
-1920x1080.jpg)
Pongamos que estamos en 2016 y no en 2026. En la UE del Brexit y no en la de las guerras en Ucrania o Irán. La política, como la vida, está llena de "y si...", y el bloque comunitario no escapa de esa pregunta, sobre todo en un momento en el que Ursula von der Leyen, Kaja Kallas, Emmanuel Macron, Giorgia Meloni, Pedro Sánchez o Mette Frederiksen están en el foco: son quienes tienen que tomar decisiones y ninguno de ellos, en realidad, estaba en sus cargos hace ocho, diez o quince años, cuando la Unión vivió otro de los tantos puntos de inflexión de su historia reciente.
"La característica clave de la Unión Europea es que nunca va a dejar de ser un proyecto inacabado"En un ejercicio de distopía, conviene preguntarse cómo actuaría el bloque comunitario con liderazgos como Jean-Claude Juncker, Donald Tusk, Angela Merkel o Josep Borrell. El papel de la UE no tendría por qué ser mejor ni peor, pero la manera de hacer las cosas sí sería diferente: por experiencias, por personalidades, por alianzas o por pasados políticos que en aquel momento eran presentes. Dicen Jenaro Talens y Nicolas Levratt en ¿Quo Vadis, Europa? (Ediciones Cátedra, 2021) que —en un mantra bastante repetido en Bruselas— la característica clave de la Unión es que nunca va a dejar de ser un proyecto inacabado; es decir, las caras pasan, pero los retos o permanecen o mutan, y no todos los afrontarían de la misma forma.
Jean-Claude Juncker no sería en casi nada como Ursula von der Leyen. El talante es diferente, para empezar, aunque el propio Juncker reconoce que las críticas a la alemana por acumular competencias también las vivió él durante la crisis griega, sin ir más lejos. Pero si algo consiguió el luxemburgués fue aplacar las ínfulas de Donald Trump durante su primer mandato, algo que la actual presidenta está lejos de hacer, como se demostró con el criticado acuerdo comercial del pasado mes de agosto o con su afán total por mantener una relación transatlántica que ya perjudica más de lo que beneficia a Europa. "Lo único previsible de Trump es su imprevisibilidad", reconocía el propio Juncker en una entrevista; esa incertidumbre es a la que (todavía) no se ha adaptado Von der Leyen.
La diplomacia es otra cosa delicada, y Kaja Kallas se parece poco, por ejemplo, a Federica Mogherini o Josep Borrell. Dejando de lado a la italiana, la presencia de Borrell a nivel global fue mucho mayor que la que está teniendo la estonia; Rusia intentó acorralar al español en 2021, cuando el ministro de Exteriores de Putin, Sergei Lavrov, sacó a colación el independentismo catalán tras una crítica del ex alto representante al Kremlin. Pero Borrell ahora mismo tendría una visión mucho más amplia seguramente que la que tiene Kallas: Ucrania siempre ha sido la prioridad de la jefa de la diplomacia europea, menos hábil con Gaza o ahora con Irán... pero hay vida más allá de Rusia. Kallas gana en ese entendimiento de lo que es el putinismo, pero adolece de mano izquierda en otras áreas de interés total para la UE.
"Si la Unión salió bien parada de la primera pérdida de un socio en toda su historia, fue, en gran parte, porque Donald Tusk no cedió ante los miedos"Donald Tusk, por poner otro ejemplo, también ha mutado. Su presidencia del Consejo Europeo fue compleja, igual que las de Charles Michel o ahora António Costa, y quizás el luso y el polaco (actualmente primer ministro de su país) son quienes más se parecen: Tusk tomaría en 2026 las mismas decisiones, o parecidas, a las que toma el portugués, porque además son personalidades parecidas. A Tusk le tocó la salida del Reino Unido de la UE y una era poscrisis económica que fue bien compleja, con el primer auge moderno de la derecha radical; Costa puede mirarse en el polaco para entender que el sosiego es buen amigo de la agilidad. Un presidente del Consejo Europeo está para buscar salidas donde parece no haberlas y, si la Unión salió bien parada de la primera pérdida de un socio en toda su historia, fue, en gran parte, porque Donald Tusk no cedió ante los miedos que se planteaban.
El motor franco-alemán también estaría mejor estructurado que ahora, muy probablemente. Merkel no es Merz y siempre quedará la duda de cómo afrontaría ahora la eterna canciller temas como el migratorio, pero también el distanciamiento de Rusia o la posición sobre los nuevos EE. UU., así como cierto colegueo —por así decir— con China, como apunta el nuevo mandamás de Berlín. Merz no es nada heterodoxo y todavía es pronto para hablar de su legado, pero ejemplifica bien que en Alemania —y en la UE— el "día después de Merkel" está más lleno de incógnitas que de incertidumbres, con un país capeando una crisis económica e industrial que en 2016 enfrentaban otros bajo el puño de hierro germano.
Francia está en un proceso similar: hace una década asomó un Macron que ahora está de salida sin sustituto y con problemas institucionales que no se vieron nunca en el país galo. Mientras, la derecha radical espera su momento y el aura parisina de salvadores de Europa sigue en el mensaje, pero no tanto en los hechos. El eje franco-alemán sobrevivirá a todo, porque ya lo ha hecho, pero cada vez necesita más puntos de apoyo porque por sí solo no hace circular a la Unión Europea.
La unidad en 2016 no fue un problema; ahora, muchas veces, sí que lo es. Se vio en el Brexit, sí, pero también en un primer mandato de Donald Trump que fue mucho menos agitado —muchísimo menos— que el actual. Hoy, en cambio, dentro de la Unión Europea las fracturas se han hecho evidentes en casos muy concretos: el bloqueo durante años del pacto migratorio, con países como Hungría rechazando los sistemas de reparto de refugiados; el pulso del Gobierno de Viktor Orbán con Bruselas por el Estado de derecho, que ha llevado a la congelación de fondos europeos; las divisiones sobre la respuesta energética tras la invasión de Ucrania, con Alemania priorizando sus propios intereses industriales; o las tensiones presupuestarias, que siguen existiendo, siguen enseñando lo que es realmente la UE: un lugar de acuerdos y de épocas, donde los pactos, sí, son posibles, pero donde no hay una era igual que la anterior.
"Pese a esos avances, Madrid sigue sin conseguir ponerse a la altura de Berlín, París y, por momentos, Roma. Por una cosa o por otra, España, como en 2016, se mantiene como una 'potencia media'"¿Y España? Su papel es mucho más activo ahora que una década atrás, cuando el país todavía estaba asomando la cabeza tras la gran recesión y apenas lideraba debates a nivel europeo. Ahora el Gobierno de Pedro Sánchez, con mayor o menor acierto y suerte, encabeza el "no a la guerra" de Trump en Irán, ha comandado medidas energéticas por la guerra en Ucrania y ha defendido la causa palestina con vehemencia y muchas veces casi en solitario, granjeando halagos y también alguna crítica importante. El último paso, eso sí, ha sido sumar a casi todos los aliados europeos en el rechazo bélico en Oriente Próximo, como se demostró en la última cumbre del Consejo Europeo. Eso sí, hay cierta trampa porque, pese a esos avances, Madrid sigue sin conseguir ponerse a la altura de Berlín, París y, por momentos, Roma. Por una cosa o por otra, España, como en 2016, se mantiene como una potencia media dentro de la UE.

Recibe nuestro análisis diario en tu correo
Recibe una alerta diaria en tu teléfono