Lunes, 3 de agosto de 2026
MOVILIZACIONES

Serbia y la pérdida del horizonte europeo

Un año después de la tragedia de Novi Sad, los estudiantes serbios lideran un movimiento para "desafiar un sistema corroído por el clientelismo y el autoritarismo". Para Alejandro Esteso Pérez y Ruth Ferrero-Turrión, esta movilización demustra que "para gran parte de la juventud serbia, la UE no es una aliada, sino parte del problema".

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Las protestas en Serbia han sido constantes desde el pasado 1 de noviembre de 2024. | Flickr / TheClaptain
Las protestas en Serbia han sido constantes desde el pasado 1 de noviembre de 2024. | Flickr / TheClaptain
El 1 de noviembre, Serbia conmemoró el primer aniversario de la catástrofe en la estación de trenes de Novi Sad, donde el colapso de una marquesina de cemento dejó dieciséis muertos. Un año después, los estudiantes universitarios serbios siguen reclamando justicia y rendición de cuentas, liderando uno de los movimientos sociales más amplios y transversales de la historia reciente del país, comparable solo con las protestas que derribaron a Slobodan Milošević en el año 2000.

Con el apoyo de miles de ciudadanos, los jóvenes afrontan su segundo invierno de movilización en calles, plazas y universidades. Su objetivo no es otro que depurar responsabilidades políticas y desafiar un sistema corroído por el clientelismo y el autoritarismo. Mientras tanto, la Unión Europea permanece ausente. Bruselas, ensimismada en sus crisis internas y sus dilemas geopolíticos, no ofrece respaldo político ni moral a los manifestantes, confirmando su incapacidad para alinearse con las fuerzas democratizadoras en un país que lleva años hundiéndose en la autocracia.

La bandera que no ondea

En los últimos años, Europa ha sido testigo de una oleada de protestas ciudadanas —desde Serbia hasta Georgia— que reclaman democracia y Estado de derecho. Sin embargo, mientras en Tiflis las banderas europeas simbolizan esperanza, en las calles serbias la insignia azul de la UE está ausente. Esta omisión es más que simbólica: refleja una ruptura profunda entre Serbia y el ideal europeo.

Para los jóvenes serbios, Bruselas ha perdido toda credibilidad. Las continuas muestras de complacencia hacia el presidente Aleksandar Vučić —halagado por altos funcionarios europeos mientras reprime manifestaciones pacíficas— han erosionado la imagen de la UE como garante de valores democráticos. Al mismo tiempo, varios Estados miembros firman acuerdos económicos y mineros lucrativos con Belgrado, incluso mientras la policía utiliza armas sónicas ilegales y recurre a la violencia contra manifestantes, periodistas y activistas.

"Ni la Comisión Europea ni el Partido Popular Europeo, donde se refugia la formación de Vučić, han mostrado voluntad de sancionar estos abusos"
Ni la Comisión Europea ni el Partido Popular Europeo (PPE), donde se refugia la formación de Vučić como miembro asociado, han mostrado voluntad de sancionar estos abusos. En consecuencia, para gran parte de la juventud serbia, la UE no es una aliada, sino parte del problema.

Un horizonte europeo que se desvanece

Doce meses después de Novi Sad, la paradoja es evidente: mientras la sociedad civil protagoniza un movimiento sin precedentes por la dignidad y la justicia, la Unión Europea se ha desvanecido del imaginario colectivo. Su silencio —presentado como prudencia diplomática— ha minado su poder simbólico como horizonte democrático en los Balcanes Occidentales.

La promesa de adhesión a la UE, paralizada durante años, ya no significa nada para una generación criada en el escepticismo. "Europa", antaño sinónimo de estabilidad, es hoy percibida como una entidad contradictoria, absorbida por sus propias crisis: la gestión migratoria, la inseguridad energética y el auge de la extrema derecha.

El gobierno de Vučić, consciente del desencanto, ha convertido la retórica antieuropea en instrumento político. Presenta a la UE como un vecino hipócrita e impotente, incapaz de defender sus valores frente a los conflictos de Ucrania y Gaza o ante sus propias derivas iliberales. Serbia mantiene un discurso proeuropeo formal mientras estrecha lazos con Rusia y China y consolida un régimen intolerante hacia la disidencia.

"Sus consignas apelan a la justicia, la verdad y la libertad frente al miedo, no a la adhesión europea, porque ven a la UE como cómplice del iliberalismo"
En este contexto, la negativa de los estudiantes a definirse como proeuropeos no implica apatía, sino una ruptura generacional consciente. Sus consignas apelan a la justicia, la verdad y la libertad frente al miedo, no a la adhesión europea. Para muchos de ellos, la UE es cómplice del iliberalismo serbio, al haber priorizado la estabilidad regional por encima de la democracia. La ausencia de banderas europeas en las manifestaciones es la evidencia de que aquí Bruselas no representa a un referente moral.

