En las calles de la Ciudad de México, Buenos Aires, Bogotá o São Paulo, la escena se repite: bajo un semáforo, coinciden un coche de alta gama y un niño frente a él pidiendo una moneda. La diferencia más importante con Europa, por ejemplo, es que esa escena aquí no es una paradoja, tampoco una excepción: en América Latina esa es una realidad; una muy cruda, pero no por ello menos real.
En este continente, la opulencia y la miseria conviven siempre en la misma fotografía. En incontables situaciones, con infinitos matices. Pero la imagen de las grandes ciudades de la América de habla hispana (o portuguesa) bien podría ser barroca: el tenebrismo que contrasta con las luces es más que un accidente, es, sencillamente, un símbolo de identidad. El lujo, el despilfarro y la bonanza son situaciones tan cotidianas como la mendicidad, los cinturones de miseria en el conurbano de las grandes urbes, y la falta de acceso a los servicios más elementales para un número considerable de la población.
"El lujo, el despilfarro y la bonanza son situaciones tan cotidianas como la mendicidad o los cinturones de miseria en las afueras de las grandes urbes"
En México y Brasil, por ejemplo, se encuentran los nombres (y los despachos) de muchas de las grandes fortunas del mundo. Hablamos de empresarios mexicanos como Carlos Slim (una de las personas más ricas del mundo desde 2010), María Asunción Aramburuzabala (heredera del Grupo Modelo) y Ricardo Salinas Pliego (fundador de Grupo Salinas y de Banco Azteca); y de Brasil, Eduardo Saverin (cofundador de Facebook), Vicky Safra (heredera del imperio bancario Safra) y Jorge Paulo Lemann (inversionista en AB InBev y 3G Capital). Por otro lado, destacan modernos núcleos urbanos como Monterrey (México), una ciudad con un nivel de vida más alto que, incluso, muchas ciudades de Estados Unidos. O la Ciudad de México, la que más museos tiene en el mundo y donde el volumen de capitales que se mueve a diario alcanza las dimensiones de lo incalculable. También está Buenos Aires, que en barrios como La Recoleta o Palermo, además de toda la zona norte (Tigre, San Fernando y San Isidro) funciona como una suerte de mundo idílico, más parecido a Alemania; algo así como, la describió André Malraux, "la capital del imperio que nunca fue".
Sin embargo, no hay luz más deslumbrante que la que genera las sombras más oscuras. La otra imagen de esos mundos aparentemente idílicos es la de la miseria, el abandono, la falta de oportunidades, la informalidad, el subdesarrollo, la malnutrición (en muchas zonas de América Latina no solo hay hambre, además existen grandes núcleos urbanos en los que la mala alimentación es un factor vertebrador del subdesarrollo).
Claro, si uno piensa, por ejemplo, en el barrio de Las Lomas, en la capital mexicana, donde la estampa urbana la conforman mansiones de lujo, embajadas, restaurantes y tiendas con precios prohibitivos, difícilmente se puede pensar que es posible hablar de "una misma región" o "un continente en común", con, por mencionar algo, la zona minera de Potosí en Bolivia: allí, la esperanza de vida de un varón apenas pasa de los cuarenta años. Pero es cierto, la visión eurocentrista sigue considerando a América Latina como un todo: con sus virtudes y carencias, con sus riquezas y miserias. En pocas palabras, en los 20 millones de kilómetros cuadrados que componen a México, Centroamérica y Sudamérica, es posible encontrar tanto riquezas y recursos desbordantes como zonas poblacionales absolutamente olvidadas del desarrollo y del acceso a los servicios más mínimos para llevar una vida digna.
Aquí, en América Latina, el realismo mágico es mucho más que un género literario. Es, en pocas palabras, un modus vivendi.
La pobreza como fenómeno multidimensional
La Comisión Económica para América Latina, una de las cinco comisiones de la ONU, es uno de los organismos más influyentes sobre los temas que competen a la región. Y, en su informe referente al 2025, no muestra avances significativos en los esfuerzos que buscan reducir la desigualdad en la que es (y parece que seguirá siendo) la región más contrastante del mundo.
A pesar de las fortunas antes mencionadas, así como de las grandes industrias instaladas en México, Argentina o Brasil, el crecimiento regional no es alentador: en 2024, fue de 2,2%, y, para 2025, se estima que será de 2,4%. Y esa situación genera lo que el mismo informa llama "una trampa de bajo crecimiento". Esto quiere decir que, a pesar de los impactantes números macroeconómicos, y de los volúmenes de empresas como Femsa, Petrobras, Cemex, Grupo México o Mercado Libre, el subdesarrollo, la falta de oportunidades, las grandes extensiones con poblaciones en situación de marginalidad y extrema vulnerabilidad, reducen el crecimiento económico y de desarrollo en la región.
