Marine Tondelier es una de las arquitectas del Nuevo Frente Popular francés, que en 2024 fue la primera fuerza en las elecciones legislativas. A pesar del éxito de este frente unitario, que aglutinó desde la izquierda radical de Jean-Luc Mélenchon hasta el centroizquierda socialista de Olivier Faure, la fórmula parece agotada. ¿La razón? Que insumisos y socialistas no parecen dispuestos a repetir. Ella lo lamenta:
"Me parece una actitud muy egoísta, incluso indecente", asevera.
Es secretaria nacional de Les Écologistes y lleva más de diez años en la oposición local en Hénin-Beaumont, una pequeña localidad del norte de Francia conocida, entre otras cuestiones, por ser el bastión de Marine Le Pen. Por tanto, sabe bien cuáles son las propuestas de la derecha radical francesa.
Todas las capitales europeas tienen señaladas en sus calendarios las elecciones presidenciales galas de 2027, y la líder de los ecologistas ya avisa:
"Si Francia cae, cae Europa". Ante la posibilidad de que la Agrupación Nacional (RN) llegue al poder, enfatiza su rechazo a que tanto socialistas como La Francia Insumisa descarten un frente común, pero también alerta de los riesgos para Europa y para Francia:
"Si Europa se inclina porque Francia se ha inclinado, entramos realmente en otro mundo".
En cuanto a su proyecto y la visión ecologista en un mundo cada vez más agitado, apunta que
"nuestras vulnerabilidades industriales, energéticas, culturales o digitales son utilizadas como armas por nuestros enemigos, especialmente por Trump y Putin". En el plano de la demografía y el sostenimiento del Estado del Bienestar, Tondelier, que está a la espera de su segundo hijo, considera que
"la bajada de la natalidad es también una especie de huelga silenciosa de los vientres de mujeres que no están bien y que no se proyectan en esa vida".
Marine Tondelier habla con Jorge de Diego sobre el futuro de la izquierda francesa y el riesgo de una victoria de la Agrupación Nacional. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
Se viene discutiendo en todas las capitales europeas que el calendario político lo marca Francia con las presidenciales de 2027. Si un candidato de la Agrupación Nacional llegase al Elíseo, ¿qué cambiaría para Francia y para Europa?
Soy concejala de la oposición en Hénin-Beaumont desde 2014, una ciudad gobernada por la Agrupación Nacional. Por eso he visto de primera mano los cambios que provoca la extrema derecha cuando llega al poder. Lo que está claro es que, en un mundo en el que grandes democracias —incluso Estados Unidos, con una gran historia democrática— pasan al lado reaccionario, vemos cómo se ha iniciado una especie de dominó: los Estados caen unos tras otros y se arrastran unos a otros en la caída. El próximo dominó podría ser Francia.
"En un mundo en el que grandes democracias —incluso Estados Unidos, con una gran historia democrática— pasan al lado reaccionario, vemos cómo se ha iniciado una especie de dominó"
Y si Francia cae, cae Europa. Hoy en Europa no quedan muchos países progresistas, y menos aún países de izquierda. Europa es lo que queda para hacer frente a los imperialismos. La única entidad con masa crítica para enfrentarse a ellos es Europa. Si Europa se inclina porque Francia se ha inclinado, entramos realmente en otro mundo. Por eso, como ecologista y de cara a las presidenciales francesas, haré todo lo que esté en mi mano, no solo por los ecologistas, sino por todo mi campo político, para evitar ese escenario.
De cara a esas presidenciales, ¿cómo cree que debería presentarse la izquierda francesa? Y, más allá de lo táctico, ¿cómo le gustaría que se presentase?
Desde el principio, lo que defendemos los ecologistas es que necesitamos una candidatura común entre la izquierda y los ecologistas. Nuestra posición ha sido constante y coherente: la hemos defendido, la hemos planteado y hacemos todo lo que podemos para construirla. Pero no es nada sencillo.
