El Institut Montaigne ocupa en Francia un espacio poco habitual visto desde España: es un centro privado, financiado por empresas, que trabaja con expertos, responsables públicos y actores económicos para intervenir en el diseño de políticas públicas. Marie-Pierre de Bailliencourt lo dirige desde 2022 con una idea muy práctica del oficio. Quiere que el instituto sea algo más que una fábrica de informes:
"Intento transformar un think tank en lo que llamaría, al menos en parte, un do tank", explica.
La conversación empieza ahí, en el papel que puede tener una institución de este tipo en un país que se acerca a
unas presidenciales decisivas. De Bailliencourt cree que Francia llega a 2027 con una fractura evidente entre élites y ciudadanos, una confianza institucional erosionada y un debate público que ha perdido el vínculo entre decisiones y consecuencias. Su respuesta pasa por explicar mejor las políticas públicas:
"No decimos a la gente qué debe escoger; explicamos las consecuencias de cada opción", resume.
Después, el diálogo se desplaza hacia los grandes asuntos que condicionan esa elección y el lugar de Francia en Europa: semiconductores, seguridad económica, industria, China, Estados Unidos, energía y autonomía estratégica. De Bailliencourt no coloca a Washington y Pekín en el mismo plano, pero sí insiste en que Europa debe aprender a pensar en términos de poder.
"Estados Unidos es un aliado crucial, pero también es un competidor", sostiene. Y sobre China, el diagnóstico es igual de claro:
"Francia no puede competir eficazmente por sí sola ni con China ni con Estados Unidos".
Marie-Pierre de Bailliencourt, directora del Institut Montaigne, en la sede del centro de pensamiento francés en París. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
¿Qué piensa del calor que ha hecho aquí en París durante las últimas semanas?
Siempre soy un poco escéptica cuando hablamos del clima. Circulaba una viñeta en internet que mostraba un mapa de Francia con temperaturas de unos 30 grados y un presentador de televisión diciendo: "Qué buen tiempo en Francia". Eso era en los años ochenta. Después aparecía el mismo mapa, con las mismas temperaturas, pero hoy acompañado de alertas por calor y mensajes sobre riesgos para la salud. Mi escepticismo no tiene que ver con la realidad del calor ni con el cambio climático, sino con la forma en que hablamos de ello y configuramos la percepción de la gente.
Esta vez, sin embargo, las autoridades estaban mucho mejor preparadas. Francia vivió una experiencia traumática en 2003, cuando una ola de calor excepcional provocó un fuerte aumento de la mortalidad entre las personas mayores. Ese trauma explica buena parte de nuestro enfoque actual. Tenemos que convivir con el calor, mantenernos vigilantes y educar a la población sobre lo que significa.
En España, Portugal o el norte de África, la gente tiene una relación distinta con el clima. Francia ha sido extremadamente afortunada porque tiene un clima templado. No estamos acostumbrados ni al calor extremo ni al frío extremo. En muchos sentidos, hemos sido privilegiados: no tenemos huracanes, tenemos muy pocos terremotos y no estamos habituados a grandes fenómenos climáticos.
"Francia vivió una experiencia traumática en 2003, cuando una ola de calor excepcional provocó un fuerte aumento de la mortalidad entre las personas mayores"
Estamos aprendiendo a lidiar con esto. A veces quizá sobrerreaccionamos un poco, pero el clima está evolucionando y tenemos que adaptarnos, mitigar sus efectos y seguir reduciendo emisiones. Paradójicamente, Francia es uno de los países líderes en política climática y descarbonización industrial. Es una de las muchas paradojas francesas: hemos sufrido menos que muchos otros países y, sin embargo, estamos entre quienes más ruido hacen sobre el cambio climático. Al mismo tiempo, actuamos de manera positiva. Tenemos una de las huellas de carbono más bajas entre los países industrializados, hemos sido muy activos en cumplimiento ESG y en responsabilidad social corporativa, y estamos en una trayectoria mejor que muchos otros países. Aun así, sentimos constantemente que no hacemos lo suficiente. Esa es la paradoja francesa.
Déjeme preguntarle por el papel del Institut Montaigne en el debate público francés.
El Institut Montaigne es un
think tank privado, independiente y no partidista. No recibimos financiación pública, algo bastante inusual en Francia. Nos financiamos íntegramente a través de las cuotas de nuestros miembros, que son empresas pequeñas, medianas y grandes. Esas empresas apoyan Montaigne porque quieren asegurarse de que las cuestiones económicas estén debidamente reflejadas en la elaboración de políticas públicas.
