Una encuesta reciente del Banco Central Europeo (BCE) ha puesto cifras a algo que ya debería resultar evidente para cualquiera que siga la trayectoria económica del continente: la inversión europea se está estancando no porque falte capital, sino porque falta demanda. El BCE explica que, sobre todo, es una "débil perspectiva de la demanda", seguida muy de cerca por una "baja rentabilidad", lo que está limitando la inversión empresarial en la zona euro.
Esto tiene implicaciones importantes que los responsables de la política económica de la UE suelen pasar por alto. ¿Qué ocurriría, por ejemplo, si —como han sugerido Christine Lagarde y otros— los inversores globales empezaran a reducir su exposición a los activos estadounidenses y a comprar más deuda europea, de modo que el euro se convirtiera en un rival global más serio del dólar? La respuesta que uno escucha con más frecuencia en los círculos de política económica de Bruselas o Frankfurt es que esas entradas de capital serían positivas para Europa: bajarían los tipos de interés, impulsarían la inversión y pondrían más capital a disposición de las empresas con dificultades.
"El riesgo es que, en lugar de estimular la inversión, las entradas netas de capital reduzcan en realidad los incentivos de las empresas para invertir"
Pero si, como reconoce el propio BCE, la restricción a la inversión empresarial no es el acceso al capital, sino la falta de demanda, esas entradas no tendrán esos efectos. ¿Por qué iba una empresa a aumentar su capacidad si la demanda interna es débil? En un mundo en el que China está decidida a ampliar su dominio en la manufactura global, y Estados Unidos está decidida a reindustrializarse, un aumento del valor del euro y un incremento del superávit de capital neto debilitarán tanto la demanda interna como la externa de bienes europeos, y facilitarán que aumente la cuota conjunta de China y Estados Unidos en la producción manufacturera mundial a costa de la cuota de la UE. El riesgo es que, en lugar de estimular la inversión, las entradas netas de capital reduzcan en realidad los incentivos de las empresas para invertir. Esto, al fin y al cabo, es lo que ha ocurrido con la economía estadounidense, y lo que los responsables políticos estadounidenses tratan ahora de revertir, sobre todo por la contracción a largo plazo de la cuota de Estados Unidos en la manufactura global.
Cómo se ajusta Europa: paro o deuda
La balanza de pagos debe cuadrar siempre. Si la eurozona recibe mayores entradas netas de capital sin un aumento correspondiente de la inversión, se verá obligada a ajustarse reduciendo su propio ahorro. Es aquí donde las cosas se complican.
Una forma de hacerlo sería a través de un aumento del desempleo. Esto ocurriría si los fabricantes europeos, lastrados por un euro más fuerte y una competitividad menguante, redujeran la producción y despidieran trabajadores.
Otra vía sería a través de un aumento de la deuda. El BCE podría contrarrestar las presiones sobre el empleo inflando la deuda interna para sustituir la demanda que se fuga al exterior vía déficit comercial. También podría bajar los tipos de interés para fomentar el endeudamiento de los hogares y sustituir la demanda perdida por las importaciones. Esto reduciría el ahorro de los hogares al aumentar la deuda de los consumidores. De forma similar, los gobiernos de la UE podrían reemplazar la demanda perdida por las importaciones ampliando los déficits fiscales. En ese caso, bajaría el ahorro público.
"Los gobiernos de la UE podrían reemplazar la demanda perdida por las importaciones ampliando los déficits fiscales. En ese caso, bajaría el ahorro público"
Europa ya ha visto cómo funcionan en la práctica estos mecanismos de ajuste. En 2002, las reformas laborales de Alemania dieron lugar a un modelo económico basado en la compresión salarial y una protección laboral más débil. Esto impulsó la competitividad exportadora y generó grandes superávits por cuenta corriente. Esos superávits, sin embargo, se consiguieron a costa de una demanda interna débil, que generó un exceso de ahorro el cual se canalizó hacia entradas de capital en el resto de la zona euro. Eso obligó a otros países del euro —privados del instrumento del tipo de cambio— a ajustarse por otras vías. España, por ejemplo, se ajustó primero mediante una burbuja inmobiliaria alimentada por la deuda, para luego sufrir una corrección brutal tras 2008, con el desplome de la demanda y el desempleo por encima del 25%. Italia, por su parte, confió menos en la contención salarial o en los despidos masivos y más en déficits fiscales persistentes y apoyo del BCE, desplazando de facto el coste del ajuste hacia un aumento de la deuda pública y no del paro.
Es fundamental subrayar que ni España ni Italia escogieron deliberadamente estas vías: ambas se vieron obligadas a ajustarse para absorber los superávits generados por las políticas industriales de Alemania dentro del marco de la moneda común.
Como en los casos de España e Italia, la UE se verá forzada a adaptarse al aumento de las entradas de capital. En ambos escenarios veremos una caída global del ahorro europeo —ya sea por más desempleo o por más deuda— y un cambio en la estructura de la economía europea alejándola de la manufactura. En el caso de un "ajuste vía desempleo", la producción total caería junto con la contracción del sector manufacturero, como ocurrió en España tras 2008. En el caso de un "ajuste vía deuda", la producción total se mantendría, pero con un desplazamiento estructural hacia los servicios, como en Italia, donde la deuda pública y el apoyo del BCE sostuvieron la demanda e impidieron un desempleo masivo, a costa de debilitar la capacidad industrial y hacer que el crecimiento dependa cada vez más de los servicios y el gasto público.
China, Estados Unidos y la pérdida industrial europea
Este giro se produciría tanto si la UE —o los gobiernos europeos individuales— quisieran fomentarlo como si no. La razón es que el modelo de crecimiento de China depende en gran medida de aumentar la cuota china en la manufactura global —actualmente en torno al 31%, con una economía que representa el 18% del PIB mundial—. Al mismo tiempo, un nuevo consenso bipartidista en Washington exige que Estados Unidos revierta su papel tradicional de acomodar los desequilibrios globales para recuperar su cuota en la manufactura global —hoy alrededor del 18%, con una economía que supone el 24% del PIB mundial—.
Si suben las cuotas de China y Estados Unidos en la producción manufacturera mundial, en la medida en que la UE absorba esos desequilibrios externos, se verá obligada a debilitar su base industrial y a financiar cada vez más su crecimiento mediante una expansión de los servicios impulsada por la deuda. En resumen: si la mitad del mundo —Estados Unidos y China— amplía su cuota de la manufactura global, la otra mitad —Europa y el resto, incluidos India y partes de los BRICS— verá inevitablemente cómo su cuota se reduce.
"La UE se encontrará compitiendo por una cuota decreciente de la manufactura de alto valor, bajo una competencia intensa de potencias como Japón o Corea del Sur"
Si asumimos que los países en desarrollo seguirán dominando la manufactura de menor valor añadido —como casi con toda seguridad ocurrirá—, la UE se encontrará compitiendo por una cuota decreciente de la manufactura de alto valor, bajo una competencia intensa de potencias como Japón, Corea del Sur, Taiwán y otras economías que pueden gestionar sus tipos de cambio y sus balances externos de forma mucho más activa que Bruselas.
Ninguno de estos escenarios ofrece resultados benignos. Ninguno implica una economía europea más sana o un stock de capital más productivo.
Son, más bien, desequilibrios compensatorios: ajustes forzados por flujos de capital externos que Europa no necesita, pero cuyo objetivo es permitir que los países excedentarios externalicen el coste de sus políticas internas.
Aunque muchos responsables europeos ven la retirada de Estados Unidos de su papel tradicional de amortiguar los desequilibrios de capital globales como una oportunidad para reemplazarlo parcialmente, es importante entender qué implica eso. Si las empresas europeas no están limitadas por la falta de capital, sino por la falta de demanda, como confirma el BCE, estimular las entradas de capital no beneficiará a los fabricantes ni a los productores europeos. Beneficiará, en cambio, a su sistema bancario y reforzará el papel global del euro en los asuntos monetarios, pero, como ocurrió en Estados Unidos, al precio de un aumento de la deuda y de un desplazamiento estructural de la economía desde la manufactura hacia los servicios.
Esto podría tener importantes consecuencias sociales y políticas para la UE, porque la manufactura siempre ha sido un motor clave del crecimiento de la productividad. A diferencia de la mayoría de los servicios, puede comerciarse a través de fronteras, lo que la hace crucial para las exportaciones y la competitividad. Los servicios, en cambio, son mayoritariamente locales —como sanidad o los cuidados personales—, y ni siquiera los que sí son comerciables, como las finanzas, las TIC o la consultoría, tienen una escala comparable a la demanda global de bienes. Esto implica que los servicios, por sí solos, no pueden compensar la pérdida de manufactura: no generan suficientes exportaciones ni el tipo de crecimiento de la productividad que eleva los salarios. El resultado es un desequilibrio estructural, con un exceso de consumo alimentado por la deuda, déficits comerciales persistentes y una frustración política creciente alimentada por desigualdades cada vez más profundas.
Al final, los desequilibrios internos de un país deben reflejar sus desequilibrios externos. Cuanto más renuncia a controlar su posición externa, más se ve obligada su economía interna a adaptarse a las políticas industriales de sus principales socios comerciales. Este es el paradigma que Europa debe afrontar con urgencia si quiere preservar su integración y mantener su relevancia global.
¿Cuáles son las opciones entonces? Podemos identificar cuatro posibles escenarios, cada uno marcado por una relación inversa entre su plausibilidad y su potencial impacto.
Escenario 1: El reequilibrio perfecto
Un posible escenario implica que China reequilibre hacia la demanda interna y colabore con Estados Unidos y la UE para redefinir el comercio global. En teoría, Pekín podría seguir la senda de Japón en los años ochenta, pasando de un modelo impulsado por las exportaciones a otro basado en el consumo interno y aliviando así las distorsiones externas que pesan sobre Estados Unidos y Europa. Sería el resultado óptimo: una demanda de los hogares más fuerte dentro de China reduciría de forma natural las tensiones comerciales globales y podría incluso sentar las bases para un Bretton Woods 2.0, un acuerdo orientado a revitalizar el comercio global impidiendo que los países exporten al exterior sus distorsiones internas, tal como defendía Keynes en 1944.
"Pekín podría seguir la senda de Japón en los años ochenta, pasando de un modelo impulsado por las exportaciones a otro basado en el consumo interno"
Sin embargo, este escenario es muy poco probable. El consumo de los hogares en China sigue por debajo del 40% del PIB —con diferencia, la cuota más baja del mundo—, y elevarlo de forma significativa requeriría una enorme transferencia de ingresos desde los gobiernos locales, cuyos círculos de apoyo son los principales beneficiarios de las actuales distorsiones de oferta, hacia los hogares. Una redistribución de entre el 10% y el 20% del PIB no sería solo un ajuste económico, sino una transformación política fundamental, que socavaría el poder del sector estatal, principal beneficiario del modelo vigente.
Por ello, aunque la aritmética del reequilibrio es sencilla, sus costes políticos hacen que sea una vía extremadamente improbable para Pekín. Además, no podría producirse rápidamente. Japón —cuyos desequilibrios fueron mucho menores en su pico que los de China hoy— tardó casi dos décadas en reequilibrarse y pagó un precio muy alto: su cuota del PIB global cayó de casi una quinta parte a principios de los noventa a alrededor del 3–4 % actual.
Escenario 2: El mundo actual
Un camino algo más plausible es que Pekín no corrija su modelo de crecimiento y siga dependiendo de la demanda externa para mantener la expansión industrial, mientras Estados Unidos continúa absorbiendo la mayor parte de los excesos globales. Es, esencialmente, el mundo en el que vivimos hoy: China no muestra señales reales de girar de forma decisiva hacia el consumo interno, y su crecimiento continúa ligado a la exportación de su producción excedentaria y su capital al exterior. Mientras tanto, Estados Unidos no ha resuelto el problema con aranceles, que solo redirigen los flujos comerciales sin reducir el déficit subyacente, y Europa permanece en gran medida desprotegida. En conjunto, Estados Unidos y la UE siguen absorbiendo el excedente y los desequilibrios financieros de China, con las consecuencias ya descritas: una manufactura más débil, más deuda o más paro y tensiones políticas crecientes.
"A diferencia de Europa, en Washington ya existe un consenso sobre la necesidad de defender la economía estadounidense"
Este escenario, en última instancia, es también poco probable, porque —a diferencia de Europa— en Washington ya existe un consenso sobre la necesidad de defender la economía estadounidense frente a esas distorsiones: la cuestión ya no es si Estados Unidos va a reequilibrarse, sino cómo va a hacerlo.
Escenario 3: EE. UU. y UE, a la defensiva
Tanto Estados Unidos como la UE podrían tomar medidas para defenderse mientras China intenta mantener su rumbo. En este escenario, China mantendría su actual modelo de crecimiento, que exige que su cuota de manufactura global siga aumentando más rápido que su cuota de consumo mundial, y la obligaría a preservar un superávit comercial muy abultado para cerrar la brecha de la demanda interna.
Sin embargo, aquí asumimos que tanto Estados Unidos como la UE actuarían de forma agresiva para recuperar el control de sus cuentas externas y proteger sus economías de los efectos de reestructuración derivados de las necesidades de sus socios comerciales. Es probable que ello genere un bloqueo: si ni Estados Unidos ni la UE absorben los desequilibrios externos que exige la estructura de la economía china, o bien deberán absorberlos otras grandes economías avanzadas o el mundo en desarrollo, o bien tendrán que eliminarse.
Lo primero es poco realista. En este escenario, países como Japón, Reino Unido, Australia, Canadá o Corea del Sur casi con toda seguridad actuarían con firmeza para defender sus propias economías. Lo segundo tampoco resulta verosímil: el mundo en desarrollo difícilmente puede absorber los superávits chinos a través de enormes déficits comerciales, dados sus actuales niveles de endeudamiento y su acceso limitado al capital.
"Es mucho más probable que China se vea obligada a una rápida reestructuración de su economía interna. En teoría, podría reequilibrarla mediante un fuerte aumento del consumo"
Es mucho más probable que China se vea obligada a una rápida reestructuración de su economía interna. En teoría, podría reequilibrarla mediante un fuerte aumento del consumo. Pero China necesitaría incrementar en diez y quince puntos porcentuales la cuota de la renta de los hogares en el PIB para convertirse en un país en desarrollo "normal". Para reequilibrarse en esa magnitud mientras mantiene un crecimiento del PIB del 4–5% anual, el consumo tendría que crecer hasta un 8% durante más de una década. Aunque es posible en teoría, exigiría transferencias tan grandes desde empresas y administraciones hacia los hogares (al revés de lo ocurrido en las últimas tres décadas) que cuesta imaginar cómo podría gestionar esos traspasos manteniendo al mismo tiempo tasas elevadas de crecimiento del PIB. Las propias transferencias probablemente serían muy disruptivas.
La única otra forma de reequilibrar la economía sería mediante una fuerte desaceleración del crecimiento del PIB, o incluso una contracción. Aunque la primera opción es posible en teoría, la historia solo ofrece precedentes de la segunda. Es un resultado que Pekín, presumiblemente, hará todo lo posible por evitar.
Escenario 4: La UE se queda sin respuesta
Existe, no obstante, otro futuro posible, en el que China mantiene el rumbo, Estados Unidos se protege y la UE no responde. Este es probablemente el peor desenlace para la UE. En este escenario, China podría seguir ampliando su cuota en la manufactura global mientras contiene el aumento de su participación en la demanda mundial. Estados Unidos haría lo contrario de lo que ha hecho hasta ahora: tomaría medidas para recuperar el control de su economía interna y reavivar su cuota de manufactura global. Al reducir su papel como "amortiguador automático" del exceso de ahorro mundial, Washington aliviaría la presión sobre su base manufacturera, ayudaría a reducir la deuda de los hogares y contendría la polarización social.
"Existe otro futuro posible, en el que China mantiene el rumbo, Estados Unidos se protege y la Unión Europea no responde: el peor desenlace para la UE"
A medida que la cuota estadounidense de producción global aumente en relación con su cuota de consumo —reflejando en sentido inverso lo que ya ha ocurrido en China—, la mayor parte del ajuste global recaerá sobre la UE. Europa se verá obligada a absorber ese excedente de capital y producción global, ya sea mediante un aumento del paro o mediante un aumento de la deuda. Dado el elevado coste social y político de una fuerte subida del desempleo, es probable que la UE opte por absorber ese exceso de capital permitiendo que la deuda aumente. Y, a medida que la deuda europea impulse un mayor consumo, la cuota de Europa en el consumo global crecerá, incluso cuando su cuota en la manufactura mundial disminuya y su economía se desplace desde la industria hacia el turismo y otros servicios.
El primer escenario es, obviamente, el mejor desde el punto de vista de la economía global, pero, al menos por ahora, parece el menos probable en términos políticos. El cuarto, en cambio, es el más verosímil, en gran medida por el riesgo de que Europa no reconozca la magnitud histórica de este desafío.
