A los seis meses del inicio de la guerra con Irán,
el enfrentamiento en el estrecho de Ormuz sigue sacudiendo la economía global. Los operadores bursátiles y los gobiernos están atentos a cualquier indicio de escalada, mientras que los hogares y las empresas
pagan más por el combustible y temen una escasez de energía. Pero la guerra también está teniendo
un impacto ambiental más profundo, aunque menos visible, al aumentar las emisiones de dióxido de carbono y socavar la cooperación internacional en materia de cambio climático. Y, a diferencia de los precios elevados del petróleo, esos costos no desaparecerán cuando termine la guerra.
Irán, por supuesto, es solo uno de los focos de tensión geopolítica. En 2025 hubo
sesenta y cinco conflictos armados con participación estatal en todo el mundo,
la cifra más alta desde que se comenzaron a llevar registros en 1946. Si bien Oriente Medio y Ucrania acaparan los titulares, las guerras civiles en Sudán y Myanmar siguen en pleno apogeo. El gasto militar global
aumentó por undécimo año consecutivo en 2025, alcanzando casi 2,9 billones de dólares. Por el contrario,
la ayuda oficial al desarrollo se redujo en más de un 23% en términos reales —el mayor descenso anual de la historia—.
Mientras tanto,
la crisis climática sigue agravándose. Los últimos tres años han sido los
más cálidos de los que se tiene registro, y todos los años comprendidos entre 2015 y 2025 figuran entre los once más cálidos jamás registrados. Un informe de 2025 elaborado por el Planetary Boundaries Science Lab reveló que se han superado
siete de los nueve límites planetarios de la Tierra —la acidificación de los océanos fue la última en salir del rango de seguridad—. Una
intensificación de El Niño podría empeorar la situación, calentando un planeta que ya es excepcionalmente cálido y aumentando la probabilidad de sequías, inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos devastadores.
Las emisiones relacionadas con los conflictos siguen sin contabilizarse adecuadamente en los registros climáticos, lo que
dificulta estimar el impacto ambiental total de la guerra de Irán. Las emisiones militares suelen notificarse de forma incompleta, si es que se las notifica, y rara vez son objeto de escrutinio. Una
revisión de 2026 que analizó 263 estudios independientes reveló que más del 90% de las emisiones vinculadas a operaciones militares y conflictos no se contabilizan.
Los métodos están mejorando, pero las estimaciones siguen variando en función de lo que se considere actividad militar y de cómo se evalúen los daños en la infraestructura.
"Más del 90% de las emisiones vinculadas a operaciones militares y conflictos no se contabilizan"
A principios de este año, un análisis del Climate and Community Institute
estimó que
los primeros catorce días de combates entre Estados Unidos, Israel e Irán generaron más de cinco millones de toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono equivalente (CO₂e), más de lo que emite Islandia en un año. Las emisiones han seguido aumentando desde entonces, aunque no existe una estimación comparable para la guerra en su conjunto.
La huella de carbono de la guerra seguirá creciendo una vez que cesen los combates. La reconstrucción de carreteras, viviendas e instalaciones industriales dañadas requiere de la producción de grandes cantidades de cemento y acero, materiales con una alta intensidad de carbono. Un estudio de 2024
reveló que
la reconstrucción de posguerra puede generar una enorme huella de carbono, que en algunos casos puede equipararse a las emisiones de un país antes de la guerra.
Luego está
el legado tóxico de la guerra. Los ataques contra refinerías e instalaciones petroquímicas pueden liberar compuestos de azufre, metales pesados y otros contaminantes al aire y al agua, contaminando suelos, acuíferos y ecosistemas costeros en una región que ya sufre calor extremo y escasez de agua. Las columnas de humo pueden desaparecer de las imágenes satelitales en cuestión de días, pero
la contaminación puede prolongarse por generaciones.
"La huella de carbono de la guerra seguirá creciendo una vez que cesen los combates"
Los efectos indirectos de la guerra pueden ser aún más perjudiciales. Las guerras destruyen activos físicos, pero también alteran los
cálculos por detrás de la política energética. Cuando las rutas establecidas dejan de ser fiables,
los gobiernos y las empresas recurren a suministros que consideran seguros y políticamente manejables, aunque eso implique utilizar combustibles más contaminantes.