Hace veinticinco años, Claude Bébéar, expresidente de AXA, pensó que era un error dejar a las empresas fuera del debate sobre políticas públicas. Su idea era que las compañías tenían un conocimiento práctico que podía mejorar la acción pública, y por eso fundó el Institut Montaigne. Hoy somos uno de los principales
think tanks de Francia y también tenemos presencia permanente en Bruselas.
Dirijo el Institut Montaigne desde hace cuatro años y he orientado deliberadamente la organización hacia algo mucho más operativo. Mi convicción es que hay ideas en todas partes. Hay informes, conferencias y publicaciones, pero muy poca acción y muy poco impacto. Vengo del mundo industrial, así que estoy muy centrada en la ejecución. Junto con mi equipo, hemos intentado identificar los puntos críticos en los que una intervención puede marcar realmente la diferencia.
Por ejemplo, identificamos
los semiconductores como una de las vulnerabilidades estratégicas de las economías francesa y europea. Nos dimos cuenta de hasta qué punto dependíamos de proveedores externos y concluimos que era necesario abordar esa cuestión. Con Mathieu Duchâtel, nuestro director de Estudios Internacionales, hemos desarrollado lo que hoy es la principal iniciativa europea sobre resiliencia en semiconductores: la Chips Diplomacy Initiative.
La iniciativa cartografía cadenas de suministro, analiza marcos regulatorios, identifica vulnerabilidades estratégicas y propone medidas concretas de mitigación de riesgos. Trabajamos estrechamente con Japón y Corea del Sur, mientras coordinamos a escala europea con Países Bajos y ASML, así como con Francia, con Italia a través de STMicroelectronics, con Alemania y con otros socios. El objetivo no es solo analizar problemas, sino actuar sobre ellos.
"Nos dimos cuenta de hasta qué punto dependíamos de proveedores externos y concluimos que era necesario abordar la cuestión de los semiconductores"
Otro ejemplo tiene que ver con la salud pública después de la COVID-19. Muchas empresas están cada vez más preocupadas por el impacto de la salud mental tanto en sus plantillas como en la sociedad en general. Creo que España afronta retos similares. Estudiamos las mejores prácticas internacionales, especialmente en Estados Unidos, y diseñamos un nuevo enfoque para organizar la atención en salud mental.
Después lanzamos un programa piloto en Yvelines, cerca de Versalles, con hospitales, médicos y pacientes. Los resultados han sido muy alentadores: menos recaídas, menor consumo de psicofármacos y una tasa más alta de retorno tanto al trabajo como a la vida normal. Inicialmente, el Institut Montaigne financió íntegramente el piloto. Tras esos resultados, pedimos al Parlamento que asignara financiación pública para ampliar el programa a cinco departamentos. Todavía quedan unos seis meses de fase piloto, pero si los resultados finales confirman lo visto hasta ahora, el programa podría acabar desplegándose en todo el país.
"Las ideas importan, pero importa todavía más garantizar que se conviertan en acciones concretas. Las empresas, ya sean pequeñas, medianas o grandes, desempeñan un papel esencial en ese proceso"
Intento transformar un
think tank en lo que llamaría, al menos en parte, un
do tank. Las ideas importan, pero importa todavía más garantizar que se conviertan en acciones concretas. Las empresas, ya sean pequeñas, medianas o grandes, desempeñan un papel esencial en ese proceso. Nos cuentan a qué se enfrentan cada día: cómo gestionan sus plantillas, sus cadenas de suministro, las cargas regulatorias y los riesgos estratégicos. El Institut Montaigne es, por tanto, un lugar donde empresas, expertos y responsables públicos trabajan juntos para identificar tanto los problemas como las soluciones prácticas. Ese enfoque colectivo es muy importante para mí porque da a nuestro trabajo una legitimidad que los gobiernos están dispuestos a escuchar.
Marc López Plana conversa con De Bailliencourt sobre el papel de los think tanks en el debate público francés. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
Francia celebrará elecciones presidenciales en 2027 y España también debería tener elecciones ese año. ¿Cuál es la mejor forma de implicar a la ciudadanía en el debate, no solo sobre política, sino sobre políticas públicas? Tengo la sensación de que vivimos un periodo en el que los políticos hablan más de política que de políticas. Y creo que cada vez es más importante implicar a los ciudadanos en la discusión sobre políticas públicas.
Es una pregunta muy importante. Puedo contarle lo que estamos intentando hacer. No pretendo decir que sea la única vía, pero es el camino que hemos escogido. Partimos de una constatación sencilla: hoy existe
una brecha significativa entre las élites y los ciudadanos. La confianza en las instituciones se ha erosionado de manera constante. No sé si la situación es exactamente la misma en España, pero en Francia hay una sensación profunda de desconfianza.
