La Unión Europea se encuentra ante un desafío creciente para sostener su relevancia como protagonista global en el ámbito de la producción y desarrollo tecnológico. El continente europeo alberga únicamente a dos empresas multinacionales que pueden ser consideradas auténticos gigantes tecnológicos: SAP y Philips. Este escenario contrasta de manera marcada con las influyentes GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) estadounidenses y las emergentes BATX (Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi) chinas.
Dado que los avances tecnológicos generados en esta industria tienen un impacto transversal en todos los sectores económicos, su rezago conlleva consecuencias perjudiciales para el progreso económico y social del continente. Se estima que, como resultado de esta problemática, el entramado empresarial europeo dejará de percibir entre 500.000 millones y 1 billón de euros anualmente a partir del año 2030. Para ponerlo en contexto, esta cifra representa seis veces el costo de la transición hacia una economía
net zero. Sin embargo, la solución a este dilema no radica exclusivamente en el incremento de la financiación para la producción de tecnología, como se suele afirmar, sino en la reconfiguración de nuestras alianzas tecnológicas en investigación y desarrollo (I+D) y la creación de nuevos mercados tecnológicos. ¿Cuáles son las causas que nos han llevado hasta aquí?. El proceso evolutivo de la tecnología se despliega en tres fases fundamentales: desarrollo, producción e implementación/aplicación tecnológica en los sectores económicos. Mi enfoque se dirige exclusivamente hacia la etapa de desarrollo.
"Uno de los motivos centrales que subyacen al limitado progreso tecnológico de la Unión Europea se encuentra precisamente en su foco casi exclusivo en la implementación de nuevas tecnologías, en lugar de su desarrollo, mediante el conocido efecto Bruselas"
Uno de los motivos centrales que subyacen al limitado progreso tecnológico de la Unión Europea se encuentra precisamente en su foco casi exclusivo en la implementación de nuevas tecnologías, en lugar de su desarrollo, mediante el conocido efecto Bruselas. Esta estrategia implica liderar en capacidades legislativas, estableciendo criterios precisos para el uso de tecnologías específicas, priorizando la libre competencia y los derechos de los consumidores. Si bien esta postura ha cimentado el papel de la UE como líder en la creación de regulaciones a escala global y como árbitro en la determinación de evolución tecnológica, también ha alimentado la renuencia hacia el avance en innovación tecnológica interna, debilitando así su influencia geopolítica y exponiendo a Europa a vulnerabilidades estratégicas. En las fases de creación y desarrollo, Europa destina recursos considerablemente limitados a su propia innovación, una realidad que se refleja en su escasa capacidad para forjar nuevos nichos tecnológicos. Un ejemplo flagrante es su modesta cuota de mercado en el ámbito del desarrollo de tecnologías de inteligencia artificial, representando tan solo el 10% a nivel mundial.
Desafortunadamente, Europa no se encuentra en posición de revertir de manera completa e inmediata sus interdependencias. Las cadenas de valor y el comercio de tecnologías avanzadas están profundamente arraigados, incluso entre rivales geopolíticos. Hasta un 40% del comercio de estas tecnologías de vanguardia tiene sus raíces entre países con objetivos geopolíticos considerablemente distantes. Estados Unidos y China continuarán dominando, al menos hasta 2030, hasta el 80% de la cadena de valor en áreas tecnológicas esenciales para el desarrollo europeo como la inteligencia artificial, el 5G o la tecnología verde. Europa, pues, debería centrar sus esfuerzos en reconfigurar estas debilidades tan cruciales, no solamente mediante la relocalización de la producción, sino mediante la creación de innovaciones tecnológicas rompedoras.
El desarrollo de nuevas tecnologías debe figurar siempre como prioridad ante la relocalización de la producción, ya que ninguna cadena de valor de componentes o materiales tecnológicos ha experimentado variaciones superiores al 3% desde 1995, tornando la reconfiguración de estas tareas en un desafío colosal para Europa. Por el contrario, el desarrollo tecnológico, genera mercados novedosos que pueden posicionar a Europa como protagonista en áreas específicas. En este contexto, el desarrollo tecnológico no solo se presenta como una respuesta a las presiones actuales, sino como un catalizador para que Europa pueda trazar su propio camino hacia la seguridad y autonomía estratégica.
"El verdadero desafío no radica únicamente en la cantidad de financiación disponible, sino en la eficacia de su gestión. Un caso ilustrativo es la Inflation Reduction Act de Estados Unidos"
Es innegable la necesidad imperante de incrementar tanto la inversión pública como privada en I+D en Europa. Muchos países del continente apenas destinan un porcentaje ínfimo de su PIB a esta área vital, quedando por debajo del 2%. Sin embargo, el verdadero desafío no radica únicamente en la cantidad de financiación disponible, sino en la eficacia de su gestión. Un caso ilustrativo es la Inflation Reduction Act de Estados Unidos, que asigna aproximadamente 400.000 millones de dólares exclusivamente al desarrollo de tecnologías verdes en su territorio.