"Mélenchon y los socialistas coinciden en no querer trabajar juntos otra vez, y eso liquida cualquier ambición de victoria para la izquierda"
Hoy estamos en una situación en la que entendemos que Jean-Luc Mélenchon no quiere trabajar con los demás y se marcha por su cuenta, mientras existe una tentación por parte de muchos socialistas de irse por el otro lado. Al final, ambos coinciden en no querer trabajar juntos otra vez, y eso liquida cualquier ambición de victoria para la izquierda, ahora y también más adelante. Me parece una actitud muy egoísta, incluso indecente, porque significa que no estaremos a la altura de la gente a la que debemos defender: algunos votan por nosotros, otros no y otros ni siquiera votan.
Los ecologistas miramos con miedo lo que está ocurriendo, pero no cambiamos de opinión: seguiremos defendiendo con determinación una candidatura común.
En 2024, Marine Tondelier fue una de las cabezas visibles del Nuevo Frente Popular. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
El Nuevo Frente Popular fue visto en 2024 como un éxito. Si ahora el desafío es mayor, ¿por qué parece más difícil repetir esa unidad?
Eso es exactamente lo que digo todo el tiempo. ¿Es menor hoy que ayer el peligro de que la Agrupación Nacional llegue al poder? No. Nada lo demuestra. Por eso hablaba antes de indecencia y del carácter irresponsable de esta estrategia.
Es cierto que desde 2024 se ha instalado en Francia la idea de una izquierda irreconciliable. La alimentan algunos socialistas y también Jean-Luc Mélenchon. Es como minar el campo de batalla: una vez que has puesto minas por todas partes, aunque luego haya reconciliación, las minas permanecen. Hay algo irreversible en lo que está ocurriendo y eso me preocupa mucho.
Una de las aportaciones más reconocibles de Los Verdes en Francia ha estado en las ciudades: movilidad, pacificación urbana, renaturalización, vivienda o proximidad. ¿Cuál es hoy su modelo de ciudad y qué han aprendido de la experiencia de gobernar en municipios importantes como Lyon? ¿Cree que en España tenemos algo que aprender en esta materia?
No tengo una visión completa de España, pero hoy estamos en Madrid, una gran ciudad como Lyon, y hay problemas comunes. El primer asunto, más fuerte incluso aquí que en Lyon, es la vivienda:
las tensiones con Airbnb, el turismo o las personas muy ricas que quieren tener un apartamento en cada capital europea mientras quienes solo quieren una vivienda no encuentran dónde vivir dignamente. Son problemas que compartimos.
De lo que estoy extremadamente orgullosa en las ciudades francesas gobernadas por ecologistas es de su determinación para cambiar la vida, cambiar la ciudad y, por tanto, cambiar realmente la vida de la gente. Son mejoras muy concretas: kilómetros de carriles bici, comida ecológica y local en los comedores, derecho a vacaciones para todos, islas de frescor en caso de ola de calor. Es una mejora clara de la calidad de vida.
También creo que en España el fenómeno de concentración urbana es más fuerte. Al venir en tren desde Barcelona, vimos campos, pueblos muy pequeños y poca densidad fuera de las grandes ciudades. En Francia tenemos más ciudades intermedias.
"Está bien que las ciudades españolas se inspiren en las ciudades ecologistas francesas, pero los ecologistas franceses también nos inspiramos en lo que se hace en ciudades españolas"
Y Francia también puede inspirarse en España. En mi proyecto presidencial estoy
trabajando sobre la soledad, porque afecta a uno de cada cuatro franceses. Es increíble. La Organización Mundial de la Salud dice que sentirse solo equivale para la salud a fumar quince cigarrillos al día. Es un problema social, societal y de salud pública. Por eso he decidido abordarlo inspirándome en Reino Unido o Japón, donde hay ministros encargados de la soledad.
En Barcelona hay una concejalía dedicada a esta cuestión y un plan 2020-2030 con medidas que me interesan para Francia, como la prescripción social: que un médico pueda recetar actividades o recursos gratuitos ofrecidos por la ciudad, desde visitas a museos hasta paseos por la naturaleza o actividades deportivas adaptadas. Está bien que las ciudades españolas se inspiren en las ciudades ecologistas francesas, pero los ecologistas franceses también nos inspiramos en lo que se hace en ciudades españolas. No tanto en Madrid, que está gobernada por la derecha.
