Martes, 28 de julio de 2026
AGENDA PÚBLICA UE

Un desorden global acelerado a golpe de tuit

De Kissinger viajando en secreto a Pekín a un presidente estadounidense anunciando amenazas bélicas en su red social. Con esas dos escenas, el eurodiputado del EPP Adrián Vázquez Lázara resume la mutación de la diplomacia moderna. Bajo su punto de vista, la "inmediatez", la "sobreexposición" y la "lógica algorítmica", encarnadas en Donald Trump, están alterando la diplomacia, debilitando el orden internacional basado en reglas y obligando a Europa a pensar su seguridad colectiva también en el terreno cognitivo.

Adrián Vázquez Lázara Adrián Vázquez Lázara 15 de abril de 2026
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El presidente de EE. UU., Donald Trump, usa su teléfono móvil en el despacho oval. | Samuel Corum - Pool vía CNP / Zuma Press / Europa Press
El presidente de EE. UU., Donald Trump, usa su teléfono móvil en el despacho oval. | Samuel Corum - Pool vía CNP / Zuma Press / Europa Press
En 1971, Henry Kissinger viajó en secreto a Pekín. El asesor de seguridad americano alegó problemas intestinales en su visita oficial a Islamabad para, con la complicidad del presidente pakistaní, Yahya Khan, desplazarse a la capital china y reunirse con las autoridades de la República Popular China (RPC). Aquella visita clandestina, sin declaraciones públicas y sin ruedas de prensa, allanó el camino a la primera visita del presidente Richard Nixon a la China comunista. Un movimiento geopolítico que inauguró la normalización de las relaciones estadounidenses con el incipiente gigante asiático y sirvió para reconfigurar el equilibrio de la Guerra Fría.

Aquella discreción no era una anomalía en la configuración de las relaciones internacionales, sino que constituía un instrumento esencial para hacer posible el acuerdo entre diferentes. Kissinger lo sintetizó muy bien y con la precisión que le caracterizaba: la diplomacia es el arte de limitar el poder. Si todo es inmediato, si todo es un golpe de efecto comunicativo o una demostración de fuerza, no hay espacio para el matiz, el sosiego y la construcción de acuerdos sólidos y duraderos.

"El orden basado en reglas parece demasiado lento, demasiado rígido y demasiado analógico para un mundo que exige reaccionar siempre y a toda velocidad"
El pasado 7 de abril, cincuenta y cinco años después, en el contexto de la guerra de Irán, el presidente de la primera potencia mundial anunció en su red social personal que "toda una civilización morirá esta noche, para no volver a aparecer jamás". Horas más tarde, declaró una tregua como "victoria total y completa". Aquel ultimátum, lanzado desde Truth Social con la misma gramática con la que un ciudadano anónimo expresaría su indignación cotidiana, va más allá de un simple cambio de estilo. Es el síntoma más visible de una transformación estructural que lleva décadas gestándose, pues la diplomacia clásica no se lleva bien con la inmediatez y la sobreexposición de las redes sociales. El resultado es el resentimiento del orden internacional basado en reglas. Demasiado lento, demasiado rígido, demasiado analógico para un mundo que exige reaccionar siempre y a toda velocidad.

Brexit, Cambridge Analytica y la geopolítica de las redes sociales

El Brexit fue el primer gran laboratorio de este nuevo orden. El referéndum del 23 de junio de 2016 se decidió por menos del 2% de los votos. En ese estrecho margen cabe toda una enorme discusión sobre si la democracia puede sobrevivir al big data.

Según la investigación concluida por el Parlamento británico, la empresa Cambridge Analytica accedió a los datos de 87 millones de perfiles de Facebook a través de una aplicación diseñada para construir perfiles psicológicos de votantes. Su objetivo declarado era identificar a los electores pro-remain (a favor de permanecer en la UE), simpatizantes de los partidos tradicionales y ciudadanos que no pensaban votar, para persuadirlos de apoyar el leave o simplemente para desmovilizarlos. Christopher Wylie, exdirector de investigación de la firma y principal delator del escándalo, declaró ante el Parlamento británico que, sin aquella operación de microsegmentación, el resultado hubiera sido diferente. Esa infraestructura de extracción de datos y microsegmentación reveló cómo actores privados y públicos podían influir potencialmente en una consulta que cambió el mapa geopolítico europeo.