Serbia y la deriva autoritaria global

El desencanto serbio no es un fenómeno aislado, sino parte de una tendencia global hacia la consolidación autoritaria y la fatiga democrática. En múltiples regiones, los gobiernos redefinen la represión mediante tecnologías de vigilancia, control informativo y manipulación emocional.

La Serbia de Vučić se inscribe en el mismo patrón que la Turquía de Erdoğan, la Hungría de Orbán o el Israel de Netanyahu: regímenes que mantienen fachadas electorales mientras vacían las instituciones y convierten el miedo en capital político. Lo preocupante en el caso serbio es su posición geopolítica, en la frontera de una Europa cada vez más inestable, y la falta de una respuesta coherente de la UE.

Bruselas, al priorizar la "estabilidad" sobre la democracia, ha terminado reforzando el pacto autoritario que pretendía evitar. Cada vez que ignora la censura mediática, la brutalidad policial o las irregularidades electorales en Serbia, debilita su autoridad moral y confirma que sus principios democráticos son negociables.

Juventud, autonomía y nuevas formas de acción política

En este panorama, las movilizaciones estudiantiles destacan por su autonomía y por su capacidad de resistencia. Han creado espacios autogestionados de deliberación y solidaridad, al margen de los partidos políticos y las ONG tradicionales. Lo que empezó como una respuesta al duelo por las víctimas de Novi Sad ha derivado en un movimiento cívico maduro que rechaza ser instrumentalizado.

"Estos jóvenes operan en un contexto pospartidista, convencidos de que la clase política en su conjunto ha traicionado la promesa democrática"
Las asambleas horizontales, el uso de tecnologías encriptadas y la toma de decisiones colectiva reflejan una generación que desconfía tanto del poder como de la oposición. A diferencia de las marchas de 1996–97 o de las protestas ecologistas de 2020, estos jóvenes operan en un contexto pospartidista, convencidos de que la clase política en su conjunto ha traicionado la promesa democrática.


Lejos de ser ingenuos, su distanciamiento de los partidos es una estrategia para preservar la independencia y la credibilidad del movimiento. Su capacidad para mantener la movilización durante meses, conectar con estudiantes de otros países y sortear la censura digital revela la emergencia de una nueva cultura democrática, no dependiente de tutelas externas ni de validación institucional. Aunque carecen de un programa político formal, encarnan una renovación ética que ni Bruselas ni Belgrado pueden ignorar.

Una esperanza frágil

La deriva autoritaria de Serbia ofrece a Bruselas una excusa perfecta para justificar la parálisis de la ampliación europea. Pero esa estrategia, que prioriza el cálculo geopolítico sobre los valores, ha contribuido al mismo estancamiento que denuncia. Ha llegado el momento de reconocer —como muchos serbios ya hacen— que solo la sociedad civil podrá salvarse a sí misma.

El día en que los autócratas serbios sean historia, la UE deberá mirarse al espejo con vergüenza, consciente de haber traicionado los principios que dice defender. Si quiere recuperar relevancia en los Balcanes, Bruselas debe reconstruir su coherencia moral: los gestos simbólicos y la ayuda técnica no bastan. Se necesita una posición firme contra el autoritarismo, dentro y fuera de sus fronteras, y el reconocimiento de que la democracia no puede subcontratarse a regímenes represivos.

Apoyar a los movimientos juveniles serbios, aunque sea con recursos intangibles —visibilidad, programas de intercambio, protección de activistas—, sería un primer paso para reconstruir la confianza. Por ahora, sin embargo, el silencio europeo persiste.

En las calles de Serbia, los estudiantes siguen gritando por justicia sin mirar hacia Bruselas. Su lucha, nacida del dolor y sostenida por el coraje, recuerda a Europa aquello que una vez representó. La tragedia no es solo la muerte de dieciséis personas bajo la marquesina colapsada, sino que toda una generación ha dejado de creer que Europa pueda ofrecerles refugio.
Alejandro Esteso Pérez
Alejandro Esteso Pérez
Investigador y profesor externo en la Universidad Complutense de Madrid
Es investigador no residente en el Group for Legal and Political Studies (GLPS) de Pristina y profesor externo de política contemporánea de los Balcanes Occidentales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Ruth Ferrero-Turrión
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM)
Investigadora del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (Icei).
Participación