En el invierno de 2011, Joe Biden (entonces vicepresidente de Estados Unidos) visitaba el despacho de Vladímir Putin en el Kremlin. Biden se acercó a su anfitrión y comentó:
"Señor primer ministro, le estoy mirando a los ojos y no creo que tenga alma". Putin sonrió y respondió: "Nos entendemos".
La escena pasó casi desapercibida en su momento, relegada a la categoría de anécdota personal. Sin embargo, hoy refleja una verdad sobre la política internacional contemporánea:
dos dirigentes, representantes de órdenes políticos distintos, reconocen en un gesto mínimo que ambos comparten una comprensión común de cómo funciona, en realidad, el poder, más allá de los rituales, las declaraciones conjuntas y el lenguaje de las normas.
"Cuando hoy chocan los intereses vitales con el derecho internacional, son las capacidades, no los principios, las que fijan el desenlace"
Once años más tarde, cuando Putin ordena
la invasión a gran escala de Ucrania (el país que Biden había intentado acercar a Occidente durante años),
el juicio moral del estadounidense queda en segundo plano. Lo que se impone es el cálculo frío del ruso: cuando hoy chocan los intereses vitales con el derecho internacional, son las capacidades, no los principios, las que fijan el desenlace.
Esa constatación es
el punto de partida para entender el mundo que emerge. La comunidad internacional no ha elegido conscientemente un giro realista. Lo que ocurre es que,
a medida que se debilitan los andamiajes que contenían la lógica del poder, la política internacional regresa a sus inercias más antiguas.
El problema de Kindleberger: cuando nadie paga el orden
El problema fundamental que enfrentamos no es que Rusia o
China violen las reglas. Es algo más estructural: Estados Unidos ya no está dispuesto a pagar el coste de mantener el orden que creó,
pero ningún otro actor puede o quiere sustituirlo. Charles Kindleberger advirtió que la Gran Depresión se debió, en parte, a que ninguna potencia asumió el liderazgo tras el declive británico. Estados Unidos podía, pero no quiso.
El Reino Unido quería, pero ya no podía. La pregunta, por tanto, es si estamos replicando esa dinámica.
Ciertos bienes públicos globales (mercados abiertos, rutas comerciales seguras, monedas estables) solo pueden existir si un poder preponderante los provee de forma sostenida y está dispuesto a asumir los costes.
Washington se retrae selectivamente, Pekín carece de capacidad para ofrecer bienes universales (su
Belt and Road es selectiva, no global)
y Europa permanece dividida. Los datos del Real Instituto Elcano ilustran la fragmentación: China registra su primer descenso absoluto de presencia global en 2024; Estados Unidos aumenta, pero no lo suficiente para revertir el sistema multipolar fragmentado, donde los BRICS representan ya el 27% del PIB mundial.
Lo que emerge es un sistema sin una potencia hegemónica, no un relevo hegemónico: los bienes públicos quedan subprovistos y cada actor intenta hacer
free-riding (aprovecharse sin pagar) o, peor,
buck-passing (pasar el testigo).
Buck-passing: la estrategia olvidada que explica Europa
John Mearsheimer identificó que
, frente a amenazas, los estados, además de equilibrar (balancing), pueden trasladar el coste a un tercero (buck-passing): cultivar relaciones cordiales con el agresor, mantener distancia con quien debería contenerlo y dejar que ese tercero asuma los costes.
Si agresor y contenedor terminan en una guerra costosa, quien pasó el testigo emerge fortalecido sin pagar el precio.
La conducta europea ante Ucrania entre 2014 y 2022 contiene elementos inequívocos de
buck-passing. Tras Crimea, la respuesta fue simbólica: sanciones limitadas, exclusión del G8, condenas retóricas. Alemania mantuvo Nord Stream 2 hasta semanas antes de la invasión total y Francia buscó
reseteos con Moscú.
Mientras tanto, Ucrania, auxiliada marginalmente, contendría a Rusia sin que Europa tuviera que rearmar o romper lazos comerciales lucrativos.
"Mientras Europa intenta equilibrar frente a Rusia, busca pasar el testigo a Estados Unidos en el Indopacífico frente a China"
La invasión de 2022 desbarató esa estrategia al demostrar que el
buck-catcher (quien "recibe" el testigo: Ucrania) no podía solo.
