabajan más y ganan menos; también poseen menos, acceden menos al trabajo formal y ocupan niveles más bajos. Están, por tanto, más lejos de conseguir las mismas oportunidades y tienen menos poder.
Una primera tarea consiste en incluir las horas de trabajo no pagado en el cómputo total del trabajo. Eso incluye la mayor parte del llamado "trabajo doméstico". Si se contabilizan esas horas, se observa que las mujeres trabajan mucho más tiempo que los varones. Además, muchas mujeres no consiguen un empleo remunerado y, cuando lo consiguen, reciben salarios inferiores. La persistencia de la desigualdad de género es manifiesta, sobre todo si se tiene en cuenta que la tendencia mundial es trabajar menos horas. Europa muestra el menor número de horas trabajadas, seguramente de toda la historia humana. Trabajamos menos, pero el trabajo de la mujer no se ha reducido significativamente. Y esta pauta se reproduce en todos los países.
La desigualdad de género mejora algo en el mundo, pero las mujeres no alcanzan todavía la paridad. Conviene preguntarse si algún día se conseguirá una verdadera relación 50/50 en todos los países. En 2024 no se logra en ninguno. En la tabla 6 se mide la proporción de mujeres dentro de los ingresos totales del trabajo de cada país. Es decir, qué porcentaje del total de ingresos laborales va a parar a las mujeres. La igualdad sería, lógicamente, llegar al 50%. Los ejemplos son expresivos: Rusia, 42%; EE. UU., 40%; China, 35%; India, 16%; y Pakistán, 8%.
"Las mujeres trabajan más y ganan menos que los varones, y la desigualdad más profunda consiste en que no se contabilizan —ni se pagan— muchas de sus horas de trabajo en el hogar"España presenta uno de los porcentajes más altos de ingresos laborales para las mujeres, con un 42% en 2024. Es una proporción similar a la de Francia y Dinamarca, y también a la de Canadá y Australia. España se acerca a la paridad de las mujeres con mayor rapidez que muchos otros países.
Pero lo más importante es la tendencia: cómo cambian esos porcentajes entre 2014 y 2024. En siete de los treinta y dos países de la tabla, la desigualdad de las mujeres empeora. En otros cinco permanece estable, aunque siga siendo desigual. Es decir, en más de un tercio de los países —el 38%— la desigualdad de las mujeres permanece o empeora en la última década. No se está logrando la paridad económica femenina a escala global. El proceso es lento y muy desigual. Las diferencias de género son una variable esencial de la igualdad y de la democracia contemporáneas. Además, las desigualdades salariales de las mujeres influyen decisivamente en sus ahorros, sus pensiones y su riqueza; en definitiva, en su poder social.
Alcanzar la paridad exige varias metas simultáneas. Las mujeres están menos empleadas que los varones. Les cuesta más entrar y permanecer en el mercado de trabajo. Sus salarios son más bajos. Se concentran en sectores que pagan menos —educación, sanidad, servicios domésticos, limpieza— y siguen infrarrepresentadas en campos mejor pagados como la tecnología, las ingenierías o las finanzas. Todo ello ocurre a pesar de que la participación femenina en la educación superior ha aumentado mucho, sobre todo en los países más avanzados. A escala mundial, los ingresos de las mujeres equivalían al 69% de los de los varones en 1900; hoy han ascendido solo al 71%. El cambio es lentísimo. En España ya hay más mujeres que hombres en el bachillerato y en la universidad, e incluso más mujeres doctorándose. Eso modificará a largo plazo la estructura familiar y social. La educación es importante para la igualdad, pero no basta por sí sola.
El mundo ha experimentado un incremento considerable de los ingresos y la riqueza, incluso durante los últimos siete siglos. No es un fenómeno que dependa solo de la Revolución Industrial. Hubo un período de crecimiento económico entre 1950 y 1980. Otro comenzó a partir del año 2000, esta vez liderado por Asia. La pobreza extrema y las hambrunas en Asia disminuyen con eficacia y crece la clase media. A escala mundial esto altera la estratificación del planeta, con una clase media más amplia. China ha sido un actor decisivo en esa tendencia, aunque la desigualdad allí sigue siendo alta y persistente. Además, China es la dictadura más extensa del planeta. Europa representaba a principios del siglo XX alrededor del 20% de la población mundial; hoy solo el 7%. España roza ya los cincuenta millones de habitantes, y ello se debe en buena medida a la inmigración. China ha sido un actor decisivo en esa tendencia.
La atracción del mundo desarrollado sigue siendo imparable: una persona en Europa gana, de media, diez veces más que una persona del África subsahariana —2.900 euros al mes en Europa frente a unos 300 en África—. En Luxemburgo, por ejemplo, los ingresos medios mensuales llegan a 12.110 euros. En Europa, el 50% más pobre de la población percibe el 19% de los ingresos totales, la proporción más alta del planeta. En EE. UU. la desigualdad es mucho más intensa: el 10% con más ingresos concentra casi el 50% del total del país. La desigualdad entre continentes, regiones y países explica una parte importante de las tendencias migratorias actuales.
