El marco de políticas y necesidades en el que se va a desarrollar durante los próximos la autonomía estratégica europea está correctamente definido, el diagnóstico previo, también, pero queda mucho trabajo por hacer.
Una autonomía estratégica calificada como abierta porque la Unión Europea (UE), acertadamente, se ha propuesto desarrollarla cooperando multilateralmente con el resto del mundo manteniendo intactos los principios y valores sobre los que se asienta la Unión y explicitados en el artículo 3 del Tratado de Maastricht —libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho, fomento de la paz y la estabilidad, […], solidaridad, respeto mutuo entre los pueblos, comercio libre y justo, erradicación de la pobreza, protección de los derechos humanos, estricto respeto del derecho internacional—.
Para que la autonomía estratégica sea un éxito y se puedan resolver los retos señalados por los informes de Enrico Letta y
Mario Draghi, en este momento de comienzo de andadura de una nueva Comisión Europea, las grandes incógnitas que deben resolverse, tanto a escala europea como respecto al rol que debe desempeñar España, son muchas.
"Para avanzar en la concreción de una agenda paneuropea completa, es esencial acelerar la definición de instrumentos efectivos que fortalezcan la integración"
Para avanzar en la concreción de una agenda paneuropea completa, es esencial acelerar la definición de instrumentos efectivos que fortalezcan la integración. Esto implica establecer y dotar de recursos a mecanismos financieros que apoyen inversiones estratégicas, garantizando la cohesión del Mercado Único y promoviendo incentivos de mercado transversales. Es igualmente crucial evitar cualquier indicio de "guerra de ayudas estatales" entre los Estados miembros.
Además, se requiere una planificación clara de los tiempos para la implementación de las medidas pendientes y una coordinación eficaz entre todas las políticas europeas relevantes, tales como los fondos de la Unión, el Marco Financiero Plurianual, la política industrial, la política de competencia, la política comercial y las iniciativas contra el cambio climático. También resulta esencial integrar las políticas sectoriales críticas para la autonomía estratégica de Europa, especialmente en ámbitos como la energía y la defensa, con todas sus implicaciones.
El mercado único como base
El mercado único europeo es la única base posible, el único marco, para la concreción práctica de una autonomía estratégica abierta orientada a reforzar la competitividad y la resiliencia global. No existe un escenario alternativo. Solo desde la unidad del mercado podrá la UE cerrar el diferencial de crecimiento y productividad frente a los Estados Unidos (EE. UU.) y afrontar el reto que supone el fulgurante ascenso de China. Este es el contexto en el que se va a encontrar la nueva Comisión Europea este otoño, una realidad en la que se dan condiciones suficientes para asentar las bases de un crecimiento sostenido durante los próximos años si se aprovechan las oportunidades que existen.
"Existe una oportunidad porque Europa, todavía, depende solo de sí misma una vez que en las elecciones europeas de la pasada primavera se descartaron las opciones defendidas por la extrema derecha"
Existe una oportunidad porque Europa, todavía, depende solo de sí misma una vez que en las elecciones europeas de la pasada primavera se descartaron las opciones defendidas por la extrema derecha, que suponían un mayor riesgo para el crecimiento económico, la sostenibilidad del mismo y la cohesión europea. La agenda de la extrema derecha solo generaría pobreza, fragmentaría el mercado interior y debilitaría la economía europea.
La nueva Comisión Europea es consciente de que se precisa una nueva prosperidad europea, que es únicamente alcanzable mediante una profundización del mercado único —unión de mercados de capital, unión energética—; una nueva política industrial para la competitividad y el empleo de calidad que combine la transición energética con la reducción de los precios de la energía; la ubicación de la I+D+i y de la ciencia en el corazón de nuestra economía; el aumento de la productividad con la difusión de tecnología y digitalización; la inversión europea en competitividad sostenible a gran escala y en la defensa de la naturaleza; la erradicación de la brecha laboral y de las habilidades —skills—, y más políticas europeas para mejorar la calidad de vida y el modo social europeo como vivienda, educación, sanidad e igualdad de oportunidades.
