Martes, 28 de julio de 2026
OCCIDENTE

Entre Sánchez y Trump: Europa ante la tercera vía realista

¿Es posible defender la legalidad internacional sin la fuerza militar o económica necesaria para respaldarla? Europa asiste al "fin de una ficción agradable y el comienzo de una realidad dura". En este análisis, el consejero de 'Agenda Pública' Toni Timoner advierte de que el continente no puede limitarse a ser el "custodio del viejo orden mundial" y recurre a la metáfora cinematográfica de 'El Padrino' para ilustrar el choque entre el belicismo estadounidense y el normativismo español.

Toni Timoner Toni Timoner 11 de marzo de 2026
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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (izquierda) y el actor recientemente fallecido Robert Duvall, quien interpretó a Tom Hagen. | Pool Moncloa y Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (izquierda) y el actor recientemente fallecido Robert Duvall, quien interpretó a Tom Hagen. | Pool Moncloa y Europa Press
El debate internacional está dejando de girar en torno a crisis aisladas y empieza a orbitar alrededor de una pregunta más honda: en qué clase de mundo estamos entrando. En Davos, en Bruselas y en las capitales europeas ya no se discute solo sobre Ucrania, Irán o los aranceles de Trump, sino sobre algo más elemental: si el orden que conocimos desde 1945 puede aún apuntalarse o si, más bien, es ya insalvable. En enero, Mark Carney habló en Davos del "fin de una ficción agradable y el comienzo de una realidad dura"; Christine Lagarde replicó que no asistimos a una ruptura completa, sino a la evidente búsqueda de "alternativas" ante un incotestable cambio de época; y hace apenas dos días, Úrsula von der Leyen formuló la conclusión política más sobria de todas: Europa ya no puede vivir como depositaria de un mundo que se ha ido.

Trump no ha creado por sí solo ese nuevo paisaje que ya se iba gestando desde el fin de la Guerra Fría —o si se quiere, de la Historia—, pero lo ha precipitado y le ha dado una forma descarnada. Su regreso a la Casa Blanca ha quebrado convenciones diplomáticas, ha trivializado la coerción económica entre aliados y ha devuelto al centro de la escena un lenguaje de fuerza, amenaza y humillación pública que muchos europeos creían relegado a otro siglo. Pero sería un error pensar que Trump es la única causa del terremoto. Es también su síntoma más visible: la expresión política de un desplazamiento más profundo, el de un mundo en el que las grandes potencias han dejado de fingir que sus intereses pueden siempre revestirse de universalismo.

"Pedro Sánchez ha querido erigirse, de forma deliberada, en la némesis europea de Trump: no solo rechazando la lógica de la intimidación, sino reivindicando explícitamente el multilateralismo
La reacción española a ese giro ha sido, quizá, la más nítida de Europa occidental. Pedro Sánchez ha querido erigirse, de forma deliberada, en la némesis europea de Trump: no solo rechazando la lógica de la intimidación, sino reivindicando explícitamente el multilateralismo, la legalidad internacional y el tipo de orden que, con todos sus defectos, ha predominado desde la Segunda Guerra Mundial. La reciente negativa española a permitir el uso de Rota y Morón para operaciones ligadas a Irán, seguida por la amenaza de Trump de cortar el comercio con España, convirtió esa confrontación en algo más que una disputa táctica. Fue un choque entre dos lecturas del mundo. Y, para mayor elocuencia, se produjo con Friedrich Merz al lado de Trump, en un silencio que en Europa fue leído con visible incomodidad.

La parábola de El Padrino y Pedro Sánchez como Tom Hagen

Para analizar este momento resulta útil recuperar un ensayo de 2009: The Godfather Doctrine: A Foreign Policy Parable, de John C. Hulsman y A. Wess Mitchell. Escrito en las postrimerías de la Administración Bush y al calor de la discusión sobre los excesos de la política exterior estadounidense, proponía interpretar la política internacional a través del célebre largometraje El Padrino y de sus personajes principales: los vástagos del padrino Vito Corleone. Sonny encarnaba el impulso agresivo; Tom Hagen, hijo adoptado, legalista y negociador; Michael, frío, adaptativo, capaz de aceptar la verdadera naturaleza del poder y actuar en consecuencia. 

