Martes, 28 de julio de 2026
LA ESTRATEGIA CHINA

España en Pekín y los límites del discurso de Sánchez sobre el orden internacional

España quiere proyectarse como una voz propia en el debate sobre la reforma del orden internacional. Para el catedrático de Relaciones Internacionales Juan Luis Manfredi, esta es una apuesta que tiene sentido narrativo, encaja con su perfil mediterráneo y latinoamericano y puede darle margen simbólico. Pero también expone que Madrid no lidera una "coalición europea" ni tiene "el peso suficiente" para alterar por sí sola la geometría del poder global.

Juan Luis Manfredi Juan Luis Manfredi 22 de abril de 2026
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La delegación española es recibida en Pekín por el presidente Xi Jinping y su equipo. | Li Xiang / Xinhua News / Europa Press
La delegación española es recibida en Pekín por el presidente Xi Jinping y su equipo. | Li Xiang / Xinhua News / Europa Press
El diagnóstico del presidente Pedro Sánchez, en términos estructurales, es acertado: el sistema de gobernanza internacional refleja un equilibrio de poder propio de la posguerra y, en algunos casos, del final de la Guerra Fría. El peso demográfico, económico y político del llamado sur global no se corresponde con su representación en instituciones como el FMI, el Banco Mundial o el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Desde ese punto de vista, su declaración es una constatación ampliamente compartida por académicos y diplomáticos de distintas tradiciones ideológicas.

La cuestión más delicada, pues, no es el diagnóstico, sino el timing y el escenario. La competencia estratégica entre EE. UU. y China fuerza la posición europea, cuando las relaciones transatlánticas están en un momento delicado. En un contexto de rivalidad, plantear en Pekín una cesión de cuotas por parte de Occidente puede interpretarse menos como una reflexión reformista y más como un gesto político cargado de ambigüedad. España no está sola en este planteamiento, pero sí adopta un tono más explícito que la mayoría de sus socios europeos. Francia, Alemania o incluso EE. UU. han reconocido en distintos foros la necesidad de reformar las instituciones internacionales. Las reformas de la gobernanza global requieren consensos amplios y un entorno de mínima confianza multilateral. En el actual proceso de desglobalización, no se da ninguna de las dos condiciones. No se espera un proceso gradual o condicionado de reforma del sistema, ya sea en Naciones Unidas, la OMC o los bancos multilaterales, sino una ruptura abrupta.

"España no lidera una coalición europea a favor de una redistribución inmediata del poder institucional, ni dispone del peso suficiente para imponer ese debate en la agenda comunitaria"
El presidente Sánchez verbaliza en Pekín una cuestión que muchos dirigentes europeos discuten en privado. Esta iniciativa sitúa a España en un espacio diferenciado dentro de la UE: se nos percibe como un país que aspira a representar una sensibilidad más abierta hacia el sur global y menos alineada automáticamente con los consensos tradicionales del eje franco-alemán. Ahora bien, esa singularidad tiene límites claros. España no lidera una coalición europea a favor de una redistribución inmediata del poder institucional, ni dispone del peso suficiente para imponer ese debate en la agenda comunitaria. Esta acción necesitaría coherencia en la estrategia exterior, una unidad de acción entre economía, defensa y asuntos exteriores, así como un presupuesto relevante. Más que marcar un camino, Madrid está ensayando un posicionamiento discursivo propio, coherente con su proyección mediterránea y latinoamericana, pero todavía sin un respaldo europeo sólido detrás. En suma, España gana visibilidad y coherencia narrativa en el cuarto viaje a la capital china. El discurso refuerza la imagen de un país que defiende el multilateralismo, la reforma del orden internacional y una relación menos jerárquica entre norte y sur. En términos diplomáticos, eso facilita la interlocución con China y con muchos de los países cansados de la globalización norteamericana. En el sur global reclaman inversiones, pero también un espacio para ejercer el poder político.

"China escucha a Madrid cuando le conviene, no porque España haya conquistado un lugar en la geometría estratégica china"
Sin embargo, conviene no confundir buenas relaciones con relaciones equilibradas. España y China mantienen un vínculo diplomático fluido, con intercambios comerciales crecientes y una agenda de cooperación que abarca desde la energía hasta la cultura. Pero esa relación no es bilateral en sentido estricto: es asimétrica en términos estructurales. China es la segunda economía mundial, un actor con presencia sistémica en Asia, África y América Latina, y una potencia nuclear con asiento permanente en el Consejo de Seguridad. España es un país mediano, con influencia regional y cultural, pero sin capacidad de proyección global comparable. En ese marco, el discurso del "puente" o de la "voz diferenciada" tiene valor simbólico, pero escasa capacidad de incidencia real sobre las decisiones de Pekín. China escucha a Madrid cuando le conviene, no porque España haya conquistado un lugar en la geometría estratégica china.

Esto no invalida la apuesta española, pero obliga a calibrarla con más precisión. El primer riesgo es sobreestimar la capacidad de mediación. Ser un "puente" no depende solo de la voluntad, sino del reconocimiento por parte de los otros actores. Ni China ni EE. UU. han mostrado especial interés en intermediarios europeos en su rivalidad estratégica. El segundo riesgo es generar suspicacias dentro de la UE y la OTAN, especialmente si este discurso no se anticipa a socios clave. Proyectarse en Pekín con este mensaje puede diluir la posición europea común en un momento en que la unidad es un activo estratégico. España puede ganar espacio simbólico, pero corre el riesgo de perder influencia real si ese posicionamiento no se traduce en propuestas compartidas y apoyadas por los socios europeos. En este sentido, el silencio estratégico de China respecto de Ucrania es intencionado.

La Administración Trump añade una variable adicional. No está interesada en el orden liberal internacional, sus instituciones ni sus repartos. Los EE. UU. de hoy han levantado el ancla y navegan por los mares de la anarquía. Han pasado a otra fase diplomática. No habrá redistribución sustancial del poder global, sino desmantelamiento silencioso de los marcos multilaterales que lo sustentaban. Sin embargo, en plena competencia estratégica, Washington espera de sus aliados europeos una contribución neta. En palabras de Marco Rubio, quiere socios, no aliados. La visita de Sánchez no rompe alianzas, pero añade fricción. Refuerza la percepción de que Europa —y España en particular— busca autonomía estratégica también en el plano narrativo.

"Invitar a un orden más justo desde Pekín es legítimo. Creer que esa reivindicación reequilibra la relación bilateral es, en cambio, una ilusión bien intencionada"
En suma, España apuesta por el perfil propio, más que por el poder estructural. Tiene lógica como posicionamiento a medio plazo, pero requiere algo más que elocuencia diplomática: necesita propuestas concretas, coaliciones reales y una lectura honesta del lugar que ocupa España en el tablero global. Y no me cansaré de reivindicar una España geopolítica, aquella que destina recursos, procesos y valores a discutir —y defender— nuestra posición en el mundo. Invitar a un orden más justo desde Pekín es legítimo. Creer que esa reivindicación reequilibra la relación bilateral es, en cambio, una ilusión bien intencionada.

Este análisis es una extensión de la opinión de Juan Luis Manfredi es este artículo.
Juan Luis Manfredi
Juan Luis Manfredi
Catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha.
Antiguo catedrático Príncipe de Asturias en Georgetown University. Autor de 'Urban Diplomacy. A Cosmopolitan Outlook' (Brill, 2021) y de 'Diplomacia corporativa: la nueva inteligencia directiva' (UOC Editorial, 2018).
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