Esa desconfianza procede de tres factores principales. Primero, la gente ya no entiende qué está ocurriendo. El mundo se ha vuelto demasiado complejo, cambia demasiado deprisa y nadie se ha tomado el tiempo necesario para explicarlo bien. Segundo, la gente ya no confía en lo que se le dice. Siente que los políticos le han mentido repetidamente durante años, que ya no escuchan y que, por tanto, no son creíbles. Tercero,
las redes sociales han reforzado lo que llamamos sesgo de confirmación. La gente está constantemente expuesta a información que confirma lo que ya cree. Como resultado, deja de verse confrontada con puntos de vista opuestos y la sociedad se vuelve cada vez más polarizada y radicalizada.
"El mundo se ha vuelto demasiado complejo, cambia demasiado deprisa y nadie se ha tomado el tiempo necesario para explicarlo bien"
Nuestra respuesta es hacer lo contrario. No decimos a la gente qué debe pensar ni qué está bien o mal. Intentamos darle las herramientas para tomar sus propias decisiones: decisiones bien informadas. Y una decisión informada exige comprender las consecuencias de las opciones disponibles.
Para la elección presidencial, hemos organizado nuestro trabajo en torno a tres pilares. El primero es explicar la situación que afronta actualmente Francia y, sobre todo, cómo afecta esa situación a la vida cotidiana de la gente. Si hablamos de seguridad económica, no lo hacemos en términos abstractos. Planteamos preguntas prácticas: ¿puede usted seguir consiguiendo antibióticos para sus hijos? ¿Pueden las fábricas seguir operando porque tienen acceso a componentes esenciales? El año pasado Francia sufrió escasez de antibióticos infantiles y varias fábricas tuvieron que ralentizar o detener su producción por interrupciones en las cadenas de suministro globales. Lo mismo ocurre con la innovación, la protección social, la sanidad o cualquier otra gran cuestión de política pública. Siempre empezamos por el impacto concreto en la vida diaria de los ciudadanos.
El segundo pilar consiste en explicar cómo hemos llegado a la situación actual. Esto es esencial porque a menudo la gente olvida que las circunstancias de hoy son consecuencia de decisiones políticas tomadas años atrás. El vínculo entre causa y efecto ha desaparecido del debate público y nuestro objetivo es reconectar esos dos elementos. Por ejemplo, si alguien dice que quiere jubilarse a los 62 años, es perfectamente legítimo. Pero hay que explicar cuáles son las consecuencias: qué significa para
el nivel de las pensiones, para las cotizaciones y para las finanzas públicas. No decimos a la gente qué debe escoger; explicamos las consecuencias de cada opción.
También explicamos las restricciones a las que nos enfrentamos. El sistema de pensiones francés se basa en la solidaridad intergeneracional. Si nacen menos niños mientras el número de jubilados sigue aumentando, en algún momento el sistema alcanza sus límites. En realidad, llegamos a ese punto hace varios años. Hoy estamos pidiendo dinero prestado simplemente para financiar las pensiones actuales, en lugar de invertir en crecimiento futuro. Eso significa aumentar la deuda pública para preservar el
statu quo, algo claramente insostenible.
Junto a esas restricciones, explicamos cuáles son las fortalezas de Francia: sobre qué activos podemos construir y qué oportunidades tenemos. También nos comparamos con otros países. ¿Cómo han respondido Alemania, Italia, Canadá o Japón a desafíos similares? Mirar al exterior suele ayudar a la gente a entender que Francia no afronta problemas únicos.
Por último, dedicamos mucha atención a corregir ideas equivocadas, lo que llamamos
idées reçues. Muchas suposiciones que circulan en el debate público simplemente no están respaldadas por la evidencia. Siempre que es posible, corregimos esas ideas con hechos, evidencia científica y un enfoque no sentencioso.
"El vínculo entre causa y efecto ha desaparecido del debate público y nuestro objetivo es reconectar esos dos elementos"
Solo una vez hecho todo eso pasamos a la segunda etapa. En ese momento decimos: "Ahora que entiende la situación, examinemos las distintas opciones de política pública disponibles". Hemos identificado veinticinco grandes temas, entre ellos poder adquisitivo, defensa, vivienda, sanidad, innovación, energía y medioambiente. Para cada uno, presentamos las distintas opciones políticas que podría perseguir de forma realista un futuro presidente.
Toda propuesta que analizamos debe cumplir cuatro condiciones: tiene que ser operativa, financieramente creíble, aplicable y legalmente viable. Las reformas constitucionales o legislativas son posibles, pero todo debe mantenerse dentro del marco del Estado de derecho. Presentamos las opciones disponibles, sin decir a los ciudadanos qué opción deben apoyar. Les mostramos qué es realista.