El ensayo nació en otra coyuntura —la discusión americana entre internacionalistas liberales y neoconservadores, con Obama como telón de fondo—, pero su metáfora ha recobrado una vigencia inesperada. Hulsman y Mitchell escribían en un momento en que Washington debatía cómo redefinir su papel tras los excesos estratégicos de la década anterior. Los internacionalistas liberales defendían restaurar el multilateralismo y la legitimidad de las instituciones; los neoconservadores apostaban por una política exterior más afirmativa, basada en la primacía estadounidense y la intervención preventiva. La parábola de El Padrino sugería que ambas visiones captaban solo parte de la realidad: Sonny Corleone representaba el acervo confrontacional de los neocon; Tom Hagen, el institucionalismo prudente; y Michael Corleone, finalmente, el realismo estratégico, basado en el cálculo de poder y la gestión de equilibrios más que en la fe en normas o impulsos ideológicos. Los tres bregaban por adaptarse a una realidad cambiante en que el orden y balance de poder construido en la posguerra entre las Cinco Familias y liderado por los Corleone empezaba a agotarse y resquebrajarse. 

"No es poca cosa recordar que no toda acción militar mejora el orden del mundo y que la obediencia refleja a Washington ya no puede presentarse como sinónimo de lucidez"
Trump encaja sin demasiado esfuerzo en el papel de Sonny Corleone: impulsivo, teatral, dado a la intimidación y convencido de que la escalada es en sí misma una forma de mando. Sánchez, en cambio, cobra las hechuras de Tom Hagen: el hombre de las reglas, de la contención, de la negociación, de la apelación al derecho, escrito o tácito, que todavía rige entre actores que, como las Cinco Familias de Nueva York, se tienen por civilizados. Conviene decirlo con claridad: la posición de Sánchez se asienta sobre principios morales. Y no es poca cosa recordar, en medio del estrépito, que las instituciones importan, que no toda acción militar mejora el orden del mundo y que la obediencia refleja a Washington ya no puede presentarse como sinónimo de lucidez.


Pero precisamente ahí aparece el límite de Tom Hagen. Su problema no es moral. Es estratégico. En un mundo más áspero, más competitivo y menos regulado, tener razón no garantiza capacidad de influencia. Los principios no desaparecen, pero dejan de bastar. Tom Hagen, concluyen, no es un buen wartime consigliere (literalmente, consejero de guerra). España puede invocar el derecho internacional —y hace bien en hacerlo—, pero eso no elimina sus vulnerabilidades materiales. El Financial Times recordaba estos días que, aunque la exposición comercial directa española a Estados Unidos es relativamente contenida, la dependencia energética dibuja un cuadro distinto: en los últimos doce meses, el 31% del gas recibido por España procedió de Estados Unidos, porcentaje que en enero alcanzó el 44%. Dicho de otro modo: la rectitud normativa no disipa la dependencia.

No es una crítica nueva. Henry Kissinger formuló algo parecido cuando advirtió del riesgo de convertir la política exterior de Obama de su primer mandato en una doctrina "esencialmente reactiva y pasiva" que "contribuye a la vindicación de sus valores retirándose de regiones donde sólo puede empeorar las cosas". Y añadía con tino argumental: "Su responsabilidad, tal como [Obama] la define, consiste en impedir que los elementos más insensibles de los Estados Unidos alteren el mundo. Le preocupan más las consecuencias a corto plazo que puedan convertirse en obstáculos permanentes. Otra concepción del estadista pondría más el acento en dar forma a la historia que en evitar interferir en su curso". Así, la objeción de Kissinger era que una política exterior no puede limitarse a no empeorar las cosas sin proponerse modelarlas. Ese es, en el fondo, el dilema de Tom Hagen. Tiene principios. Lo que no siempre tiene son efectos. 

La lenta elección de Michael Corleone

Lo interesante de Europa es que está empezando a asumir esa lección, aunque todavía no se atreva siempre a formularla con toda su crudeza. Von der Leyen ha sido quien mejor la ha expresado. En su discurso, muy criticado, de hace dos días afirmó que Europa ya no puede ser "el custodio del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no va a volver". Y remató la idea con otra frase de aviso velado a Sánchez: "La idea de que podemos simplemente replegarnos y retirarnos de este mundo caótico es, sencillamente, una falacia". Es una renuncia explícita a cualquier apego nostálgico al orden pasado. Ya no se trata de custodiar un sistema agotado ni de refugiarse en la ilusión de que el comercio, las normas y las buenas intenciones bastarán para contener a los actores revisionistas. Se trata de aceptar que Europa tendrá que proyectar poder, duro y blando, si quiere seguir defendiendo sus intereses y, precisamente por eso, también sus valores.

