Imaginemos a Tucker Carlson como un personaje de novela estadounidense, o de cualquier serie de Netflix: un hombre que comenzó con corbata de moño en CNN, con miras a consolidarse como un referente del debate televisivo, pero que terminó convertido en el predicador mediático de la derecha más populista de EE. UU. Su trayectoria es la de alguien que aprendió que la televisión no premia las sutilezas ni las posturas conciliadoras, sino a la certeza gritona. En pocas palabras, él se convirtió en uno de los próceres de aquellos que saben que, en su país, la política no se gana en el Congreso, sino en el prime time.
Si de algo ha vivido (y ha encendido la fuerza de su bravuconería) el movimiento Make America Great Again es de
la idea de que los estadounidenses se sienten traicionados por sus élites. Y, precisamente, eso es lo que voces como la de Tucker han sabido explotar
en un país en el que la línea que divide el espectáculo y la política, en no pocas ocasiones, es indistinguible. En el
show Tucker Carlson Tonight, ofrecía una suerte de sermón, un híbrido que mezclaba la indignación con el
show televisivo, hasta que Fox News lo dejó ir. ¿Y a dónde fue a dar su furibunda radicalidad? Como suele suceder,
a las redes sociales: el lugar donde las voces más polémicas, incómodas y extremistas encuentran un megáfono para ser más libres, más peligrosas, menos rigurosas, y, por supuesto, más influyentes.
"Un periodista que dejó el ejercicio de la información para convertirse en una especie de oráculo que lanza respuestas simples ante las grandes complejidades del mundo"
Él es la viva imagen de esa eterna paradoja que vertebra al imperio mediático de EE. UU.: un periodista que dejó el ejercicio de la información para convertirse en agitador, en reivindicador radical, en una especie de oráculo que lanza respuestas simples ante las grandes complejidades del mundo. Ergo, en esos tertulianos u opinólogos que hablan, no desde la información (y los cánones del buen ejercicio periodístico),
sino desde la injustificable superioridad moral que tiene como objetivo incidir en las urnas.
Hasta aquí, esta sería la historia, vista desde los ojos ultraconservadores de EE. UU., de "un gran tipo" (como lo definió Donald Trump, hace un mes). Pero ya no. Ahora Tucker Carlson ha saltado sin paracaídas hacia el territorio de la polémica tras cuestionar los motivos del Gobierno de Trump para atacar a Irán. Gracias a eso, su figura ya está en el debate público; pasó de ser un vocero del movimiento MAGA a ser el miembro incómodo. Y
, ante esa situación, el látigo del trumpismo no ha permanecido indiferente: ahora la CIA lo acusa de espía de Irán, y Carlson ha sentenciado lo siguiente:
"Preparan una imputación contra mí por hablar con gente de Irán".
Entonces, esta historia —como todo lo que sucede recientemente en EE. UU.— se ha convertido en un triángulo de tensiones entre un presentador con vena activista ultraconservadora, la CIA y la guerra en el país que puede ser el talón de Aquiles del Gobierno de Trump, es decir, Irán. Hablamos, por cierto, de una guerra que, como así lo recoge un artículo de la columnista Arwa Mahdawi, publicado en el diario británico The Guardian (y con la información del Pentágono),
ya le ha costado al pueblo estadounidense 11.300 millones de dólares, en tan solo una semana.
Un triángulo de tensiones que exhibe las grietas de la política trumpista
La relación entre Tucker Carlson, la CIA e Irán parece salida de una serie cuyo guion lo definen, sencillamente, las intrigas: un periodista convertido en actor político, una agencia de inteligencia que lo observa con recelo y el nuevo país enemigo de Trump que aparece como escenario de fondo.