El tercer pilar es distinto. Después de presentar los hechos y las opciones disponibles, explicamos cómo abordaríamos nosotros la decisión. No porque creamos que la gente deba seguirnos, sino porque toda decisión pública implica asumir equilibrios y renuncias. Evaluamos las políticas según tres criterios: impacto, viabilidad y aceptabilidad. Una política puede ser sólida desde el punto de vista económico, pero si la sociedad la rechaza por completo se vuelve imposible de aplicar. Nuestro objetivo no es proponer reformas que provoquen disturbios sociales, sino encontrar el equilibrio adecuado entre impacto, viabilidad y aceptación pública.
"Una política puede ser sólida desde el punto de vista económico, pero si la sociedad la rechaza por completo se vuelve imposible de aplicar"
Para la elección presidencial, publicaremos estos análisis de forma muy amplia. En el fondo, nuestro enfoque se basa en el respeto a los ciudadanos. Eso significa hacer un verdadero esfuerzo por explicar cuestiones complejas con un lenguaje sencillo, sin jerga tecnocrática y sin postureo político. Nos centramos en identificar las políticas que pueden aplicarse de manera realista durante el próximo mandato presidencial y que pueden generar el mayor impacto posible.
De Bailliencourt explica cómo el Institut Montaigne quiere reconectar decisiones públicas y consecuencias para la ciudadanía. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
¿Siguieron el mismo enfoque durante la última elección presidencial?
No. Nunca lo habíamos hecho antes. Lo que sí forma parte de la tradición del Institut Montaigne es nuestro análisis económico de los programas de los candidatos presidenciales.
La elección presidencial tendrá lugar en mayo, pero los candidatos suelen publicar sus programas en enero o febrero. Cuando lo hacen, los analizamos y estimamos su coste. Esto se ha convertido en una de nuestras áreas de referencia porque los partidos políticos a menudo no realizan una evaluación financiera rigurosa de sus propias propuestas. Como resultado, nuestras estimaciones son ampliamente reconocidas como un criterio independiente para evaluar el coste y la credibilidad de las promesas de campaña.
"Los partidos políticos a menudo no realizan una evaluación económica rigurosa de sus propias propuestas"
Por supuesto, seguiremos haciendo ese trabajo. Pero antes de evaluar el coste financiero de los programas de los candidatos, es esencial garantizar que el debate público se desarrolle adecuadamente. Durante la elección presidencial de 2022 hubo muy poco debate sustantivo. El contexto de la invasión rusa de Ucrania eclipsó buena parte de la campaña. Creemos que Francia debe elegir conscientemente su futuro, y para hacerlo los ciudadanos necesitan entender las distintas opciones disponibles. Eso es lo que intentamos aportar.
Para maximizar nuestro alcance, trabajamos estrechamente con canales de televisión, periódicos, emisoras de radio y plataformas de redes sociales. Nuestro objetivo es enriquecer el debate público haciendo que los ciudadanos sean conscientes del abanico de opciones disponibles.
Francia, como España, no toma decisiones de forma aislada. Cuando la gente vota hoy, no vota solo sobre Francia: también vota en un contexto europeo. Y, más allá de Europa, muchas de las fuerzas que determinan nuestro futuro proceden de otros lugares, especialmente de China. Para mí, entender este nuevo entorno internacional se está volviendo esencial para que los ciudadanos puedan tomar decisiones electorales informadas.
No creo que se pueda presentar a la gente en esos términos. Cuando los ciudadanos franceses votan en una elección presidencial, creen que están eligiendo al presidente de Francia. No se ven a sí mismos votando por Europa. Irónicamente, ocurre casi lo contrario en las elecciones al Parlamento Europeo: mucha gente vota ahí principalmente para enviar un mensaje al Gobierno francés, más que para influir en la política europea. Es una situación bastante paradójica.
Estoy de acuerdo con el fondo de su argumento. Hay muchas fuerzas externas que afectan a Francia y, si los ciudadanos no las entienden, no pueden tomar decisiones informadas. La forma que hemos escogido para abordar esto es organizar nuestro trabajo en torno a temas específicos de política pública.
"Hay muchas fuerzas externas que afectan a Francia y, si los ciudadanos no las entienden, no pueden tomar decisiones informadas"
Tomemos la seguridad económica como ejemplo. La seguridad económica no puede lograrse si Francia actúa sola. Dada la escala de los desafíos actuales y los compromisos recogidos en los tratados europeos, la cooperación es inevitable. Cuando presentamos opciones de política pública a los ciudadanos, una posibilidad es fortalecer la seguridad económica mediante una mayor integración europea. Otra opción, que también forma parte del debate político, es construir lo que algunos llamarían una fortaleza nacional.
