Por mucho tiempo, el análisis geopolítico se ha centrado en la economía, la ideología y el poder militar. Sin embargo, un factor subyacente y a menudo ignorado, está moldeando de nuevo el destino de naciones y regiones enteras: la demografía. No es la primera vez. El auge y declive de grandes imperios en la historia ha estado directamente relacionado con su realidad demográfica y, por tanto, su reserva militar o productiva. Entender quiénes somos, cuántos somos, cómo envejecemos, dónde migramos y si nos reproducimos es entender, en última instancia, hacia dónde va el mundo.
"En 2025, más de la mitad de la población mundial vive en siete países asiáticos que tienen tan solo el 11% del territorio del planeta"
En 2025 más de la mitad de la población mundial —unos 4.300 millones de personas— vive en tan solo siete países de Asia: China, India, Indonesia, Pakistán, Bangladés, Japón y Filipinas. Atención al dato: estos países significan alrededor del 11% de la superficie terrestre del planeta, pero albergan más de la mitad de la población mundial. Y sí, más allá de los déficits democráticos y las enormes desigualdades de la mayor parte de los gigantes asiáticos, el notable crecimiento económico de Asia tiene que ver también con su joven y vigorosa pirámide demográfica.
El decrecimiento de China y Europa…
India, que ya ha superado a China como el país más poblado, alberga cerca de 1.430 millones de habitantes y cuenta con una mediana de edad de veintiocho años. China, en cambio, con una mediana de 39 años y una tasa de fertilidad de apenas 1,2 hijos por mujer, enfrenta un rápido envejecimiento poblacional que amenaza su dinamismo económico y su poder geopolítico en el futuro.
Mientras tanto, Europa, o más concretamente los países de la actual Unión Europea que en 1950 albergaban —a pesar de las dos grandes guerras y los grandes flujos de emigración— a casi uno de cada cuatro habitantes de la población mundial a pesar de representar tan solo el 3% de la superficie del planeta, tiene un problema. Estos países afrontan, si no modifican con celeridad sus políticas migratorias, un determinante declive demográfico. La mediana de edad en Italia, Alemania o España ya supera los 45 años, y las tasas de fertilidad están por debajo de 1,4 hijos por mujer.
"De no redirigir con enorme dinamismo y apertura nuestras políticas migratorias, Europa será irrelevante en términos de población hacia 2100"
Estas cifras auguran una contracción demográfica sin precedentes. De no redirigir con enorme dinamismo y apertura nuestras políticas migratorias, Europa será, en términos generales, completamente irrelevante en población hacia 2100, con una población envejecida que será apenas el 5% del total global. Sin personas trabajadoras jóvenes, la capacidad europea para sostener pujanza económica, financiar sistemas de pensiones o mantener influencia política internacional se verá radicalmente limitada.
… frente al crecimiento de África y la encrucijada de América
En el otro extremo, África emerge, si logra superar los retos que le impone el cambio climático y consolidar sistemas productivos y alimentarios sostenibles y eficientes, como un gran actor en la segunda mitad del siglo XXI. Hoy representa alrededor del 18% de la población mundial, pero se espera que supere el 40% para finales de siglo. Nigeria, con más de 220 millones de habitantes, podría desplazar a Estados Unidos como la tercera nación más poblada del planeta antes de 2050. El África siempre golpeada y reducida hasta en los mapas —es necesario recordar que la proyección Mercator, con la que sorprendentemente todavía se estudia en nuestras escuelas, reduce el tamaño de África a la mitad de su tamaño real— tiene mucho que decir en el escenario del mundo futuro. Esta expansión demográfica ofrece un potencial inmenso —una reserva de juventud y dinamismo creativo y laboral—, pero también desafíos monumentales en educación, empleo, igualdad, derechos humanos, sostenibilidad y gobernabilidad.