Poner en el centro del debate ideas como la transición ecológica parece aún más difícil en un contexto caracterizado por crisis geopolíticas e inestabilidad económica, pero quería preguntarle: ¿cómo lo perciben ustedes? ¿De qué manera intentan hacer valer sus temas?
No estoy del todo de acuerdo con la forma de plantearlo, porque lo que estamos viviendo en el plano geopolítico demuestra precisamente que los ecologistas tenían razón desde hace tiempo y que es urgente aplicar sus propuestas.
Durante mucho tiempo, los europeos creyeron que defender un proyecto de paz bastaría para protegernos. Era la famosa idea del fin de la historia: paz, prosperidad para siempre y, por si acaso, unos ejércitos suficientes. Pero hoy vemos que la paz no está ahí y que no basta con tener bombas, municiones y aviones. Nuestras vulnerabilidades industriales, energéticas, culturales o digitales son utilizadas como armas por nuestros enemigos, especialmente por Trump y Putin.
"Lo que estamos viviendo en el plano geopolítico demuestra precisamente que los ecologistas tenían razón desde hace tiempo"
Al principio de la guerra en Ucrania hubo una toma de conciencia sobre nuestra dependencia energética de Rusia. Francia, en 2024, dio más dinero a Putin comprándole fertilizantes, uranio y energía que en ayuda directa a Ucrania. Es un problema. En aquel momento se dijo que había que invertir más en el aislamiento de viviendas y en el llamado
leasing social de coches eléctricos, un programa de alquiler asequible para facilitar el acceso a vehículos eléctricos, pero duró poco. Después, todo el mundo siguió como si no pasara nada.
Y luego volvimos a sorprendernos con el bloqueo del estrecho de Ormuz, aunque el Club de Roma ya advirtió en 1972 de que un día tendríamos un problema geopolítico por nuestra dependencia del petróleo.
Para mí, esto no cuestiona los ideales ecologistas. Al contrario, demuestra que llegamos demasiado tarde y que no se nos escuchó. Al comienzo del conflicto, con el Partido Verde Europeo hicimos una campaña que decía: "Aislemos nuestras casas, aislemos a Putin". Hoy, si queremos garantizar nuestra seguridad y nuestra soberanía, debemos invertir en energías renovables, que son las únicas que sabemos construir rápido y que nos hacen completamente independientes y autónomos. Y también hay que invertir en reindustrialización de manera concertada a escala europea.
Tondelier defiende que la transición ecológica forma parte de la respuesta europea ante las vulnerabilidades energéticas e industriales. Foto: Agenda Pública / Tania Sieira
En Europa se ha producido una reacción contra partes del Pacto Verde. Más allá de la negativa de la derecha radical, incluso desde el PPE, la secretaria general del partido, Dolors Montserrat, dijo que el pacto fue un "plan de desindustrialización" encubierto. No le pido que valore las declaraciones si no quiere, pero le pregunto: ¿es posible salir del estancamiento europeo impulsando una industria verde, o quizá tenemos que reajustar nuestros objetivos?
No creo que el Pacto Verde sea un obstáculo para la industria. El Pacto Verde es la condición de nuestro futuro, de la justicia ambiental y de la justicia social. Si lo hubiéramos hecho mejor, habría habido más justicia social. El error de los centristas es creer que se puede hacer ecología sin justicia social. No estamos de acuerdo.
No es apropiado oponer Pacto Verde e industria. Estamos trabajando en un plan para la presidencial francesa con objetivos claros para Francia, pero también queremos una estrategia europea. No sirve que todo el mundo haga de todo. Debemos saber qué hacen bien unos países, en qué sectores somos vulnerables como europeos y cómo puede contribuir cada país que tenga capacidad y voluntad para cubrir esos huecos y reducir nuestras vulnerabilidades. Hace falta inteligencia colectiva europea.