Una posición sostiene que Francia no puede competir eficazmente por sí sola ni con China ni con Estados Unidos. Solo la escala de la Unión Europea proporciona suficiente capacidad de negociación frente a grandes potencias como China. Otra posición defiende exactamente lo contrario: sus partidarios creen que Europa es demasiado lenta, demasiado dividida y demasiado ineficaz. Desde esa perspectiva, Francia debería reforzar su propia resiliencia nacional y volverse más autosuficiente.
También existe un tercer enfoque, quizá más pragmático. En lugar de escoger entre Europa y soberanía nacional, propone seleccionar el nivel de cooperación más adecuado caso por caso. Según el asunto, Francia podría trabajar con la Unión Europea, con Canadá, con India o con cualquier otro socio relevante. El objetivo es identificar qué asociación sirve mejor a los intereses franceses.
Dedicamos una sección completa de nuestro trabajo a la relación entre Francia y Europa. En Francia hay un escepticismo creciente hacia la Unión Europea, pero
eso no significa necesariamente que la gente rechace el proyecto europeo en sí. Más a menudo, cuestiona la forma en que Europa funciona actualmente. Por eso planteamos una pregunta sencilla: ¿cómo pueden Francia y Europa crear beneficios mutuos? De nuevo, no damos una única respuesta. Presentamos las distintas opciones.
"En Francia hay un escepticismo creciente hacia la Unión Europea, pero eso no significa necesariamente que la gente rechace el proyecto europeo"
El mismo enfoque se aplica a la defensa. ¿Debe organizarse principalmente a escala europea? ¿O debería Francia apoyarse más en sus propias capacidades nacionales? Son opciones políticas legítimas. Hablar de Europa en términos muy amplios y abstractos suele ser ineficaz. Es una conversación que atrae sobre todo a las élites. La mayoría de la gente no se despierta por la mañana pensando en el equilibrio entre los niveles global, europeo, nacional y regional. Piensa en si se siente segura, en si su empresa puede seguir funcionando, en si puede acceder a la sanidad o encontrar trabajo. Nuestro papel no es decirle qué debe creer, sino explicar cómo todos esos niveles de gobierno están interconectados y cómo afectan a la vida cotidiana.
López Plana pregunta por el lugar de Francia y Europa en las próximas presidenciales francesas. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
Usted es la directora del Institute Montaigne, que, como ha explicado, se financia mediante empresas privadas. ¿Cuáles son hoy las principales preocupaciones de las empresas francesas?
Hay varias. Ayer mismo publicamos un informe sobre la carga regulatoria, que es una de las cuestiones que más preocupan a las empresas. Mucha gente se queja de la regulación europea en sí, pero cuando examinamos el asunto de cerca, a menudo descubrimos que el verdadero problema está en la forma en que las directivas europeas se transponen al derecho francés. En muchos casos, la aplicación francesa va mucho más allá de lo que Europa exige realmente.
Por eso siempre intentamos mantenernos basados en la evidencia y en los hechos. Queremos entender dónde están los problemas reales. La regulación es, sin duda, una de las principales preocupaciones. Otra cuestión fundamental es la seguridad económica. Las empresas están cada vez más preocupadas por la resiliencia, las cadenas de suministro, los derechos aduaneros, los aranceles, la instrumentalización de la interdependencia y la aplicación extraterritorial de leyes extranjeras. En términos más amplios, les preocupa cómo seguir siendo competitivas en un mundo que se vuelve más fragmentado, más confrontacional y más imprevisible. Esa probablemente sea su preocupación número uno.
"Mucha gente se queja de la regulación europea en sí, pero a menudo descubrimos que el verdadero problema está en la forma en que las directivas europeas se transponen"
El segundo gran asunto tiene que ver con las personas: talento, competencias y capital humano. Las empresas se preguntan cómo deben adaptarse a cambios profundos en la sociedad. Eso incluye la salud mental, especialmente entre las generaciones jóvenes, las nuevas formas de gestión, el cambio demográfico y el impacto de la inteligencia artificial. La IA está transformando las organizaciones y las empresas intentan entender cómo adaptarse.
También está la cuestión de la robótica y de lo que llamamos IA física. ¿Cómo puede la automatización mejorar la productividad y, al mismo tiempo, seguir siendo socialmente aceptable? Son preguntas fundamentales. Por último, está la estabilidad institucional. Las empresas necesitan un entorno previsible para invertir: estabilidad fiscal, estabilidad regulatoria y confianza en que pueden planificar a largo plazo. Resumiría sus principales preocupaciones en tres bloques: seguridad económica, adaptación a la transformación tecnológica y social, y estabilidad institucional.
