Martes, 28 de julio de 2026
SEGURIDAD

Von der Leyen, Costa y el dilema de una Europa sin poder militar

¿Está dispuesta Europa a asumir el inmenso coste militar de respaldar sus principios? En un escenario global dominado por la coerción, el politólogo y experto en defensa Guillem Colom Piella desmonta el espejismo comunitario. En su opinión, ha llegado la hora de que Bruselas afronte la cruda realidad del nuevo orden internacional porque "las palabras importan", pero "pesan menos cuando detrás no hay fuerza para hacerlas valer".

Guillem Colom Piella Guillem Colom Piella 14 de marzo de 2026
Añadir AgendaPública en Google
Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y António Costa, presidente del Consejo Europeo. | Unión Europea (Consejo Europeo)
Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y António Costa, presidente del Consejo Europeo. | Unión Europea (Consejo Europeo)
La reciente polémica entre Úrsula von der Leyen y António Costa va más allá de un desacuerdo entre dos altos cargos europeos. Es una radiografía precisa del problema estratégico de la UE. Cuando la presidenta de la Comisión expuso ante los embajadores europeos que Europa ya no puede ser la guardiana del orden liberal y reclamó una política exterior más realista, guiada por intereses, verbalizó algo que muchas cancillerías ya perciben: ha regresado la política de poder. El entorno internacional se mueve hoy más por la competencia entre actores, la coerción y el cálculo estratégico que por la inercia de las normas. Cuando, al día siguiente, Costa replicó que la primera tarea de la UE sigue siendo defender el orden internacional basado en reglas y los principios de la Carta de las Naciones Unidas, subrayó una verdad igualmente relevante: si Europa renuncia a ese lenguaje, renuncia también a una parte decisiva de su razón de ser.

¿Quién garantiza hoy el orden liberal internacional?

El problema es que ambos captan solo una parte de la realidad. Von der Leyen intuye bien que el entorno estratégico ha cambiado. Costa acierta al defender que, sin derecho internacional, el mundo se parece cada vez más a una jungla. La cuestión de fondo, sin embargo, no es semántica, moral ni jurídica. Es material. La clave no está solo en determinar si el orden liberal internacional atraviesa una crisis, sino en quién lo garantiza y quién está dispuesto a asumir los costes de defenderlo cuando otros lo desafían por la fuerza.

"Las normas importan. Mucho. Funcionan mejor, además, cuando detrás hay poder suficiente para respaldarlas y hacer pagar su violación"
Conviene empezar por una idea sencilla que en Europa a menudo se olvida. Los órdenes internacionales están lejos de ser catálogos de principios o sistemas que perviven por la mera fuerza de la legalidad. Son, antes que nada, órdenes: arreglos políticos relativamente estables apoyados en una determinada distribución de poder, en instituciones que cristalizan esa correlación de fuerzas y en actores capaces de arbitrar disputas, imponer costes y contener revisiones violentas del statu quo. Las normas importan. Mucho. Funcionan mejor, además, cuando detrás hay poder suficiente para respaldarlas y hacer pagar su violación. El derecho internacional resulta más persuasivo cuando no depende solo de las palabras.


Eso fue, en esencia, el orden liberal internacional. No solo un entramado de normas, alianzas, instituciones y apertura económica, sino también un sistema respaldado por la primacía de Estados Unidos. Las reglas importaban, desde luego, porque detrás había una potencia con capacidad y voluntad para preservarlas. Europa pudo así presentarse como potencia normativa, volcada en el mercado, la integración, la regulación y el derecho, porque su seguridad última descansaba sobre una garantía estratégica externa. Mientras ese paraguas existió, la excepción europea fue viable.

Ahí aflora el gran problema actual. Europa habla de la crisis del orden liberal como si se tratara únicamente de una erosión normativa. En realidad, asiste a una crisis del garante. El problema no es solo que Rusia viole fronteras, que China altere equilibrios o que Oriente Próximo vuelva a incendiarse. El problema es que Estados Unidos, la potencia que apuntaló la arquitectura occidental, ya no parece dispuesto a ejercer esa función con la misma previsibilidad ni con el mismo sentido de responsabilidad sistémica. Bajo Trump, además, ya no aparece solo como un garante menos fiable, sino también como una potencia que cuestiona aspectos sustanciales del propio orden que antes respaldaba. Puede seguir siendo la potencia decisiva, aunque ya no actúa como si garantizar ese orden fuese una obligación permanente e indiscutida. Cuando el garante vacila, o empieza a revisar aquello que antes protegía, el orden se resiente aunque las normas sigan escritas en los tratados.

¿Puede la UE defender ese orden sin poder militar propio?

Visto así, el problema europeo no es la falta de discurso sobre el orden liberal, sino la falta de poder para preservarlo. Europa quiere defender un orden para el que aún no tiene el poder necesario. Durante años se dijo que era un gigante económico y un enano militar. La fórmula sigue siendo esencialmente cierta, con matices: la UE es una potencia económica, aunque pesa relativamente menos que antes y, además, convierte mal ese peso en capacidad estratégica. Puede regular, sancionar, negociar, financiar e imponer estándares; cuando la cuestión es la coerción, la disuasión o, llegado el caso, la guerra, no es una potencia.

