Martes, 28 de julio de 2026
MOMENTO AMÉRICA

Los 250 años de EE. UU.: de prócer de la libertad a guardián de sus propias sombras

A dos siglos y medio de su nacimiento, Estados Unidos enfrenta la paradoja de haber pasado de refugio de perseguidos a potencia global que, día a día, erosiona cada vez más la democracia. "Se trata de un país que nació apostando por la libertad, pero hoy, con Donald Trump, sus valores fundacionales parecen, cada vez más, una utopía", opina el periodista Mauricio Hdez. Cervantes.

Mauricio Hernández Cervantes Mauricio Hernández Cervantes 10 de julio de 2026
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El expresidente Barack Obama (izquierda) junto al actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. | Ricky Cariot-Pool / Zuma Press / Europa Press
El expresidente Barack Obama (izquierda) junto al actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. | Ricky Cariot-Pool / Zuma Press / Europa Press
Los inicios: Estados Unidos nació en 1776 mirando hacia el Atlántico, como quien todavía no se atreve a soltar la mano de Europa, pero ya sueña con un futuro distinto. Todo comenzó hace 250 años de la mano de trece colonias levantadas por almas y mentes protestantes, conservadoras, perseguidas por una Inglaterra que imponía impuestos y dogmas, tan altos los unos como estrictos los otros. En sus tierras originarias —primero en Suiza, Francia y Holanda, y después en Inglaterra—, los protestantes fueron acosados y perseguidos y, por eso mismo, se lanzaron a la mar buscando un lugar donde pudieran proclamarse libres. Sí, libertad: un concepto tan americano, pero que hoy mismo comienza a sonar a utopía.

Al principio, Inglaterra, por supuesto, no los reconoció como independientes, como soberanos. Los gravó hasta la médula, como solían hacer los imperios. Ante esa situación, los nuevos americanos, hartos, como todos los sometidos, se rebelaron y, por la fuerza, decidieron independizarse. George Washington, con su gesto solemne, fue el símbolo de aquella emancipación, de aquel país que se pensaba distinto, que se sabía nuevo, que se pensaba libre. Pero la libertad, como suele ocurrir, era más una promesa que una realidad: detrás de aquellas proclamas tan románticas como utópicas, había esclavos y marginalidad, había sueños rotos, había saqueos y abusos y había, sobre todo, un territorio moderno que se expandía a costa de los pobres de siempre.

"El país que había nacido huyendo de un tirano empezaba a mostrarle al mundo que él mismo también podía serlo"
Y entonces llegó la primera guerra civil: su primer espejo roto. Sucedió entre 1861 y 1865. Aquel era un tiempo en el que, tanto en Europa como en las nuevas repúblicas americanas, los nuevos Estados se construían sobre sangre y cenizas. Y Estados Unidos no fue la excepción. La guerra enfrentó al sur esclavista, aferrado a su economía de cadenas y azotes, con el norte liberal, de corte más europeo que americano, que, bajo Abraham Lincoln, intentó reconciliar la idea de libertad eliminando la praxis de mantener a millones de hombres y mujeres reducidos a meras mercancías. No mucho más tarde, Lincoln terminó siendo el líder de una unión que solo podía sostenerse y defenderse sobre la sangre. Y así, el país que había nacido huyendo de un tirano empezaba a mostrarle al mundo que él mismo también podía serlo.


Y aquella, también llamada Guerra de Secesión, terminó con el triunfo de los norteños. Al menos, esa fue la versión oficial. Los estados confederados del sur se rindieron cuatro años después de que se disparó la primera bala, pero, bajo el resentimiento de esa derrota, crearon una identidad que, hasta la fecha, les resulta difícilmente renunciable.

Después vino la expansión territorial. Estados Unidos se hizo con casi la mitad del territorio de México —recién independizado de España—, compró Luisiana a Francia y obtuvo Florida de España. Cada una de aquellas conquistas era presentada como un destino manifiesto, como si la geografía hubiese sido, para los nuevos americanos del norte, un mandato divino. Pero lo que había detrás de todo eso era la misma lógica imperial que habían rechazado los pasajeros del Mayflower en Inglaterra: apropiarse de lo ajeno, imponer la voluntad por la fuerza y disfrazar la ambición con discursos de libertad.

"La fractura social que se palpa en los cinturones urbanos de muchas ciudades, el rencor social o las diferencias socioeconómicas tuvieron su semilla en aquel convulso siglo XIX"
Cabe destacar que muchas de las heridas no resueltas de la actualidad, es decir, la fractura social que se palpa en los cinturones urbanos de muchas ciudades, el rencor social o las diferencias socioeconómicas, tuvieron su semilla en aquel convulso siglo XIX. Además de lo anterior, ¿qué ha prevalecido de aquellas grietas que jamás cerraron?

De "gigante dormido" a potencia hegemónica

Después llegó el siglo XX y, lo mismo que Argentina o México, Estados Unidos se nutrió de las grandes olas migratorias desde Europa. Y eso lo cambió para siempre. Mientras el interior y el oeste se llenaban de buscadores de oro, de perseguidores de sueños perdidos, las ciudades atlánticas se llenaron de europeos que escapaban del hambre y la desolación que imperaban en el Viejo Mundo. Poco a poco o, mejor dicho, mucho a mucho, el país fue convirtiéndose en un gigante dormido que despertó —o lo hicieron despertar— después de las dos guerras mundiales: primero, tímidamente, con la Primera; después, con la Segunda. Entonces se erigió como el centro del mapa geopolítico. El resto del mundo era aún muy tradicional para un país cada vez más cosmopolita.

Desde entonces, Estados Unidos se ha autoproclamado garante de la democracia y la libertad en todo el planeta. Palabras que, repetidas hasta el cansancio, defendidas sobre ríos de sangre y cenizas ajenas, ya se han desgastado. La Guerra Fría fue su escenario de legitimación: el mundo dividido en dos bloques. Washington se impuso como el guardián de un orden que decía proteger, pero solo facturaba poniendo en marcha su maquinaria militar y de producción —y consumo— en masa.

"La paradoja americana es más evidente que nunca. El país que nació huyendo de un tirano se ha convertido, a todas luces, en el tirano global"
¿Y hoy? A 250 años de la Declaración de Independencia de aquellas trece colonias, en la otra orilla del Atlántico norte, la paradoja americana es más evidente que nunca. El país que nació huyendo de un tirano se ha convertido, a todas luces, en el tirano global. No obstante, la palabra libertad aún cuenta con el halo de nombres que la engrandecieron mucho más allá de las fronteras norteamericanas: Rosa Parks, Malcolm X y Martin Luther King, entre otros. Es decir, gente que se enfrentó al statu quo para mostrar al mundo que esa ya era una tierra donde no solo las élites eurodescendientes dictaban las normas.


Entrar de lleno en un análisis de Estados Unidos en el siglo XX merecería una pieza aparte. Durante los 44 años que duró la Guerra Fría, Estados Unidos puso al primer hombre en la Luna, fue el primer país en televisar las barbaries bélicas —durante la guerra de Vietnam—, se consolidó como el centro global del hiperconsumo y la hiperproducción y se convirtió en el nuevo epicentro de la cultura de exportación mundial. En 1989, con la caída del muro de Berlín, pasó a ser, indiscutiblemente, el "policía" y garante de dos conceptos de los que se había apropiado y que le han servido para justificar sus intereses en cualquier parte del mundo: libertad y democracia.

En pocas palabras, Estados Unidos mostró dos facetas durante el siglo pasado: la primera, la del gigante dormido que crecía a pasos agigantados; la segunda, la del guardián de la seguridad global y la nueva potencia de colonización cultural.

El convulso siglo XXI: Afganistán, Irak y Trump

Estados Unidos entró en el siglo XXI con un gesto torpe, casi adolescente: creyó que, gracias a su poderío económico y militar, podría imponer su voluntad a fuerza de músculo bélico. Y eso le salió muy caro: apenas unos meses después de iniciado este nuevo milenio, las Torres Gemelas se desplomaron en un atentado terrorista sin precedentes en territorio estadounidense y, con ellas, también se derrumbó buena parte de la ilusión sobre la invulnerabilidad del país.

Aquel atentado, el del 11 de septiembre de 2001, no solo redibujó el mapa geopolítico, sino que también reconfiguró las relaciones entre Estados, empujando a Europa hacia un proteccionismo que parecía un oasis, un refugio frente al caos global. George W. Bush, con su guerra en Irak, encarnó la bravuconería que ensombreció toda legitimidad y puso a Estados Unidos en un lugar cada vez más impopular en buena parte del mundo.

La paradoja es que, mientras ese país se presentaba como el garante de la libertad, su política exterior parecía más un manual de imposición y conquista que un decálogo de la democracia. Afganistán, Irak: nombres que se convirtieron en sinónimos de ocupación, promesas incumplidas, costes desorbitados, arbitrariedades globales y abusos devastadores. Sí, paradójicamente, mientras bajo Bush hijo se capturaba a Saddam Hussein y, años después, bajo Obama, se daba muerte a Osama bin Laden, Estados Unidos aparecía cada vez más, ante la opinión pública global, como un sicario implacable que actuaba en nombre de la democracia y las libertades.

