El gran Eduardo Mendoza, cuando aceptó el Premio Princesa de Asturias, dijo las siguientes palabras: "No me gusta el mundo tal como lo veo, quizá porque he tenido la suerte de vivir una larga etapa excepcional de relativa paz, estabilidad y bienestar". Muchos compartimos esa incomodidad, esa sensación de asistir en directo al desmontaje del mundo que conocíamos, al menos del occidental.
"Diez años después del 'Brexit' y siete después de los chalecos amarillos, seguimos sin saber del todo el origen de lo que está pasando"
¿Dónde está el origen de lo que está pasando? No hay consenso al respecto, pese a que han pasado casi diez años desde el referéndum del Brexit y la primera victoria de Donald Trump en 2016, y siete desde el estallido de los chalecos amarillos en 2018. En el último año y medio, varias de las grandes democracias han pasado por las urnas. Contamos, por tanto, con perspectiva y el caudal de datos suficiente para, al menos, identificar algunas tendencias importantes.
¿Es la economía? ¡No!
El avance de la extrema derecha se interpreta a menudo en clave exclusivamente económica, como una reacción al prolongado y profundo declive de las clases medias, que se sienten abandonadas por un sistema incapaz de resolver sus problemas o responder a sus expectativas. En los últimos tiempos, los análisis demoscópicos detectan también patrones individuales en el voto ultraderechista, con un claro predominio masculino y una presencia creciente de jóvenes. Pero en España suele olvidarse la dimensión territorial, una clave fundamental para entender los contornos de la ola populista. Parafraseando a Bill Clinton, es el territorio idiota.
En las elecciones del pasado 4 de octubre en la República Checa ganó Andrej Babiš, un "populista pragmático" según lo define Ruth Ferrero en Agenda Pública. Babiš representa un modelo político similar a Orbán en Hungría o Fico en Eslovaquia, con quienes previsiblemente formará
bloque en el Consejo Europeo.
Su partido obtuvo el 34,5% de los votos en el conjunto del país y ochenta de los doscientos escaños. En las dos grandes ciudades, sin embargo, los resultados fueron muy distintos: en Praga y en Brno quedó lejos de la victoria y en la capital su apoyo fue un 15% inferior al promedio nacional. Ganó con claridad en ciudades pequeñas y medianas, y, sobre todo, en territorios en declive industrial y con difíciles expectativas de alcanzar el nivel de vida de las regiones urbanas más dinámicas.
"En las últimas elecciones en EE. UU., los demócratas arrasaron en las zonas urbanas; en Francia, el Frente Popular hizo lo propio en las grandes ciudades francesas"
Lo ocurrido en la República Checa no es una excepción, sino un patrón que se repite en buena parte del mundo, al menos en el inicio de las dinámicas populistas. En las elecciones estadounidenses del pasado noviembre, pese a la clara victoria de Trump, los demócratas arrasaron en las zonas urbanas.
No solo dominaron con holgura en ciudades de estados tradicionalmente demócratas (Chicago, Nueva York, Los Ángeles, San Francisco, Seattle etc.) sino que
Kamala Harris fue claramente mayoritaria también en las capitales y grandes ciudades de estados del medio oeste y del sur,
en los que Trump obtuvo excelentes resultados. En la segunda vuelta de las elecciones francesas, el voto urbano se inclinó mayoritariamente por el Frente Popular, que agrupó a todos los partidos contra Le Pen.
En el Gran París, las mayorías fueron muy amplias cuando solo había dos candidatos, y más ajustadas cuando se mantuvieron tres opciones. Pero incluso en el noroeste de
Francia o en la Costa Azul, feudos de la ultraderecha, las ciudades clave como Lille, Marsella, Tolón o Montpellier votaron mayoritariamente por el Frente Popular o por los centristas.
La era de las grandes ciudades
La ola ultra se nutre de la creciente desigualdad entre las regiones urbanas y el resto del territorio. En el mundo occidental, unas pocas regiones concentran el dinamismo económico y demográfico, atraen la inversión, pública y privada, la innovación, las empresas más competitivas y las personas con mayor formación y renta. Son las grandes metrópolis cosmopolitas de escala mundial, cada vez más parecidas y conectadas entre sí (Londres, París, Roma, Madrid, Barcelona, Nueva York, Frankfurt, Berlín). Todas forman parte de una única liga, con campeones consolidados, aspirantes emergentes y ciudades en retroceso, pero compitiendo entre sí por inversiones, congresos, capital internacional, talento, centros de investigación… o por acoger conciertos de Taylor Swift y Bruce Springsteen. Todos los escenarios de futuro apuntan a que l
a concentración del dinamismo económico en las grandes aglomeraciones urbanas seguirá aumentando en los próximos años.
Frente a ellas, la mayoría del territorio, con distintos grados de intensidad, se van descolgando de los vectores de mayor crecimiento. Son "los lugares que no importan" en palabras del geógrafo Rodríguez Pose o "las regiones rezagadas", según el economista Paul Collier.
Las áreas donde el voto ultra tiene mayor peso suelen ser aquellas marcadas por largos periodos de bajo crecimiento, que además están perdiendo posiciones relativas frente a otras regiones. No son necesariamente las zonas más pobres, ni tampoco tienen por qué estar empeorando sus condiciones de vida.
"Son lugares en declive industrial o agrario, con tasas de empleo bajas en comparación con su entorno, pérdida de población y fuga de los jóvenes y talento"
La clave reside en la desigualdad y en la falta de expectativas en comparación con los núcleos urbanos más dinámicos. No es casual que
todos los análisis hablen de agravio, venganza, o resentimiento, conceptos que siempre implican un otro, también un otro territorio al que culpar. Son lugares en declive industrial o agrario, con tasas de empleo bajas en comparación con su entorno, pérdida de población y fuga de los jóvenes y talento. En muchos casos, sus propios responsables políticos
han interiorizado el discurso de que "no hay futuro" y transmiten la idea de que lo razonable es buscar oportunidades en las grandes urbes.
En definitiva, hablamos de lugares left-behind (dejados atrás).
En la Unión Europea, la ruralidad se ha convertido en un buen predictor del voto populista euroescéptico, lo que supone una de las grandes paradojas del proyecto europeo, la Política Agraria Común absorbe el 31% del Presupuesto de la UE y ha sido históricamente su principal prioridad. Sin embargo, los factores identitarios, la percepción de pérdida de los referentes culturales y la comparación con las ciudades, tiene más relevancia que las ingentes cantidades de recursos invertidos.
En España, la lógica territorial del voto a Vox no cumple el patrón de otras olas populistas, debido probablemente al mayor impacto de la crisis del 2008, especialmente en las áreas urbanas, además de la alteración de las dinámicas electorales derivadas del procés. Sin embargo, sería arriesgado pensar en una excepción española. Las claves que explican el crecimiento diferencial del voto ultra en el mundo están también presentes aquí:
el crecimiento económico de los últimos años ha ido acompañado de una desigualdad territorial cada vez mayor, entre
un Madrid D. F. que acumula porcentajes crecientes de poder y riqueza, un litoral muy dinámico y
una España vacía que avanza a un ritmo de crecimiento sensiblemente menor.