Las balas, dicen, huelen al poder, y lo detectan como un sabueso a su presa. Algunas lo rozan; otras fallan; otras han cambiado la historia. Las hay, también, aquellas que sienten una particular atracción por personajes que se muestran ante el mundo como invencibles, invulnerables. Uno de esos casos es el de Donald Trump, que, en dos años,
ha sufrido al menos cuatro ataques personales. Desde 2024, durante el cierre de su campaña presidencial, el devenir político de Trump se ha escrito entre atentados y sospechas, entre disparos y silencios, que siempre llegan en momentos particulares de su narrativa política.
Remontémonos a julio del año antes mencionado. El lugar: Butler, Pensilvania. Un disparo le arrancó sangre de la oreja al entonces candidato presidencial. También le regaló una fotografía que rápidamente
se convirtió en símbolo de la resistencia MAGA y en impulso para su campaña. Aquella fue una imagen que le dio aire a su guion político, uno que sostenía que, tras cuatro años de la Administración demócrata de Joe Biden, "su país" había caído en el desastre. Y aquel momento se tiñó de épica:
un candidato que sangra y sigue hablando; un líder que sobrevive a "sus enemigos" y cuya imagen se acerca a la del mártir de su propia causa.
"Ese episodio reforzó una idea que también vertebraba el discurso trumpista: la de que «los patriotas americanos» viven en una amenaza constante"
Tres meses después, en septiembre, el escenario fue otro, pero con una misma narrativa. Un campo de golf en Florida, ante el lujo cotidiano, se convirtió en trinchera. Allí,
un hombre armado con un rifle intentó quebrar la rutina del candidato, pero, en esa ocasión, fue detenido antes de disparar. Ese episodio reforzó una idea que también vertebraba el discurso trumpista: la de que "los patriotas americanos" —como él mismo se ha autoproclamado en incontables ocasiones— viven en una amenaza constante; la de que la violencia, como telón de fondo, acecha al sueño americano. Y dos meses antes de las elecciones que lo llevaron de vuelta a la Casa Blanca, él ya se erigía como presidente en potencia. En pocas palabras, alguien que debía ser protegido "de incontables enemigos" que amenazaban a "la gran nación americana".
Al cabo de unos meses, Donald Trump regresó al Gobierno de Estados Unidos. Durante 2025, no hubo registros de ataques contra él o su círculo cercano, salvo
el asesinato de Charlie Kirk. Pero este año todo cambió:
el 22 de febrero, en Mar-a-Lago, en Florida, un joven de veintiún años rompió el perímetro de seguridad de la residencia del presidente; iba armado, pero fue abatido antes de que se registrara incidente alguno.
Finalmente, el sábado pasado, durante la cena anual de los corresponsales que cubren las informaciones referentes a la Casa Blanca, en el hotel Hilton de Washington D. C.,
un profesor californiano de treintaiún fue detenido tras varios disparos que hizo en el vestíbulo antes de llegar al recinto principal. Su nombre: Cole Allen. ¿El motivo? Es difícil responder concretamente a esta pregunta, ya que, por la forma en la que se desenvolvieron los hechos, en este momento saltan más preguntas que respuestas. Lo que sí se sabe es que el presunto agresor había escrito un manifiesto supuestamente muy violento en el que dejaba claro que su objetivo era el entorno de la Administración de Donald Trump.
En ese texto, el propio Allen se autodenomina "el asesino federal amable" y acusa al presidente de ser un "pedófilo, violador y traidor".
"Cada ataque ha servido para reforzar la construcción de una idea, de una figura: un hombre que sobrevive, que sangra, que se expone y que convierte la violencia en parte de su relato de poder"
Este último atentado llegó en un momento de máxima exposición mediática, rodeado de periodistas, cámaras y, por supuesto, titulares. Y, lo mismo que en el ataque de julio de 2024,
ya hay voces que ponen en cuestión la veracidad de los hechos, que sospechan de verdades contadas a medias. Como si de un guion perfecto se tratara: un presidente que escapa de la bala frente a quienes narran la historia. Lo cierto es que, a día de hoy,
tampoco hay información fidedigna que confirme esas hipótesis. La mayoría de las sentencias son meras opiniones que pululan en X.
Así, cada ataque ha coincidido con un instante político crucial —una campaña, una transición o la consolidación de la presidencia— y ha servido para reforzar la construcción de una idea, de una figura: un hombre que sobrevive, que sangra, que se expone y que convierte la violencia en parte de su relato de poder.
Entre disparos y sospechas: las lecturas detrás (y después) de los ataques
Vamos primero a los hechos:
un atentado (con una víctima mortal), dos intentos fallidos (sin víctimas mortales) y un tiroteo improvisado sin víctimas mortales. Todos ellos, con detenciones o abatimientos exitosos. Todos ellos han ocurrido en menos de dos años.
Ahora, la reflexión. Remontémonos a septiembre del año pasado, precisamente, al día diez.
