Martes, 28 de julio de 2026
XI Y TRUMP EN PEKÍN

¿Qué papel juega España en la cumbre entre Estados Unidos y China?

Para Antonio Legaz, la relación de España con China ya no puede leerse solo en clave comercial. Detrás de las importaciones, los acuerdos agroalimentarios, el hidrógeno verde o los vehículos eléctricos, el analista de defensa y seguridad detecta "una estrategia que navega entre compromisos incompatibles" ante Pekín, Bruselas y Washington. Al mismo tiempo, el análisis se pregunta hasta dónde puede llegar Madrid como puente si Trump y Xi deciden reducir el margen de maniobra de los intermediarios.

Antonio Legaz Antonio Legaz 15 de mayo de 2026
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Xi Jinping y Donald Trump en el recibimiento del presidente estadounidense en China. | Rao Aimin / Xinhua News / Europa Press
Xi Jinping y Donald Trump en el recibimiento del presidente estadounidense en China. | Rao Aimin / Xinhua News / Europa Press
En septiembre de 1985, Felipe González aterrizó en Pekín para convertirse en el primer presidente del Gobierno español en pisar suelo chino. Habló con Deng Xiaoping durante cincuenta minutos y regresó convencido de que España debía mantener una relación basada en la economía con China, una potencia que entonces apenas comenzaba a despertar. Cuarenta años después, el mismo Felipe González describió en Sevilla al presidente Xi Jinping como "el Mao de la actualidad", advirtió que "el riesgo político es mayor que nunca" en el sistema internacional y dijo que, a diferencia de Trump, a Xi "no se le acaba la mili". En ese arco de cuatro décadas, desde la curiosidad pragmática de la Transición hasta la inquietud de quien conoció el mundo bipolar desde dentro, se encuadra todo lo que España está jugando mientras Donald Trump y Xi Jinping se sientan esta semana en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín para negociar el orden del mundo.

La visita de Pedro Sánchez a China el pasado mes de abril (su cuarta en tres años, cifra sin precedentes en la historia de la diplomacia española) terminó con una frase que merece un análisis desprovisto de ideología. Xi Jinping dijo ante las delegaciones reunidas: "China y España son países de principios que actúan con integridad moral, y ambos están dispuestos a estar en el lado correcto de la historia". El multilateralismo, el rechazo a la "ley de la jungla", la cooperación en energías renovables y economía digital. Todo el lenguaje de la cita está calibrado desde Zhongnanhai para que resuene en un gobierno europeo de centroizquierda. Pero detrás de la retórica hay una arquitectura de intereses concretos, cruzados y asimétricos que conviene desmontar.

"La inversión china en España pasó de 149 millones de euros en 2024 a 643 millones en 2025, un incremento del 331% en un solo ejercicio"
Desde el ángulo económico, los números cuentan una historia de profundización acelerada y de desequilibrio estructural que Madrid lleva años intentando corregir. Las importaciones españolas desde China alcanzaron los 50.250 millones de euros en 2025, convirtiendo a Pekín en el segundo proveedor de bienes del país. Las exportaciones españolas al mercado chino (aceite de oliva, vinos, porcino, maquinaria) no cubren ni la cuarta parte de ese volumen. Corregir ese déficit es una de las prioridades explícitas del Gobierno. Los diecinueve acuerdos firmados en abril incluyen cinco protocolos sanitarios para facilitar exportaciones agroalimentarias y apuntan al corredor de hidrógeno verde de Andalucía y Aragón como el gran proyecto de cocreación industrial. Al mismo tiempo, la inversión china en España pasó de 149 millones de euros en 2024 a 643 millones en 2025, un incremento del 331% en un solo ejercicio, concentrada en logística, energía y automoción. El modelo que está emergiendo es el de España como plataforma de entrada al mercado europeo: fabricantes de vehículos eléctricos chinos como Chery y su marca Omoda están valorando producir en suelo español para eludir los aranceles que la Comisión Europea ha impuesto a los vehículos eléctricos fabricados en China. Si el modelo prospera, España gana empleo industrial; si fracasa por tensiones regulatorias, el capital se retira tan rápido como llegó.

El eje que conecta la economía bilateral con la cumbre de Pekín de esta semana es precisamente el comercio. Trump y Xi llevan meses negociando la geometría de sus intercambios después de que los aranceles estadounidenses llegaran al 140% antes de la tregua de Busán de octubre de 2025. Lo relevante no es si la guerra comercial termina (los dos bandos necesitan que se atenúe), sino en qué términos. Para España, una estabilización duradera es la condición necesaria para que sus apuestas sean rentables: los puertos españoles, donde COSCO Shipping Ports opera en València, Bilbao y Zaragoza generando más de 300 millones de euros anuales, son terminales de flujos globales de mercancías. Cuando el comercio EE. UU.-China se tensiona, esos flujos se interrumpen o se desvían; cuando se normaliza, València recupera su papel de primer hub del Mediterráneo occidental. España tiene, por tanto, un interés estructural muy concreto en que la sala de Pekín produzca acuerdos y no declaraciones vacías.

