A las puertas de la Navidad todo rezuma el deseo de la felicidad para los propios y quizá para los ajenos también. Se trata de un sentimiento y una aspiración, un deseo, un valor que orienta nuestras acciones en la medida en que buscamos ser felices. O algo que se le parezca. España es un país en general feliz. El World Happiness Report de 2024 nos ubica en el puesto 38 del conjunto de 147 países y los elementos que, según este estudio, más influyen en la felicidad de la ciudadanía parecen ser el apoyo social (sentirse parte de una comunidad) y la renta.
Los países más felices son los nórdicos europeos. Un
estudio reciente de la Universidad de Castilla-La Mancha señala que aunque los españoles somos felices (7,17 en la escala), Navarra, Cantabria, Castilla-La Mancha (con Ceuta) son las autonomías más felices,
mientras que Cataluña, Andalucía y Murcia (con Melilla) parecen ser las más infelices.
"El 'World Happiness Report' de 2024 nos ubica en el puesto 38 del conjunto de 147 países, destacando elementos como el apoyo social y la renta"
El estudio 3518 (julio de 2025) del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) señala
una media de felicidad subjetiva de 7,8 en la ciudadanía española en una escala de cero (completamente infeliz) a diez (completamente infeliz).
Dos tercios (64%) se ubican en las posiciones entre el ocho y el diez, mientras que solo el 1% se posiciona en el equivalente del polo de la infelicidad.
Esta es la tónica dominante a lo largo de los años según el CIS:
desde 2013 la media de felicidad de los españoles/as está por encima de siete. O mentimos mucho o parece que, ciertamente, somos en general una sociedad feliz.
El estudio La felicidad de los españoles (Tecnos), coordinado por Julio Iglesias de Ussel y Rebeca de Juan, afina con encuestas
los elementos que explican mejor las cotas mayores de felicidad subjetiva en España: ingresos altos, empleo estable, buena salud, estar emparejado, sentirse arropado por una comunidad (capital social) y tener buenas expectativas de futuro (optimismo). En corto:
si eres pobre, soltero o soltera, trabajas en precario, no tienes buena salud, ves el futuro negro y no te sientes parte de un entramado social,
tienes todos los números para sentirte infeliz.
No es tan habitual el análisis de la felicidad por barrios políticos comparando la ciudadanía y sus representantes. En 2025 hicimos una encuesta a una muestra de representantes políticos y a la ciudadanía. La de ciudadanos se hizo en julio de 2025, pero la uso aquí en lugar de la del CIS por comparabilidad con la de los parlamentarios y parlamentarias, que se concluyó en septiembre.
Se pidió a los entrevistados que se ubicaran en una escala de felicidad de cero (infeliz) a diez (feliz). Los representantes se declaran, por término medio, más felices (7,8) que la ciudadanía (6,8). Y
aquí no hay diferencias por partido. [La diferencia con la encuesta del CIS puede deberse a variaciones muestrales].
Pero la diferencia es más intensa cuando hacemos la escala más manejable y agrupamos las respuestas entre quienes están en el polo de los muy felices (entre siete y diez), los moderadamente felices (de cuatro a seis)) y quienes se ubican en el polo de los poco felices (o infelices, entre cero y tres). Entre los parlamentarios, el 88% se sienten muy felices, mientras que solo el 2% se ubican en el polo de los menos felices. Por el contrario, un décimo de la población a la que representan conforma la bolsa de infelices, al tiempo que casi tres cuartos de la población se ubican en el polo de la felicidad.