En este sentido,
el cierre del estrecho de Ormuz marca un punto de inflexión. El tráfico marítimo por esta vía navegable se ha visto gravemente reducido desde que comenzó la guerra el 28 de febrero y se paralizó de nuevo a principios de julio, lo que provocó lo que la Agencia Internacional de la Energía
describió como la "mayor interrupción del suministro en la historia del mercado global del petróleo".
Los precios del petróleo superaron los 110 dólares por barril. El efímero alto el fuego entre Estados Unidos e Irán reabrió brevemente el estrecho e hizo bajar los precios, pero desde que se rompió y expiró el plazo para las negociaciones, el tráfico marítimo se ha visto interrumpido de nuevo y los mercados energéticos globales hoy están sometidos a una presión renovada.
El atractivo resistible del rey carbón
Aunque un solo incidente naval hoy puede desencadenar una crisis energética global casi de la noche a la mañana,
los gobiernos y los mercados siguen confiando en un suministro confiable de combustibles fósiles. En julio, por ejemplo, la Administración de Información Energética de Estados Unidos
proyectó que los precios del Brent caerían hasta setenta y cuatro dólares en el tercer trimestre; días después,
los nuevos ataques estadounidenses hicieron que ese pronóstico se volviera obsoleto.
"Los efectos indirectos de la guerra pueden ser aún más perjudiciales. Las guerras destruyen activos físicos, pero también alteran los cálculos por detrás de la política energética"
Ante el temor a una escasez de energía,
muchos gobiernos responden a la crisis recurriendo en mayor medida a los combustibles fósiles. Es posible que se mantengan en funcionamiento centrales de carbón cuyo cierre estaba previsto, que se reactive capacidad que había quedado inactiva y que
contratos de emergencia para el suministro de gas acaben convirtiéndose en permanentes.
Ya se pueden observar indicios de este resurgimiento de los combustibles fósiles. Varios países han aumentado la
generación a carbón o han retrasado el cierre de centrales en los últimos meses,
repitiendo la carrera por los combustibles fósiles que siguió a la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022. En mayo,
109 países habían anunciado medidas relacionadas con la energía en respuesta a la guerra. Casi veinte gobiernos introdujeron medidas estructurales para mejorar la eficiencia o acelerar la electrificación, pero la mayoría de estas intervenciones tenían como objetivo ahorrar combustible y proteger a los consumidores. Si bien algunas medidas pueden ayudar a amortiguar el impacto,
también amenazan con perpetuar las mismas dependencias que provocaron la crisis en primer lugar.
Cabe destacar que esta es la primera gran crisis del petróleo en la que existen alternativas limpias disponibles para el mercado masivo. La crisis puede hacer que el carbón y el gas natural resulten más atractivos a corto plazo, pero
con el tiempo también podría erosionar la confianza en los combustibles fósiles importados y reforzar los argumentos políticos y económicos a favor de la electrificación.
"Esta es la primera gran crisis del petróleo en la que existen alternativas limpias disponibles para el mercado masivo"
Esto no pretende sugerir que
la transición hacia la energía limpia vaya a ser un camino de rosas. Las baterías, los paneles solares y las turbinas eólicas dependen de
minerales críticos producidos y procesados a través de cadenas de suministro globales altamente concentradas. Según
una estimación reciente,
la implementación plena de los controles de China a la exportación de tierras raras podría poner en riesgo una producción anual de 6,5 billones de dólares en fases posteriores de la cadena de valor fuera de China.
A menudo se pasan por alto algunas de estas vulnerabilidades en los debates sobre política energética, ya que implican insumos poco conocidos como
el azufre y el ácido sulfúrico, que son esenciales para la producción de fertilizantes fosfatados y para el procesamiento de cobre, cobalto y níquel. Oriente Medio
produce alrededor de una cuarta parte del azufre mundial, y
casi la mitad del comercio marítimo mundial de azufre pasa por el estrecho de Ormuz.
Las recientes interrupciones ya han llevado a China a restringir las exportaciones de ácido sulfúrico, lo que ha hecho subir los costos en las cadenas de suministro tanto de minerales como de fertilizantes.
Dado que la electrificación y la producción de alimentos
también dependen de cadenas de suministro concentradas y de puntos críticos de paso marítimo,
la rapidez ha cobrado una importancia crucial. Mientras que construir una terminal de GNL o una central térmica puede llevar años,
los paneles solares en los techos, las baterías y las mejoras de eficiencia pueden implementarse con mucha más celeridad.