¿Qué preocupa más a las empresas francesas sobre China? Y, en esta línea, ¿tiene Francia actualmente una política coherente hacia China?
Depende mucho del tamaño de la empresa. Si diriges una pequeña empresa, tu principal preocupación es la competencia desleal. Si diriges una gran multinacional, tus preocupaciones son muy distintas: la instrumentalización de la interdependencia, la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, la legislación extraterritorial, el robo de propiedad intelectual y las disrupciones del mercado.
"¿Cómo puede la automatización mejorar la productividad y, al mismo tiempo, seguir siendo socialmente aceptable? Son preguntas fundamentales"
Sabemos, por ejemplo, que China está acumulando actualmente una serie de materiales estratégicos, no solo para uso interno, sino también porque eso le da influencia sobre los mercados globales. Las grandes empresas que operan internacionalmente son muy conscientes de esos riesgos. Las pequeñas empresas, en cambio, experimentan la competencia china sobre todo a través de la producción subvencionada y las distorsiones de precios. Ven competidores que se benefician de apoyo estatal que las empresas europeas no reciben. Eso crea una desventaja competitiva significativa.
En cuanto a su segunda pregunta, sí, Francia tiene una política hacia China. Hay una política francesa y una política europea. Francia ha sido desde hace tiempo uno de los países europeos más avanzados en materia de seguridad económica. Durante muchos años hemos prestado especial atención a la protección de la propiedad intelectual y a la transferencia tecnológica. Estamos relativamente avanzados en esos ámbitos, aunque nuestras políticas siguen siendo en gran medida defensivas.
A escala europea, Francia es uno de los países que más presiona para una respuesta más fuerte ante la estrategia económica de China. Este miércoles almorcé con el ministro francés de Industria y hablamos extensamente de la diferencia entre
Made in Europe y
Made with Europe. Francia defiende firmemente el primer enfoque. Alemania se inclina más por el segundo. Esa diferencia refleja la dependencia mucho mayor de Alemania respecto a los componentes y las cadenas de suministro chinas. Alemania se encuentra, por tanto, en una posición particularmente difícil.
Curiosamente, hoy mismo me invitó a comer el embajador chino, que me dijo: "Me gustaría discutir todo aquello en lo que están trabajando actualmente". Está claro que estos asuntos están atrayendo atención. Francia también desempeñó un papel importante en la promoción de la Ley Europea de Industria porque creemos que Europa debe reindustrializarse.
Nuestra principal crítica no es que Europa no haga nada, sino que Europa reacciona demasiado despacio. El ritmo es incorrecto, la gobernanza es inadecuada y el alcance de la acción sigue siendo demasiado limitado. Europa todavía actúa principalmente de forma defensiva, no ofensiva. Sus procedimientos de toma de decisiones son demasiado lentos para responder eficazmente a los desafíos estratégicos actuales. Como sabe, las decisiones europeas requieren un amplio consenso político, y un número relativamente pequeño de Estados miembros puede bloquear iniciativas importantes en política industrial, sanciones u otros asuntos estratégicos.
"Nuestra principal crítica no es que Europa no haga nada, sino que Europa reacciona demasiado despacio. El ritmo es incorrecto."
En el Institut Montaigne creemos que Europa necesita una estrategia industrial mucho más fuerte. Apoyamos una auténtica
Buy European Act y una preferencia más fuerte por los productos hechos en Europa. El objetivo no es volvernos hostiles hacia China, sino reconocer que China persigue una agenda estratégica de largo plazo y dejar de ser ingenuos. Europa también necesita una estrategia propia. La dificultad es que algunos países europeos siguen muy expuestos a la presión económica china, lo que hace cada vez más difícil mantener una posición europea unificada.
De Bailliencourt analiza la estrategia europea ante China, Estados Unidos y la seguridad económica. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
China y Estados Unidos están inmersos en una competición estratégica cada vez más intensa, y Europa se encuentra en medio. Ambos países intentan explotar las divisiones dentro de Europa. ¿Cómo ve Estados Unidos desde la perspectiva de Francia y del Institut Montaigne? Tanto a nivel político como entre las empresas de cada país.
Veo a Estados Unidos hoy de forma muy parecida a como lo veía hace tres años, o incluso hace diez. Es un aliado crucial, pero también es un competidor. Como solemos decir, los países no tienen amigos; tienen intereses. Eso no ha cambiado.