Desde entonces, las redes sociales son una herramienta más en toda campaña electoral, hasta el punto de naturalizarse incluso como un arma más en el arsenal cotidiano de Putin para desestabilizar la Unión Europea o como una vía de radicalización directa para los grupos islamistas, multiplicando su capacidad de activar terminales terroristas en todo el planeta.

"La mera existencia de una regulación que proteja la democracia europea en el espacio digital es una buena noticia"
Su poder es tan evidente que el hombre más rico del mundo, Elon Musk, adquirió la actual X —plataforma con más de 600 millones de usuarios— con el objetivo declarado de incidir en el devenir de la política de su país y del resto del mundo. Las consecuencias no tardaron en llegar a la política europea. El 20 de diciembre de 2024, el ya propietario de la red social X y entonces asesor destacado del candidato republicano a la Casa Blanca publicó: "Solo la AfD puede salvar a Alemania", a pocas semanas de las elecciones federales germanas. El Gobierno alemán calificó las declaraciones de injerencia electoral. Unos 150 funcionarios de la Comisión Europea monitorizaron en tiempo real su posterior entrevista con la candidata de Alternativa por Alemania (AfD), Alice Weidel, para determinar si violaba la Ley de Servicios Digitales (DSA). La mera existencia de una regulación que proteja la democracia europea en el espacio digital es una buena noticia. Sin embargo, la respuesta institucional de la UE fue, en síntesis, simplemente observar, lo que evidenció que aún queda mucho para adaptar nuestras instituciones al nuevo tablero geopolítico digital.

Irán, Trump y la respuesta europea ante el nuevo desorden digital

El caso de Irán lleva esta lógica hasta sus últimas consecuencias. El ya mencionado mensaje de Trump ("toda una civilización morirá esta noche, para no volver a aparecer jamás. No quiero que eso ocurra, pero probablemente ocurrirá") hubiera producido verdaderos problemas intestinales a un arquitecto del viejo orden mundial como Kissinger de haberlo podido leer. La amenaza iba acompañada de otra, formulada dos días antes: "Abran el puto Ormuz, malditos locos, o vivirán en el infierno". En el mismo mensaje, y con la misma crudeza: "Gloria a Alá".

Las cancillerías europeas y asiáticas se vieron forzadas a analizar esos mensajes con la misma rigurosidad que un cable diplomático oficial. Un exasesor jurídico del Departamento de Estado advirtió que tales declaraciones podían interpretarse como una amenaza de genocidio bajo el derecho internacional. El secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que no existe objetivo militar que justifique la destrucción total de una sociedad. El mundo enmudeció ante la impotencia de las viejas instituciones internacionales, incapaces de articular una respuesta efectiva ante esta desgarradora forma de ejercer presión diplomática.

"Quien busca profundidad, dobles derivadas y 'finezza' florentina simplemente se queda fuera del análisis. El nuevo orden mundial no espera"
Menos de diez horas después del ultimátum, Trump anunció mediante otra publicación un alto el fuego, presentado como "victoria total y completa". Lo que durante horas fue tratado como una amenaza de destrucción masiva se convirtió en un comunicado más olvidado dentro de la cacofonía de las redes sociales. Sin deliberación en el Consejo de Seguridad, sin consulta con aliados europeos, sin procedimiento ante ningún organismo internacional.


La rigurosidad pausada y la prudencia verbal como viejas virtudes diplomáticas han sido desplazadas en la resolución del conflicto iraní. Antes, los comunicados debían redactarse, revisarse y validarse. Los cables diplomáticos pasaban por varios filtros. El protocolo era el verdadero expertise de los grandes diplomáticos. Esa lentitud cumplía una función porque enfriaba las crisis, abría nuevas salidas y daba tiempo a las partes para refinar los acuerdos. Hoy, quien se desconecta un par de horas se lo pierde; quien busca profundidad, dobles derivadas y finezza florentina simplemente se queda fuera del análisis. El nuevo orden mundial no espera. Las redes sociales han eliminado esa fricción deliberada. Y, al hacerlo, han convertido la impulsividad en un recurso ordinario de política exterior.

