Llevo veinte años leyendo elecciones latinoamericanas y
pocas veces he visto un tablero tan abierto como el que enfrenta Brasil de cara a 2026. Y miren que he visto de todo: de
Chávez a
Milei, pasando por media docena de vuelcos electorales que nadie siquiera imaginaba. Pero Brasil ahora mismo es otra cosa:
no hablo de incertidumbre estadística, eso es normal a año y medio vista. En este caso,
me refiero a algo más profundo: la sensación de que
las reglas del juego han cambiado y nadie tiene todavía el manual completo.
El fantasma que ordena la partida
Empecemos por la paradoja: Jair Bolsonaro no puede ser candidato, pero sigue siendo el candidato. Para quien no siga la política brasileña: el Tribunal Supremo Electoral lo inhabilitó hasta 2030 por sus ataques al sistema electoral. En teoría, está fuera. En la práctica, es una sombra omnipresente que bendice, veta y condiciona cada movimiento de la derecha. La pregunta no es si tienen futuro sin él, que lo tienen, sino si ese futuro se construirá con o contra su bendición.
"Pensar en Tarcísio de Freitas es pensar en alguien con el discurso de Isabel Díaz Ayuso, pero los modales de Alberto Núñez Feijóo"
Tarcísio de Freitas es hoy el nombre con más opciones de cuadrar el círculo de la derecha: heredar el voto duro sin heredar el rechazo. Es el gobernador de São Paulo, ingeniero, gestor respetado, leal a Bolsonaro pero sin su estilo incendiario. Piensen en alguien con el discurso de Isabel Díaz Ayuso pero los modales de Alberto Núñez Feijóo. El problema es que para ser candidato necesita dos cosas: dimitir como gobernador antes del 31 de marzo —la ley brasileña obliga a dejar el cargo con seis meses de antelación— y convencer a Bolsonaro de que un pariente suyo, su mujer Michelle o su hijo Eduardo, no tienen más posibilidades que él. Esa conversación, me temo, no será fácil.
Si el expresidente impone a alguien de su clan, veremos una campaña con transferencia inicial alta y rechazo estructural más alto todavía. Es la apuesta emocional: identidad, fe, familia, anticorrupción. Funciona para arrancar con un 30%, pero construir el 51% desde ahí es como escalar el Everest en sandalias.
Lula: la ventaja del poder y los límites de la gratitud
Del otro lado, Lula tiene lo que todo oficialismo querría: máquina estatal, control de agenda, recursos y capacidad de marcar el ritmo. Con 80 años recién cumplidos, busca su cuarto mandato —ya gobernó entre 2003 y 2010, y volvió en 2023 tras derrotar a Bolsonaro—. Pero enfrenta algo que ninguna maquinaria puede comprar: el fin de la gratitud política. Hoy, un brasileño que recibe Bolsa Familia —el equivalente al ingreso mínimo vital, pero con 21 años de historia y que llega a más de 20 millones de familias— no lo vive como un favor; lo vive como un derecho. Y si algo falla en inflación, servicios públicos o inseguridad, el castigo en las urnas es inmediato. Los éxitos de Lula pueden ser la clave de su debilidad en el 2026.
El mundo pospandemia es cruel con los gobernantes. No importa cuánto hagas: si la gente no percibe que su vida mejora, si no puede renovar el televisor o si tiene miedo de volver a casa de noche, tu gestión no existe. Los datos macro son para los economistas; las elecciones las gana quien conecta con la economía percibida. Y aunque para un economista resulte anatema, la percepción es la realidad.
"El trabajador sindicalizado ya no es el centro del mercado laboral brasileño, sino que el prototipo es el autónomo y el repartidor de aplicaciones"
Por eso me preocupa ver al Gobierno todavía apegado a un lenguaje de los años ochenta. El trabajador sindicalizado ya no es el centro del mercado laboral brasileño. Hoy el prototipo es el autónomo, el repartidor de aplicaciones, el que factura por plataformas. Brasil tiene más de quince millones de ellos. Esa gente no pide protección de tradición sindicalista; pide reglas claras, crédito accesible y menos burocracia. Si el Partido de los Trabajadores (PT) no actualiza su relato con ese Brasil, pierde.
Cinco claves de la elección
Creo hay cinco factores que definirán esta elección, pero hay uno que importa más que los otros cuatro juntos: el 10% del electorado verdaderamente disputable.
La mayoría de los brasileños ya sabe de qué lado está. Lulistas duros, bolsonaristas inquebrantables, liberales de mercado, progresistas urbanos: cada tribu tiene su identidad. Pero hay un segmento, en torno al 10-12%, que no vota por ideología sino por rechazo. Son urbanos, con estudios universitarios, liberales en lo social, pragmáticos en lo económico. Viven en las capitales y especialmente en Minas Gerais, el estado bisagra por excelencia (algo así como Castilla La-Mancha o Aragón en España, pero con veintiún millones de habitantes). Y deciden segundas vueltas.