Europa se vio forzada tardíamente hacia el balancing: el gasto en defensa pasó de 343.000 millones de euros en 2024 a una proyección de 381.000 millones en 2025 (en torno a un 11% en un año),
aunque sigue siendo insuficiente para una autonomía real. Alcanzar el 3,5% del PIB para 2035 requeriría 635.000 millones anuales, casi el doble.
Así, mientras Europa intenta equilibrar frente a Rusia, busca pasar el testigo a Estados Unidos en el Indopacífico frente a China. Y Washington
invierte la lógica: exige que Europa asuma su vecindario mientras se concentra en Asia. El resultado es circular: todos intentan pasar el testigo,
nadie quiere ser buck-catcher, aumentando el riesgo de que amenazas crezcan sin respuesta hasta ser incontrolables.
La paradoja de Hirschman
Albert Hirschman sostuvo que
, cuando quienes forman parte de una organización perciben que la calidad de lo que reciben se deteriora, se les abren básicamente dos vías: abandonar la organización (exit) o alzar la voz para intentar corregirla (voice). Ahora bien, solo cuando la opción de salida es creíble, esa voz tiene fuerza negociadora. Si no existe posibilidad real de marcharse, la protesta se diluye y lo que queda ya no es lealtad genuina. Es una lealtad forzada por la ausencia de alternativas.
Aplicado a la geopolítica, el poder no reside únicamente en infligir daño: pesa, sobre todo, la capacidad de salir de la relación a menor coste que el adversario. El control estadounidense del sistema financiero global (
entre el 80% y el 90% en segmentos clave, por ejemplo, SWIFT) otorga una ventaja desproporcionada: puede excluir adversarios con costes limitados para sí, mientras que para los excluidos el coste es catastrófico.
"Europa no tiene voz fuerte en Washington no porque argumente mal, sino porque carece de una opción creíble de salida: no puede garantizar su seguridad sin el paraguas nuclear estadounidense"
El trabajo reciente del Real Instituto Elcano cuantifica esta asimetría: Estados Unidos puede infligir pérdidas del 5,8% del PIB a China y del 8,6% a la UE, mientras su vulnerabilidad se limita al 3%. Si China intenta represalias, empeora dramáticamente de -5,8% a -8,8%, mientras el coste adicional para Washington es marginal (de -0,5% a -0,9%). El equilibrio más robusto es la hegemonía coercitiva: Estados Unidos confronta selectivamente, China coopera defensivamente, Europa busca neutralidad.
Hirschman argumentaba que la efectividad de alzar la voz depende de la credibilidad del
exit. Europa no tiene voz fuerte en Washington no porque argumente mal, sino porque carece de una opción creíble de salida:
no puede garantizar su seguridad sin el paraguas nuclear estadounidense y no puede diversificar su tecnología crítica completamente. Mientras no construya capacidades autónomas suficientes, su voz seguirá siendo estructuralmente débil.
China ha invertido dos décadas construyendo opciones de salida: CIPS como alternativa a SWIFT, internacionalización del yuan, semiconductores domésticos, BeiDou frente a GPS. No porque desprecie las instituciones occidentales.
La razón es que entiende la lógica hirschmaniana: solo quien puede irse tiene verdadero poder de negociación.
Cuando el exit se hace colectivo
Los tres mecanismos anteriores (la renuncia de la potencia hegemónica a sostener el orden, la tentación del
buck-passing y la carrera por construir opciones de salida) no solo están reconfigurando la economía internacional; están alterando de forma integral la arquitectura misma del sistema mundial.
Cuando nadie quiere pagar el coste de los bienes públicos globales, todos buscan que otro contenga las amenazas y cada actor invierte en reducir su dependencia de los demás, el resultado va más allá de menos comercio: es un mundo compuesto por esferas de poder semiautónomas que empiezan a pensar, planificar y securitizar en clave de bloque.
En el plano económico, esa lógica se traduce en
friendshoring, guerras de
estándares tecnológicos, duplicación de infraestructuras financieras y cadenas de suministro segmentadas, pero sus efectos desbordan lo material. En el terreno político, aumenta el valor de las lealtades explícitas y disminuye el espacio para la ambigüedad:
las organizaciones internacionales se vuelven foros de alineamiento más que de deliberación, los países del llamado sur global dejan de ser "no alineados" para convertirse en escenarios de competencia estructural donde cada decisión de inversión, voto o tratado se lee como señal de adscripción a un bloque u otro.