Ese giro no se limita a Bruselas. Carney, en su discurso de Davos, dio prácticamente por clausurado el viejo orden basado en reglas; Macron viene insistiendo desde hace tiempo en que Europa no puede resignarse a la ley del más fuerte; y Merz, por más que su silencio junto a Trump resultara políticamente desafortunado, ha dejado claro que Berlín quiere empujar a España hacia niveles de gasto en defensa mucho más próximos al 5% del PIB que al supuesto 2% actual. Son estilos distintos, incluso tradiciones nacionales distintas. Pero en todos late una misma intuición: el continente ha entrado en una edad menos inocente.

"Europa no puede, obviamente, ser Sonny Corleone, entre otras cosas porque no tiene ni el temperamento ni la capacidad de 'hard power' de Estados Unidos"
Vista así, la parábola de
The Godfather Doctrine sirve como instrumento de diagnóstico. Europa no puede, obviamente, ser Sonny Corleone, entre otras cosas porque no tiene ni el temperamento ni la capacidad de hard power de Estados Unidos. Y, en realidad, tampoco debería querer parecerse a él. Pero desde luego no puede limitarse a ser Tom Hagen: el administrador sensato de un orden que ya no rige sobre la realidad. Lo que necesita, en la medida europea de las cosas, es algo más cercano a Michael Corleone: no brutalidad, sino realismo; no cinismo, sino capacidad; no adoración de la fuerza, sino comprensión de que, sin instrumentos propios, los principios acaban reducidos a comentario moral. Al final, en la película, es Michael —el hijo más improbable, el menos inclinado en apariencia a involucrarse en los oscuros negocios familiares— quien termina salvando a la familia y dándole una nueva oportunidad. La analogía, por supuesto, tiene sus sombras. Pero su valor no reside en la perfección moral del personaje, sino en su capacidad para comprender la naturaleza del momento.

La nueva gramática del realismo

Conviene recordar aquí una observación de Josep Borrell que funciona casi como punto de inflexión del debate: a Europa no le gustan las guerras, pero hay otros a quienes sí les gustan. Esta reflexión incomoda a muchos, precisamente porque encierra una verdad elemental. Incomoda a quienes creen que la política exterior europea puede seguir siendo una prolongación pedagógica del derecho. E incomoda también a quienes querrían reducir el nuevo realismo a una mera imitación de Trump. Pero Borrell acierta en lo esencial: el mundo no va a suavizarse porque Europa prefiera un vocabulario más delicado.

"Europa no necesita renunciar a su tradición normativa; necesita respaldarla. Necesita industria, defensa, energía, tecnología, instrumentos comerciales y voluntad política"
Esa es la razón por la que la posición internacional de Sánchez contiene una verdad y un límite. La verdad es evidente: alguien tiene que seguir recordando que no toda guerra es justa, que no toda coacción es legítima y que no todo desacuerdo con Washington equivale a deslealtad occidental. El límite también lo es: cuando el sistema internacional entra en una fase de coerción abierta, la posición puramente de principios corre el riesgo de convertirse en una forma elegante de impotencia. Sánchez puede reivindicar el viejo orden. Von der Leyen, Merz, Macron o Carney parecen haber asumido, en cambio, que la tarea política de esta década será navegar el nuevo.


La conclusión no debería leerse como una invitación al cinismo. Europa no necesita renunciar a su tradición normativa; necesita respaldarla. Necesita industria, defensa, energía, tecnología, instrumentos comerciales y voluntad política. Necesita, en suma, poder europeo.

Por mucho tiempo, Europa pudo permitirse el lujo de pensar que estar del lado correcto de la historia bastaba casi siempre. Ese lujo ha terminado. Trump lo ha hecho visible con la vulgaridad de Sonny Corleone. Sánchez ha intentado resistirle con la dignidad de Tom Hagen. Pero el tiempo político que se abre parece pertenecer, cada vez más, a otro temperamento: el que entiende el menú de la mesa y, por ello, se puede sentar en ella.
Toni Timoner
Toni Timoner
Economista de riesgo global y consejero de Agenda Pública
Participación