Pero esos progresos se han vuelto profundamente desiguales. Hay opiniones distintas sobre cuál sería una "desigualdad aceptable" en una sociedad; quizá eso merezca otro artículo. Los recursos económicos —ingresos y riqueza— han alcanzado niveles históricos, pero están mal distribuidos. La desigualdad puede ser, en buena medida, una decisión política. El informe sostiene que "las decisiones que hagamos en los próximos años determinarán si la economía global continúa en la dirección de una concentración extrema o si cambia hacia una prosperidad compartida" (p. 20). Las democracias actuales están llamadas a disminuir desigualdades, pero no lo tienen fácil.
"La desigualdad puede ser, en buena medida, una decisión política: las decisiones que hagamos en los próximos años determinarán si la economía global sigue hacia la concentración extrema o hacia una prosperidad compartida"Llama la atención la persistencia de la desigualdad incluso en las democracias más avanzadas. ¿Qué más hay que hacer para reducirla? Los impuestos fallan donde más se necesitan. Los superricos logran escapar y evadir. Los muy ricos utilizan, además, paraísos fiscales. A menudo, los sistemas tributarios del mundo son regresivos o simplemente ineficaces. Con algunas excepciones, el impacto de los impuestos sobre la desigualdad es mínimo, como señala el informe en su página 62. En varias regiones —Latinoamérica, Europa del Este y África— los impuestos amplifican más de lo que reducen la desigualdad. La reforma de los sistemas fiscales hacia modelos realmente progresivos es una tarea para las próximas décadas. Conviene recordar que el dinero público obtenido con impuestos progresivos permite financiar educación, sanidad y adaptación climática.
El objetivo debería ser avanzar hacia un sistema fiscal progresivo. Esos impuestos pueden financiar el desarrollo, reducir desigualdades y proteger la democracia. Pero, para ello, hay que reducir —o incluso eliminar— la evasión fiscal. Eso limitaría además la influencia política de las personas más ricas. Los impuestos progresivos permitirían financiar mejor la educación, la sanidad y toda clase de protección social, reduciendo así la desigualdad. También incrementarían la cohesión social y reforzarían la legitimidad democrática. Son esenciales dada la elevada concentración de la riqueza. Sin embargo, las tasas impositivas se reducen para los más ricos al mismo tiempo que su riqueza se expande.
La forma más eficaz de reducir desigualdades sigue siendo la inversión pública, sobre todo en educación y sanidad. Más que los impuestos por sí solos, son decisivos los programas redistributivos y las transferencias. Pero los países más pobres no tienen capacidad para gastar más en servicios públicos. De ahí la propuesta de establecer un impuesto global sobre la riqueza a escala mundial. El avance general hacia una menor desigualdad también pasa por la igualdad efectiva entre mujeres y varones.
La crisis climática se relaciona estrechamente con la desigualdad económica. Las personas más ricas contribuyen más a las emisiones globales y, además, están mejor protegidas frente a sus consecuencias. Son los países ricos los que más contribuyen al cambio climático, pero los países pobres sufren más sus efectos. El 1% más rico emite setenta y cinco veces más carbono al año que la mitad más pobre de la población. Los inversores de los países ricos se benefician de la contaminación que se produce en el extranjero, generalmente en países pobres. Los hogares pobres y los países menos ricos son los más perjudicados por inundaciones, sequías y tormentas, que a menudo destruyen el ahorro de toda una vida.
La desigualdad se traduce también en opciones políticas. La relación negativa entre desigualdad y democracia se ha oscurecido por el cambio en la estructura de clases. Actualmente, las personas más educadas votan más a la izquierda. También las mujeres votan ya más a la izquierda que los varones, mientras que las personas con dinero siguen votando más a la derecha. El fenómeno mundial es el crecimiento de la ultraderecha y de distintos populismos. A ellos están votando, al parecer, muchas clases bajas y clases medias venidas a menos. Importa además la erosión democrática protagonizada por una veintena larga de presidentes y primeros ministros en sus propios países, tanto de derechas como de izquierdas —EE. UU., India, Brasil, Venezuela, México o Sudáfrica—. Sobre esta deriva acaba de publicar Susan C. Stokes el libro The Backsliders: Why Leaders Undermine Their Own Democracies. También existen diferencias entre áreas metropolitanas —más inclinadas a la izquierda— y áreas rurales —más inclinadas a la derecha—. La representación política de las clases trabajadoras es baja y se sigue deteriorando. Los partidos que representaban a la clase trabajadora industrial se han transformado en coaliciones de clases medias educadas e incluso clases medias altas. Los ingresos y la educación dividen ahora las opciones políticas en sentido inverso al que dominaron durante décadas. Los trabajadores están fragmentados y poco representados, repartidos entre varios partidos, incluida la ultraderecha. El conflicto político descansa cada vez más en la desigualdad de riqueza. Branko Milanovic lo ha formulado con claridad: "cuando la riqueza se concentra excesivamente, el sistema se vuelve hipócrita"; es entonces "una democracia aparente, pero en la que los ricos gobiernan". Lo señalaba en una conversación en Agenda Pública, aunque también insiste en que "la desigualdad no puede aumentar indefinidamente", una idea que desarrolla en su libro The Great Global Transformation: National Market Liberalism in a Multipolar World.