La energía limpia, sin embargo,
sigue viéndose limitada por los elevados costos de financiación, los retrasos en la concesión de permisos, redes eléctricas inadecuadas y cadenas de suministro concentradas. Aun así,
los paneles solares y las baterías pueden instalarse pieza por pieza sin esperar a que entre en funcionamiento un gran proyecto único.
Fortalecer la fabricación nacional podría ayudar a abordar algunos de estos problemas, pero
producir todos los minerales y componentes en el propio país resultaría prohibitivamente caro y poco realista. En lugar de buscar la autosuficiencia, los países deberían construir cadenas de suministro diversificadas que puedan sobrevivir a la pérdida de un proveedor sin que el sistema colapse.
Las alternativas al petróleo también conllevan sus propios costos ambientales. Tomemos como ejemplo los biocombustibles. Cuando suben los precios del petróleo y del gas,
el maíz, el aceite de palma, la soja y el azúcar se vuelven más atractivos, ya que pueden integrarse fácilmente en los sistemas de combustible existentes. Sin embargo,
la tala de bosques ricos en carbono para dar cabida a cultivos destinados a la producción de combustible puede generar una deuda de emisiones que tardaría décadas en poder saldarse.
"Los países deberían construir cadenas de suministro diversificadas que puedan sobrevivir a la pérdida de un proveedor sin que el sistema colapse"
Asimismo,
el aumento de la demanda de biocombustibles no se traduce necesariamente en precios más altos para los cultivos. Lo que los agricultores puedan llegar a ganar realmente depende de las disposiciones gubernamentales, la capacidad de refinado y los mercados de materias primas. Y cuando los precios de los cultivos suben, también lo hace el valor de las tierras agrícolas, lo que hace que
la tala de bosques resulte aún más lucrativa.
La guerra de Irán ya está imponiendo esa disyuntiva. Los gobiernos que se enfrentan a una crisis de los precios de los combustibles tienden a recortar presupuestos, y las agencias ambientales rara vez cuentan con el peso político necesario para proteger los suyos. Esto abre la puerta al acaparamiento de tierras y a la tala ilegal, que
las organizaciones criminales no tardan en explotar.
"Los gobiernos que se enfrentan a una crisis de los precios de los combustibles tienden a recortar presupuestos"
Otra vulnerabilidad es
la producción alimentaria. Aunque los efectos del desplazamiento de los agricultores y la interrupción de los cultivos pueden demorar meses, incluso años, en manifestarse, la guerra de Irán ha
acelerado el proceso al sumir a los mercados de materias primas en el caos.
Las interrupciones en los envíos de ácido sulfúrico y gas natural desde el Golfo ya están haciendo subir los costos para los agricultores que dependen de las importaciones.
El Banco Mundial prevé que su
índice de precios de los fertilizantes aumentará más de un 30% en 2026, como consecuencia del incremento de los costos de los insumos, la demanda de biocombustibles y la crisis del estrecho de Ormuz.
Los países más pobres, donde los agricultores tienen menos acceso al crédito y los gobiernos disponen de menos recursos para amortiguar las fluctuaciones de precios, serán los más afectados.
La invasión de Ucrania por parte de Rusia
puso de manifiesto lo rápido que una guerra en una parte del mundo puede poner en peligro la seguridad alimentaria en otra. La guerra en Irán hoy está afectando a las mismas cadenas de suministro, que ya se encontraban bajo presión. Una escasez de fertilizantes que retrase la siembra puede que no reciba tanta atención mediática como un ataque con misiles, pero
sus consecuencias pueden ser aún más devastadoras y duraderas.
La diplomacia climática en el punto de mira
En lugar de fortalecer los planes de reducción de emisiones o proteger los bosques,
los gobiernos se centran en contener los precios de la energía y garantizar el suministro de combustible. No es difícil entender por qué: las políticas climáticas ya son de por sí difíciles de vender sin que los hogares y las empresas se quejen del aumento de los costos del combustible.
La diplomacia climática es una de las cosas más fáciles de posponer.
"Una escasez de fertilizantes que retrase la siembra puede que no reciba tanta atención mediática como un ataque con misiles, pero sus consecuencias pueden ser aún más devastadoras y duraderas"
En tanto sequías cada vez más graves secan los ríos y avivan los incendios forestales en toda Europa y América del Norte,
el momento no podría ser peor. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) celebrada el año pasado en Belém concluyó sin que se adoptaran hojas de ruta para abandonar los combustibles fósiles o detener y revertir la deforestación. Posteriormente, la presidencia brasileña
puso en marcha ambas iniciativas al margen del acuerdo formal de
la COP30, pero
esos esfuerzos actualmente deben competir con una guerra que está acaparando la atención diplomática y el dinero público.
