Cuando a principios de marzo de 2026 los soldados del Mando de Tropas de Montaña del Ejército de Tierra completaron su aclimatación en suelo noruego (llegaron el 18 de febrero para adaptarse al frío extremo antes del inicio de las maniobras), muchos ciudadanos debieron haberse preguntado qué hacen militares españoles entrenando bajo el cielo polar. La pregunta es legítima. Y la respuesta habla de algo que la opinión pública española casi nunca escucha: la lenta pero inexorable transformación del Ártico en el centro de gravedad de la seguridad global.
El ejercicio Cold Response 26 agrupa a 32.000 militares de catorce países aliados en territorios noruegos y finlandeses, pero no es un simulacro ordinario. Es la expresión táctica más visible de un reposicionamiento estratégico de la OTAN que arrancó con la invasión rusa de Ucrania en 2022 y que adquirió nueva urgencia en febrero de este año con el lanzamiento oficial de la misión Centinela del Ártico.
Esta operación, concertada entre el secretario general Mark Rutte y el presidente Donald Trump en el contexto de las tensiones diplomáticas por
el futuro de Groenlandia, busca integrar bajo el paraguas aliado toda la actividad en el Alto Norte y consolidar lo que hasta ahora era una suma de iniciativas dispersas. España se ofreció a participar. La ministra de Defensa, Margarita Robles, lo resumió con una frase que resuena más a doctrina que a retórica:
"España participa siempre en todas las misiones de la Alianza Atlántica", aseguró.
"El Ártico es el epicentro silencioso de una triple rivalidad (Rusia, China, EE. UU.) que amenaza con redefinir las reglas del orden internacional"
El Ártico ha dejado de ser lo que los analistas denominaban durante la Guerra Fría un espacio de high north, low tension. Hoy es el epicentro silencioso de una triple rivalidad (Rusia, China, EE. UU.) que amenaza con redefinir las reglas del orden internacional. Y España, pese a su imagen de
potencia mediterránea, tiene razones de peso para no quedarse como espectadora.
El botín que se derrite
Para entender la ferocidad geopolítica que atrae a las grandes potencias hacia el Ártico, conviene detenerse en los números. El Servicio Geológico de EE. UU. (USGS) estima que la región alberga alrededor del 13% del petróleo no descubierto del mundo (unos 90.000 millones de barriles) y aproximadamente el 30% de las reservas de gas natural aún sin explotar. En su conjunto, los recursos de hidrocarburos árticos por descubrir podrían representar el 22% del total mundial, cifras comparables a las reservas probadas de Arabia Saudí que, hasta hace poco, permanecían congeladas bajo capas de hielo que hoy se derriten a un ritmo sin precedentes.
Pero el verdadero cambio no son solo los hidrocarburos, sino las rutas marítimas. El deshielo progresivo está abriendo corredores que hasta hace una generación resultaban innavegables. La Ruta del Mar del Norte (NSR), que bordea la costa ártica rusa, permite reducir entre siete y diez días el tránsito habitual entre Europa y Asia en comparación con el canal de Suez. El tráfico por ella pasó de menos de cuatro millones de toneladas en 2012 a casi 38 millones en 2024: se multiplicó casi por diez en una sola década. Las proyecciones climáticas más recientes apuntan a que el océano Ártico podría registrar veranos prácticamente libres de hielo para 2035, lo que convertiría estos pasos en corredores permanentes y alteraría de forma radical el mapa logístico del comercio mundial.
"Con el 46% de su PIB dependiente del comercio marítimo, Pekín no puede permitirse quedar fuera del nuevo mapa logístico del mundo"
Rusia lo comprendió antes que nadie. El Ártico le aporta entre el 10 y el 20% de su PIB y cerca del 20% de sus exportaciones. Además, lleva décadas consolidando su presencia con bases militares renovadas, una flota de rompehielos nucleares sin rival y sistemas de defensa aérea avanzados. China, que carece de soberanía ártica, pero se autoproclamó Estado casi ártico en 2018, empuja desde el otro extremo: con el 46% de su PIB dependiente del comercio marítimo, Pekín no puede permitirse quedar fuera del nuevo mapa logístico del mundo. En 2024 ya realizó patrullas conjuntas con Rusia en aguas árticas, sellando la geometría de una alianza de conveniencia entre dos potencias revisionistas que coinciden en que el orden establecido por Occidente en el Alto Norte debe reconfigurarse en su favor.
La operación de la Alianza ha desplegado a más de 32.000 efectivos de catorce países. Foto: OTAN
Lo que está en juego para España
España no es un país ártico. Sin embargo, sí es un país cuya prosperidad depende, de forma directa e íntima, de que los mares del mundo permanezcan abiertos, seguros y gobernados por reglas que no estén dictadas por potencias revisionistas. Más del 85% de su comercio exterior se mueve por vía marítima. Su tejido industrial (desde la automoción hasta la agroexportación, pasando por el sector energético) está calibrado para un sistema de cadenas de suministro globales que funciona en la medida en que ningún actor singular controla los cuellos de botella. Si las nuevas rutas árticas se consolidan bajo tutela rusa (Moscú ya cobra tasas de tránsito por la Ruta Marítima del Norte), las consecuencias no se quedarán confinadas en el círculo polar. Se filtrarán hacia los precios del gas que paga la industria española, hacia la competitividad de sus exportaciones y, en última instancia, hacia la factura mensual de millones de hogares. El Ártico lejano y gélido tiene una conexión directa con el bolsillo de un ciudadano de Zaragoza o de Sevilla.
"Los que tengan como destino el Mediterráneo, el norte de África u Oriente Medio no encontrarán otra opción física que descender por la fachada atlántica de la península ibérica"
Es más, hay un ángulo todavía más específicamente español que merece ser enunciado con claridad: la cuestión de por dónde pasarán físicamente esas rutas cuando el Ártico sea navegable de forma estable. Un carguero que complete la Ruta Marítima del Norte desde Shanghái o Busan, cruzando los mares de Barents y de Noruega, desembocará en el Atlántico Norte a la altura de las islas Feroe o de Islandia. Desde allí, los buques con destino a Róterdam, Hamburgo o Amberes girarán hacia el este por el canal de la Mancha, pero los que tengan como destino el Mediterráneo, el norte de África u Oriente Medio no encontrarán otra opción física que descender por la fachada atlántica de la península ibérica, bordear el cabo de San Vicente y enfrentarse al estrecho de Gibraltar. España no tiene que ir a buscar el Ártico. El Ártico va a llegar a España.
Lo que está en juego, por tanto, no es solo una cuestión de solidaridad aliada, sino de interés nacional en su sentido más material. Si España tiene peso en las negociaciones sobre la gobernanza de esas rutas (sobre quién las certifica como seguras, bajo qué estándares operan, qué infraestructuras portuarias se eligen como nudos de redistribución), puede convertir Algeciras en el pivote logístico natural entre el Atlántico Norte y el Mediterráneo. Si llega tarde o callada, esa carga puede transbordar en Róterdam y alcanzar el sur de Europa por otras vías, relegando el Estrecho a mero corredor de paso. La geografía ofrece la ventaja; la política decide si se aprovecha o se desaprovecha por omisión.
El Real Instituto Elcano define el Ártico como "el flanco sobrevenido" de la OTAN: una frontera que nadie diseñó conscientemente, pero que la naturaleza ha impuesto. España ya demostró que no elude sus responsabilidades en flancos que no le corresponden por geografía, con despliegues sostenidos en los países bálticos desde la invasión de Ucrania. El Ártico es la siguiente lógica de esa misma voluntad de presencia, con la diferencia de que aquí los intereses no son solo multilaterales, sino profundamente propios. Los aliados que lleguen primero con capacidades y compromisos tendrán mayor peso cuando se negocie el futuro orden de esa región. Asimismo, las empresas españolas con proyección internacional tienen potencial real para posicionarse en programas de vigilancia ártica, sistemas de mando y control adaptados a entornos polares y capacidades navales de nueva generación. La presencia militar en Noruega no es solo un gesto de cohesión; es la tarjeta de visita con la que España entra en esa conversación. La presencia militar abre puertas que la diplomacia sola no siempre consigue.
El Mediterráneo no basta
Existe una tentación cómoda en la política exterior española: concentrarse en el Mediterráneo, en el Sahel, en la relación con Marruecos, en los vínculos atlánticos con América Latina. Son prioridades legítimas y urgentes, nadie lo discute. Ahora bien, el análisis estratégico nunca opera de espaldas a los mapas. El Ártico, lejos de tratarse de un teatro lejano y exótico, es la intersección donde confluyen la seguridad energética, la libertad de navegación, la credibilidad de la Alianza y la rivalidad entre las dos potencias que más directamente desafían el orden liberal europeo. Ignorarlo no lo hace menos relevante; simplemente deja el campo libre a quienes sí le prestan atención.
"España ha alcanzado una madurez en política exterior que todavía no se ha traducido en debate público"
Hay algo casi irónico (y en esa ironía hay más lucidez que contradicción) en que un país cuya cultura huele a sal mediterránea esté enviando a sus tropas a entrenarse en el silencio blanco noruego. Es la señal más elocuente de que España ha alcanzado una madurez en política exterior que todavía no se ha traducido en debate público. Defender un modelo de vida no siempre ocurre en las proximidades del hogar. A veces ocurre en los lugares más inhóspitos del mapa, bajo temperaturas que ningún español elegiría voluntariamente, frente a amenazas que la mayoría de ciudadanos aún no sabe que existen.
El investigador Andreas Østhagen habla de que las políticas árticas son un animal extraño, porque mezclan la política exterior con las prioridades domésticas de una forma que casi ningún otro teatro estratégico consigue. Ese animal extraño —un tercio diplomacia, un tercio economía, un tercio seguridad colectiva— es exactamente el que España necesita aprender a domar.
Para domarlo, necesita algo que ningún otro aliado puede aportar de la misma manera: su propia mirada, su propio acento estratégico, la perspectiva singular de un país que vive entre dos mares y que sabe, mejor que nadie, lo que significa depender del agua que te rodea. Hay una imagen que quizás ayude a ilustrarlo mejor. En los pueblos del sur de España, la cal se aplica sobre los muros porque refleja el calor y conserva lo que hay dentro. España necesita llevar esa cal al Ártico. No para calentarlo (el mundo ya se encarga de eso a una velocidad alarmante), sino para que el agua que deje el deshielo lleve también algo de civilización mediterránea: la de un país que aprendió hace siglos que los mares no son obstáculos, sino caminos. Porque al final, ninguna misión ártica busca conquistar: busca que, cuando el hielo se derrita, el mundo que aparezca debajo sea un poco más como el suyo.