"Algunos países europeos siguen muy expuestos a la presión económica china, lo que hace cada vez más difícil mantener una posición europea unificada"
Lo que sí ha cambiado es que los acontecimientos recientes en Estados Unidos han acelerado la toma de conciencia europea sobre nuestras propias dependencias. Eso es particularmente cierto en el ámbito digital, pero también en defensa, finanzas y varios otros sectores estratégicos. Somos mucho más conscientes de hasta qué punto somos vulnerables a las decisiones de nuestros aliados, proveedores y socios. Ese despertar es extremadamente importante. En el Institut Montaigne estamos trabajando para ayudar a estructurar una respuesta europea que reduzca esas vulnerabilidades.
Dicho esto, no sitúo a China y Estados Unidos exactamente en el mismo plano. Uno es una democracia y el otro no. Si Europa se viera finalmente obligada a elegir entre ambos, mi posición personal es perfectamente clara. Aun así, el presidente Macron ha decidido definir Francia como lo que llama una potencia de equilibrio, una
puissance d'équilibre, situada entre China y Estados Unidos. Es una posición intelectualmente interesante, pero también extremadamente difícil de mantener. Siempre he sido prudente respecto a la idea de desempeñar el papel de árbitro: cuando ninguna de las partes está satisfecha con el resultado, el primer instinto suele ser culpar al árbitro, o incluso eliminarlo. Aun así, es una postura estratégica coherente y sigue siendo la posición oficial de Francia.
"No sitúo a China y Estados Unidos exactamente en el mismo plano. Uno es una democracia y el otro no"
La realidad es extremadamente complicada. Tenemos que mantener una relación constructiva con Estados Unidos y, al mismo tiempo, buscar una mayor autonomía estratégica. También necesitamos reducir nuestra dependencia de China sin provocar una confrontación innecesaria, porque seguimos económicamente interconectados. En muchos aspectos, Europa está en una posición difícil. El aspecto positivo es que ahora somos plenamente conscientes de esa realidad y existe una voluntad creciente, al menos en algunas partes de Europa, de cambiarla.
La situación es particularmente compleja en el caso de Alemania. Alemania sigue dependiendo mucho de Estados Unidos para su seguridad, de China para grandes partes de su economía industrial y, hasta hace muy poco, de Rusia para la energía. Esa combinación ha dejado al país en una posición especialmente vulnerable. Hoy,
Alemania parece cada vez más centrada en proteger sus propios intereses nacionales. Está reconstruyendo sus propias capacidades y se está volviendo más introspectiva. En algunos aspectos, sigue un enfoque más nacional que genuinamente europeo, y eso debilita inevitablemente la respuesta colectiva de Europa.
Francia, en cambio, tiende a adoptar una mirada más estratégica y de largo plazo. Quizá somos algo menos reactivos, pero todavía queda muchísimo trabajo por hacer. En el Institut Montaigne dedicamos mucha atención a la política energética europea, la estrategia industrial y la soberanía tecnológica.
Eso nos lleva a la energía. Usted sabe mejor que yo que hay un debate abierto, especialmente entre países como Francia y España, sobre energía nuclear y energías renovables.
El debate suele estar mal planteado. No veo la energía nuclear y las energías renovables como alternativas opuestas, sino
como complementarias. Necesitamos ambas. Cada una tiene sus propias fortalezas y debilidades.
"La demanda de electricidad no va a disminuir, sino que seguirá creciendo. En lugar de discutir eternamente sobre qué fuente de energía es preferible, deberíamos reconocer que Europa necesita una combinación energética diversificada"
Lo que está fuera de discusión es que estamos entrando en un mundo cada vez más intensivo en electricidad. La demanda de electricidad no va a disminuir, sino que seguirá creciendo. En lugar de discutir eternamente sobre qué fuente de energía es preferible, deberíamos reconocer que Europa necesita una combinación energética diversificada. También necesitamos una red energética europea verdaderamente integrada. Debemos fortalecer nuestras redes, mejorar la resiliencia y gestionar la demanda colectivamente. Esas son las verdaderas prioridades.
Volviendo a Estados Unidos, ¿se ha vuelto más difícil para las empresas francesas hacer negocios allí que en el pasado?
No lo creo. Los estadounidenses son, ante todo, muy pragmáticos. Los negocios van primero. Si tu empresa es competitiva, innovadora y funciona bien, sigue habiendo mucho espacio para hacer negocios en Estados Unidos. Desde luego, no veo a las empresas francesas retirándose del mercado estadounidense. Más bien al contrario.