Entonces, ¿qué debe hacer Europa?
¿Y qué debe hacer Europa? Hay tres puntos clave. En primer lugar, tiene que hacer frente a los desafíos competitivos de la Unión. El informe Draghi reconoce la lucha competitiva de Europa con EE. UU. y China, particularmente en áreas como los precios de la energía, los mercados de capitales, los materiales críticos, la innovación e incluso en ámbitos como la demografía. El informe Draghi presenta un buen diagnóstico. Para ser competitiva en el futuro, para estar en mejor posición en ese futuro, el reto al que se enfrenta la UE es permanecer unida, en todo, con lo que ello implica en ámbitos como la política industrial. Si Europa quiere desarrollar su propia política industrial, esta necesita ser una política industrial única, no veintisiete políticas nacionales.
En segundo lugar, ha de garantizar la inversión estratégica necesaria, movilizando los recursos tanto públicos como privados imprescindibles para acometer el salto tecnológico e industrial identificado por Mario Draghi y por Enrico Letta en sus informes. La UE se enfrenta a importantes retos fiscales que van a exigir una reasignación estratégicamente de los recursos, especialmente en inversiones a largo plazo como las redes de energía. La transición ecológica será mucho más rentable si se planifica conjuntamente y no de manera individual. Debe haber algún instrumento que dé continuidad al NextGenerationEU.
En tercer lugar, debe asegurar la coherencia de las políticas. Europa debe garantizar la alineación de todas las políticas que determinan la autonomía estratégica —comercial, innovación, competencia, lucha contra el cambio climático, e industrial— para seguir siendo competitiva en el escenario mundial aprendiendo a combinarlas de nuevas maneras para garantizar su funcionamiento conjunto sin que se debiliten entre sí.
Algunas deberán adaptarse a la nueva realidad como la política de competencia, otras deberán crearse o completarse como la unión de mercados de capital para aprovechar las oportunidades que ofrecen los mercados de capital integrados. La tarea no va a ser fácil porque ya se ha intentado con anterioridad. Así, por ejemplo, a pesar de la aprobación en plena crisis de nuevas normas como el Reglamento de Emergencia y Resiliencia del Mercado Interior, para garantizar la transparencia entre los Estados miembros estableciendo un marco para preservar la libre circulación de bienes, servicios y personas; la crisis de la COVID-19 demostró lo difícil que es garantizar la mínima coordinación imprescindible para abordar las vulnerabilidades que surgieron durante la crisis, en particular en zonas que enfrentaron graves desafíos y que fueron objetos de políticas nacionales incompatibles con el mercado único.
Unas vulneraciones que fueron, y siguen siendo, porque la cuestión aún no se ha resuelto, más intensas en los estados con mayor capacidad fiscal y no necesariamente en los países o regiones más afectados, y que afectaron al principio de igualdad en el seno de la Unión. Todos estos elementos están configurando una nueva era para el mercado único.
"La Comisión Europea es consciente de que la existencia de una base empresarial sólida para fomentar la inversión en Europa resulta imprescindible"
La Comisión Europea es consciente de que la existencia de una base empresarial sólida para fomentar la inversión en Europa resulta imprescindible. Para ello se necesitan leyes como la Ley Europea de Chips y la Ley de Materias Primas Críticas o la Ley de Industria Net Zero. Asimismo, es consciente de la necesidad de movilizar tanto fondos públicos como privados para apoyar tecnologías críticas vitales para la resiliencia. La creación de la Plataforma de Tecnologías Estratégicas para Europa (STEP), a pesar de su limitadísima financiación, está vinculada a estos esfuerzos. También es fundamental reducir la carga administrativa a la que se enfrentan las empresas.
Además, resulta crucial garantizar condiciones de competencia equitativas para las empresas europeas que operan en el mercado único, para asegurar que los inversores económicos cumplan con las promesas del mercado único y alcancen posiciones favorables.
