Washington sigue viendo con buenos ojos un mayor peso europeo dentro de la OTAN, pero no necesariamente una autonomía estratégica entendida como emancipación de Estados Unidos. Así entiende el momento internacional el director del Hudson Institute, que explica su análisis con claridad desde una perspectiva norteamericana. A su juicio, Europa lleva décadas acumulando
"más discursos y libros blancos que acción real", y el reto ya no es solo gastar más, sino convertir ese gasto en capacidades militares efectivas.
En esta conversación en Lisboa,
durante el último encuentro del Foro La Toja, Rough recorre los grandes ejes de la política exterior estadounidense: China, Ucrania, Irán, el Mediterráneo, España y la dificultad de Europa para actuar como un actor unificado. Rough sostiene que
"la autonomía estratégica sigue generando bastante escepticismo", defiende una lectura más pragmática del orden internacional y advierte de que, en Ucrania, "el resultado más probable es, simplemente, más guerra".
Peter Rough fue uno de los ponentes en el último encuentro del Foro La Toja - Vínculo Atlántico en Lisboa. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida
¿Percibe usted un verdadero interés en la comunidad política de Estados Unidos por reforzar el pilar europeo dentro de la OTAN, o sigue existiendo un escepticismo de fondo hacia la autonomía estratégica europea?
Creo que depende de cómo definamos los términos. La autonomía estratégica sigue generando bastante escepticismo, pero un pilar europeo dentro de la OTAN se ve, en general, como algo positivo y sería bien recibido.
Llevamos décadas hablando de autonomía estratégica. Desde iniciativas como la PESCO, que contaba con muy poca financiación, hasta los esfuerzos más recientes por avanzar hacia una mayor autonomía, ha habido más discursos y libros blancos que acción real. En algunos ámbitos, las capacidades siguen siendo tan incipientes que probablemente tenga sentido que Europa avance de forma gradual, apoyándose en Estados Unidos mientras desarrolla su propia base industrial de defensa.
"El verdadero debate de los próximos años tendrá menos que ver con dónde se gasta el dinero y más con cómo garantizar que esas inversiones se traduzcan en capacidades reales"
Ahora hay mucho debate sobre instrumentos como el mecanismo SAFE: si el gasto europeo en defensa debe tener una lógica transatlántica o ser más proteccionista. Pero con tanta financiación en marcha, el verdadero debate de los próximos años tendrá menos que ver con dónde se gasta el dinero y más con cómo garantizar que esas inversiones se traduzcan en capacidades reales. Se está comprometiendo una cantidad importante de fondos y, con frecuencia, las capacidades tardan mucho en materializarse.
Ahí es donde está la verdadera tensión en materia de defensa, más que en el debate sobre la autonomía estratégica.
¿Diría usted que nos encaminamos hacia una relación transatlántica más basada en intereses y menos guiada por valores?
La relación transatlántica sigue teniendo un componente de valores, pero también tiene un argumento económico y una lógica geopolítica.
No creo que debamos plantear el mundo como una confrontación entre democracias y autocracias. Si queremos imponernos en esta competición frente a lo que considero una amenaza real para el sistema internacional —los leninistas de Pekín—, necesitamos atraer a países no democráticos como Arabia Saudí, Azerbaiyán y Vietnam. Son países bisagra en la competición con China.
Si les imponemos los mismos estándares de derechos humanos que nos aplicamos a nosotros mismos, como mínimo limitamos su potencial de cooperación y, como máximo, corremos el riesgo de empujarlos hacia el campo chino. Y si perdemos esa competición porque alienamos a esos países bisagra, podríamos entrar en una nueva edad oscura que haría que esas críticas a países concretos parecieran ingenuas y casi pintorescas vistas en retrospectiva.
"La categoría relevante es si los países están dispuestos o no a operar dentro del orden internacional que Estados Unidos ha construido desde el final de la Segunda Guerra Mundial"
Para mí, la categoría relevante es si los países están dispuestos o no a operar dentro del orden internacional que Estados Unidos ha construido desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Arabia Saudí, en términos generales, dice que sí; Irán dice que no; Vietnam, en esencia, dice que sí; China y Rusia dicen claramente que no; y nuestros aliados europeos dicen que sí. Ese es el umbral que debemos fijar.
Mirando más allá de la presidencia de Trump, ¿espera usted que la trayectoria actual de la política estadounidense de defensa y alianzas se mantenga, independientemente de quién esté en el poder?
