

El objetivo siempre estuvo claro: armar un contrapeso contra la marejada global ultraconservadora y ultraliberal —comandada y promovida por Donald Trump— que lleva ya varios años azotando como un tsunami descontrolado. Así se propuso y así se celebró la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, en Barcelona, que organizó Pedro Sánchez y a la que asistió, pese a todo pronóstico, Claudia Sheinbaum.
La escena parecía algo menor: una cumbre progresista en la ciudad condal, buenas intenciones traducidas en discursos, fotos, abrazos, protocolo, medios de comunicación. ¿Nombres? Luiz Inácio Lula da Silva, Gabriel Boric, Gustavo Petro, Yamandú Orsi, además de ministros y otros cargos relevantes de la política internacional. Pero detrás de la liturgia política se jugaba algo más profundo: México (la segunda economía más potente de América Latina, solo por detrás de Brasil) se volvía a acercar a España, después de ocho años de gestos ásperos, de tensiones desgastantes, de cartas y palabras que se convirtieron en muros y no en puentes. En pocas palabras, el viaje de la presidenta mexicana al acto del presidente del Gobierno español fue más que una señal diplomática; fue una acción determinante que abre nuevos caminos en una de las relaciones más particulares e importantes entre Europa y América.
"Que Sheinbaum se sentara en Barcelona junto a Pedro Sánchez es un gesto que vale más que cien discursos"Como se ha dicho siempre —Carlos Fuentes (Premio Cervantes en 1987) fue un gran impulsor de esta idea—, la historia de México no puede ser entendida sin España, así como la de España tampoco sin la de México. Y, al margen de argumentos históricos, hoy, para Sheinbaum, España es la puerta de entrada a Europa. Más, en un mundo tan polarizado, en el que la geopolítica se recompone todos los días —sobre todo después de cada exabrupto o acción improvisada de Donald Trump—. Por lo tanto, que Sheinbaum se sentara en Barcelona junto a Pedro Sánchez es un gesto que vale más que cien discursos: es, en pocas palabras, una muestra de la voluntad conjunta de dos gobiernos para recomponer los puentes diplomáticos, abrir una vía para el diálogo y establecer que las diferencias ideológicas no pueden seguir emblandeciendo los cimientos de un vínculo histórico, político y comercial tan fuerte como el que une a México y a España.
"¿Cómo imaginar que ella iba a reunirse con el presidente del Gobierno español —tomando en cuenta que es una aliada incondicional de Donald Trump, a quien le regaló el Premio Nobel de la Paz—?"Ahora bien, ¿qué tiene eso que ver con la participación de la presidenta mexicana en la cumbre de Barcelona? Sencillamente, que México, finalmente, se ha alineado con los países que se asumen como un contrapeso a la fuerza impositiva y autoritaria que se ejerce en el mundo desde Washington. Ese gesto, y los quince minutos del discurso de Sheinbaum, representan mucho más que una participación en una cumbre de líderes mundiales bajo una misma causa, bandera o ideología; ese gesto define ya la posición de México en el escenario global, uno que, hasta hace muy poco, seguía siendo incierto.
En el terreno diplomático, las relaciones entre España y México gozan de incontables particularidades. Ahondar en ellas merecería un texto de dimensiones enciclopédicas, pues los puntos de hermandad y desencuentro son tantos —y obligan a la reflexión de las respectivas causas—. No obstante, hay dos nombres que merecen una especial mención, debido a que sus palabras y discursos rebasaron lo cultural y alcanzaron lo diplomático, lo filosófico y lo humano. Esos nombres son Carlos Fuentes y Octavio Paz. Ambos, ganadores del máximo galardón de las letras en español, es decir, el Premio Cervantes.
Tanto Fuentes como Paz profirieron sendos discursos en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares (Paz, en 1981; Fuentes, en 1987), que dieron una dimensión nueva al vínculo existente entre México y España hasta entonces. Grosso modo, Fuentes advirtió que México no podía renunciar a España sin perder parte de sí mismo; Paz, más crítico, veía en esa relación un espejo incómodo pero inevitable e indivisible.
"El carácter ideológico del mito de Cortés, es evidente, fue el arma de combate de un partido. Pero esas luchas pertenecen al pasado, hoy el mito pelea contra fantasmas"En la década de los ochenta, Octavio Paz (cinco años antes de ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1990) publicó en el diario ABC una pieza titulada Hernán Cortés: exorcismo o liberación, y en ella desmenuzaba, con una profundidad sublime, el mito del primer conquistador de lo que hoy llamamos México. Una de las citas más potentes de aquella publicación es: "El carácter ideológico del mito de Cortés, es evidente, fue el arma de combate de un partido. Pero esas luchas pertenecen al pasado, hoy el mito pelea contra fantasmas. Aparte de su irrealidad, el mito es nocivo porque, en lugar de unir divide a las conciencias. Su función es contraria a la del Cid, que fue un mito fundado en un personaje histórico, no menos dudoso que Cortés. Pero en tanto que el Cid unió a los españoles, Cortés divide a los mexicanos, envenena las almas y alimenta rencores anacrónicos y absurdos". Y el cierre es demoledor: "El odio a Cortés no es odio a España es odio a nosotros mismos".
"Hoy damos por superadas las diferencias, y abrimos una nueva etapa entre México y España"Pero ahora ya todo parece haber entrado en una nueva etapa; una de recomposición en el hermanamiento histórico. Claudia Sheinbaum, durante su intervención en la cumbre de Barcelona, dijo: "No hay una crisis diplomática con España, nunca la ha habido". Ella, siguiendo su línea conciliadora, lanzó esa frase para "apagar" cualquier "fuego" que pudiera arder respecto a las tensiones entre el Gobierno de Pedro Sánchez y el predecesor de la primera presidenta mexicana. Por otra parte, el presidente español, con un tono lapidario, dijo: "Hoy damos por superadas las diferencias, y abrimos una nueva etapa entre México y España".

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