Competitividad
La competitividad será la base de la autonomía estratégica abierta. ¿Cómo se relaciona el mercado único con la competitividad? Para garantizar esa competitividad se precisa escala, simplicidad e integración. ¿Existe todo ello en el mercado único? En algunas áreas, sí, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Es evidente que se necesita más integración en la unión del mercado de capitales, la energía —unión energética— y en los sectores de defensa, entre otros. También es necesaria una política de competencia distinta. La fragmentación del mercado único es un problema crítico para la crisis de competitividad de Europa. El mercado único no existe en sectores como la banca, la energía y las telecomunicaciones, lo que genera una falta de escala que impide competir a nivel mundial.
La competencia, con las empresas en igualdad de condiciones, incentiva en beneficio de los consumidores la oferta de los mejores productos a los precios más bajos. Pero este marco conceptual exige, hoy, una mayor concreción. Para F. M. Scott, del Instituto Bruegel, "la competitividad es la capacidad de una región para lograr una alta productividad, atraer empresas, crear empleos y fomentar la innovación. Surge del uso eficiente de los recursos, está impulsada por mercados competitivos y se sustenta en tres pilares: política de competencia, política industrial procompetitiva y regulación".
Pero la UE no es un referente global en materia de productividad e innovación, lo cual pone en cuestión la capacidad europea de mantener nuestro modo de vida tal y como lo hemos conocido hasta ahora.
¿Cómo ha podido suceder algo así? La principal razón es que la integración económica es todavía insuficiente y el mercado único no lo es tal sino una realidad fragmentada e ineficiente, y todo ello en un difícil contexto en el que los avances que reclaman Enrico Letta y
Mario Draghi chocan con el auge de
un peligroso antieuropeísmo renacionalizador.
"La política de competitividad debe servir para que las empresas europeas crezcan en los mercados globales"
La política de competitividad debe servir para que las empresas europeas crezcan en los mercados globales, garantizando que tengan incentivos para invertir, innovar y crecer, asumiendo el nuevo marco geopolítico y estratégico; considerando las particularidades y necesidades específicas de cada sector para garantizar la resiliencia europea al tiempo que se refuerza su competitividad. Eso quiere decir que, además de mejores precios para los consumidores, en la ecuación deberán considerarse los factores que garantizan un mayor crecimiento a medio y largo sobre la base de una Europa cohesionada, competitiva globalmente y capaz de liderar tecnológicamente sectores que ejerzan tracción sobre el conjunto.
La política de la UE más útil para escalar las empresas es la expansión del tamaño efectivo del mercado único —un mercado en los 27 países de la UE en lugar de muchos mercados pequeños insuficientemente armonizados dentro de Europa— y la garantía de una competencia sólida dentro del mismo. La productividad es consecuencia del uso de los recursos de la manera más eficiente posible en mercados competitivos, un uso que debe ser también compatible con la mejora de los incentivos para impulsar la innovación y el crecimiento y servir también, además de a los consumidores, a la próxima generación de empresas innovadoras. Una política industrial procompetitiva en el ámbito de la UE para ayudar a profundizar el mercado único es perfectamente posible.
El rol de España como Estado miembro de la UE
En cuanto al rol de España para que el reto que supone la autonomía estratégica sea un éxito, es preciso asumir que se debe avanzar simultáneamente a escala nacional y europea. En el ámbito industrial, por ejemplo, la economía española es plenamente europea, pero también es una economía con evidente riesgo de periferificación y de
pérdida relativa de actividad productiva en sectores de alto valor añadido y elevada productividad.
También,
la española es una economía más diversificada, aunque sea en sectores de menor productividad intensivos en trabajo y utilización de recursos naturales —turismo y servicios—, lo que mejora su resiliencia ante
shocks externos. Asimismo, la economía española disfruta de ventajas comparativas en ámbitos estratégicos como las energías renovables, si bien está en primera línea del
impacto del cambio climático por su posición geográfica —sequía,
fenómenos meteorológicos catastróficos, altas temperaturas—.
