Estados Unidos produjo bienes y servicios por valor de 28 billones de dólares en 2023. La familia media tenía un patrimonio neto de 192.900 dólares. Las acciones de las empresas estadounidenses representaban más de la mitad de la capitalización bursátil mundial. Y, aun así,
uno de cada ocho estadounidenses vivía en la pobreza, al igual que uno de cada siete niños.
La mejor forma que tenemos de ayudar a esas personas es darles dinero. Año tras año, la Seguridad Social saca a más de veinte millones de estadounidenses de la pobreza; los créditos fiscales, a seis millones; y los cupones de alimentos, las subvenciones a la vivienda, el seguro de desempleo y el Ingreso Suplementario de Seguridad, a otros dos a cuatro millones cada uno. Los expertos llevan tiempo defendiendo que ampliar estos programas reduciría aún más la tasa de pobreza. Proporcionar a las familias el dinero que tanto necesitan también suele tener una serie de efectos positivos añadidos, como mantener a los niños en la escuela y mejorar los indicadores de salud.
Pero una nueva serie de programas de transferencias monetarias ha arrojado resultados decepcionantes. En la nueva publicación de The Argument, Kelsey Piper
señala que "varios estudios amplios, rigurosos y con un muestreo amplio están demostrando que las transferencias de ingresos garantizados no parecen traducirse en mejoras sostenidas en la salud mental, los niveles de estrés, la salud física, el desarrollo infantil ni el empleo".
Ante estos resultados poco alentadores, sostiene Piper,
los políticos y responsables públicos deberían pensárselo dos veces antes de destinar más fondos a estas iniciativas de red de seguridad. De no hacerlo, advierte, "se desperdiciará dinero en cosas que no funcionan".
"La democracia estadounidense se desvanece y nadie está hablando de implantar una renta básica universal en un futuro próximo"
En este momento, tener un debate tecnocrático sobre cómo gastar el próximo dólar marginal del Estado del bienestar resulta casi absurdo. Los republicanos están desmantelando el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria y Medicaid para financiar recortes fiscales a los multimillonarios; los funcionarios de la Administración Trump envían
matones enmascarados a hacer desaparecer gente de las calles cuando no están ocupados mandando
planes de guerra por WhatsApp a mi jefe; la democracia estadounidense se desvanece, y nadie está hablando de implantar una renta básica universal en un futuro próximo. Aun así, el diseño de las políticas es importante, y
el análisis de estos nuevos estudios parece haber convencido a varios expertos renombrados de Washington y a los habituales de la esfera económica de Twitter de que las transferencias de dinero quizá no sean tan buena idea como pensábamos.
Sin embargo, este argumento tiende a sobrerrepresentar un conjunto limitado y reciente de datos, ignorando décadas de investigación sólida que demuestran que el dinero —especialmente cuando se destina a bebés y niños— es casi insustituible como remedio contra la pobreza y sus terribles consecuencias.
Los nuevos estudios se centraron en programas puestos en marcha durante los últimos ocho años. Todos funcionaban de manera similar. Los investigadores reclutaron a personas interesadas en recibir pagos en efectivo incondicionales, dividieron a los participantes en un grupo de control y un grupo de tratamiento, distribuyeron el dinero y analizaron las diferencias entre ambos grupos. Los programas variaban en el tipo de población participante (Baby's First Years se dirigía a bebés y madres; el
Denver Basic Income Project, a personas sin hogar; el
Compton Pledge, a hogares con bajos ingresos)
y en el tamaño y duración de las transferencias (el OpenResearch Unconditional Income Study ofrecía mil dólares al mes; Baby's First Years, un tercio de esa cantidad).
Los resultados fueron decepcionantes en algunos aspectos. "Personas sin hogar, madres primerizas y estadounidenses con bajos ingresos de todo el país recibieron miles de dólares. Y, sin embargo, son prácticamente invisibles en los datos", escribe Piper en su resumen. El programa de Denver no logró reducir de forma significativa la falta de vivienda. El de Compton no mejoró el bienestar psicológico de sus participantes ni alivió ciertos indicadores de angustia financiera. La iniciativa de OpenResearch no reforzó los resultados en
materia de salud. Baby's First Years no impulsó el
desarrollo infantil ni animó a las familias a mudarse a
mejores barrios. "En muchos indicadores importantes, estas personas son estadísticamente indistinguibles de aquellas que no recibieron la ayuda".
Pero las personas que recibieron ayuda sí eran estadísticamente diferentes de las que no la recibieron: tenían más dinero para gastar en lo que necesitaban o querían. En el programa piloto de OpenResearch, los participantes gastaron más en
vivienda, transporte y alimentación. Las madres que recibieron dinero a través de la iniciativa Baby's First Years tenían
menos probabilidades de vivir en la pobreza que las que no lo hicieron. En otras palabras, una conocida medida contra la pobreza redujo la pobreza.
Crisis del coste del nivel de vida
Este hallazgo tan evidente, quizá precisamente por serlo tanto, suele subestimarse. Las transferencias monetarias no son nada nuevo. Ninguna política del Estado del bienestar ha sido tan exhaustivamente estudiada a lo largo de las décadas. Solo el año pasado, las iniciativas destinadas a enviar dinero —o su equivalente— a las familias estadounidenses redujeron a la mitad la tasa general de pobreza. Hace apenas unos años, una enorme transferencia temporal de efectivo del Gobierno federal a los padres redujo la pobreza infantil a un mínimo histórico del 5,2%; la tasa repuntó tras la finalización del programa. Si se da dinero a la gente, la gente tiene dinero.