Los incentivos para invertir en Estados Unidos siguen siendo muy atractivos. Muchas empresas francesas están ampliando sus operaciones estadounidenses o reorganizando allí sus actividades. No veo una retirada significativa. Lo que sí veo es mucho más énfasis en la gestión del riesgo. Los consejeros delegados están prestando más atención al riesgo geopolítico y reorganizando sus operaciones internacionales en consecuencia. Pero eso es distinto de una desconexión.
En términos más amplios,
no pienso que a Estados Unidos le interese distanciarse de Europa. Del mismo modo, muchas empresas estadounidenses siguen firmemente comprometidas con mantener su presencia en Europa. Esa relación sigue siendo estratégicamente importante para ambas partes.
De Bailliencourt defiende que la elección presidencial francesa debe girar sobre proyectos y no solo sobre personalidades. Foto: Agenda Pública / Bruno Arbesu
Mi última pregunta es sobre la próxima elección presidencial. Muchas encuestas sugieren que la segunda vuelta podría disputarse entre candidatos de los extremos políticos, pero mi pregunta es más amplia. ¿Sigue existiendo una competencia política genuina en Francia? ¿Hay diferencias ideológicas reales hoy entre figuras como Emmanuel Macron y Jordan Bardella, o la política francesa se ha convertido más en una cuestión de personalidades que de proyectos?
Sí, hay diferencias reales. Lo primero que hay que recordar es que Francia funciona bajo las instituciones de la Quinta República, que es un sistema político bastante singular. Cuando la gente habla de la elección presidencial, suele centrarse exclusivamente en la elección del presidente. Pero eso es solo una parte de la imagen. Lo que realmente importa es cómo gobernará el futuro presidente, y eso depende tanto de las elecciones legislativas como de la presidencial. Si se ignora la dimensión parlamentaria, se pierde un aspecto fundamental de cómo funciona realmente el poder político en Francia.
"Lo que realmente importa es cómo gobernará el futuro presidente, y eso depende tanto de las elecciones legislativas como de la presidencial"
A menudo se describe a los franceses como revolucionarios, pero en realidad somos bastante conservadores. Sea quien sea el próximo presidente, el Parlamento actuará cada vez más como contrapeso. Eso no era necesariamente así hace quince años. Entonces se daba casi por sentado que el presidente tendría una mayoría parlamentaria y, por tanto, podría gobernar de manera efectiva. Hoy la situación es muy diferente. Incluso si un candidato de uno de los extremos políticos fuera elegido presidente, el Parlamento proporcionaría un importante equilibrio institucional.
A estas alturas,
nadie sabe realmente qué ocurrirá. Todo sigue abierto. Estamos esperando la decisión judicial sobre Marine Le Pen. La resolución está prevista para el 7 de julio y determinará si puede presentarse a la presidencia. Esa decisión podría remodelar profundamente la campaña. Si no pudiera presentarse, la pregunta inmediata sería si Jordan Bardella ocuparía su lugar. A partir de ese momento, el paisaje político podría cambiar muy rápidamente.
Ya empezamos a ver señales de realineamiento político. Ayer mismo, Laurent Wauquiez, hablando en nombre de Les Républicains en el Parlamento y pese a las dinámicas internas de su propio partido, mostró su disposición a trabajar con Édouard Philippe. Eso sugiere que los políticos ya están posicionándose ante posibles nuevas alianzas.
Casi cualquier cosa sigue siendo posible. No olvidemos que Emmanuel Macron entró en la carrera presidencial de 2017 relativamente tarde. Apareció como lo que solemos llamar el "tercer hombre", transformando por completo la campaña. Ahora mucha gente especula con la posibilidad de que otro actor externo emerja hacia finales de este año. Es posible.
Más allá de la política interna, también debemos considerar el contexto internacional. ¿Qué ocurriría si Francia viviera una ola de calor excepcionalmente mortal? ¿Qué ocurriría si hubiera un gran atentado terrorista? ¿Qué ocurriría si estallara otra crisis geopolítica? Acontecimientos de esa magnitud podrían remodelar por completo la campaña.
"En última instancia, esta elección no debería tratar simplemente de personalidades ni de etiquetas partidistas. La pregunta real es mucho más fundamental: ¿qué proyecto queremos para Francia?"
No creo que nada esté decidido. La elección sigue completamente abierta. Precisamente por eso, en el Institut Montaigne estamos poniendo tanto énfasis en mejorar la calidad del debate público. Nuestro objetivo es garantizar que Francia discuta los asuntos que de verdad importan. En última instancia, esta elección no debería tratar simplemente de personalidades ni de etiquetas partidistas. La pregunta real es mucho más fundamental: ¿qué proyecto queremos para Francia?
Muchas gracias.