Si los demócratas llegan al poder, estarán menos inclinados a apoyar los grandes presupuestos de defensa que ha propuesto el presidente Trump. En general, se centran menos que los republicanos en las capacidades de poder duro. Dicho esto, no ignoran por completo la defensa —sería injusto sugerirlo—, pero es evidente que ocupa un lugar menos central en su enfoque.
Por poner un ejemplo sencillo, en los debates presupuestarios de Estados Unidos, cada vez que los republicanos piden un dólar adicional para defensa, los demócratas suelen defender que se destine una cantidad equivalente a prioridades internas. Eso resume la tensión de fondo: los republicanos priorizan la defensa; los demócratas, el gasto en política doméstica.
Donde los demócratas se diferencian con más claridad es en el tono de la relación. Se centrarán en el lenguaje y en el clima general de las relaciones transatlánticas. Intentarán reparar los vínculos con Europa, con un enfoque más tranquilizador y conciliador. Los republicanos tienden a temer que, aunque eso pueda parecer eficaz en la superficie, termine siendo contraproducente al fomentar la complacencia en Europa.
"Dio la impresión de que los problemas de la relación transatlántica eran únicamente producto de Donald Trump, y no creo que sea un diagnóstico preciso"
En otras palabras, puede llevar a los países europeos a concluir que no es necesario aumentar el gasto en defensa; que basta con mantener los niveles actuales, especialmente cuando existen presiones internas que compiten por esos recursos, como las pensiones. Esa fue una de mis principales críticas al presidente Biden: dio la impresión de que los problemas de la relación transatlántica eran únicamente producto de Donald Trump, y no creo que sea un diagnóstico preciso.
Esteban y Rough conversan sobre la evolución de la política exterior estadounidense. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida
¿Hasta qué punto ha cambiado estructuralmente el trumpismo la forma de pensar la política exterior estadounidense?
Hay que reconocer al presidente Trump el giro duradero en la política hacia China que comenzó en 2017. Veremos hasta qué punto quiere ser competitivo con China, empezando por su viaje previsto al Pekín de Xi Jinping en mayo, si finalmente se produce. Pero, en términos más amplios, la idea de que integrar a China en la Organización Mundial del Comercio y en otras instituciones occidentales moldearía su comportamiento ha acabado fortaleciendo a quien hoy es nuestro principal adversario.
Ese enfoque se considera, en general, fallido. La expectativa era que una mayor prosperidad conduciría a la liberalización política: que China se haría más rica, más democrática y más alineada con Occidente. Sencillamente, no ha sido así. Por eso considero que ese cambio de mentalidad ha llegado para quedarse.
En segundo lugar, no es que los demócratas vayan a aplicar la política comercial exactamente igual que el presidente Trump, pero ya se muestran más inclinados hacia la intervención económica. Están más cerca de los socialdemócratas que de los conservadores de libre mercado. Como resultado, la disposición de Trump a usar aranceles y a gestionar el comercio, en lugar de promover el libre comercio, es algo que los demócratas también pueden adoptar y desarrollar.
"Estas dos tendencias —una posición más dura frente a China y un enfoque más intervencionista de la economía política internacional— probablemente perduren"
Parte de esto responde a la política interna. Trump ha logrado avances significativos entre votantes de clase trabajadora y de cuello azul, y los demócratas están reaccionando a ello. Así que estas dos tendencias —una posición más dura frente a China y un enfoque más intervencionista de la economía política internacional— probablemente perduren. Y, junto a eso, seguirá habiendo conversaciones con Europa para que asuma una mayor parte de la carga.
¿Cómo ve usted que la polarización interna de Estados Unidos afecte a sus compromisos exteriores, en particular hacia Europa?
Estamos aquí en Lisboa, justo encima de unas ruinas del Imperio romano, que esperemos que no sean una metáfora del destino de Estados Unidos. Dicho esto, no estoy seguro de que la polarización interna —y, en ocasiones, la disfunción— sea tan relevante para la política exterior como podría parecer.
Los estadounidenses tienden a votar en función de asuntos internos, salvo que haya una gran crisis internacional. En política exterior, sí tienen instintos, y las encuestas lo reflejan. En general, ven positivamente a Europa y reconocen a Vladímir Putin como un actor agresivo y problemático.
