El pasado 13 de abril se despejó la incógnita que recorría los pasillos de Bruselas:
Anthony Whelan, veterano de la casa y arquitecto de la estrategia digital europea, ha tomado las riendas de la Dirección General de Competencia de la Comisión. Con su nombramiento,
Ursula von der Leyen logra situar a su candidato favorito en uno de los puestos más influyentes del Ejecutivo de la UE. Se confirma así el triunfo de la visión de la presidenta para el desarrollo de la política antimonopolio.
De asesor digital a director general: un perfil transversal
La trayectoria de Whelan
es una hoja de ruta de las instituciones europeas y anticipa el rigor técnico de su mandato. Su paso por el Tribunal de Justicia, el Servicio Jurídico de la Comisión y las Direcciones Generales de Competencia y Comunicación avalan una experiencia transversal. Sin embargo, es su papel como asesor digital de Von der Leyen desde 2019 lo que mejor define su perfil.
Fue uno de los motores fundamentales de la Ley de Mercados Digitales.
"Así, los mercados pueden ofrecer mayor calidad y mejores precios, en beneficio directo del bolsillo del ciudadano europeo"
Como director general de Competencia
, manejará herramientas muy poderosas. Se han utilizado para
blindar el mercado único, para meter en cintura a los gigantes tecnológicos y para evitar que las subvenciones estatales favorezcan a determinadas empresas. Así, los mercados pueden ofrecer mayor calidad y mejores precios, en beneficio directo del bolsillo del ciudadano europeo.
Un enfoque más económico 2.0
¿Qué cabe esperar de este mandato? Todo apunta a un nuevo intento por
reforzar el enfoque más económico, un eco de la gran reforma de hace más de veinte años. A finales de los noventa, la Comisión encadenó sonoras derrotas ante los tribunales europeos, en casos como
Airtours o
Tetra Laval. Se instaló una
sensación de arbitrariedad que forzó a Bruselas a recular. Por entonces,
se intentó limitar la discrecionalidad administrativa e incrementar la predictibilidad del sistema.
"Con el anterior modelo, la misión de las autoridades de competencia se reducía a perseguir la eficiencia económica, dejando cualquier consideración social fuera"
En sus inicios, el giro sugería convergencia con el modelo estadounidense. En 2005, la entonces comisaria
Neelie Kroes explicó que la finalidad de las normas antimonopolio era
"proteger la competencia para mejorar el bienestar del consumidor y asegurar una asignación eficiente de los recursos". Y esto no conlleva necesariamente un análisis más económico, sino un
modelo económico e ideológico distinto. Concretamente, se estaba intentando adoptar el modelo de la
Escuela de Chicago, que defiende un libre mercado casi absoluto, la desregulación y la mínima intervención estatal. Se traduce en una política de competencia
light, cuya sencillez analítica resulta seductora para quienes abogan por la seguridad jurídica. Bajo este prisma, la misión de las autoridades de competencia se reduce a perseguir la eficiencia económica, dejando cualquier consideración social o política fuera de su radar.
Este modelo nunca terminó de cuajar en el ecosistema europeo. Aquí el Derecho de la competencia late al ritmo del
proyecto comunitario, el cual integra una dimensión social ineludible. Además, el giro coincidió con el ascenso imparable de las
big tech. El nuevo enfoque de la política europea antimonopolio les dio aún más margen de maniobra.
Les permitió consolidar su dominio, a veces incluso asfixiando la innovación emergente. Si una empresa podía hacerles sombra, o bien la compraban o bien utilizaban su poder para expulsarlas del mercado.
Vestager y la resistencia europea al libre mercado
Los esfuerzos por revertir esta inercia han sido notables, sobre todo bajo el mandato de la anteriormente comisaria
Margrethe Vestager. En el flanco digital,
Bruselas ha golpeado al imperio Google en varias ocasiones con multas históricas por asfixiar a sus rivales.
Apple, por su parte, tuvo que devolver 13.000 millones de euros tras dictaminarse que su ventajoso acuerdo fiscal en Irlanda constituía
ayuda estatal ilegal. Pero la mano dura no se limitó a Silicon Valley. Un punto de inflexión fue el bloqueo de la fusión entre los gigantes europeos
Siemens y Alstom. Pese a la presión de Francia y Alemania para que la Comisión permitiera crear un "campeón europeo" capaz de competir con China, esta se mantuvo firme. El
daño era inasumible.
"Un marco regulador demasiado rígido podría estar impidiendo a las empresas europeas hacer frente a los gigantes de EE. UU. y China"
La Comisión ganó, pero no se zanjó el debate. En 2024, el
Informe Draghi actuó como catalizador de un nuevo cambio de rumbo. Según el informe, un marco regulador demasiado rígido podría estar impidiendo a las empresas europeas hacer frente a los gigantes de EE. UU. y China.
A esta presión interna hay que sumar las repetidas amenazas arancelarias de Donald Trump contra los que ataquen a sus tecnológicas.
¿Hacia un nuevo pragmatismo?
Teresa Ribera asumió la cartera de comisaria de Competencia con el mandato de revitalizar el crecimiento europeo, para que el tejido empresarial respire. Aunque es demasiado pronto para definir su mandato, Ribera parece buscar un
equilibrio pragmático entre la aplicación firme de la ley y la necesidad de fomentar el desarrollo empresarial. En esta coyuntura, Whelan presenta un perfil idóneo: un veterano curtido frente a las
big tech, pero cuya trayectoria junto a figuras como Kroes y Von der Leyen augura un enfoque conciliador. Su nombramiento ha sido recibido con alivio en los despachos de Bruselas,
donde se interpreta como una apuesta por el diálogo frente a las sanciones.
"El éxito en el mundo empresarial debería ser fruto de la eficiencia y la innovación"
Los primeros expedientes de la normativa digital y la inminente reforma del sistema de fusiones y adquisiciones serán el termómetro definitivo del liderazgo de Whelan. Por ahora, el borrador de las nuevas directrices del control de las concentraciones apunta a una postura más laxa, orientada al crecimiento industrial.
Es un vuelco algo arriesgado. El éxito en el mundo empresarial
debería ser fruto de la eficiencia y la innovación, no de fusiones que puedan terminar erosionando la competencia.
La Comisión no debe olvidar que el poderoso
efecto Bruselas reside precisamente en su capacidad reguladora, esencial para garantizar mercados accesibles y competitivos.
Ello conlleva defender el rigor del sistema jurídico y exigir que todos jueguen bajo las mismas reglas, independientemente de su poder de mercado o de su proveniencia.