"Si industrialmente no acertamos como país, o desde una base estructural ibérica, será imposible después escalar el esfuerzo industrial a una dimensión europea como exige la autonomía estratégica europea"
Por estas razones y este contexto, nuestro país debe saber priorizar sus intereses y cadena de valor para buscar, después, la complementariedad con el resto de Europa. Asentando así con autoridad un esquema solvente y un ecosistema industrial propio, sustentado en la ciencia y en la I+D+i, en la transmisión de conocimiento, donde las empresas líderes puedan generar tracción y transmitirla tanto a las pymes como a ámbitos clave como la formación profesional y la generación de talento.
Si industrialmente no acertamos como país, o desde una base estructural ibérica, será imposible después escalar el esfuerzo industrial a una dimensión europea como exige la autonomía estratégica europea, porque ello exige su confrontación competitiva y política con otros espacios geoeconómicos internos europeos.
¿Qué debe hacer nuestro país?
La estrategia de política industrial española debe ser completa. En el proceso de la aprobación de la Ley de Industria y Autonomía Estratégica, se deben incorporar en el proceso de reflexión y debate —así como en su estrategia de aprobación ámbitos como la energía y digitalización— sectores transversales pero críticos como el de la defensa, y hacerla tanto desde una perspectiva industrial, empresarial y privada como del conjunto de las administraciones públicas y de la cooperación público-privada.
La política industrial supera ampliamente lo que contempla la nueva Ley de Industria. La política industrial necesita ir más allá del marco jurídico, que constituye una línea de partida, y también fomentar capacidades económicas, técnicas y de infraestructura, así como de capitalización de recursos.
"La nueva Ley de Industria y Autonomía Estratégica supone un elemento indispensable y la base de actuación para alcanzar los nuevos objetivos de la recién anunciada Agenda Estratégica 2024-2029"
Aunque no puede ser la única herramienta de una política industrial ambiciosa, la nueva Ley de Industria y Autonomía Estratégica supone un elemento indispensable y la base de actuación para alcanzar los nuevos objetivos de la recién anunciada Agenda Estratégica 2024-2029, que identifica la competitividad como elemento central del próximo mandato de la Comisión Europea.
La Ley de Industria debe salir adelante respaldada tanto por un amplio apoyo político como territorial, Gobierno y comunidades autónomas, así como por los principales agentes sociales y por los representantes del sector privado.
Quizás nunca vuelva a abrirse una ventana de oportunidad como esta: una nueva Ley de Industria al comienzo de una legislatura europea en un momento geopolítica y económicamente crítico que puede definir el futuro económico de nuestro país para toda una generación.
"Quizás nunca vuelva a abrirse una ventana de oportunidad como esta: una nueva Ley de Industria al comienzo de una legislatura europea en un momento geopolítica y económicamente crítico que puede definir el futuro económico de nuestro país para toda una generación"
Las carencias del sistema de gobernanza de la industria en España y los desafíos en prioridades, financiación y talento exigen respuestas sostenidas en el tiempo apoyadas en los mayores consensos posibles. Respuestas basadas en la ciencia, la eficacia legislativa, los principios del funcionamiento de la UE y del mercado único. Nuestro país debe ser capaz de definir una postura coordinada en Bruselas.
Solo desde una visión estatal será posible desarrollar una política industrial basada en la ciencia y la capitalización financiera, fiscal, humana, tecnológica y de investigación, y de concentrarse en ecosistemas industriales específicos de alto valor en la cadena productiva para fortalecer la posición de España en Europa.
Ya no se trata de una tarea exclusiva de la Comisión Europea: se trata de lograr la coherencia plena entre las políticas de la UE y las medidas nacionales. No existe alternativa posible. La resiliencia futura del mercado único, la nuestra, se basará en la transformación digital, la competitividad y la transición ecológica. Ha llegado el momento de adoptar medidas concretas.