Sin embargo, según la Constitución de Estados Unidos —en particular el artículo II—, gran parte de la autoridad en política exterior reside en el presidente. Si a eso se suma que el resto del mundo queda geográficamente lejos, corresponde realmente al presidente liderar, definir y moldear la opinión pública sobre política exterior. La literatura de ciencia política es bastante clara al respecto: el liderazgo importa más en política exterior que en ámbitos como la política fiscal, donde la opinión pública está más asentada.
La sociedad estadounidense tiene una disposición ampliamente positiva y sana hacia Europa. Al mismo tiempo, algunas de las críticas expresadas por el presidente Trump han ganado terreno, en gran medida porque proceden del despacho oval.
Rough analiza la relación entre la polarización interna de Estados Unidos y sus compromisos exteriores. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida
Cada vez se habla más de una posible alineación entre Estados Unidos, Marruecos e Israel en el Mediterráneo occidental. ¿Cómo podría afectar esto a la posición estratégica de España?
No conozco este asunto en detalle. Dicho eso, como observación general, las relaciones de la Administración con Israel y Marruecos son extremadamente sólidas, mientras que sus relaciones con Madrid son relativamente débiles. En la medida en que exista esa dinámica triangular —algo que no puedo valorar por completo—, situaría a España en desventaja.
No pienso que Portugal ni el Gobierno actual allí tengan un peso significativo en esta ecuación.
El sur de Europa no parece ser una prioridad para la política estadounidense en este momento. ¿Podría cambiar?
La cuestión que más moviliza al presidente Trump en relación con el Mediterráneo y el sur de Europa es la migración. Es un foco constante para él y sigue estrechamente vinculado tanto a su concepción de la seguridad nacional como a las preocupaciones de los países mediterráneos.
Sin embargo, cuando hablamos de asuntos de seguridad dura, la principal preocupación del Pentágono es Rusia, en particular la amenaza que representa para los flancos oriental y septentrional de Europa, así como para el flanco suroriental. Eso pesa más que la migración procedente de África.
Puede haber una excepción parcial: el reciente aumento de actividad en torno a Libia durante los últimos seis meses, aproximadamente. Pero, más allá de eso, hay un foco adicional limitado.
En su opinión, en lo que respecta a Irán y teniendo en cuenta los acontecimientos recientes, ¿la política de Estados Unidos se decide principalmente en Washington o está significativamente influida por aliados regionales como Israel?
Es cierto que los países árabes del Golfo e Israel —especialmente Israel— tienen acceso al presidente, han presentado sus argumentos y él los ha escuchado.
"Esta ha sido una estrategia estadounidense sobre Irán, liderada por Donald Trump"
Pero, en última instancia, esta ha sido una estrategia estadounidense sobre Irán, liderada por Donald Trump. En el momento en que el presidente decida —en función de la fase del conflicto— que las operaciones deben detenerse, ajustarse o intensificarse, y se lo comunique al primer ministro Netanyahu, la respuesta desde Jerusalén será aceptarlo, aunque en privado pueda haber reservas. Israel actúa dentro del marco de una campaña liderada por Estados Unidos y no se apartará abiertamente de la dirección marcada por Washington.
Así que, aunque quizá fuera una preferencia u objetivo israelí que Estados Unidos adoptara este curso de acción, el presidente Trump fue persuadido, no simplemente arrastrado. Ahora toma decisiones a partir de aportaciones de distintos actores, tanto nacionales como internacionales. Los israelíes seguirán presentando sus argumentos, pero al final tendrán que trabajar dentro de un marco desarrollado en Washington.
Esteban y Rough conversan sobre la política estadounidense hacia Irán y el papel de Israel. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida
¿Cómo afectarán las próximas elecciones de medio mandato a la política exterior de Estados Unidos?
No considero que las elecciones de medio mandato importen demasiado, porque la política exterior y la seguridad nacional son, en última instancia, dominio del presidente.
Si los demócratas se hacen con la Cámara de Representantes —algo que la mayoría de analistas espera, dada la estrechez de la actual mayoría republicana—, eso podría llevar en realidad al presidente Trump a estar más activo en la escena internacional. Hemos visto patrones similares en otros lugares. Emmanuel Macron, por ejemplo, carece de mayoría parlamentaria y se ha volcado más en la política exterior. Incluso se podría argumentar que la posición internacional de Pedro Sánchez está parcialmente condicionada por presiones políticas internas.
En ese escenario, Trump podría concluir que ya no son viables grandes reformas internas y centrarse más en los asuntos exteriores. Es completamente plausible.
Ha mencionado a Pedro Sánchez, que ha sido bastante crítico con el umbral del 5%. ¿Cree que esto tiene un impacto real en la política del presidente Trump?
A veces me sorprenden las preguntas recurrentes sobre la interferencia estadounidense en la política europea, cuando, por ejemplo, Pedro Sánchez acaba de acoger la Internacional Socialista, una coalición de actores internacionales de izquierda. Estas críticas no pueden ir solo en una dirección.
Esa comparación me viene a la cabeza porque algunas de las críticas que Sánchez dirige a Trump podrían aplicarse en sentido inverso. Hay, hasta cierto punto, una dosis de proyección ahí.
"La oposición activa y pública de España a la operación Epic Fury tendrá consecuencias"
En cuanto al impacto, sí creo que la oposición activa y pública de España a la operación Epic Fury tendrá consecuencias. Podría haber una revisión de la postura militar estadounidense, y bases como la de Rota podrían formar parte de esa discusión. Pero, más allá de eso, también hay medidas más sutiles que podrían afectar a España y a sus diplomáticos.
Por ejemplo, dentro de la OTAN, Estados Unidos podría impulsar cambios en el papel de España en determinados formatos, limitando potencialmente su influencia, incluso de manera informal. También existen instrumentos más suaves: el orden de intervención en reuniones clave, el acceso o los niveles de interlocución. Son señales que importan en órganos como el Consejo del Atlántico Norte o el Comité Militar.
En otras palabras, hay múltiples formas en las que Estados Unidos podría señalar su malestar, incluida una simple reducción del nivel de cooperación cotidiana.
Dicho esto, conviene señalar que existen formas legítimas y constructivas de criticar la guerra. Los gobiernos pueden trasladar sus preocupaciones en privado a la Administración estadounidense y hacerlo públicamente ante sus propios ciudadanos, siempre que sea de una manera seria, medida y creíble.
La dificultad es que la estrategia de Irán consiste, en parte, en abrir una brecha entre Washington y sus aliados —en particular en Europa y el Golfo— para forzar un desenlace en sus propios términos. En ese contexto, una retórica desde Madrid que parezca alineada con esa dinámica corre el riesgo de reforzar las percepciones iraníes y, por tanto, podría tener consecuencias tangibles.
Rough analiza el impacto de las tensiones entre España y Estados Unidos dentro de la OTAN. Foto: Agenda Pública / Ana Brígida
¿Se percibe a Europa como un actor unificado en Estados Unidos?
A mi juicio, para proyectar poder globalmente se necesitan tres cosas: poder militar, poder económico y una estructura cohesionada de toma de decisiones; en otras palabras, una autoridad ejecutiva.
Europa tiene cierto poder militar, pero no el suficiente para actuar como un polo independiente en los asuntos globales. Desde luego tiene poder económico, así que cumple ese criterio. Pero, en lo que respecta a la toma ejecutiva de decisiones, se queda corta.
Ursula von der Leyen tiene autoridad como presidenta de la Comisión, pero en realidad no es la líder política de Europa. Si alguien como Friedrich Merz asumiera ese papel, probablemente generaría tensiones con figuras como Emmanuel Macron. Y si Macron reclamara esa posición para sí mismo, otros —en particular en Alemania— se opondrían. Mientras tanto, el Reino Unido sigue reivindicando su papel como potencia nuclear. Y ni siquiera he mencionado a los Estados de Europa oriental o meridional. Así que no hay un centro de liderazgo claro.
Como resultado, Europa puede alcanzar a veces posiciones comunes, pero solo mediante procesos complejos y burocráticos de construcción de consenso. El resultado suele ser el mínimo común denominador, y el ritmo puede ser una limitación seria.
"Incluso Europa —que está conectada geográficamente, entrelazada históricamente y ampliamente alineada en valores políticos— tiene dificultades para actuar de forma unificada"
Por eso soy escéptico ante la idea, debatida hoy, de que las potencias medias puedan formar un bloque coherente. Incluso Europa —que está conectada geográficamente, entrelazada históricamente y ampliamente alineada en valores políticos— tiene dificultades para actuar de forma unificada. Cuesta ver cómo países como Indonesia, Sudáfrica, Brasil o Turquía, cada uno con intereses estratégicos, historias y posiciones geopolíticas muy distintas, podrían formar un grupo cohesionado.
Washington se relaciona con Europa caso por caso, en función de dónde se sitúen las competencias. Allí donde la Unión Europea tiene una autoridad clara, se la trata como un interlocutor relevante. Por ejemplo, el comisario de Comercio, Maroš Šefčovič, tiene una influencia real porque ese poder se le ha delegado, y sus homólogos estadounidenses actúan en consecuencia.
En cambio, en ámbitos como la política exterior y de defensa, donde la autoridad está más dispersa, los representantes europeos suelen ser vistos como menos relevantes. El acceso y la interlocución dependen mucho de si se percibe que un actor determinado tiene poder real de decisión. Es, en realidad, un enfoque estadounidense bastante pragmático.
Lo hemos visto en la práctica. El presidente Trump cerró un acuerdo comercial y de inversión con Ursula von der Leyen porque se la consideró la contraparte adecuada. Es similar a lo ocurrido durante la crisis de la eurozona, cuando la atención se centró en Angela Merkel y Wolfgang Schäuble. Pero en un contexto distinto —por ejemplo, cuando se trató de una acción militar en Siria contra Asad—, Estados Unidos miró al Reino Unido y a Francia.
¿Ve alguna vía creíble hacia una solución negociada en Ucrania? ¿O estamos más bien inclinados hacia un conflicto congelado o atrapados en él? ¿Existe el riesgo de que el cansancio de la guerra en Europa y otros países occidentales modifique el cálculo estratégico?
Es poco probable que veamos un acuerdo a corto plazo porque tanto Rusia como Ucrania creen que tienen una vía viable por delante. Mientras eso sea así, ninguna de las dos partes estará inclinada a hacer concesiones significativas.
Los rusos creen que pueden desgastar a las Fuerzas Armadas ucranianas. Ven divisiones, o al menos tensiones, entre Washington y las capitales europeas, y también observan que recursos estadounidenses —como los interceptores Patriot— se están consumiendo en otros teatros, lo que podría limitar el apoyo a Ucrania. Desde su perspectiva, esto crea una oportunidad para avanzar en el campo de batalla, aislar potencialmente a Ucrania y, en última instancia, ganar la guerra. Esa es su teoría de la victoria.
Los ucranianos, sin embargo, tienen su propio camino. Están en una posición muy distinta a la de hace un año, no digamos ya a la de hace dos, en cuanto a su capacidad industrial de defensa. La base industrial de defensa europea también está mejorando lenta pero sostenidamente. Mientras tanto, Estados Unidos sigue proporcionando apoyo esencial de inteligencia.
Como resultado, las fuerzas ucranianas han podido infligir pérdidas significativas a Rusia —decenas de miles de bajas al mes— y, al mismo tiempo, atacar infraestructuras económicas clave, como refinerías y terminales de exportación. Esto presiona a la economía rusa y obliga al Kremlin a tomar decisiones difíciles, incluidos el aumento de los costes para sostener el reclutamiento y el riesgo de una tensión económica más amplia.
"Estas teorías de la victoria enfrentadas se manifiestan en un bloqueo negociador: Ucrania no va a ceder voluntariamente Donetsk o Lugansk"
Desde la perspectiva ucraniana, esto crea una vía para debilitar a Rusia con el tiempo y llegar a una resolución. Estas teorías de la victoria enfrentadas se manifiestan en un bloqueo negociador: Ucrania no va a ceder voluntariamente Donetsk o Lugansk, mientras que Rusia sigue considerando el control del Donbás como un objetivo mínimo.
Más que un conflicto congelado, probablemente veremos operaciones de combate activas continuadas, posiblemente con una nueva ofensiva rusa en los próximos meses.
Solo si, en los próximos seis a doce meses, una de las partes concluye que no puede alcanzar sus objetivos estratégicos, surgirán probablemente las condiciones para una solución negociada.
El presidente Trump también ha mencionado el 4 de julio —las celebraciones del 250.º aniversario de Estados Unidos— como una posible fecha límite para la que le gustaría ver terminada la guerra. Una posibilidad es que intente aumentar la presión sobre el presidente Zelenski en busca de ese objetivo.
Sin embargo, Ucrania sigue recibiendo financiación europea sustancial y conserva capacidades propias significativas. Por eso creo que el resultado más probable es, simplemente, más guerra.
Muchas gracias.