Desde el 11 de septiembre de 2001, el tema de seguridad en EE. UU. adquirió el grado de prioridad máxima tanto en la agenda nacional como en la internacional. Desde entonces, cualquiera puede ser sospechoso de lo que sea. Y Carlson no ha sido la excepción. Porque esta historia comenzó con unas controvertidas declaraciones del presentador; palabras que lo pusieron de inmediato contra las cuerdas frente al ala más extrema del Partido Republicano: "(Los bombardeos en Irán) son algo absolutamente abominable y malvado". Peor aún —para los ojos de los ultraconservadores—, esa postura es exactamente
la del 59% de la población estadounidense que no está a favor de la guerra, según un sondeo de la CNN (cabe destacar que en otra encuesta de la agencia Reuters la proporción es de un 43% en contra, un 27% a favor y el 30% restante se declaró "indeciso"). Eso, por supuesto, lo puso bajo la lupa de la CIA, además de que él mismo reconoció haber tenido comunicaciones con personas vinculadas a Irán.
"Carlson jugó a ser libre (sin haberlo sido), pero esa misma libertad es la que ahora, en teoría, lo mete en la lista negra de Trump"
De esta manera, sus críticas al intervencionismo militar y su supuesta interlocución con vínculos iraníes lo transformaron en un personaje incómodo para el actual Gobierno. Sin embargo, aquí lo curioso es que él ahora mismo está siendo víctima de un juego al que supo sacar partido durante años: el de jugar a ser una cosa y decir (o hacer) otra; el de venderse como profesional de la información y terminar como reivindicador político. En pocas palabras, Carlson jugó a ser libre (sin haberlo sido), pero esa misma libertad es la que ahora, en teoría, lo mete en la lista negra de Trump.
Entonces, ahora él es el que denuncia que la CIA lo espía y que el Departamento de Justicia considera investigarlo bajo una "ley de agentes extranjeros" (FARA). Esa acusación, recogida y desarrollada en varias piezas de medios como The Guardian o
POLITICO, refuerza la narrativa de persecución que él mismo alimenta: el periodista que desafía al poder y es castigado por ello.
Ahora bien, no todo el mundo le cree. Por ejemplo, la periodista Michelle Goldberg, que publicó un artículo al respecto en The New York Times. En esa pieza,
ella sostiene que Carlson "actúa de mala fe", ya que
no tiene la intención de informar o debatir, sino de generar paranoia y desconfianza generalizada sobre las instituciones democráticas de EE. UU.
Acerca de este fenómeno, el que Goldberg denuncia en el rotativo neoyorquino, ya nos había advertido el historiador Timothy Snyder (por ejemplo, en su libro On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century —en español,
Sobre la tiranía: veinte lecciones sobre el siglo veintiuno, en castellano—). Para él,
este tipo de discursos parten desde cualquier punto menos desde la inocencia. Es decir, que con esa amplificación de las ideas de espionaje y la exaltación de una presunta victimización, personajes como Carlson (que manipulan perfectamente el juego sucio que nace en la política desde el
show business)
solo buscan la desestabilización y la deslegitimación de las instituciones democráticas para que actores externos (en este caso, Irán) se beneficien de la desconfianza sembrada.
Porque en el fondo, la relación entre Carlson, la CIA e Irán no es tanto un vínculo directo, sino algo parecido a un triángulo (muy tenso) de percepciones: un comunicador que juega con la idea de ser perseguido; una agencia de inteligencia que teme la infiltración de narrativas hostiles y de espías en tiempos de altísima incertidumbre bélica y política; y un país (que ha sido afectado por EE. UU., bajo una supuesta presión de Israel, en el marco de la revelación de los archivos de Epstein) que está dispuesto a aprovechar cualquier grieta en el sistema estadounidense para alzar la voz de nuevo. En síntesis, como así lo sostiene la pieza de
The New York Times, antes mencionada,
"Carlson no busca un debate honesto, sino provocar y deslegitimar instituciones", y, parece ser, en esa provocación, Irán aparece como el eco perfecto de un fracaso mayor: el de un imperio desesperado, incapaz de controlar ni sus bombardeos ni sus disidencias.