Dicho esto, no me sorprende que los efectos de los programas piloto fueran limitados, teniendo en cuenta el momento en que se aplicaron y cómo se estructuraron. Estas iniciativas tuvieron lugar durante y después de la pandemia de coronavirus, cuando el Congreso inundó a las familias con cheques de estímulo, bonificaciones semanales de seiscientos dólares a las prestaciones por desempleo y una asignación infantil de 3.600 dólares por hijo. Si los pagos sin condiciones de OpenResearch o Baby's First Years hubieran sido las únicas transferencias de efectivo que recibían las familias con bajos ingresos, cabe imaginar que su impacto habría sido mayor.
Un inciso: las transferencias monetarias son más eficaces en los países en desarrollo que en un país tan rico como Estados Unidos por una razón: cuanto más dinero tiene la gente, más caro resulta mejorar su situación; cuanto mayor es la privación material, mayor efecto tiene cada dólar para aliviarla.
"El brutal coste de la atención infantil, el cuidado de mayores, la educación superior, las consultas médicas, los medicamentos y el alquiler sigue golpeando a las clases trabajadora y media"
Más importante aún, los programas piloto se desarrollaron en plena crisis del coste del nivel de vida: una fuerte oleada inflacionaria combinada con un aumento prolongado de los precios del cuidado infantil, la sanidad y la vivienda. Unos pocos cientos de dólares al mes nunca iban a permitir a una madre soltera alquilar un piso en Denver ni pagar una guardería a jornada completa en Queens. Es posible que eso explique su menor impacto en el bienestar financiero y que las transferencias resultaran más efectivas en estados con un coste de vida bajo, como Illinois y Texas, que en la carísima
área metropolitana de Los Ángeles.
De aquí se desprende una lección importante para los responsables públicos. El dinero no sirve de mucho si no puedes comprar con él lo que necesitas, y el brutal coste de la atención infantil, el cuidado de mayores, la educación superior, las consultas médicas, los medicamentos y el alquiler —especialmente el alquiler— sigue golpeando a las clases trabajadora y media. No podemos salir de esta crisis solo a base de transferencias. Si se entregan vales para el cuidado infantil, los precios subirán salvo que aumente la oferta. Si se ofrece ayuda al alquiler, los propietarios absorberán el dinero. En este momento, el aumento de los costes energéticos está devorando las prestaciones de la Seguridad Social, los subsidios de desempleo y las transferencias derivadas de los créditos fiscales por ingresos del trabajo.
Pero la relación entre los ingresos familiares y las limitaciones de la oferta no es el eje del debate actual. Más bien, las críticas a las iniciativas de transferencias monetarias se centran en que no han conseguido aumentar las tasas de lactancia materna, reducir los niveles de estrés de las madres, modificar la actividad física de las personas ni mejorar su nivel educativo. A la vista de estos resultados, un "gran programa de dar dinero a todo el mundo" no hará que "las personas sean perceptiblemente más sanas o felices, ni que consigan mejores empleos o que mejore el desarrollo intelectual de sus hijos", escribe Piper, "al menos no a una escala detectable".
"El dinero mejora la salud, elimina el hambre, aumenta el nivel educativo, reduce la tasa de discapacidad, disminuye la desigualdad, incrementa los ingresos a lo largo de la vida y previene la encarcelación"
Sin embargo, cientos de estudios sobre programas de transferencias monetarias realizados durante el último medio siglo han llegado a la conclusión contraria. Dar dinero a la gente sí produce importantes beneficios colaterales. El dinero mejora la salud, elimina el
hambre, aumenta el
nivel educativo, reduce la
tasa de discapacidad, disminuye la
desigualdad, incrementa los
ingresos a lo largo de la vida y previene la
encarcelación. Los beneficios más notables se observan en los
bebés y los niños.
Pero el dinero no es magia, y esos efectos de segundo y tercer orden tardan tiempo en reflejarse en los datos. Las pensiones para madres —el precedente de los programas de bienestar actuales— tuvieron efectos moderados en las mujeres que las recibieron entre 1910 y 1930, pero impactos significativos en los ingresos y el nivel educativo de sus hijos décadas después.
Quizá otras intervenciones habrían funcionado mejor. Tal vez los investigadores deberían haber destinado el dinero de los programas piloto a, por ejemplo, formación laboral, orientación para el empleo, terapia, asesoramiento sanitario o alguna otra intervención. Pero estas políticas no tienen un historial especialmente prometedor, y los estudios actuales no arrojan luz sobre su eficacia comparada frente a las transferencias de efectivo. Los programas complejos, con criterios de participación igualmente complejos, también suelen ser costosos para el Estado y difíciles de manejar para los ciudadanos, lo que implica que menos personas acceden a ellos. Esa es una de las principales razones para, sencillamente, dar dinero a la gente. La mayoría prefiere recibir efectivo antes que un crédito fiscal reembolsable para reducir los costes energéticos, o un bono ajustado por ingresos canjeable en una ubicación concreta tras rellenar una montaña de formularios.
El objetivo de dar dinero a la gente ahora es sacarla de la pobreza. El objetivo de dar dinero a la gente es ofrecer a sus hijos una mejor oportunidad de tener una vida sana y próspera. Al leer los estudios, no podía dejar de pensar en aquella asignación infantil temporal. Cuando los padres recibieron el dinero, no se sintieron más felices. Pasaron por encima del umbral de pobreza y compraron
más alimentos. Pudieron permitirse más leche de fórmula para sus bebés y más frutas para sus hijos pequeños. Quizá eso decepcione a algunos. Pero como madre (o padre), no dejaba de pensar: qué triunfo.
© This article originally appeared on theatlantic.com and has been translated from English and reprinted with permission from The Atlantic. The Atlantic has not endorsed or sponsored this translated version of the article.
En colaboración con la Fundación "la Caixa"
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