

Aunque parece estabilizarse, la erosión de las democracias es un hecho sustentado en una lenta pero persistente regresión. Distintos estudios apuntan a causas diversas. Uno de ellos pone el acento en las acciones lesivas de los líderes de gobiernos elegidos democráticamente. Otro, sin perder de vista a los líderes, pone el foco en los partidos y sus dirigentes, que abandonan su función de guardarraíles de la democracia, o en algunas debilidades institucionales explotadas por los propios actores políticos. Otros estudios señalan que la globalización y las crecientes desigualdades (recuerde el trilema de Rodrik) generan el caldo de cultivo para descreer en la democracia, especialmente cuando hay economías pujantes de países no democráticos que pueden servir de modelo (singularmente a la juventud). Otras explicaciones se centran en la polarización, la transformación del ecosistema mediático con el consumo digital o el cambio de valores que conduce a que parte de la población normalice el apoyo a formaciones cuyos líderes muestran un apoyo frágil a la democracia.
No se trata de un asunto baladí ni que preocupe solo a un puñado de académicos. A pesar de que España sale bien parada en las clasificaciones internacionales, el estudio 3554 del CIS de febrero de 2026 revelaba que el 77% de la población cree que existe "mucho o bastante deterioro de la democracia en estos momentos en España", asunto que además preocupa mucho al 82% de la ciudadanía. Y esto ocurre en un contexto generalmente favorable a la democracia, aunque el apoyo varía según cómo se pregunte a la ciudadanía.
El CIS, por ejemplo, pregunta en diciembre de 2024 por el grado de acuerdo con la frase "la democracia puede tener problemas, pero siempre es preferible a cualquier otra forma de gobierno" (Estudio 3490, pregunta 6). Las personas que encuestan para el CIS tienen la instrucción de no leer a las personas entrevistadas la opción "ni de acuerdo ni en desacuerdo", lo que genera una respuesta bipolar en sus encuestas: acuerdo o desacuerdo. Así, el apoyo firme a la democracia en España es del 87%, según el CIS. Es un apoyo notable.
"Este 33% es el grupo que no cree firmemente en la democracia como forma de gobierno o que, dicho de otra manera, muestra un apoyo frágil o dubitativo"Pero cuando se permiten matices abiertamente en la respuesta, aparecen grados de apoyo a la democracia que pueden hacernos pensar. Así se ha hecho en una encuesta a representantes políticos y ciudadanía que ha realizado un grupo de académicos en 2025. Con una ligera diferencia respecto a los datos del CIS, un 9% de la ciudadanía española entiende que hay alternativas mejores a la democracia y un 24% tiene dudas al no estar ni de acuerdo ni en desacuerdo con la frase "la democracia puede tener muchos problemas, pero es mejor que cualquier otra forma de gobierno". En términos analíticos, este 33% es el grupo que no cree firmemente en la democracia como forma de gobierno o que, dicho de otra manera, muestra un apoyo frágil o dubitativo, ya que, al tener la opción de elegir, no muestra un apoyo claro a la democracia.
Veamos ahora a los representantes de la ciudadanía en las cámaras legislativas. Al tratarse de actores principales del funcionamiento de la democracia, quizá convenga conocer un poco mejor quiénes muestran un apoyo más débil a la democracia como forma de gobierno. La comparación con la ciudadanía no puede ser equivalente, puesto que sus señorías tienen un perfil social más homogéneo que la población. Destaco solo algunos aspectos estadísticamente relevantes.
"El apoyo frágil a la democracia encaja con una forma de ver la política legislativa más impositiva o autoritaria que inclusiva"Es más frecuente encontrarlos en Vox (25%) o en JxC (18%) que, por ejemplo, en el PP (5%) o en el PSOE (1%), donde el apoyo férreo a la democracia está más extendido. Las bolsas de apoyo débil a la democracia se encuentran más frecuentemente entre aquellos representantes que muestran una ideología inclinada hacia el polo más conservador (posiciones nueve y diez en la escala ideológica de cero a diez). No hay diferencias significativas por sexo, edad, tipo de estudios universitarios o cámara en la que se ejerce la representación de la ciudadanía. Pero sí que hay una asociación con lo que se podría denominar la actitud hacia el acuerdo con los rivales. El apoyo frágil a la democracia encaja con una forma de ver la política legislativa más impositiva o autoritaria que inclusiva, más favorable a promover una ley que refleje las ideas propias, aunque sea rechazada por otros partidos, que a apostar por una ley en la que se ha cedido, pero que otros rivales también terminan apoyando.
Vayamos a lo que hasta ahora parece el escenario político más probable en España. PP y Vox han pactado legítimamente un gobierno en Extremadura. Todo parece indicar que harán lo mismo en Aragón y Castilla y León. Probablemente, también lo harán en Andalucía si Juanma Moreno Bonilla lo necesitara, algo que está todavía por ver. Estos escenarios autonómicos pueden ser el preludio de lo que puede acontecer en España tras unas elecciones generales.
Alternativamente, los acontecimientos recientes (encuentro de Barcelona con los líderes mundiales de la izquierda, oposición firme a la postura bélica de Trump, pero también la marcha de la economía a pesar de los problemas existentes: vivienda, por ejemplo) pueden hacer que la balanza electoral se incline hacia las formaciones de izquierda si la participación aumenta.
En una parte del espectro político y en otra, conviene prestar atención al grado en que la ciudadanía y sus representantes apoyan la democracia. ¿Se imagina gobiernos cuyos miembros o sus apoyos principales muestran un apoyo débil o titubeante a la democracia? Según algunos estudios indicados antes, este es uno de los momentos en que las democracias comienzan el camino hacia el fracaso. Ejemplos actuales en el mundo no nos faltan.
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