Latinoamérica, con tasas de natalidad en descenso y una transición demográfica avanzada en países como Brasil, Argentina o Chile, se encuentra en una encrucijada: aún joven, pero con ventanas de oportunidad que se cierran. Su reto no es solo evitar el estancamiento poblacional, sino también canalizar su bono demográfico hacia una mejor y más sostenible cohesión social.
"Estados Unidos representa un caso singular entre los países occidentales, pues su fertilidad está por debajo del nivel de reemplazo pero su población sigue creciendo"
Estados Unidos representa un caso singular entre los países occidentales. Su fertilidad está por debajo del nivel de reemplazo, pero su población sigue creciendo —moderadamente— gracias a la inmigración. Con todo, es obvio que con políticas migratorias como las de la Administración Trump esto puede cambiar bruscamente. Por decirlo claramente:
toda capacidad para atraer talento y renovar su base productiva depende, como en los dos últimos siglos, de su capacidad para atraer e integrar migración.
Estados Unidos será latina o no será. Y asumir este rol integrador frente a las actuales políticas agresivas y reactivas a la migración será decisivo para saber cuál será su futuro demográfico en el escenario global.
Hoy, países como Japón y Corea del Sur, con tasas de fertilidad de apenas 0,8 hijos por mujer, enfrentan un futuro de decrecimiento económico estructural. Y otros actores regionales emergentes (desde China a Indonesia o Vietnam) lo saben proyectando un nuevo escenario para un tablero asiático que es y va a ser decisivo en las próximas décadas para definir el futuro de la humanidad.
Un motor para la historia
Más allá de los números, la demografía marca el ritmo de la historia. Las revoluciones industriales, la lucha por los recursos, las guerras mundiales y las grandes migraciones tienen también raíces demográficas profundas. El mundo, Europa y el Estado español (en nuestro caso, como describió en Agenda Pública Santiago Fernandez, "de forma virtuosa") se enfrentan a transformaciones demográficas de una magnitud inédita. Si en el siglo XX la población mundial pasó de unos 1.600 millones de personas en 1900 a más de 8.000 millones en 2024,
el siglo XXI traerá un cambio de signo: un crecimiento que se detendrá y dará paso al declive en la segunda mitad del siglo, acompañado de una profunda reconfiguración demográfica.
¿A qué mundo nos dirigimos? ¿Cómo transformará la demografía la economía, la política y el poder? ¿Qué elementos positivos y negativos puede tener un decrecimiento poblacional del planeta? ¿Cómo afectará a cada país la modificación de su matriz demográfica? Preguntarnos todo esto y ser conscientes de que los grandes retos que tenemos como humanidad: el climático, el tecnológico y el del respeto a los derechos humanos y la igualdad. Todos estos retos están vinculados a la demografía, y esta es hoy una asignatura pendiente del debate público español, europeo y global.
"Aunque suene extraño, la geopolítica del futuro no se decidirá únicamente en cumbres diplomáticas ni en mercados financieros: el papel que las mujeres decidan para su maternidad será clave"
Aunque suene extraño, la geopolítica del futuro y
la posibilidad de equilibrios positivos en un planeta en crisis climática y con recursos finitos no se decidirá únicamente en cumbres diplomáticas ni en mercados financieros. Esto se juega en el papel que las mujeres decidan para sí al respecto de sus vidas y la maternidad,
en las oportunidades de integración y proyectos de vida que cada sociedad ofrezca y en cómo de positivamente se gestionen los flujos migratorios que, como siempre en la historia, continuarán. La competencia no será solo por recursos, sino por personas: por atraer, retener y garantizar proyectos de vida en un mundo donde ser joven será un bien más escaso.
Paul Krugman recordaba hace poco que
"la demografía es el motor silencioso de la economía y la política". Y de Tucídides, se dice, afirmó: "no son los números los que hacen grande a un pueblo, sino lo que hace con su gente". En un mundo marcado por formidables cambios geopolíticos, inaplazables necesidades de redistribución e igualdad y vitales exigencias climáticas,
parece imprescindible afrontar —constructiva e inteligentemente— los profundos cambios demográficos que se avecinan.