Ahora bien,
las consecuencias de retrasar la descarbonización ya no son hipotéticas. Cada año que aumenta el uso de combustibles fósiles y los bosques siguen desapareciendo se ejerce más presión sobre el sistema climático, lo que
incrementa el riesgo de una mayor pérdida de capas de hielo, una circulación oceánica más débil, precipitaciones más erráticas y daños graves a ecosistemas vitales.
"Las consecuencias de retrasar la descarbonización ya no son hipotéticas"
Como todas las guerras, la guerra de Irán acabará por terminar. Se reanudará el transporte marítimo, se firmarán contratos de reconstrucción y la atención del mundo pasará a otros asuntos. Pero
la infraestructura con altas emisiones de carbono construida en respuesta a una crisis energética puede permanecer en pie durante décadas, mientras que
los ecosistemas dañados quizá nunca se recuperen por completo.
Aunque la guerra ha complicado las negociaciones climáticas,
la turbulencia geopolítica no tiene por qué hacer descarrilar la transición energética. Apostar por los biocombustibles y volver al carbón son decisiones políticas, y
los gobiernos pueden optar por no sacrificar la Amazonía para mantener bajos los precios de los combustibles.
Para evitar ese desenlace se necesitan medidas de protección claras.
Cualquier decisión de mantener en funcionamiento las centrales de carbón debería tener una fecha de caducidad, y las compras de gas en situaciones de emergencia no deberían obligar a los países a comprometerse a recibir durante décadas un suministro que quizá no deseen. La aplicación de la normativa ambiental debería protegerse frente a los recortes presupuestarios de emergencia. Y cuando se ponga en marcha la reconstrucción,
se debería dar prioridad a materiales con menores emisiones de carbono.
Estas medidas deben ir acompañadas de inversión pública, ya que
las crisis energéticas tienden a convertir las políticas climáticas en un lastre político. Los gobiernos tendrán que amortiguar el golpe, pero las ayudas deben destinarse a los
hogares con menos ingresos, en lugar de subsidiar la electricidad de forma generalizada. También deben invertir en
medidas que reduzcan la demanda de forma permanente, como la energía limpia descentralizada y un mejor transporte público.
Las energías renovables ya están empezando a reducir la dependencia de fronteras en disputa y rutas marítimas peligrosas. La capacidad global de energía renovable alcanzó un récord de
5.149 gigavatios el año pasado —solo en 2025 se añadieron 692 gigavatios—.
Las energías renovables representaron el 85,6% de toda la nueva capacidad energética y ahora constituyen casi la mitad de la capacidad de generación instalada a nivel global, aunque el mundo está muy lejos de alcanzar el objetivo de triplicar la capacidad renovable para 2030.
Estas cifras miden la capacidad más que la generación, pero
muestran la rapidez con la que están cambiando los sistemas eléctricos. Las energías renovables no hacen que los países sean inmunes a las crisis. Las redes eléctricas pueden sufrir ataques o fallos, y gran parte de los equipos de los que dependen se distribuyen a través de cadenas de suministro globales.
Lo que sí reducen es la dependencia de los combustibles importados.
"Las energías renovables ya están empezando a reducir la dependencia de fronteras en disputa y rutas marítimas peligrosas"
La guerra de Irán ha hecho que resulte difícil ignorar
las ventajas de la energía limpia en materia de seguridad. Después de todo, la energía solar y eólica generada a nivel nacional no puede ser bloqueada en un estrecho situado al otro lado del mundo. Sin embargo, los esfuerzos por reducir la dependencia del petróleo pueden crear nuevas vulnerabilidades.
La presión renovada sobre los bosques tropicales debido al aumento de la demanda de biocombustibles muestra lo que ocurre cuando se trata a los ecosistemas como algo prescindible.
La seguridad energética y la seguridad climática no son lo mismo, pero ahora se refuerzan mutuamente. Reactivar las centrales de carbón o buscar proveedores de petróleo más seguros serviría de poco para proteger al mundo de futuras crisis energéticas o ambientales.
La única vía sostenible es acelerar la transición para abandonar los combustibles fósiles, al tiempo que se construyen sistemas de energía limpia más diversos, descentralizados y resilientes.
Lourenço Bustani ha colaborado en este artículo de opinión.
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