Con motivo del aniversario del 20N, cinco décadas después de la muerte de Franco, leía un dato inquietante: el 17,4% de la población española cree que, en determinadas circunstancias, un régimen autoritario puede ser preferible a la democracia. Este dato se suma a los resultados del tercer barómetro del CIS sobre la calidad de la democracia, realizado en abril, según el cual
cerca del 55% de las personas encuestadas se declaraba "poco" o "nada" satisfecho con su funcionamiento. Estas cifras recuerdan que la democracia no es una conquista irreversible, sino un proyecto vivo que requiere memoria y voluntad de renovación.
Resiliencia frente a la erosión democrática
Desde hace casi una década, los principales índices e informes internacionales sobre democracia, entre ellos los del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional), coinciden en señalar su deterioro sostenido en todo el mundo.
Avanzan los liderazgos autoritarios, se debilitan los contrapesos institucionales y aumenta la fragilidad de las instituciones. En este contexto ha cobrado relevancia
el concepto de "resiliencia democrática", es decir,
la virtud de las democracias capaces de resistir procesos de erosión, adaptarse a circunstancias adversas y recuperarse tras periodos de retroceso.
El interés por la resiliencia se intensificó tras la elección de Donald Trump en 2016, cuando parte de la comunidad académica comenzó a preguntarse hasta qué punto incluso las democracias consideradas más consolidadas podían
sostenerse frente a presiones autoritarias. Desde entonces, numerosos estudios han tratado de
medir la resiliencia, identificar sus mecanismos de contención (institucionales, judiciales, legislativos y sociales),
analizar sus trayectorias y
estimar el tiempo que una democracia necesita para recomponerse tras una crisis, si es que llega a conseguirlo.
"Los avances pueden perderse con facilidad: la democracia no es resiliente por sí misma, su resiliencia hay que construirla"
Uno de los retos clave es distinguir entre procesos de recuperación sólidos y meros repuntes pasajeros. Un estudio crítico con los paradigmas que entienden la resiliencia como una fortaleza inherente a la democracia señalaba que,
entre 1994 y 2022, el 90% de los países que lograron revertir una deriva negativa lo hicieron solo temporalmente, sin mantener la calidad democrática recuperada durante al menos cinco años. En otras palabras, los avances pueden perderse con facilidad. La democracia no es resiliente por sí misma, su resiliencia hay que construirla.
En España, la resiliencia ya se ha convertido en un eje de políticas públicas. El Plan de Acción por la Democracia de 2024 reconocía que, aun siendo una democracia consolidada,
nuestro sistema sigue enfrentando vulnerabilidades y necesita reformas,
integrando el enfoque de resiliencia con el de la llamada "regeneración democrática", un término arraigado y de larga trayectoria en el debate político nacional.
A nivel europeo, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania, la resiliencia democrática se ha ido perfilando desde un imaginario marcadamente defensivo. El pasado 12 de noviembre, la Comisión Europea presentó el Escudo Europeo de la Democracia, una iniciativa destinada a reforzar la capacidad de la Unión para responder a campañas de desinformación e interferencias externas, particularmente en procesos electorales.
Este paradigma defensivo no se limita al plano externo o internacional. Desde dentro de los sistemas políticos se han desplegado también estrategias de carácter preventivo, como los "cordones sanitarios" o las "líneas rojas" para frenar el avance de la derecha radical, complementadas en algunos países con mecanismos constitucionales, como el que articula el principio de "democracia militante" en Alemania, diseñado para excluir del juego democrático a actores que amenacen sus fundamentos.
Y, sin embargo, en medio de este foco creciente en blindajes y medidas de contención, la relación esencial, aunque cada vez más frágil, entre la democracia y quienes deberían sostenerla queda a menudo relegada a un segundo plano.
Memoria crítica
La vida cotidiana pesa. Los problemas de acceso a la vivienda o la precariedad laboral generan frustración y, en algunos casos, han reactivado mitologías que alimentan cierta nostalgia del desarrollismo tardofranquista, asociando dictadura con prosperidad, bonanza económica y provisión eficiente de bienes públicos. En TikTok y otras redes,
ese pasado se suaviza. Se omiten represión, privaciones y hambre, y
el autoritarismo se muestra casi seductor, como una fórmula fácil para problemas que hoy se sienten urgentes.
Para contrarrestar esta tendencia, campañas como La democracia es tu poder, lanzada por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática,
buscan poner en valor los intangibles de la democracia, como las libertades civiles y políticas, el derecho a disentir.
"Fortalecer la educación cívica y transmitir una memoria crítica debe ser un pilar de cualquier estrategia de resiliencia, capaz de conectar pasado, presente y futuro"
Fortalecer la educación cívica y transmitir una memoria crítica debe ser un pilar de cualquier estrategia de resiliencia, capaz de conectar pasado, presente y futuro. La próxima apertura del Museo de la Memoria Democrática, el que será el primer museo estatal de este tipo,
abre una oportunidad para preservar la historia compartida reciente y promover una reflexión dialogante orientada a la resiliencia.
Renovar instituciones para reconstruir la confianza
A su vez, es imprescindible abordar los problemas estructurales presentes y reducir la brecha entre la complejidad de los retos que afectan a la ciudadanía y la capacidad de las instituciones para responder a ellos.
Esa brecha no es inocua. Alimenta un malestar que se expande con cada escándalo de corrupción, con la insuficiente rendición de cuentas, con un parlamentarismo crispado más orientado al choque que a la deliberación, con tensiones en torno al poder judicial que erosionan la confianza en su independencia, o con las carencias en torno a la cooperación entre distintos niveles de gobierno para enfrentar problemas como la desigualdad o el acceso a oportunidades.
Fortalecer la resiliencia democrática implica, por tanto, mucho más que sacar las uñas y levantar escudos. Supone abrir un diálogo profundo sobre cómo renovar nuestras instituciones, ampliar los canales de participación,
mejorar la calidad de la representación y, sobre todo, recuperar la confianza ciudadana mediante resultados tangibles que acrediten que la democracia sigue siendo la herramienta más eficaz para garantizar el bienestar común.
Es en esa capacidad de renovación y reconstrucción de la confianza, más lenta, más compleja y menos visible que cualquier blindaje, donde la democracia se juega, en última instancia, su futuro.