El calentamiento global, las catástrofes naturales, la inseguridad alimentaria, las pandemias y la desigualdad requieren mucho dinero por parte de los Estados. Pero los gobiernos se ahogan en deudas mientras las multinacionales nunca han sido tan ricas —incluso más que muchos países—, precisamente porque eluden impuestos mediante estructuras fiscales complejas y evasión directa. Los paraísos fiscales privan a los gobiernos de ingresos decisivos, algo catastrófico para el contrato social. Si las empresas no pagan impuestos, los termina pagando la población. Si los servicios públicos son solo para los pobres, serán servicios públicos pobres. Sin impuestos no hay sociedad ni lazos sociales.
Estas ideas aparecen también en el documental La guerra de los impuestos, donde se menciona a la Independent Commission for the Reform of International Corporate Taxation (ICRICT), fundada en 2015 por Joseph E. Stiglitz, Thomas Piketty y Jayati Ghosh para conseguir que las multinacionales paguen impuestos. Su objetivo es establecer un sistema fiscal unitario para que cada empresa multinacional tribute como una sola empresa en todo el planeta. Se ha sugerido además la creación de un registro global de activos para hacer frente a la riqueza oculta. El 30 de junio de 2025, la propia comisión publicó el informe Countries Must Stand Up Against Trump Bullying.
"Si las empresas no pagan impuestos, los termina pagando la población. Si los servicios públicos son solo para los pobres, serán servicios públicos pobres. Sin impuestos no hay sociedad ni lazos sociales"La desigualdad dentro de un régimen democrático puede reducirse mediante un sistema fiscal realmente progresivo, capaz además de impedir que las grandes fortunas evadan esos impuestos. También son importantes las transferencias redistributivas, la inversión en capital humano y educación y el reconocimiento del trabajo no pagado, que sigue siendo fundamentalmente femenino. Mientras tanto, "la mitad más pobre del planeta está constantemente no representada, la clase media es frágil en la mayor parte del mundo y los más ricos, especialmente el 1% más rico, continúan teniendo un poder desproporcionado sobre los ingresos" (World Inequality Report 2026, p. 61). Estas son algunas de las políticas públicas que necesitamos.
Hemos construido entre todos un mundo extremadamente desigual. Pero no hemos querido aceptarlo del todo. Todavía no existen estudios internacionales que cubran todos los países del mundo con la misma fiabilidad. En 2026 contamos ya con informes serios, aunque concentrados en cuarenta países. La desigualdad no es solo de ingresos; sobre todo es de riqueza. Y esa riqueza se va acumulando y exagerando. La concentración patrimonial en un grupo reducido de personas es abusiva y, además, suele controlar el poder político. Máriam Martínez Bascuñán lo resumía bien en EL PAÍS, al hablar del año "en que se pone a prueba la democracia" y al recordar que los magnates no solo acumulan riqueza, sino también una influencia cultural y comunicativa sin precedentes. Si estas tendencias no se corrigen, aumentará la inestabilidad social y política, y se agravarán aún más las tensiones ecológicas y distributivas. Otra gran "bomba sociológica" es el cambio climático. Afortunadamente, las desigualdades de género disminuyen algo, aunque es posible que la paridad no se alcance en muchas décadas.
España es, dentro de este panorama, un país afortunado. Coincide con la existencia de un Gobierno progresista en estos ocho o nueve años en los que la desigualdad general se ha moderado. Incluso decrece un poco, algo insólito en Europa. Pero la riqueza en España sigue siendo seis veces mayor que la media de los ingresos anuales de la población, lo que comparativamente parece alto —véase de nuevo la tabla 3—. Esto se debe a un ahorro exagerado, en buena parte canalizado hacia la compra inmobiliaria, combinado con salarios medios reducidos. El resultado es un nivel de vida relativamente bajo. La ambición inmobiliaria —para uso propio o como "negocio" poco imaginativo y menos productivo—, junto con una tasa altísima de turismo, genera hoy un problema enorme de vivienda.
El progreso en la condición de las mujeres en España ha supuesto estos años un paso de gigante. Pero todavía no se alcanza la paridad entre ambos géneros —¿se conseguirá alguna vez?—. Aun así, comparativamente, España es un buen país para vivir. Se requiere, no obstante, una acción más valiente y efectiva en la redistribución de recursos y servicios. La democracia y los gobiernos progresistas pueden contribuir a ello. España demuestra, en el contexto internacional, que la desigualdad no es el destino. Pero antes conviene saber qué nos pasa, con datos y relaciones estadísticas serias.
Agradecimientos: este artículo se ha beneficiado de las correcciones de Xavier Coller (UNED), José L. de Miguel (Universidad Politécnica de Madrid), Ignacio Garrigós (Universidad de Alicante), Ching T. Liao (CUNEF Universidad), Pau Marí-Klose, Olga Salido Cortés (Universidad Complutense), Enrique Granda, Guzmán Carles y Pablo González de Amezúa.
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