

"España no lidera una coalición europea a favor de una redistribución inmediata del poder institucional, ni dispone del peso suficiente para imponer ese debate en la agenda comunitaria"El presidente Sánchez verbaliza en Pekín una cuestión que muchos dirigentes europeos discuten en privado. Esta iniciativa sitúa a España en un espacio diferenciado dentro de la UE: se nos percibe como un país que aspira a representar una sensibilidad más abierta hacia el sur global y menos alineada automáticamente con los consensos tradicionales del eje franco-alemán. Ahora bien, esa singularidad tiene límites claros. España no lidera una coalición europea a favor de una redistribución inmediata del poder institucional, ni dispone del peso suficiente para imponer ese debate en la agenda comunitaria. Esta acción necesitaría coherencia en la estrategia exterior, una unidad de acción entre economía, defensa y asuntos exteriores, así como un presupuesto relevante. Más que marcar un camino, Madrid está ensayando un posicionamiento discursivo propio, coherente con su proyección mediterránea y latinoamericana, pero todavía sin un respaldo europeo sólido detrás. En suma, España gana visibilidad y coherencia narrativa en el cuarto viaje a la capital china. El discurso refuerza la imagen de un país que defiende el multilateralismo, la reforma del orden internacional y una relación menos jerárquica entre norte y sur. En términos diplomáticos, eso facilita la interlocución con China y con muchos de los países cansados de la globalización norteamericana. En el sur global reclaman inversiones, pero también un espacio para ejercer el poder político.
"China escucha a Madrid cuando le conviene, no porque España haya conquistado un lugar en la geometría estratégica china"Sin embargo, conviene no confundir buenas relaciones con relaciones equilibradas. España y China mantienen un vínculo diplomático fluido, con intercambios comerciales crecientes y una agenda de cooperación que abarca desde la energía hasta la cultura. Pero esa relación no es bilateral en sentido estricto: es asimétrica en términos estructurales. China es la segunda economía mundial, un actor con presencia sistémica en Asia, África y América Latina, y una potencia nuclear con asiento permanente en el Consejo de Seguridad. España es un país mediano, con influencia regional y cultural, pero sin capacidad de proyección global comparable. En ese marco, el discurso del "puente" o de la "voz diferenciada" tiene valor simbólico, pero escasa capacidad de incidencia real sobre las decisiones de Pekín. China escucha a Madrid cuando le conviene, no porque España haya conquistado un lugar en la geometría estratégica china.
"Invitar a un orden más justo desde Pekín es legítimo. Creer que esa reivindicación reequilibra la relación bilateral es, en cambio, una ilusión bien intencionada"En suma, España apuesta por el perfil propio, más que por el poder estructural. Tiene lógica como posicionamiento a medio plazo, pero requiere algo más que elocuencia diplomática: necesita propuestas concretas, coaliciones reales y una lectura honesta del lugar que ocupa España en el tablero global. Y no me cansaré de reivindicar una España geopolítica, aquella que destina recursos, procesos y valores a discutir —y defender— nuestra posición en el mundo. Invitar a un orden más justo desde Pekín es legítimo. Creer que esa reivindicación reequilibra la relación bilateral es, en cambio, una ilusión bien intencionada.

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