Se llevaba varias semanas rumoreando, pero finalmente el lunes pasado Bruselas anunció que
prohibirá la financiación pública de proyectos renovables que contengan inversores solares fabricados en países de alto riesgo. Básicamente, en China.
Un inversor es un equipo que convierte la corriente continua generada por las instalaciones renovables en corriente alterna que se pueda inyectar a la red eléctrica. En el fondo, es el "cerebro" de la instalación solar.
Son equipos muy sofisticados, monitorizables y operables a distancia. Cuando ustedes ven en su móvil lo que está generando su instalación de autoconsumo,
es gracias al inversor.
Esta restricción a la financiación de inversores solares y, al parecer, también de BMS de los sistemas de almacenamiento (con una función similar), se circunscribe a
dos problemáticas distintas, aunque entrelazadas. La primera, y la que pretende justificar la medida,
es la ciberseguridad. Los inversores solares pueden ser operados en remoto por sus fabricantes y recopilan una enorme cantidad de datos
. Potencialmente, suponen un riesgo de ciberataques e, incluso, de ataque directo al sistema eléctrico europeo mediante una paralización general de todos los inversores de una marca o fabricados en un país.
De hecho, siempre me resultó curioso que durante los primeros días después del apagón ibérico, cuando se difundieron todo tipo de teorías conspirativas,
no se dijese que el apagón se había producido porque los chinos habían parado todos los inversores. Probablemente los difusores de bulos no conocían que eso era posible. Hubiese sido falso, pero era incluso
más verosímil que otras cosas que se dijeron.
"Es importante señalar lo extremadamente improbable que es que China decidiese un día desconectar todos los inversores de Europa y provocar un apagón"
El riesgo existe, pero creo que es importante señalar lo extremadamente improbable que es que China decidiese un día desconectar todos los inversores de Europa y provocar un apagón. Sería básicamente como
una declaración de guerra, con consecuencias diplomáticas y comerciales incalculables. Solo en un escenario bélico o prebélico algo así sería verosímil.
La desconfianza hacia proveedores chinos y, específicamente,
hacia la empresa Huawei,
no es nueva ni específicamente europea. En EE. UU. comenzaron las restricciones a Huawei en 2019, primero prohibiendo su uso en equipos del Gobierno, después limitando su acceso a subvenciones federales y, finalmente, se produjo un veto fáctico que acabó extendiéndose a gran parte de la economía estadounidense.
De la misma manera, muchos en Europa han apostado por hacer lo mismo y se han establecido restricciones nacionales (en Lituania, por ejemplo) o hemos asistido a determinadas polémicas, como
el contrato que hace un año tuvo que cancelar el Ministerio de Defensa español con Huawei después de ganar una licitación.
Sin embargo, existen serias sospechas de que
se puede estar ocultando un objetivo proteccionista detrás de las restricciones por ciberseguridad. El pasado mes de enero, el Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea publicó este informe que apostaba por limitar la influencia china en las infraestructuras críticas, entendiendo la influencia no solo como una cuestión de acceso a información e interoperabilidad de infraestructuras críticas, sino también como
influencia por inversión económica y control de las cadenas de suministro.
Además, la preocupación de Europa por el riesgo de desindustrialización del continente es evidente y se puede detectar en prácticamente cualquier declaración de los responsables europeos. Europa quiere relocalizar producción industrial,
quiere protegerse más comercialmente, pero no acaba de encontrar la manera de hacerlo sin desatar los problemas y las ineficiencias que acarrearía un proteccionismo burdo y generalista que, además,
iría en contra de sus valores.
"Europa se siente amenazada por el potencial tecnológico chino, pero lo necesita, al menos a corto y medio plazo"
Europa, sometida a una nueva crisis energética y sin recursos fósiles relevantes, necesita reducir su dependencia del petróleo y del gas, pero para hacerlo tiene que recurrir a la tecnología china. Es decir:
paneles, baterías, coches eléctricos, pero también componentes para estas tecnologías se importan de China. En pocas palabras, Europa se siente amenazada por el potencial tecnológico chino, pero lo necesita, al menos a corto y medio plazo.