Esa gente no pregunta "¿qué político me gusta más?", sino "¿a qué político tengo menos miedo?". Gana quien baje su nivel de rechazo en ese grupo, no quien entusiasme más a su base. Por eso importa tanto el tono: un Tarcísio que pacifica y tiende puentes gana; un Eduardo Bolsonaro que incendia las redes sociales pierde. Un Lula que habla de estabilidad gana; un Lula que solo vende habilidad para pactar en Brasilia pierde.
Las otras cuatro palancas son importantes, pero subordinadas a lo anterior:
- Economía percibida: la inflación baja, pero ¿la familia puede consumir? Ese es el termómetro real.
- Seguridad pública: dejó de ser un tema de los gobernadores. Se nacionalizó. Y la narrativa "policía detiene y los jueces los sueltan" cala en Brasil de la misma manera que en España. El Gobierno necesita políticas federales de seguridad creíbles y dejar de trasladar esa responsabilidad a los gobernadores, si no es así quien marque el relato en seguridad ganará en uno de los marcos narrativos más importantes de la campaña.
- Evangélicos y nuevos trabajadores: Brasil tiene más de 65 millones de evangélicos —casi un tercio de la población, más que toda España—. No son de derechas por dogma, pero sí más conservadores en valores y más emprendedores en su práctica laboral. Hablarles desde el estatismo clásico es perderlos.
- Comunicación digital: TikTok ya no es futuro; es presente. Y el que no entienda que un discurso de cincuenta minutos debe nacer pensado en cortes de treinta segundos, no va a llegar a tiempo
Dos caminos posibles
Tras todo este análisis, veo dos escenarios con más posibilidades de producirse que el resto:
- Lula contra Tarcísio es el más probable si el bolsonarismo no impone a alguien del clan. Sería un duelo de proyecto contra gestión, de Estado presente frente a Estado eficiente. Competitivo, sin locuras. Lo define el tono y el rechazo cruzado.
- La alternativa, Lula contra el clan Bolsonaro (Michelle o Eduardo), es pura identidad. Alta transferencia inicial, techo bajo en segunda vuelta. Funciona si logran desmarcarse del odio y abrirse al centro sin perder mística. Difícil, pero no imposible.
Por otro lado, existían dudas hasta última hora alrededor de la figura de Lula en la izquierda. Se pensaba que la edad y presentar un proyecto de renovación podían hacer que se viese a otro candidato. Aunque los rumores nunca fueron muy fuertes, algunos medios habían hablado de Fernando Haddad, ministro de economía y exalcalde de São Paulo. Sin embargo, Lula ha confirmado desde Malasia su voluntad de volver a ser candidato del PT. De producirse su victoria, comenzaría ese cuarto mandato con 81 años.
El Centrão: quien ríe último
Aquí hay que explicar este espacio político que no tiene comparativo en España. El "Centrão" no es un partido ni una ideología: es un bloque informal de partidos pragmáticos, sin definición ideológica clara, que controlan el Congreso brasileño y negocian con quien gobierne. Piensen en una coalición estable de formaciones, cada una con músculo territorial, que actúan como árbitros de la gobernabilidad. Tienen nombres exóticos: PSD (Partido Social Democrático), PP (Progressistas), União Brasil, Republicanos... Juntos suman cerca de 300 de los 513 diputados.
"El presidente propone, pero sin el Centrão no hay nada que sacar adelante en el Congreso: ni presupuestos, ni reformas, ni nombramientos"
Gobierne quien gobierne, la película se proyecta en el Congreso. Brasil se ha semiparlamentarizado de facto: el presidente propone, pero sin el Centrão no hay nada. Ni presupuestos, ni reformas, ni nombramientos. Eso condiciona la campaña de dos formas.
Las coaliciones se miden por capilaridad legislativa real, no por entusiasmo en redes sociales. Por otro lado, prometer "guerra total" al sistema rinde en Twitter, pero en el Palácio do Planalto, la sede del Gobierno,
se cobra con intereses.
Si tengo que apostar hoy, digo: Lula vs. Tarcísio, ajustado, con ventaja leve para Lula por maquinaria y por timing económico. Pero con dos condiciones: que el Gobierno conecte economía percibida con símbolos de seguridad, y que Tarcísio logre autonomía real respecto a Bolsonaro.
Brasil no votará por amor en 2026. Votará por prevención de riesgos. Ganará quien logre reducir su rechazo en el 10% swing y ofrecer un propósito que conecte economía y seguridad sin pleitos estériles.
En un país donde TikTok marca el pulso, no vence quien habla más, sino quien logra que otros cuenten su historia por él. Esa, en esencia, es la elección que viene. Y créanme: nadie tiene todavía la fórmula completa.