"Entre los parlamentarios, el 88% se sienten muy felices, mientras que solo el 2% se ubican en el polo de los menos felices"
Hay diferencias por partido, pero solo son significativas en el caso de la población, no de sus representantes, donde hay más homogeneidad. Tanto los votantes del PP como sus representantes aparecen como los más felices de entre los cuatro partidos más grandes. Les siguen los del PSOE a unas décimas de diferencia. Las tornas se invierten entre los más pequeños de los partidos grandes: la ciudadanía que declara haber votado a Vox es la que menos feliz se siente por término medio, aunque sus representantes dicen ser felices —en niveles parecidos a los del PSOE—. Por el contrario, los y las representantes del espacio Sumar/Podemos se muestran como los menos felices, aunque sus votantes declarados no lo son. La distancia más importante se da entre los electores y representantes de Vox. Los votantes declarados de este partido son los que presentan la bolsa de infelices más elevada (18%), por encima de la del PP (8%), PSOE (11%), o el espacio Sumar (12%). ¿En qué medida ese voto creciente a Vox es un reflejo de la insatisfacción con la vida? ¿Por qué Vox parece ser capaz de capitalizar esa infelicidad mejor que otras formaciones?
Algunos estudios internacionales señalan que la felicidad (medida de maneras diferentes) suele ir asociada a posturas religiosas e ideológicamente conservadoras. Otros señalan que esto es así en la medida en que el entorno sociopolítico del individuo (por ejemplo, en un país con gobiernos conservadores) coincida con sus preferencias ideológicas. Otros estudios, en fin, advierten de que, en realidad, la ideología puede capturar otros fenómenos (por ejemplo, riqueza, religiosidad, etc.) que configuran una trama de factores que afectan, a través de la ideología, a la percepción de felicidad subjetiva.
Con los datos de encuesta que he utilizado para este artículo, no hay una asociación directa entre ideología y felicidad subjetiva. Para ser exactos, sí parece existir una cierta correlación (que no causación) estadísticamente significativa (p < 0,01), pero es tan débil (0.098) que se puede ignorar provisionalmente y a la espera de profundizar en los análisis. Donde sí parece haber una asociación es entre la clase social y la felicidad. Aunque la magnitud de la correlación no es para tirar cohetes (0,17, p < 0,001), se puede aventurar que a medida que aumentamos en la escala social (más estudios, más salarios, más calidad de empleo), más felices se declaran los entrevistados. Y, además, se observa que en el PP más de la mitad de sus votantes son de clase alta o media alta (52%) por un cuarto de clase media baja o baja (28%).
"El equilibrio mental del representante, su bienestar subjetivo y, en suma, su felicidad está relacionada con la desconfianza ciudadana percibida"
Parece que nuestros parlamentarios son felices o así se declaran al menos. En un texto que estudia el efecto de la desconfianza ciudadana en el quehacer político
se resalta la idea de que el equilibrio mental del representante, su bienestar subjetivo y, en suma, su felicidad está relacionada con la desconfianza ciudadana percibida. Resalto "percibida" porque se recurre a mecanismos de ocultación y negación de la realidad para el blindaje emocional que permita cierto equilibrio mental que sustente una buena dosis de felicidad. El fenómeno de la negación refuerza, dice el autor, James Weinberg,
el círculo vicioso generado por la desconexión con la ciudadanía y el aumento de la desconfianza en la política y los políticos.
En un artículo anterior se señaló que dos instituciones clave para la política española, el Congreso de los Diputados y los partidos políticos,
acumulan la desconfianza más elevada en comparación con otras instituciones. La tesis de Weinberg parece no cumplirse en el caso español: una elevada desconfianza ciudadana no termina de hacer mella en la felicidad del representante medio. Y
este es un asunto relevante en la medida en que tener gobernantes y representantes políticos felices puede tener un efecto positivo en el clima político, la toma de decisiones en pro del bien común, la gestión del conflicto político, el bienestar ciudadano. Hace más de doscientos años los constituyentes de Cádiz convirtieron la felicidad ciudadana en mandato constitucional en el artículo 13 de la Pepa: "
El objeto del gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de todos los individuos que la componen".
Se percibe, y con razón, que la faceta pública de la política española es altamente conflictiva y lo será más tras el inicio de un ciclo electoral largo en Extremadura. Sin embargo, el tono medio individual de los representantes (como el de la ciudadanía) es la felicidad. Inevitablemente, surge una pregunta: más allá del sesgo de deseabilidad social que puede haber en las respuestas a las encuestas, ¿es posible que, para una parte importante de la ciudadanía y sus representantes, el conflicto, la tensión, la radicalidad, sea fuente de felicidad?