"Mientras ese país se presentaba como el garante de la libertad, su política exterior parecía más un manual de imposición y conquista que un decálogo de la democracia"
Durante la era de Obama, las aguas se calmaron un poco, pues la crisis financiera internacional de aquel tiempo todo lo tocaba, todo lo pudría. Los ecos de la explosión del boom inmobiliario estadounidense resonaron —y hay quien sostiene que siguen doliendo— en Europa y en América Latina. El primer presidente afrodescendiente de Estados Unidos fue electo durante el derrumbamiento económico global que recordaba a 1929. Fueron años difíciles, pero, más temprano que tarde, la recuperación llegó.


Después, en 2016, Trump llegó a la Casa Blanca y abrió el sendero para que el populismo mundial se hiciera con el poder en cuanto sitio ha podido. Su primera gestión no fue del todo radical, pero su vuelta al Gobierno ha cambiado el rumbo de la política, la diplomacia y las relaciones internacionales como quizá nadie lo había hecho en la historia reciente.

La guerra con Irán —la de esos cien días, la que comenzó a principios de este año, justo después de que explotara el escándalo por los papeles de Epstein, y la que exhibió los pactos secretos entre Washington y Tel Aviv— le costó a Estados Unidos más de 40.000 millones de dólares en gasto militar y, a sus contribuyentes y consumidores, al menos 132.000 millones de dólares. Son cifras exorbitantes, sobre todo cuando se habla de un capricho bélico, de un compromiso secreto con un aliado, pero eso solo fue la primera factura; las más difíciles de pagar están siendo las políticas y las sociales.

Al mismo tiempo, Trump, el epílogo grotesco de la narrativa bravucona, ha establecido sus vínculos en el mapa global mediante amenazas arancelarias o militares, como ha hecho con Venezuela y, según todo indica, hará con Cuba. Nadie como él ha terminado de dinamitar la idea de que Estados Unidos era, incuestionablemente, el paladín de la democracia, de la libre autodeterminación de los pueblos, de las libertades. Su autoritarismo y pedantería, sus lapsus de narcisismo patológico, lo han convertido en un depredador solitario que solo está logrando aislarse del mundo. Su alianza con Israel, lejos de consolidar un frente, ha abierto grietas internas en el movimiento MAGA y ha dejado fisuras importantes dentro del Partido Republicano.

"La democracia, esa palabra tantas veces invocada, se ha vuelto un decorado vacío: un ritual que encubre desigualdad y furia"
¿Y lo social? Estados Unidos ha dejado de ser visto como aquel país idílico, el que encarnaba el American Dream. Hoy, gracias a los efectos de la política de Trump, las familias estadounidenses viven una crisis punzante por los precios de la vivienda, el encarecimiento de la canasta básica y la inflación descontrolada en general. Hoy, los cinturones de miseria son cada vez más visibles. La democracia, esa palabra tantas veces invocada, se ha vuelto un decorado vacío: un ritual que encubre desigualdad y furia. Trump, por supuesto, no inventó ni creó esa fractura, pero sí la ha profundizado con su estilo de confrontación, sus caprichos arancelarios y su insistencia en dividir para gobernar.


Se trata de un país que se mira en el espejo y descubre que la libertad que pregona se parece más a una caricatura que al ejemplo impoluto y moral que quiere dar ante el mundo entero. Y así, el siglo XXI de Estados Unidos aparece como un relato de paradojas, algo parecido a los cuentos del escritor británico Roald Dahl, donde lo imposible, lo más descabellado, parece ser la norma.

"Estados Unidos, que alguna vez fue el centro, hoy se parece más a un satélite que orbita en torno a sí mismo"
Finalmente, en 2026, hablamos de un gigante que, después de nacer dormido, despertó y se impuso en el mundo durante más de medio siglo, pero que hoy se parece más a un gigante aislado, desconfiado, encerrado en sus propias contradicciones. La bravuconería inicial de la segunda Administración de Donald Trump se está convirtiendo en una patología digna de un narcisismo terminal. Y, en todo este proceso, el mundo está aprendiendo a vivir sin ese garante de la libertad, a construir otros bloques, otros puentes, otras vías, otras defensas. Estados Unidos, que alguna vez fue el centro, hoy se parece más a un satélite que orbita en torno a sí mismo. Es, dicho en otras palabras, la ironía del país que nació huyendo de la opresión y que ahora se ha convertido en el dictador que impone, con bombas y aranceles, cómo debe funcionar el resto del mundo.
Mauricio Hernández Cervantes
Mauricio Hernández Cervantes
Periodista y escritor
Es autor del libro 'El silencio del diente que quiso ser una flor. Textos de un periodista mexicano en España: un país donde el pasado (siempre) es un tema de actualidad'. Actualmente, escribe en la sección internacional de 'El Confidencial' y en la revista 'ETHIC'. Ha colaborado en medios como 'El Mundo', 'La Vanguardia', 'La Voz de Asturias' o el diario mexicano 'Reforma'.
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