El paso dado por la Comisión Europea no ha gustado nada en China, que ya antes de oficializarse la medida se quejó de que estábamos ante
una medida proteccionista e injustificada y amenazó con contramedidas.
Estas contramedidas, en función de lo contundentes que sean, podrían comprometer a muchas industrias europeas. Más de una vez, China ha utilizado, por ejemplo,
restricciones a la exportación de tierras raras; la última, como respuesta a los aranceles de EE. UU.
Más allá de las consecuencias económicas, no podemos ignorar la situación de conflicto geopolítico que tiene Europa en sus distintas fronteras. A la situación de conflicto directo con Rusia se ha sumado este último año
una relación cada vez más problemática con EE. UU., que no tiene ningún viso de mejorar; más bien al contrario. Los próximos dos años y medio pueden ser muy duros en este sentido, porque el presidente americano no es alguien a quien se le apacigüe con concesiones. Es más, se ha demostrado que
la única manera de frenarlo es mostrando contundencia y fuerza. No olvidemos que, antes de meterse en el avispero iraní, pretendía anexionarse un territorio de un país de la UE, por no hablar de su política descarada de dividir a la UE ayudando a partidos antieuropeístas.
Por si fuera poco, los problemas en Oriente Medio han abierto un frente geopolítico nuevo. En este contexto,
¿puede permitirse la UE iniciar hostilidades con China? A priori, parecen demasiados frentes para
un continente dividido y con una débil gobernanza.
En términos generales, parece razonable que Europa quiera mantener el control sobre
cuestiones críticas. En el caso de los inversores, además, perfectamente podría prescindir de los fabricantes chinos, ya que, a pesar de que
los dos principales fabricantes de inversores del mundo son chinos (Huawei y Sungrow), en Europa tenemos a tres de los principales fabricantes mundiales de inversores:
la alemana SMA, la austriaca Fronius y la española Power Electronics.
El caso de Power Electronics es paradigmático. El 70% de su facturación viene de ventas a EE. UU., donde, recordemos,
Huawei está vetado, y otra parte relevante de su negocio está en Australia y el Reino Unido, con preocupaciones similares. Sin embargo, su porcentaje de negocio en Europa es modesto. Tenemos, por tanto, capacidad productiva suficiente para satisfacer las necesidades europeas, pero no lo hacemos porque el producto europeo es algo más caro. No obstante, la diferencia no es tan relevante: para un parque solar
utility-scale,
la diferencia entre usar un inversor chino o uno europeo podría ser un encarecimiento de escasamente un 1%. Nada que no sea asumible.
"No podemos arriesgar una transición energética que necesitamos urgentemente y mantener una dependencia de los combustibles fósiles"
Sin embargo, Europa necesita paneles solares y baterías chinas o, al menos, sus componentes básicos:
células solares y celdas de baterías. En Europa ya no tenemos (o aún no hemos desarrollado) estas capacidades productivas. Es legítimo que queramos usar producto europeo, sobre todo en cuestiones críticas, pero no podemos arriesgar
una transición energética que necesitamos urgentemente y mantener una dependencia de los combustibles fósiles que es peor y más irresoluble que la dependencia de la tecnología extranjera.
Veremos en qué queda la revisión de la ley de ciberseguridad europea y hasta qué punto la presión proteccionista de la industria europea acaba condicionando o sumándose a otras preocupaciones legítimas.
En todo caso, convendría gestionar estas cuestiones con cabeza fría y priorizando el diálogo franco al conflicto. China debe entender que Europa tiene la legítima aspiración de seguir siendo una potencia industrial y de tener control sobre cuestiones sensibles.
Igual que China impuso el modelo de la joint venture y la transferencia tecnológica para atraer inversiones desde la época de Deng Xiaoping, Europa hoy aspira a un modelo industrial con garantías europeas y se pueden buscar modelos de colaboración entre China y Europa que puedan funcionar con un nivel razonable de confort para ambas partes. Sin embargo, Europa debe tener cuidado de no abrir un nuevo conflicto geopolítico que haría aumentar la dependencia de quienes hoy nos son sutil o indisimuladamente hostiles.