Cinco pilares para una respuesta europea
Si Europa quiere dejar de ser el receptor por defecto de los desequilibrios ajenos, no bastan veintisiete arreglos parciales. Necesita un marco único a escala de la UE que recupere el control de la cuenta externa, impida que las políticas industriales de otros países se trasladen a los costes y los salarios europeos y eleve las rentas de los hogares para que la demanda pueda crecer sin acumular deuda.
En concreto, esto implica cinco pilares vinculados entre sí. Primero, una política económico-externa única que alinee la defensa comercial, el control de inversiones, la reciprocidad en la contratación pública y la política de estándares, de modo que la combinación de importaciones y entradas de capital no erosione sistemáticamente el sector de bienes comerciables europeo. Segundo, reformar las normas de ayudas de Estado y de competencia para que la UE pueda ofrecer apoyos de escala europea y duración limitada a los sectores realmente comerciables y que elevan la productividad, y para imponer una disciplina estricta sobre los superávits dentro del mercado único, de modo que ni la moderación salarial ni la política fiscal de un país puedan trasladar los costes de ajuste a otros (es decir, el "modelo Alemania 2002"). Tercero, una capacidad fiscal modesta pero permanente en la zona euro que estabilice la demanda de forma simétrica, contrarrestando la pauta habitual en la que déficits y desempleo se concentran en los mismos lugares mientras los superávits persisten en otros. Cuarto, un pacto de rentas y salarios, especialmente en las economías excedentarias, para elevar la cuota de la renta de los hogares y la absorción interna, reduciendo la dependencia del bloque de la demanda externa. Por último, una doctrina clara sobre la sobrecapacidad de terceros países: cuando las diferencias de precios reflejen costes subvencionados de los factores o gestión del tipo de cambio, Europa debería recurrir a aranceles, cuotas y estándares calibrados, no para escoger ganadores, sino para neutralizar la distorsión y preservar espacio para que los productores europeos eficientes puedan invertir.
Los obstáculos a este conjunto de políticas son menos técnicos que políticos. El mercado único alberga modelos de crecimiento incompatibles: economías acreedoras que dependen de la demanda externa y la moderación salarial, y economías deudoras que deben compensar la fuga de demanda con deuda pública o desempleo. En ausencia de una postura externa común, estos modelos chocan dentro del euro y transforman los desequilibrios externos en fracturas intraeuropeas. Ese choque aparece primero en la toma de decisiones y luego en la ejecución.
"En ausencia de una postura externa común, estos modelos chocan dentro del euro y transforman los desequilibrios externos en fracturas intraeuropeas"
La toma de decisiones se atasca en la cúspide. En los grandes expedientes de política económica externa —incluidas sanciones, instrumentos comerciales con carga geopolítica y parte de la política exterior—, la unanimidad formal (y la unanimidad de facto, incluso donde existe voto por mayoría cualificada) permite que cualquier capital vete, dilate o exija excepciones.
El resultado son compromisos de mínimos que llegan tarde, con un alcance reducido y llenos de exenciones, justo cuando la ventana de influencia se está cerrando.
Después, la ejecución se deshilacha. Incluso cuando Bruselas fija las reglas, veintisiete autoridades nacionales y múltiples organismos europeos —aduanas, competencia y ayudas de Estado, oficinas de control de inversiones y exportaciones, reguladores y tribunales— las aplican con capacidades y criterios muy distintos. Las empresas y los terceros países explotan estas diferencias canalizando su actividad a través de las jurisdicciones más laxas y recurriendo a los tribunales, de modo que la aplicación deviene desigual, lenta y llena de resquicios. En conjunto, esto desemboca en un bloqueo en el centro y una ejecución irregular sobre el terreno.
La consecuencia es un retorno automático al camino de menor resistencia: tolerar las entradas de capital, celebrar un euro fuerte y socializar los costes mediante deuda, expansión de los servicios o pérdida de empleo. El miedo a represalias —sobre todo en los sectores muy expuestos a los mercados e insumos chinos— atrapa al sistema en un problema de acción colectiva: ningún Estado miembro quiere moverse primero y el mandato de la Comisión sigue siendo más estrecho que el problema.
En resumen, la UE está estructuralmente diseñada para arbitrar casos de competencia dentro del mercado, no para gestionar la política de balanza de pagos en sus fronteras. Mientras esa brecha persista, Europa seguirá importando las estrategias industriales de otros países y exportando su propio ajuste en forma de desigualdad, desindustrialización y fractura política.