"La configuración de un sistema internacional depende fundamentalmente de que sus miembros compartan una mínima visión común sobre qué tipo de mundo construir y qué reglas lo regirán"
En el plano de seguridad,
la fragmentación refuerza la lógica del equilibrio de poder regional: cada potencia consolida su vecindario (Estados Unidos en el hemisferio occidental y el Indo-Pacífico, China en Asia y el Índico, Rusia en el espacio postsoviético, la UE en su perímetro inmediato)
mientras reduce su tolerancia a intromisiones ajenas. En el plano normativo, el resultado es un pluralismo de órdenes parciales: ya no existe un solo código de referencia (el "orden liberal internacional"), sino varios conjuntos de normas, narrativas y legitimidades que coexisten, se solapan y se contradicen.
La configuración de un sistema internacional depende fundamentalmente de que sus miembros compartan una mínima visión común sobre qué tipo de mundo construir y qué reglas lo regirán. Pero
cuando esa intención compartida se desgarra, cuando los cálculos de poder rebosan los márgenes del sistema institucional y lo desbordan, sucede algo irreversible: los actores cambian su visión de cómo ver el mundo. Más que un giro ideológico, es una reconfiguración de la percepción misma de posibilidad.
El realismo no es el culpable. Es únicamente el síntoma.
La verdadera enfermedad es que el sistema internacional, c
omo proyecto colectivo capaz de contener la lógica del poder, ha colapsado bajo el peso de sus propias contradicciones: promete igualdad de derechos a estados profundamente desiguales en capacidades; ofrece normas universales a actores que nunca compartieron el acta fundacional; levanta sofisticados dispositivos de cooperación sobre un terreno que ha vuelto a ser anárquico.
No se debe a falta de voluntad de entenderse, pero la voluntad, por sí sola, ya no basta. Cuando el andamio cede, los actores no lo lamentan, sino que aprovechan los escombros para construirse un refugio.
La anarquía no desaparece, se recuerda
Morgenthau recordaba que la política está regida por "leyes objetivas" enraizadas en la naturaleza humana. Waltz replicaba que el motor último del conflicto no es la psicología de los líderes. Es la estructura anárquica del sistema. Ambos coincidían en algo más profundo:
en ausencia de una autoridad capaz de garantizar el cumplimiento de los acuerdos, la incertidumbre es estructural y esa incertidumbre empuja a los estados a buscar seguridad por sí mismos.
La coreografía de los últimos años cabe en esa matriz. En febrero de 2022, Emmanuel Macron viaja a Moscú para intentar arrancar a Putin un compromiso que evite la invasión.
La foto que perdura no es una negociación entre iguales: es una mesa blanca de seis metros de longitud, con los dos dirigentes en extremos opuestos. Las explicaciones oficiales hablan de protocolos sanitarios. El simbolismo, en cambio, es transparente: la distancia física escenifica la distancia política. Dos semanas más tarde, los carros de combate rusos cruzan la frontera. La mesa había contado ya lo que el lenguaje diplomático todavía se resistía a pronunciar.
Los intereses eran incompatibles y la resolución pasaría por la fuerza, no por el acuerdo.
"Por debajo de los discursos normativos, la política internacional sigue organizada en torno a percepciones de amenaza, cálculo de capacidades y búsqueda de ventaja"
El declive del orden liberal no invalida que la cooperación genere beneficios mutuos, pero obliga a preguntarse bajo qué condiciones institucionales se sostiene cuando el andamio hegemónico que la apuntalaba se debilita. El mundo no ha "votado" por el realismo: lo ha reencontrado a medida que las condiciones excepcionales que permitieron matizarlo (primacía incontestada de una potencia, fe en la irreversibilidad de la globalización) se han desvanecido.
Cuando Biden le dice a Putin que no ve alma en sus ojos y recibe un "nos entendemos", ambos describen que, por debajo de los discursos normativos, la política internacional sigue organizada en torno a percepciones de amenaza, cálculo de capacidades y búsqueda de ventaja.
Quizá el verdadero giro realista no sea tanto un cambio de preferencia como un ejercicio de honestidad intelectual. Reconocer que la lógica del poder ha vuelto al centro del tablero no obliga a celebrarla ni a resignarse. Pero sí exige abandonar la comodidad de pensar que las reglas, por sí mismas, bastan para contenerla. En un mundo donde la jerarquía se debilita y la anarquía se recuerda, la tarea consiste en algo más modesto y a la vez más difícil: construir instituciones lo bastante sólidas como para soportar la presión del poder, sin olvidar nunca que, si fallan, lo que queda no es un vacío normativo.
Es la vieja y persistente gramática de la fuerza.