Podría haber titulado este artículo, "España, golpe a golpe", pero me ha parecido más apropiado seguir el consejo de Petrarca en estos casos: "Te ruego que evites ser uno de los que, con obras o con palabras, encienden el fuego de la contienda civil. Son muchos los que obran así y que, como si las heridas se debiesen a otros, se lamentan y acaban abrasados por el fuego que ellos mismos encendieron". Alejemos pues cualquier polisemia de nuestra mente y centrémonos en la canción de Serrat.
La perspicacia del poeta Antonio Machado le permitió definir de una manera extremadamente precisa el carácter de este país: "caminante, no hay camino; se hace camino al andar". Si bien, negar la tradición federalizante de España es negar su historia, es cierto que esta ha ido abriéndose paso abruptamente, verso a verso, con cada brinco que el país ha ido dando. Nunca mediante la refinada aportación de un tratado de derecho constitucional y administrativo; ni de sus sucesivas ediciones corregidas y aumentadas. La técnica jurídica en este sentido es inexistente, pues este país se construye a base de súbitos cambios de rasante. Deberíamos reconocerlo y reconocernos en ello. España siempre hace sus caminos a medida que camina.
"Este país se construye a base de súbitos cambios de rasante. Deberíamos reconocerlo y reconocernos en ello. España siempre hace sus caminos a medida que camina"
El cambio político ocurrido en Catalunya es un ejemplo de lo que los anglosajones llaman un turning point. Los diccionarios lo traducen como "momento o coyuntura crucial". Pero se equivocan: no es una cuestión de tiempo, sino de espacio. En su traducción literal de punto de giro o cambio de dirección, esta expresión adopta un trasfondo geográfico, territorial y espacial que la define certeramente. Si prefiero esta interpretación, no es tanto porque yo sea profesor de Geografía Humana, como por lo que este
turning point significa en España, donde un mapa siempre ha valido más que un tratado de Derecho.
El debate abierto en Catalunya y seguido con pasión por otros territorios viene a demostrar que, contra lo que se cree, España es un país muy geográfico y muy poco historicista. Son las variables espaciales las que acaban determinando el devenir de la política española debido a la presencia de regiones y naciones fuertemente territorializadas, claramente delimitadas, cuya población es capaz de permitir antes, a quien las gobierna, la traición de clase que la de sangre. Expresiones como "gobernar para todos los… y todas las...", "tener como única misión el bienestar de…" o "mi único programa político es…" (rellene el lector los puntos suspensivos con los gentilicios y nombre de una de las 17 comunidades autónomas de España que prefiera) muestran que este es un país de profundo trasfondo territorial, aderezado por indudables potentes focos urbanos vivísimos. Es en este terreno de lo espacial donde se dirime el futuro de España.
"Las elecciones en Catalunya han abierto la caja de Pandora. Pero esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad. Este país solo avanza cuando esa caja se abre y se dejan escapar a las furias"
Las elecciones en Catalunya han abierto la caja de Pandora. Pero esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad. Este país solo avanza cuando esa caja se abre y se dejan escapar a las furias. Porque en España nunca hay transiciones suaves, sino vigorosos estados de ánimo que hacen que (¡otra expresión típicamente española que explica un país!) se deba coger el toro por los cuernos. Y resulta imposible coger el toro por los cuernos cuando éste pace en la dehesa o cuando se adormila en un corral. El debate catalán sobre financiación (territorial) y sobre infraestructuras (territorializadas) nos puede permitir escribir otro verso en nuestro camino hacia un horizonte compartido, tras el reconocimiento autonómico de la Constitución de 1978.
Ahora se trata de dar un nuevo salto: impuestos y dotaciones e infraestructuras se pueden convertir en la base no solo de una negociación a medio plazo con la Generalitat de Catalunya, sino en la oportunidad manifiesta de avanzar en la ordenación de todo el país. Bienvenido sea, pues el debate, aunque sea en los términos rudos de la política española.
Creo acertar si digo que muchas nacionalidades y comunidades autónomas españolas (comenzando por la mía, la Comunitat Valenciana) se verían satisfechas si por fin consiguiéramos articular mecanismos de estabilidad para las dos principales corrientes convectivas que agitan la atmósfera patria: el tema del reparto de los dineros y el tema de la dotación de infraestructuras (incluidas la hídricas, por cierto). Para mí, la mejor forma de serenar los ánimos es recurriendo al único software jurídico-político que tiene lo territorial como distintivo: el pensamiento federalizante.
"La mejor forma de serenar los ánimos es recurriendo al único software jurídico-político que tiene lo territorial como distintivo: el pensamiento federalizante"
Con lo federal como
software —que es diferente a lo federal como
hardware, llamo la atención— podríamos aprender a gestionar dinero, agua e infraestructuras. Déjenme que me centre en este último tema. No me cansaré de repetir que si algún documento necesita España es la copia del plan federal de infraestructuras que desarrolla Alemania (el
Bundesverkehrwegeplan), donde, por ejemplo, los
länder gestionan todos y cada uno de los trenes que circulan por su territorio, mientras que es el gobierno federal quien se hace cargo de los servicios que afectan a dos o más estados.
En este supuesto, nada tendría que temer Catalunya (la parte de Catalunya con la mosca tras la oreja, mejor dicho) por el hecho de que las cercanías fueran gestionadas íntegramente por cada gobierno autonómico (¿un café para todos de trenes regionales?, ¡claro!). Mientras que, por otra parte, nadie se podría escandalizar de un mayor volumen presupuestario allí donde las cercanías sirvan a más gente y cuenten con más líneas.
Hoy Catalunya, como casi siempre, se presenta como el rompeolas de las Españas. Pero no nos confundamos: no es ella quien tiene la única responsabilidad de agitar el mar (que también se embravece por otros motivos), pero al actuar de escollera, el agua y la energía disipada nos salpica a todos. La solución es sencilla y la encontraron en un lejano puerto del Mediterráneo, en Yafo, Israel. Allí se instalaron una decena de flotadores que, con su mecanismo absorbente, generaron energía gracias a la potencia de las olas que rompen contra la escollera. Convertir la furia en energía, he aquí el secreto.
¡Cómo avanzaría España si supiéramos generar energía a partir de los embates del mar que cada día conmueven los cimientos de la patria! Amortiguadores flotantes federales. Todo está inventado. Sólo hay que ponerse.