"Wang valoró «la política proactiva y pragmática del Gobierno español hacia China» como ejemplo de cooperación «en un turbulento panorama internacional»"
Pero la dimensión más sofisticada de la jugada española, más que económica, es política y de posicionamiento. Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores de China, fue explícito sobre lo que Pekín espera en su reunión con Albares el pasado octubre: visitas anuales de alto nivel, un "terreno de juego equilibrado" en inversiones y licitaciones, y que España funcione como correa de transmisión hacia las instituciones europeas. Wang valoró "la política proactiva y pragmática del Gobierno español hacia China" como ejemplo de cooperación "en un turbulento panorama internacional". La firma del Mecanismo de Diálogo Estratégico Diplomático en abril (el mismo instrumento que tienen Berlín y París, y no por coincidencia) coloca a España formalmente en el grupo de los tres interlocutores europeos privilegiados de Pekín. Si Trump y Xi producen hoy una estabilización, España puede reclamar legitimidad como facilitadora; si la tensión se mantiene, Madrid tiene un canal de comunicación con Pekín que muy pocas capitales europeas poseen.

El Real Instituto Elcano, en su análisis de la política informal española hacia China, la describe como "coherente, europeísta, equilibrada, pragmática y precavida". Esos cinco adjetivos, más que elogios vacíos, son la descripción de una estrategia que navega entre compromisos incompatibles con notable habilidad técnica. España es miembro pleno de la OTAN, depende de la inteligencia transatlántica y tiene fuerzas desplegadas bajo mando aliado; al mismo tiempo, ha firmado una Asociación Estratégica Integral con China y ha elevado el diálogo ministerial a nivel permanente. Albares ha sido explícito en pedir reciprocidad y acceso igualitario a licitaciones chinas (reconociendo implícitamente que la relación tiene asimetrías que corregir), y el Gobierno mantiene la retórica de complementariedad con la posición europea, que sigue calificando a China como "socio, competidor y rival sistémico" simultáneamente. Esa tensión no es hipocresía diplomática: es la condición de posibilidad de la propia estrategia.

Lo que Trump y Xi decidan esta semana en Pekín sobre Taiwán, Irán y el acceso tecnológico determinará en buena medida el espacio de maniobra que queda para el resto. Si la cumbre produce lo que el Instituto de Estudios de Seguridad de la UE llama una "estabilización táctica", España mantiene su posición de puente con valor añadido para ambas potencias. Si produce algo cualitativamente distinto (un G2 de facto con agenda compartida), el espacio para los mediadores se comprime: Washington y Pekín negociarían el tablero directamente y los intermediarios perderían relevancia. Es el riesgo real de una estrategia bien construida que depende de que la rivalidad entre sus dos polos principales se mantenga gestionable, pero no resuelta.

"La estabilidad como activo, no la ideología: ese es el lenguaje que Pekín usa con sus interlocutores más sofisticados"
El presidente chino le dijo a su homólogo español en abril que ambos países deben "aprovechar las oportunidades, impulsar el desarrollo innovador" y que sus relaciones, "a pesar de los constantes cambios y turbulencias internacionales, han avanzado de manera sostenida, aportando estabilidad a las relaciones entre China y Europa". La estabilidad como activo, no la ideología: ese es el lenguaje que Pekín usa con sus interlocutores más sofisticados. España lo ha recibido y lo ha devuelto en la misma clave. En el presente, cuando el sistema internacional se está reordenando a una velocidad inédita desde 1989, apostar por ser un nodo de estabilidad en lugar de un actor reactivo es, en sí mismo, una forma de proyección de poder proporcional a las capacidades reales del país.

Felipe González fue a ver a Deng Xiaoping con la economía como única brújula. Cuarenta años después, su propio partido gobierna con una estrategia mucho más elaborada, que incluye esa economía, pero también la energía, la logística, la diplomacia multilateral y el posicionamiento en el nuevo orden que se está negociando. La pregunta que España no puede evitar (y que la sala de Pekín de hoy obliga a plantearse con premura) trasciende la cuestión de si se debe confiar en China o en EE. UU. Es, por tanto, algo más exigente: qué clase de actor quiere ser cuando los grandes se pongan de acuerdo sin pedirle opinión. Esa es la pregunta que González, en 1985, no tuvo que responder. Sánchez no tendrá esa suerte.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación