Lunes, 17 de agosto de 2026
ALTO AL FUEGO

¿Cómo sería una paz en Irán? La única vía para una "doble victoria"

La tregua en Oriente Medio llega después de que Irán haya convertido el estrecho de Ormuz en su gran palanca de presión sobre la economía mundial. Frente a él, EE. UU. muestra signos de fatiga y continúa postergando sus ultimátums. El problema para Teherán es que esa ventaja puede evaporarse pronto. El experto en seguridad Antonio Legaz sostiene que la mejor salida para iranís y estadounidenses no pasa por alargar la guerra, sino por cerrar ahora un acuerdo difícil de romper.

Antonio Legaz Antonio Legaz 8 de abril de 2026
Añadir AgendaPública en Google
El presidente de EE. UU., Donald Trump, anunciaba el pasado día 7 un nuevo ultimátum a Irán. | Li Rui / Xinhua News / ContactoPhoto
El presidente de EE. UU., Donald Trump, anunciaba el pasado día 7 un nuevo ultimátum a Irán. | Li Rui / Xinhua News / ContactoPhoto

El mes de abril arranca con Teherán sometido a bombardeos periódicos de Israel y las fuerzas armadas de EE. UU., con el estrecho de Ormuz convertido en una arteria cerrada que estrangula el suministro energético global, y con una clase política iraní dividida entre quienes exigen resistencia total y quienes susurran, en voz cada vez menos baja, que ha llegado el momento de negociar. Irán tiene hoy más poder del que jamás ha tenido para dictar los términos de una paz. Precisamente por eso, si no actúa ahora, ese poder puede convertirse en su sentencia.

La "Guerra del Ramadán" (como la ha bautizado Teherán) estalló el 28 de febrero de 2026 en un momento en que ambas partes se encontraban en plenas negociaciones diplomáticas. Los bombardeos aéreos conjuntos de Israel y EE. UU. sorprendieron a una parte de la clase política iraní que creía, quizás con demasiado optimismo, que el nuevo mandato de Donald Trump podía conducir a un acuerdo. Ese error de cálculo marcaría el tono de todo lo que vendría después. Para entender por qué esta guerra ocurre ahora, es necesario remontarse al Acuerdo Nuclear de Viena de 2015, una pieza diplomática extraordinariamente compleja que redujo el programa de enriquecimiento iraní a cambio del levantamiento de sanciones. Fue la primera Administración Trump la que lo destruyó en 2018, acusándolo de ser "el peor acuerdo de la historia". La espiral de máxima presión posterior, el incremento de las capacidades nucleares iraníes hasta niveles de uranio enriquecido al 60%, el asesinato de Qasem Soleimani, el cierre progresivo del espacio diplomático… todo eso conduce a este momento. La Guerra del Ramadán es el final lógico de una cadena de decisiones. La historia, como siempre, cobra intereses.

"La inteligencia estratégica no consiste en seguir combatiendo hasta la victoria total, sino en convertir esa posición de fuerza en un acuerdo negociado"
Irán se encuentra hoy en una posición de ventaja relativa que no tiene precedentes en su historia reciente, y esa ventaja tiene fecha de caducidad. Sus fuerzas armadas han resistido semanas de bombardeos combinados de dos de las potencias militares más avanzadas del mundo. El cierre del estrecho de Ormuz ha golpeado duramente la economía global (el precio del petróleo se ha disparado a niveles históricos y los mercados bursátiles cerraron su peor trimestre en años) y la opinión pública internacional muestra una creciente fatiga con el conflicto. En esta coyuntura, la inteligencia estratégica no consiste en seguir combatiendo hasta la victoria total, sino en convertir esa posición de fuerza en un acuerdo negociado que preserve los intereses nacionales iraníes y cierre la puerta a una nueva ronda de violencia aún más destructiva. Quien confunde resistencia con victoria está cometiendo el mismo error que quien confunde supervivencia con salud. 

Los contornos de un acuerdo posible no son difíciles de trazar. Irán podría limitar su programa nuclear, reducir su reserva de uranio enriquecido por debajo del 3,67% y abrir todas sus instalaciones a la inspección permanente del Organismo Internacional de Energía Atómica. A cambio, Washington levantaría todas las sanciones unilaterales, impulsaría la eliminación de las resoluciones del Consejo de Seguridad y ambas partes suscribirían un pacto de no agresión. El estrecho de Ormuz volvería a abrirse. Las empresas petroleras estadounidenses serían bienvenidas en la infraestructura energética iraní. Trump podría presentarlo como el mayor acuerdo que presidente alguno haya conseguido jamás con Irán, exactamente el tipo de narrativa que necesita antes de las elecciones de mitad de mandato. Un acuerdo así no es una derrota disfrazada, es una victoria construida con la materia prima más escasa de la política internacional: el pragmatismo.

"Este escenario es comercialmente atractivo para Washington, pero solo es políticamente viable si Netanyahu lo acepta, y esa es la ecuación más difícil de la negociación"
Pero sería intelectualmente deshonesto ignorar los obstáculos. Israel no es un actor secundario de este conflicto, sino uno de sus protagonistas principales. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha declarado que la guerra está "más allá del punto medio" y que el objetivo prioritario pasa por destruir las reservas de uranio enriquecido de Irán. Para Tel Aviv, cualquier acuerdo entre Washington y Teherán que no implique el desmantelamiento completo del programa nuclear iraní es, en el mejor de los casos, un aplazamiento del problema y, en el peor, una amenaza existencial diferida. Trump (aunque quiera salir del conflicto) no puede ignorar a un aliado que aún tiene enorme peso en su política doméstica. Este escenario es comercialmente atractivo para Washington, pero solo es políticamente viable si Netanyahu lo acepta, y esa es la ecuación más difícil de la negociación.

No menos compleja es la situación dentro de la teocracia iraní. Las voces que defienden continuar la guerra "hasta que el imperio caiga" no son una minoría ruidosa; representan una fracción influyente de la élite revolucionaria que percibe cualquier negociación como una capitulación disfrazada. El líder supremo Jamenei ha tolerado el pragmatismo del gobierno de Pezeshkian, pero tolerar el pragmatismo no equivale a respaldarlo públicamente. La diplomacia iraní opera siempre bajo la sombra de una fuerza centrífuga interna que puede devorar a cualquier liderazgo que avance demasiado rápido hacia la mesa. En Teherán, como en todas las teocracias que han sobrevivido a revoluciones, la ortodoxia no es solo una posición política, es el pegamento que mantiene unida la estructura de poder. 

Lo que este conflicto revela es la contradicción profunda en la que se encuentra Irán en este momento histórico: es lo suficientemente fuerte como para negociar, pero lo suficientemente frágil como para no poder elegir libremente si hacerlo o no. Tiene el estrecho de Ormuz como palanca de presión sin precedentes, pero también ciudades bombardeadas, infraestructuras destruidas y una economía que ya acumulaba décadas de sanciones antes de que el primer misil cruzara el cielo de Teherán. La ventana estratégica existe, pero las ventanas no permanecen abiertas indefinidamente, y cuando se cierran, no suelen hacerlo con delicadeza.

Qué exige Irán para que la tregua temporal se convierta en un acuerdo duradero

Sin embargo, el acuerdo nuclear de 2015, que limitó la capacidad atómica de Irán, fue anulado unilateralmente por una administración estadounidense en 2018. Esta ruptura condujo directamente a la guerra actual, que está costando vidas en ambos lados del conflicto. Ante este precedente, ¿qué seguridad puede tener Irán (o cualquier otra nación) de que un nuevo pacto no correrá la misma suerte en un futuro próximo, dentro de cuatro u ocho años? La respuesta honesta es que ningún texto jurídico puede garantizar la voluntad política de una administración futura. No obstante, eso no significa que todas las garantías sean iguales, ni que Irán deba sentarse a negociar con las manos vacías. La lección de 2015 no es que los acuerdos son inútiles. Más bien, muestra que un acuerdo bilateral con Washington es demasiado frágil para sostener intereses estratégicos de esta magnitud. 

"El sector privado estadounidense (las empresas petroleras que aspiran a entrar en el mercado iraní) podría convertirse en un grupo de presión interno que dificulte políticamente cualquier ruptura futura"
Un nuevo tratado tendría que construirse de manera radicalmente distinta. Teherán debería exigir que el acuerdo quedara anclado en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mediante una resolución vinculante, como ocurrió parcialmente con el JCPOA, pero esta vez con mecanismos de verificación multilateral más robustos y con cláusulas de compensación automática ante cualquier violación unilateral. Europa, que en 2018 intentó sostener el acuerdo con instrumentos como el INSTEX y fracasó, tendría que comprometerse esta vez con consecuencias económicas tangibles ante cualquier retirada unilateral. El sector privado estadounidense (las empresas petroleras que aspiran a entrar en el mercado iraní) podría convertirse en un grupo de presión interno que dificulte políticamente cualquier ruptura futura. Las garantías no pueden ser solo jurídicas. Tienen que ser reales, económicas y políticamente costosas de romper. 

Un acuerdo imperfecto, multilateralizado, lleno de mecanismos de verificación e intereses cruzados, es infinitamente más difícil de destruir que uno firmado entre dos líderes en una sala. La pregunta que Irán debe hacerse no es si puede confiar en América, porque nunca ha podido. La pregunta es si puede construir un acuerdo tan costoso de romper que incluso quien no confíe en él prefiera mantenerlo. Esa es la única forma de paz que la historia ha demostrado ser duradera: no la que se sostiene sobre la buena fe, sino la que se sostiene sobre los intereses de todos los que la firman.

Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación