

"El país que había nacido huyendo de un tirano empezaba a mostrarle al mundo que él mismo también podía serlo"Y entonces llegó la primera guerra civil: su primer espejo roto. Sucedió entre 1861 y 1865. Aquel era un tiempo en el que, tanto en Europa como en las nuevas repúblicas americanas, los nuevos Estados se construían sobre sangre y cenizas. Y Estados Unidos no fue la excepción. La guerra enfrentó al sur esclavista, aferrado a su economía de cadenas y azotes, con el norte liberal, de corte más europeo que americano, que, bajo Abraham Lincoln, intentó reconciliar la idea de libertad eliminando la praxis de mantener a millones de hombres y mujeres reducidos a meras mercancías. No mucho más tarde, Lincoln terminó siendo el líder de una unión que solo podía sostenerse y defenderse sobre la sangre. Y así, el país que había nacido huyendo de un tirano empezaba a mostrarle al mundo que él mismo también podía serlo.
"La fractura social que se palpa en los cinturones urbanos de muchas ciudades, el rencor social o las diferencias socioeconómicas tuvieron su semilla en aquel convulso siglo XIX"Cabe destacar que muchas de las heridas no resueltas de la actualidad, es decir, la fractura social que se palpa en los cinturones urbanos de muchas ciudades, el rencor social o las diferencias socioeconómicas, tuvieron su semilla en aquel convulso siglo XIX. Además de lo anterior, ¿qué ha prevalecido de aquellas grietas que jamás cerraron?
"La paradoja americana es más evidente que nunca. El país que nació huyendo de un tirano se ha convertido, a todas luces, en el tirano global"¿Y hoy? A 250 años de la Declaración de Independencia de aquellas trece colonias, en la otra orilla del Atlántico norte, la paradoja americana es más evidente que nunca. El país que nació huyendo de un tirano se ha convertido, a todas luces, en el tirano global. No obstante, la palabra libertad aún cuenta con el halo de nombres que la engrandecieron mucho más allá de las fronteras norteamericanas: Rosa Parks, Malcolm X y Martin Luther King, entre otros. Es decir, gente que se enfrentó al statu quo para mostrar al mundo que esa ya era una tierra donde no solo las élites eurodescendientes dictaban las normas.
"Mientras ese país se presentaba como el garante de la libertad, su política exterior parecía más un manual de imposición y conquista que un decálogo de la democracia"Durante la era de Obama, las aguas se calmaron un poco, pues la crisis financiera internacional de aquel tiempo todo lo tocaba, todo lo pudría. Los ecos de la explosión del boom inmobiliario estadounidense resonaron —y hay quien sostiene que siguen doliendo— en Europa y en América Latina. El primer presidente afrodescendiente de Estados Unidos fue electo durante el derrumbamiento económico global que recordaba a 1929. Fueron años difíciles, pero, más temprano que tarde, la recuperación llegó.
"La democracia, esa palabra tantas veces invocada, se ha vuelto un decorado vacío: un ritual que encubre desigualdad y furia"¿Y lo social? Estados Unidos ha dejado de ser visto como aquel país idílico, el que encarnaba el American Dream. Hoy, gracias a los efectos de la política de Trump, las familias estadounidenses viven una crisis punzante por los precios de la vivienda, el encarecimiento de la canasta básica y la inflación descontrolada en general. Hoy, los cinturones de miseria son cada vez más visibles. La democracia, esa palabra tantas veces invocada, se ha vuelto un decorado vacío: un ritual que encubre desigualdad y furia. Trump, por supuesto, no inventó ni creó esa fractura, pero sí la ha profundizado con su estilo de confrontación, sus caprichos arancelarios y su insistencia en dividir para gobernar.
"Estados Unidos, que alguna vez fue el centro, hoy se parece más a un satélite que orbita en torno a sí mismo"Finalmente, en 2026, hablamos de un gigante que, después de nacer dormido, despertó y se impuso en el mundo durante más de medio siglo, pero que hoy se parece más a un gigante aislado, desconfiado, encerrado en sus propias contradicciones. La bravuconería inicial de la segunda Administración de Donald Trump se está convirtiendo en una patología digna de un narcisismo terminal. Y, en todo este proceso, el mundo está aprendiendo a vivir sin ese garante de la libertad, a construir otros bloques, otros puentes, otras vías, otras defensas. Estados Unidos, que alguna vez fue el centro, hoy se parece más a un satélite que orbita en torno a sí mismo. Es, dicho en otras palabras, la ironía del país que nació huyendo de la opresión y que ahora se ha convertido en el dictador que impone, con bombas y aranceles, cómo debe funcionar el resto del mundo.

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