

El mes de abril arranca con Teherán sometido a bombardeos periódicos de Israel y las fuerzas armadas de EE. UU., con el estrecho de Ormuz convertido en una arteria cerrada que estrangula el suministro energético global, y con una clase política iraní dividida entre quienes exigen resistencia total y quienes susurran, en voz cada vez menos baja, que ha llegado el momento de negociar. Irán tiene hoy más poder del que jamás ha tenido para dictar los términos de una paz. Precisamente por eso, si no actúa ahora, ese poder puede convertirse en su sentencia.
La "Guerra del Ramadán" (como la ha bautizado Teherán) estalló el 28 de febrero de 2026 en un momento en que ambas partes se encontraban en plenas negociaciones diplomáticas. Los bombardeos aéreos conjuntos de Israel y EE. UU. sorprendieron a una parte de la clase política iraní que creía, quizás con demasiado optimismo, que el nuevo mandato de Donald Trump podía conducir a un acuerdo. Ese error de cálculo marcaría el tono de todo lo que vendría después. Para entender por qué esta guerra ocurre ahora, es necesario remontarse al Acuerdo Nuclear de Viena de 2015, una pieza diplomática extraordinariamente compleja que redujo el programa de enriquecimiento iraní a cambio del levantamiento de sanciones. Fue la primera Administración Trump la que lo destruyó en 2018, acusándolo de ser "el peor acuerdo de la historia". La espiral de máxima presión posterior, el incremento de las capacidades nucleares iraníes hasta niveles de uranio enriquecido al 60%, el asesinato de Qasem Soleimani, el cierre progresivo del espacio diplomático… todo eso conduce a este momento. La Guerra del Ramadán es el final lógico de una cadena de decisiones. La historia, como siempre, cobra intereses.
"La inteligencia estratégica no consiste en seguir combatiendo hasta la victoria total, sino en convertir esa posición de fuerza en un acuerdo negociado"Irán se encuentra hoy en una posición de ventaja relativa que no tiene precedentes en su historia reciente, y esa ventaja tiene fecha de caducidad. Sus fuerzas armadas han resistido semanas de bombardeos combinados de dos de las potencias militares más avanzadas del mundo. El cierre del estrecho de Ormuz ha golpeado duramente la economía global (el precio del petróleo se ha disparado a niveles históricos y los mercados bursátiles cerraron su peor trimestre en años) y la opinión pública internacional muestra una creciente fatiga con el conflicto. En esta coyuntura, la inteligencia estratégica no consiste en seguir combatiendo hasta la victoria total, sino en convertir esa posición de fuerza en un acuerdo negociado que preserve los intereses nacionales iraníes y cierre la puerta a una nueva ronda de violencia aún más destructiva. Quien confunde resistencia con victoria está cometiendo el mismo error que quien confunde supervivencia con salud.
"Este escenario es comercialmente atractivo para Washington, pero solo es políticamente viable si Netanyahu lo acepta, y esa es la ecuación más difícil de la negociación"Pero sería intelectualmente deshonesto ignorar los obstáculos. Israel no es un actor secundario de este conflicto, sino uno de sus protagonistas principales. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha declarado que la guerra está "más allá del punto medio" y que el objetivo prioritario pasa por destruir las reservas de uranio enriquecido de Irán. Para Tel Aviv, cualquier acuerdo entre Washington y Teherán que no implique el desmantelamiento completo del programa nuclear iraní es, en el mejor de los casos, un aplazamiento del problema y, en el peor, una amenaza existencial diferida. Trump (aunque quiera salir del conflicto) no puede ignorar a un aliado que aún tiene enorme peso en su política doméstica. Este escenario es comercialmente atractivo para Washington, pero solo es políticamente viable si Netanyahu lo acepta, y esa es la ecuación más difícil de la negociación.
Sin embargo, el acuerdo nuclear de 2015, que limitó la capacidad atómica de Irán, fue anulado unilateralmente por una administración estadounidense en 2018. Esta ruptura condujo directamente a la guerra actual, que está costando vidas en ambos lados del conflicto. Ante este precedente, ¿qué seguridad puede tener Irán (o cualquier otra nación) de que un nuevo pacto no correrá la misma suerte en un futuro próximo, dentro de cuatro u ocho años? La respuesta honesta es que ningún texto jurídico puede garantizar la voluntad política de una administración futura. No obstante, eso no significa que todas las garantías sean iguales, ni que Irán deba sentarse a negociar con las manos vacías. La lección de 2015 no es que los acuerdos son inútiles. Más bien, muestra que un acuerdo bilateral con Washington es demasiado frágil para sostener intereses estratégicos de esta magnitud.
"El sector privado estadounidense (las empresas petroleras que aspiran a entrar en el mercado iraní) podría convertirse en un grupo de presión interno que dificulte políticamente cualquier ruptura futura"Un nuevo tratado tendría que construirse de manera radicalmente distinta. Teherán debería exigir que el acuerdo quedara anclado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mediante una resolución vinculante, como ocurrió parcialmente con el JCPOA, pero esta vez con mecanismos de verificación multilateral más robustos y con cláusulas de compensación automática ante cualquier violación unilateral. Europa, que en 2018 intentó sostener el acuerdo con instrumentos como el INSTEX y fracasó, tendría que comprometerse esta vez con consecuencias económicas tangibles ante cualquier retirada unilateral. El sector privado estadounidense (las empresas petroleras que aspiran a entrar en el mercado iraní) podría convertirse en un grupo de presión interno que dificulte políticamente cualquier ruptura futura. Las garantías no pueden ser solo jurídicas. Tienen que ser reales, económicas y políticamente costosas de romper.
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