"Como fenómeno multidimensional, la pobreza también se mide con la falta de derechos, en oportunidades rotas, en territorios olvidados"
Otro punto importante del informe es el de la desigualdad multidimensional. ¿A qué se refiere esto? Básicamente, a que el contraste no es solo en cuanto al ingreso, al dinero. Es, también, aquello que favorece a la escuela inaccesible, al hospital sin medicinas (o a la sanidad pública devastada), a la mafia política que se disfraza de democracia, o a la crisis de seguridad y de justicia. Es decir, este fenómeno también se mide con la falta de derechos, en oportunidades rotas, en territorios olvidados. Hablamos del campo boliviano y de las favelas brasileñas, de manchas semiurbanas donde el cemento devora a lo rural, de los poblados hacinados en sierras donde la falta de luz y agua son parte de la cotidianidad. Geografías distintas, pero con una misma condena: la miseria. En pocas palabras, la desigualdad que generan las ciudades donde se concentran todos los servicios frente a periferias en las que la vida es solo una mera supervivencia.
Además, las mujeres son las que cargan con la peor parte. El informe nos muestra que ellas son las más afectadas por la pobreza, el empleo informal, la discriminación y, por supuesto, la violencia. Al respecto, los números son muy claros: por cada 100 hombres en situación de pobreza, hay 121 mujeres en la misma condición. En México, por ejemplo, el Gobierno dice que son once mujeres las que desaparecen todos los días, pero las organizaciones sociales y las madres buscadoras elevan esa cifra a, por lo menos, veinte. Además,
a pesar de que varios indicadores muestran que sí hubo una ligera disminución en la pobreza general, en las mujeres se ha visto, en la última década, un aumento de 16%. Por si fuera poco, son ellas las que tienen los salarios más bajos, las que desbordan las cifras en la informalidad laboral, y las que sufren más abusos y acoso en el ambiente de trabajo.
Un aspecto relevante más es el del debilitamiento en la confianza colectiva. La Cepal advierte que la desigualdad reduce la participación política efectiva, y eso emblandece a las democracias. Ligado a eso, se refuerzan los resentimientos socioeconómicos entre las partes más desiguales, se crea una mayor fragmentación social y aumenta la falta de identidad en los proyectos comunes. Ante eso, los ejemplos de Venezuela, Perú y, probablemente, Argentina, hablan por sí solos. Y, por si fuera poco, también se hace más notoria la crisis de legitimidad, es decir, los gobiernos, los partidos y las instituciones pierden credibilidad cuando no logran reducir las desigualdades. Esto le abre la puerta a las opciones populistas y aumenta la desafección ciudadana.
En resumen, la desigualdad no solo es que alguien tenga mucho dinero y que otro no lo tenga; el contraste está en todo lo que hace que eso sea así, tan indiscutible e irresolublemente así.
¿La desigualdad es un fenómeno reversible?
Es difícil imaginar cómo podría solucionarse un problema tan extendido, tan anquilosado, tan enraizado en América Latina, como el que plantea la imagen original de este texto: el coche de alta gama en un semáforo frente a un niño pidiendo una moneda.
Si la solución fuera fácil, más difícil aún sería creer que un plan al respecto no estuviese ya en marcha.
"Hasta ahora, políticas públicas contra la desigualdad han estado demasiado fragmentadas y se han creado pensando en el corto plazo"
Según el informe de la Cepal, las políticas públicas han estado demasiado fragmentadas y se han creado pensando en el corto plazo. Eso, de acuerdo con ese trabajo, impide enfrentar a la desigualdad estructural. Por ejemplo, hace mención de que algunos programas sociales aislados (subsidios, transferencias monetarias directas, etcétera) han tenido efectos beneficiosos inmediatos, pero no han logrado modificar las bases productivas, y, mucho menos, el acceso a los derechos más elementales. Es por eso, que, para lograr avances significativos, sobre todo en las regiones menos desarrolladas, es necesario poner en marcha políticas integrales y sostenidas en las que se combine la infraestructura, la educación de calidad, el acceso a los servicios universales de salud, y, más que nada, la consolidación de mecanismos de protección social permanentes.
Finalmente, ese trabajo muestra que, sin la visión de largo plazo, América Latina seguirá atrapada en la trampa de bajo crecimiento y alta desigualdad. No obstante, este fenómeno puede ser un motor de transformación, si es que se aprovechan las nuevas dinámicas de innovación tecnológica y diversificación productiva. El documento destaca que hay países en los que las energías renovables, la digitalización y la bioeconomía tienen un enorme potencial. Claro, eso se puede aprovechar si la gestión de esos sectores no se queda solo en las élites, y, por el contrario, se crean políticas estructurales en las que se tenga como prioridad la inclusión social y territorial. De lo contrario, solo se reforzarían las desigualdades ya existentes.
En palabras del propio texto: "la desigualdad puede ser el detonante de una nueva etapa de desarrollo inclusivo, si se convierte en el eje de las políticas públicas y no en su consecuencia inevitable". Para ello sería necesario, primero, tener la voluntad de cambio, pero la pregunta incómoda es: ¿existe esa voluntad desde los despachos de quienes hacen grandes negocios a costa de esa desigualdad?