La paradoja nos apela a todos los defensores del liberalismo. Las democracias liberales construyeron el orden internacional sobre el supuesto de que más comunicación produce más entendimiento. Internet fue la encarnación tecnológica de ese sueño ilustrado. Pero el diseño algorítmico actual ha invertido esa lógica: más comunicación produce más fragmentación, más polarización y más susceptibilidad a la manipulación. La hipérbole no es una disfunción del sistema. Es, en muchos casos, una función incentivada por el modelo de negocio de las plataformas, que maximizan la atención, no la verdad ni el respeto a los hechos.

"El nuevo desorden global es precisamente eso: circular a más velocidad que la que soportan los viejos raíles de las instituciones internacionales clásicas"
Lo vemos en las evidencias. De acuerdo con el Informe de Riesgos Globales 2025 del Foro Económico Mundial, el 64% de los expertos anticipa un orden mundial fragmentado marcado por la competencia entre grandes potencias, y más de la mitad prevén inestabilidad en los próximos dos años. La OTAN ya reconoce la dimensión cognitiva como un nuevo dominio de la guerra. Lo que antes eran editoriales de periódicos son hoy algoritmos de recomendación con capacidad de movilizar electores, desestabilizar gobiernos y legitimar extremismos. El gran cambio de paradigma es doble: todo pasa más deprisa y todos tenemos más capacidad de incidencia relativa en todo lo que pasa. Las ventajas son evidentes, pero los riesgos son asimilables a los de un accidente de AVE porque, a más velocidad y más pasajeros, hay una magnitud mucho mayor en caso de descarrilamiento. El nuevo desorden global es precisamente eso: circular a más velocidad que la que soportan los viejos raíles de las instituciones internacionales clásicas.


La lección a extraer es que la Unión Europea no puede ser espectadora de esta transformación. Hemos aprobado la DSA, el instrumento regulatorio más avanzado del mundo en el ámbito de la responsabilidad de las grandes plataformas respecto al mundo real que les rodea y del que forman parte. Sin embargo, lo que verdaderamente necesitamos es cualitativamente diferente, o acabaremos cayendo en la impotencia de quien predica en el desierto.

Necesitamos, en primer lugar, un régimen de responsabilidad extraterritorial para agentes externos que intervengan en procesos electorales de los Estados miembros, que aumente nuestra capacidad de detectar y neutralizar contenido dirigido por potencias extranjeras contra los intereses estratégicos europeos. En segundo lugar, necesitamos reducir nuestra dependencia de infraestructuras informativas no europeas. La alternativa es vivir bajo el paraguas de otros y mojarnos si un día deciden retirarlo. Y, finalmente, necesitamos integrar la dimensión cognitiva en nuestra estrategia de seguridad colectiva, asumiendo que no se puede dar la batalla contra los gigantes del siglo XXI usando solo capacidades del siglo XX.

"Los europeos llevamos sesenta años cumpliendo y apostando pacientemente por la multilateralidad y el establecimiento de un orden internacional basado en reglas"
Kissinger también advertía de la importancia de construir una reputación de responsabilidad confiable para operar de manera firme y decidida en los asuntos internacionales. Sin ella, es muy difícil desplegar ningún tipo de inteligencia táctica a la hora de alcanzar acuerdos. Europa tiene esa reputación. Los europeos llevamos sesenta años cumpliendo y apostando pacientemente por la multilateralidad y el establecimiento de un orden internacional basado en reglas e instituciones. No podemos permitir que esa reputación y confianza en el orden frente a la anarquía se vean amenazadas por la retórica incendiaria de actores que han aprendido que, en el entorno digital, el escándalo no tiene coste, sino audiencia.


Esta convicción debe guiar a quien pierde las formas en redes, pero también a quien mide el éxito de su política internacional en el aumento de seguidores en redes. Europa puede y debe demostrar que aún es posible construir un tablero internacional donde las reglas importen, donde los hechos tengan peso y donde la diplomacia siga siendo, como quería Kissinger, el arte de limitar el poder.
Adrián Vázquez Lázara
Adrián Vázquez Lázara
Eurodiputado del PP
Es vicepresidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Parlamento Europeo. También es miembro de la Delegación de Relaciones con Estados Unidos y expresidente de la Comisión de Asuntos Jurídicos. Graduado en Relaciones Internacionales por la Lindenwood University y profesor asociado en ESADE.
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