Los subsidios estadounidenses, en su mayoría, adoptan la forma de créditos fiscales, lo que simplifica considerablemente su aplicación en comparación con los complejos procesos burocráticos que caracterizan a la Unión Europea. Resulta crucial para la UE revisar y optimizar su sistema de ayudas públicas destinadas a las empresas. Esto implica la implementación de un mecanismo más ágil y accesible, como una ventanilla única, que agilice tanto la solicitud como la absorción de los subsidios disponibles. Los créditos fiscales se presentan como una alternativa atractiva y efectiva para facilitar la asimilación de estas ayudas, proporcionando a las empresas un estímulo financiero directo y alentador.
Además, la UE debe establecer normativas claras que prevengan la distorsión de la competencia dentro de su mercado interno, especialmente cuando algunos Estados miembros cuentan con un mayor margen fiscal para subsidiar a sus propias empresas. Es imperativo garantizar una distribución equitativa de los fondos europeos destinados a impulsar la industria, evitando la creación de desequilibrios que puedan minar la cohesión económica y la competitividad global del bloque comunitario.
Más significativo aún son las condiciones altamente propicias que deben ser fomentadas desde la administración pública para impulsar el gasto privado en I+D entre las empresas. En Europa, este gasto se mantiene en un modesto 4%, en comparación con el 7% registrado en Estados Unidos. Esta diferencia evidencia la necesidad urgente de implementar políticas que incentiven la inversión en I+D por parte del sector privado en Europa. Una herramienta fundamental es promover la creación de sandboxes regulatorios a nivel europeo, los cuales proporcionarían un entorno controlado y flexible para que las empresas puedan probar nuevas tecnologías e innovaciones sin verse obstaculizadas por regulaciones restrictivas.
Asimismo, a nivel supranacional, es necesario ampliar y unificar las reservas de capital destinadas a las scaleups y crear un fondo de capital riesgo paneuropeo especializado en tecnología disruptiva, permitiendo así acceder a recursos financieros necesarios para el crecimiento y expansión de tecnologías innovadoras. Por otro lado, las iniciativas europeas de innovación, como el programa Horizon Europe, suelen caracterizarse por su excesiva burocracia. Es imperativo que la UE adopte un modelo más ágil y flexible, que permita el inicio y la conclusión rápida de proyectos, así como la financiación de propuestas con un alto nivel de riesgo tecnológico.
"La inversión insuficiente y la falta de nichos tecnológicos propios han dejado a Europa rezagada, mientras tanto, rivales como China y Estados Unidos lideran en patentes e inversión en I+D"
Por último, se necesitan alianzas más sólidas en I+D con países geopolíticamente cercanos, compartiendo estrategias industriales que constituyan un terreno propicio para obtener una ventaja competitiva genuina frente a rivales geopolíticos. China, por ejemplo, lidera con aproximadamente el 26% de la inversión mundial en I+D, pero sus aliados más cercanos, como Rusia, solo representan el 2%. Contrariamente, en Occidente, la suma de los países que podrían beneficiarse de tales alianzas equivale a más del 50% de la inversión en I+D a nivel mundial, lo que podría desequilibrar la balanza definitivamente a favor de Europa.
También, es crucial explorar nuevas alianzas con países emergentes en este ámbito, convirtiéndolos en aliados significativos en lugar de permitir que su neutralidad se incline hacia rivales geopolíticos. La India destaca especialmente por su capacidad e inversiones en innovación, junto con la alta capacitación técnica de parte de su población. Estados Unidos ya ha iniciado la consolidación de alianzas más robustas con dicho país el año pasado, y Europa no debería quedarse rezagada en este trayecto, especialmente con la existencia del Consejo de Comercio y Tecnología entre la UE e India, que podría fungir como base fundacional para acuerdos e inversiones más profundas.
En resumen, Europa se encuentra en un momento crucial en su relación con la tecnología y la geopolítica global. A pesar de su posición consolidada en la regulación y legislación, el continente enfrenta desafíos significativos en las fases de desarrollo y producción de tecnologías clave.
En términos de desarrollo, la inversión insuficiente y la falta de nichos tecnológicos propios han dejado a Europa rezagada, mientras tanto, rivales como China y Estados Unidos lideran en patentes e inversión en I+D. La necesidad de una mayor inversión pública, condiciones fiscales favorables y alianzas en I+D con países cercanos y emergentes se destaca como una estrategia para impulsar el desarrollo tecnológico y crear nuevos mercados.
La inversión, la colaboración internacional y la innovación se erigen como pilares fundamentales para que Europa no solo siga el ritmo de la revolución tecnológica global, sino que también lidere en la creación de nuevos horizontes tecnológicos. La apuesta no es solo mantenerse en el juego, sino marcar el rumbo de la próxima era tecnológica.