Lo que está en juego para Europa
Lo que está en juego no es la "competitividad" europea en un sentido estrecho, sino la arquitectura de su modelo social y su capacidad para actuar como polo geopolítico. Si la UE continúa absorbiendo un capital neto que no necesita mientras tolera importaciones procedentes de sobrecapacidad que no puede igualar, financiará el consumo con deuda, desplazará el empleo hacia sectores no comerciables (es decir, servicios) y verá cómo se reduce la base de bienes comerciables que sostiene la productividad, los salarios y la cohesión.
"La falta de unidad política de la UE significa que no puede responder de forma unilateral en un mundo en el que sus principales socios comerciales sí tienen esa capacidad"
En última instancia, la falta de unidad política de la UE significa que no puede responder de forma unilateral en un mundo en el que sus principales socios comerciales (China, Japón, India y, cada vez más, Estados Unidos) están decididos a controlar sus cuentas externas y tienen capacidad para hacerlo de forma unilateral. La capacidad de un país para controlar su balanza externa determina en qué medida puede controlar sus desequilibrios internos y externalizar sus costes, así como la estructura de su economía y la proporción entre manufacturas y servicios.
A menudo se critica a la UE por su fuerte regulación de las empresas y su amplio Estado del bienestar, pero estos elementos no son necesariamente debilidades ni son necesariamente negativos para la economía global. Todo lo que eleve la renta de los hogares, por ejemplo, es bueno para la economía mundial porque incrementa la demanda global. Pero en un sistema comercial global en el que los "ganadores" son aquellas economías que más reprimen los salarios en relación con la productividad —incluyendo un menor apoyo del Estado del bienestar y menos regulaciones que protejan a trabajadores y hogares—, quedamos atrapados en una suerte de paradoja de Kalecki: un solo país puede aplicar políticas que hagan sus exportaciones más competitivas y así incrementar su crecimiento vía comercio. Pero si muchos países adoptan esas políticas, reducen la demanda global y todos pierden, lo que conduce a un crecimiento mundial más lento.
En este caso, la UE sufre no porque sus políticas internas sean necesariamente malas, sino porque muchas de ellas, aunque colectivamente buenas para Europa, para el mundo y para el crecimiento global, merman su competitividad frente a países que no siguen las mismas reglas y están dispuestos a sacrificar necesidades internas para maximizar la competitividad global de sus industrias.
"La alternativa no es una Europa autárquica, sino una Europa que fije las condiciones macroeconómicas bajo las cuales la apertura es sostenible"
La alternativa no es una Europa autárquica, sino una Europa que fije las condiciones macroeconómicas bajo las cuales la apertura es sostenible: estabilización simétrica dentro del euro; disciplina sobre los superávits que eleve la cuota de la renta de los hogares; una política económico-externa que filtre los desequilibrios ajenos en lugar de internalizarlos; y herramientas industriales a escala de la UE que impulsen la productividad en vez de apuntalar intereses establecidos; y, como garantía de todo ello, una política comercial que proteja a la UE de verse arrastrada a una carrera global hacia el abismo.
La lógica de la elección es binaria, aunque la política no lo sea. O Europa gobierna las condiciones en las que comercia con las economías excedentarias y con la postura cambiante de Estados Unidos, o seguirá intercambiando los mismos elementos que hacen viable económicamente y legítima políticamente la integración europea. La ventana para tomar esa decisión se está cerrando, no por ideología, sino porque la aritmética de la balanza de pagos, si no se gestiona, acaba convirtiéndose en política por otros medios.
Michael Pettis
'Senior fellow' en el Carnegie Endowment for International Peace
Es 'senior fellow' en el Carnegie Endowment for International Peace. Considerado un experto en la economía China, Pettis es además profesor de finanzas en la Escuela de Negocios de Guanghua (Pekín).
Enrico Fardella
Profesor adjunto en SAIS Europe (Johns Hopkins University)
Enrico Maria Fardella es profesor adjunto en SAIS Europe (Johns Hopkins University) y profesor asociado en la Universidad de Nápoles. Además, ejerce las funciones del proyecto ChinaMed.it y es director asociado del Instituto Guarini de asuntos públicos en la John Cabot University (Roma).