Charlie Kirk fue asesinado de un solo disparo, efectuado a 130 metros de distancia, aproximadamente, que le dio en el cuello. ¿El autor? Tyler James Robinson, un chico de veintidós años que se entregó a la policía dos días después de lo sucedido. Fue acusado de homicidio agravado, portación ilegal de armas, resistencia a la autoridad y un par de delitos menores;
la fiscalía sigue pidiendo cadena perpetua e incluso la pena de muerte —legal en el estado de Utah— si es que es declarado culpable.
También está el caso de Thomas Matthew Crooks. En él, encontraremos algo similar:
un chico de veinte años que hizo ocho disparos desde una distancia de 150 metros, y uno de ellos hirió en la oreja a Donald Trump. Sobre sus motivaciones políticas no se supo mucho más, más allá de que era militante del Partido Republicano. Fue abatido por un francotirador del Servicio Secreto del Gobierno estadounidense.
Hasta aquí, vemos que dos chicos, desde distancias considerables (más de cien metros),
mataron o hirieron a sus objetivos, a pesar de nunca haber recibido, oficialmente, entrenamiento militar.
Después tenemos dos presuntos atentados en los que
los supuestos agresores no alcanzaron a desenfundar el arma ni a concretar los ataques. No obstante, sobre sus identidades o datos referentes a filiaciones políticas o motivos para perpetrar un atentado de esa naturaleza, no se supo más.
"Donald Trump, como suele hacer, dio un discurso ante la prensa, inmediatamente después, en el que sostuvo que su trabajo es de alto riesgo"
Y, finalmente, el sábado pasado, el profesor californiano, autor de un manifiesto reivindicativo de la justicia por propia mano, entró en la gala de los corresponsales de la Casa Blanca, hizo varios disparos, hirió a un agente del Servicio Secreto, fue detenido al instante y no pasó a mayores. Donald Trump, como suele hacer, dio un discurso ante la prensa, inmediatamente después, en el que sostuvo que su trabajo es de alto riesgo; después hizo una serie de comparaciones proporcionales sobre los riesgos muy dispersas, y bromeó diciendo que, si Marco Rubio le hubiera dicho que esos eran los gajes del oficio, quizá no se hubiera lanzado como candidato presidencial. También sostuvo, en otra entrevista, que el autor de ese atentado "siente un profundo odio hacia el cristianismo".
Ahora bien, respecto a este último intento de magnicidio, saltan más dudas que certezas.
¿Por qué el atacante disparó antes de llegar al recinto? Si su manifiesto era tan violento y en él dejaba claro que sus objetivos eran Donald Trump y toda la cúpula del Gobierno estadounidense,
¿por qué actuó de forma tan torpe (exponiéndose a una detención)? Y, sobre todo, ¿por qué, como así lo expuso
The Washington Post, el protocolo de seguridad en el evento fue tan relajado? Lo cierto es que este hecho llega —lo mismo que los anteriores—
en un momento en el que la narrativa del presidente (o candidato, cuando lo fue) es seriamente cuestionada.
Cuando sucedió el atentado de 2024, por ejemplo, Trump había sido declarado culpable, dos meses antes, de 34 cargos por falsificación de registros comerciales en relación con un pago de 130.000 dólares a la actriz Stormy Daniels para silenciar una relación extramatrimonial durante la campaña presidencial de 2016. Eso, evidentemente,
ponía en riesgo su camino de vuelta a la Casa Blanca. Eso, por supuesto, ensombrecía la imagen de un líder que siempre se ha mostrado ante el mundo con superioridad moral (una, por cierto, muy cuestionable).
"Fuentes cercanas a la Administración californiana, a las que 'Agenda Pública' ha tenido acceso, ponen bajo la lupa la veracidad de este supuesto atentado"
Y este año, el protagonismo del presidente estadounidense en la geopolítica tampoco lo ha dejado muy bien parado. Escándalos como el haber recibido, de manos de María Corina Machado, el premio Nobel de la Paz, después de su intervención armada en Venezuela —declarando que lo que más le interesaba era el petróleo—, todo lo relacionado con la guerra en Irán —y los efectos económicos negativos a nivel global—, así como la cloaca que ha comenzado a destaparse con el caso Epstein, además de sus rencillas comerciales con China, Rusia y la Unión Europea, han generado ya un deterioro en la opinión pública global sobre su persona y Administración.
Fuentes cercanas a la Administración californiana, a las que
Agenda Pública ha tenido acceso, ponen bajo la lupa la veracidad de este supuesto atentado. Afirman que
este hecho llega en un momento en el que, como se mencionó antes, los papeles de Epstein dejan más incógnitas que certezas respecto a la relación de Trump con Jeffrey Epstein.
Por lo pronto, e insistiendo en lo antes dicho,
no hay evidencias claras para sostener hipótesis alguna de que los atentados (o intentos de atentado) han sido provocados o inducidos. Lo que sí sabemos es que cada vez que la figura de Donald Trump es cuestionada judicialmente, o por sus decisiones militares, sucede algún hecho en el que un agresor anónimo porta un arma y genera caos en un evento público,
arriesgando así tanto la seguridad del propio Trump como la de su círculo cercano.