"La UE puede financiar, coordinar e incentivar la consolidación de un mercado común. No puede decidir quién combate, quién manda ni quién asume el coste político y estratégico del uso de la fuerza"
Por eso conviene no dejarse impresionar por la retórica bruselense. ReArm Europe/Readiness 2030 no convierten a la UE en una potencia militar. Pueden movilizar recursos, flexibilizar la inversión, impulsar compras conjuntas, reforzar la movilidad o apuntalar la base tecnológico-industrial de la defensa europea. Todo eso importa, aunque no resuelve la cuestión central. La defensa sigue siendo un ámbito intergubernamental y, por tanto, continúa en manos de los Estados. La UE puede financiar, coordinar e incentivar la consolidación de un mercado común. No puede decidir quién combate, quién manda ni quién asume el coste político y estratégico del uso de la fuerza.


Esto no vuelve irrelevante la agenda industrial; simplemente obliga a no confundir base industrial con poder militar. No es lo mismo producir más, integrar mercados o ampliar arsenales que disponer de autoridad política, mando o capacidad de empleo de la fuerza. La fuerza no se mide solo en plataformas o municiones, sino en capacidades militares. Lo primero es necesario; lo segundo sigue ausente. Y en un mundo regido por la política de poder, el poder militar sigue siendo decisivo: para disuadir a los adversarios, responder a la coerción y traducir influencia económica en capacidad estratégica. Europa puede prepararse mejor, sin duda. Hoy por hoy, aun así, sigue siendo una gran potencia económica y regulatoria que no ha resuelto su dependencia militar.

La cuestión nuclear hace aún más visible este problema. Durante décadas, este debate quedó en segundo plano bajo el paraguas estadounidense. Por eso el reciente giro francés resulta tan revelador. Emmanuel Macron ha abierto la puerta a una cooperación más estrecha con socios europeos y a una cierta europeización de su disuasión nuclear. El límite esencial, sin embargo, sigue ahí: Francia continuará reservándose en exclusiva la decisión última sobre el empleo del arma atómica. Puede europeizarse parcialmente la cobertura política; no el control último del arsenal.

Además, el propio Mark Rutte lo dijo con una claridad poco habitual: por mucho que avance la iniciativa francesa, la garantía última de la seguridad europea sigue siendo el paraguas nuclear estadounidense. Esa frase resume el límite del debate actual. La propuesta francesa puede reforzar el pilar europeo de la disuasión extendida, pero no reemplazar, al menos por ahora, a Estados Unidos. El problema del garante no es solo de capacidad; es, sobre todo, de credibilidad. De si los aliados creen realmente que alguien asumirá el riesgo último en su nombre. Y la UE aún carece de esa credibilidad. No depende solo del arma nuclear. Depende también de la solidez del escalón convencional y subnuclear, de la cohesión política y de la capacidad general de aguantar una crisis. La disuasión extendida, en el fondo, no se juega solo en el umbral atómico, sino en la confianza que inspira el conjunto de la postura estratégica.

"El verdadero problema europeo es que quiere seguir hablando como una potencia normativa en un mundo en el que las normas sobreviven mejor cuando están respaldadas por fuerza. Y esa fuerza la UE no la tiene"
Aquí reaparece la discusión entre Costa y Von der Leyen bajo otra perspectiva. Costa acierta al recordar que, sin normas, sin Carta de las Naciones Unidas y sin derecho internacional, no hay orden, sino pura competencia. Von der Leyen también acierta al sugerir que ese lenguaje ya no basta para proteger a Europa en un entorno más hostil. El error consiste en presentar ambas intuiciones como si fueran incompatibles. No tienen por qué serlo. El verdadero problema europeo es que quiere seguir hablando como una potencia normativa en un mundo en el que las normas sobreviven mejor cuando están respaldadas por fuerza. Y esa fuerza la UE no la tiene. Todavía no. Quizá ni siquiera haya decidido de verdad si quiere tenerla.


Por eso el dilema europeo no es elegir entre valores e intereses, o entre derecho y realismo. El dilema real es si Europa está dispuesta a convertir parte de su riqueza, su mercado y su legitimidad en recursos de poder. No para abandonar su identidad normativa, sino para evitar que esa identidad se convierta en una forma elegante de impotencia. Mientras Estados Unidos actuó como garante, las carencias europeas pudieron maquillarse. Cuando el garante duda, la realidad reaparece sin adornos: las palabras importan; pesan menos cuando detrás no hay fuerza para hacerlas valer.
Guillem Colom Piella
Guillem Colom Piella
Profesor titular de Ciencia Política de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla y profesor asociado en el Instituto Español de Estudios Estratégicos.
Es doctor en Seguridad Internacional, máster en Relaciones Internacionales y licenciado en Sociología y en Ciencias Políticas y de la Administración. Es miembro de número de la Academia de las Ciencias y las Artes Militares. Antes de incorporarse a la universidad, sirvió en la Unidad de Transformación de las Fuerzas Armadas del Estado Mayor de la Defensa. Sus líneas de investigación versan sobre los estudios estratégicos, en particular políticas de defensa, innovación militar y generación de capacidades militares.
Participación