Pongo un ejemplo: el acero. Yo vengo del norte de Francia, donde antes estaban las minas de carbón y hoy está ArcelorMittal. Si Arcelor cierra en Dunkerque y Fos-sur-Mer, no podremos hacer acero europeo. No es verdad que se pueda reabrir en dos años. Si se cierra, se cierra. Y durante el resto de nuestras vidas dependeremos del acero chino y estadounidense.
"Los ecologistas reivindicamos cuidar la industria mucho mejor que quienes están dejando caer la industria francesa y europea"
No soy hipócrita: cuando lucho por la calidad del aire, voy a Arcelor y digo que hay que tener cuidado, pero prefiero acero producido en Dunkerque, con mejores condiciones ambientales y sociales, que acero chino que ha cruzado medio planeta y que no se ha producido con la misma energía. Los ecologistas reivindicamos cuidar la industria mucho mejor que quienes están dejando caer la industria francesa y europea. Somos muy ambiciosos y estamos muy preocupados por este asunto.
Europa atraviesa un debate cada vez más intenso sobre demografía: envejecimiento, baja natalidad, sostenibilidad del Estado del bienestar, migración y equilibrio territorial. Desde la perspectiva ecologista, ¿cómo debería abordarse este reto?
Todo parte de una frase de Emmanuel Macron sobre el "rearme demográfico" de los franceses. A mí me tocó de cerca porque en ese momento estaba en un proceso de procreación médicamente asistida y fecundación
in vitro. Ya tenía un primer hijo y tuve muchas dificultades para tener un segundo. Ahora estoy embarazada de forma natural, pero durante tres años viví ese recorrido tan complicado que atraviesan muchas parejas europeas. Muchas lo sentimos como una especie de provocación, y las parejas y mujeres afectadas no lo vivimos bien.
En la televisión vemos a muchos hombres blancos mayores hablando de demografía como si el cuerpo de las mujeres fuera suyo: que si el sistema de protección social se va a hundir, que si vamos a perder la próxima guerra mundial, que si la economía perderá potencia. Hay una culpabilización muy fuerte de las mujeres.
La historia demuestra que cuando se han abordado estos temas así, especialmente entre las dos guerras mundiales, fue cuando se votaron leyes muy liberticidas contra las mujeres. En Francia, en 1920, se prohibieron los anticonceptivos y cualquier campaña a favor de su uso, con consecuencias desastrosas. Y lo que vemos en Europa es que las reformas natalistas dirigidas a las mujeres, como en Italia o Hungría, nunca han aumentado realmente la natalidad. Los países con tasas de natalidad más altas son los que promueven la igualdad.
"La demografía no es un problema, es un hecho. Y si queremos ocuparnos de ella, necesitamos una política feminista viva"
Eso significa que una mujer que no quiera tener hijos debe tener derecho a no tenerlos; una pareja que no quiera tener hijos, también; y una mujer que sí quiera tenerlos debe tener las condiciones para llevar adelante ese proyecto. Si se tienen problemas de vivienda, si se vive en una vivienda insalubre, si hay dificultades para no saltarse comidas o no reducir las raciones, no necesariamente se proyecta una teniendo un hijo. Si eres una mujer y piensas que tendrás que dejar de trabajar porque no sabes si habrá plaza en la guardería, y que eso tendrá efectos en tu jubilación, no es muy estimulante. Y si además te preguntas en qué sociedad va a crecer ese niño, con el clima o la guerra, tampoco ayuda.
La bajada de la natalidad es también una especie de huelga silenciosa de los vientres de mujeres que no están bien y que no se proyectan en esa vida. Hay que dejar tranquilas a las mujeres que no quieren tener hijos, pero también ocuparse de las que querrían tenerlos y dudan por las condiciones en las que podrían criarlos. Esa es tarea de la política. La demografía no es un problema, es un hecho. Y si queremos ocuparnos de ella, necesitamos una política feminista viva, mucho más pertinente que todos los discursos morales que escuchamos en televisión.
Para terminar, ¿cuál es su deseo para Francia en 2027?
Evitar lo peor y, quizá, conseguir algo mejor.