Martes, 28 de julio de 2026
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Europa sigue expuesta al gas y al petróleo pese a su avance en renovables

Europa ha hecho parte de los deberes, pero ¿ha sido suficiente? La guerra en Irán y la tensión en torno al estrecho de Ormuz muestran, según la economista Eva Valle, que una parte sustancial de la economía europea todavía depende de combustibles fósiles que no controla. El resultado es conocido: suben los precios, cae el crecimiento y reaparece el debate sobre cuánto puede acelerar la transición energética sin dañar la competitividad.

Eva Valle Eva Valle 10 de abril de 2026
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Una refinadora de petróleo en Polonia trabaja a pleno rendimiento. | Karol Serewis / Zuma Press / ContactoPhoto
Una refinadora de petróleo en Polonia trabaja a pleno rendimiento. | Karol Serewis / Zuma Press / ContactoPhoto

La guerra en Irán y su impacto inmediato sobre los precios del gas y del petróleo han vuelto a colocar en el centro del debate económico la todavía elevada vulnerabilidad de las economías europeas a los shocks de oferta energéticos. No es la primera vez que un episodio geopolítico, ahora en Oriente Medio o hace cuatro años en Ucrania —por mencionar solo los más recientes—, provoca una crisis energética global que afecta de forma específica a economías tan diversificadas industrialmente como las europeas. Las consecuencias son conocidas: inflación importada y menor crecimiento, además de pérdida de renta real para hogares y empresas.

Además, estas consecuencias son mayores cuanto mayor sea la duración del conflicto —en este caso, aún incierta— y cuanto mayor sea el daño a las infraestructuras energéticas y a las cadenas de suministro (con aumentos en los costes logísticos, retrasos en el transporte y volatilidad en el suministro de inputs), algo particularmente relevante en esta ocasión, al ser el estrecho de Ormuz también un paso crítico de productos no energéticos para el comercio mundial y la zona del golfo un importante hub aéreo.

Las consecuencias en términos de inflación, menor crecimiento y pérdida de renta en economías muy dependientes e importadoras netas de combustibles fósiles como las europeas y, en concreto, la española, tienen lugar, fundamentalmente, por dos motivos. Por un lado, porque el encarecimiento de la energía actúa como un impuesto externo, aumentando los costes y los precios en este tipo de economías y produciéndose una transferencia de renta desde los países importadores de gas y petróleo a los exportadores. Por otro lado, porque la escasez de energía y su consiguiente aumento del precio llevan a una disminución de la productividad, como resultado de la necesidad de sustituir procesos más eficientes (pero más intensivos en energía) por otros menos eficientes, la adopción de peores tecnologías o el retraso en la puesta en marcha de inversiones. Todo ello refuerza el impacto negativo sobre el crecimiento y amplifica los efectos de la crisis energética sobre las economías dependientes de los combustibles fósiles.

"La dependencia de los combustibles fósiles, petróleo y gas, sigue siendo elevada y el avance, aunque real, es insuficiente para proteger a estas economías de 'shocks' externos"
Aunque es cierto que en las últimas décadas en Europa se ha hecho un gran esfuerzo —de los mayores realizados en cualquier parte del mundo— para diversificar sus fuentes de energía primaria, los datos muestran que la dependencia de los combustibles fósiles, petróleo y gas, sigue siendo elevada y que el avance, aunque real, es insuficiente para proteger a estas economías de shocks externos.

 

 

Europa ha reducido el peso de los hidrocarburos, pero no su vulnerabilidad energética

La primera conclusión que extraemos de observar los datos de consumo de energía per cápita en términos relativos es que, a nivel mundial, los hidrocarburos pesan un 5% menos en el mix energético en 2024 que lo que pesaban en 2000. Su lugar lo han ocupado las fuentes de generación renovable.

Una segunda conclusión es que la Unión Europea no solo es la zona del mundo con menor dependencia de hidrocarburos en su consumo de energía primaria per cápita en términos relativos (siendo además una región no productora), sino que, además, se encuentra entre aquellas zonas en las que el esfuerzo de reducción del peso de los hidrocarburos en este mix ha sido mayor en los últimos 25 años (-12,5% de reducción entre 2000 y 2024). Es un esfuerzo claramente mayor que el realizado por el mundo en su conjunto (-4,8%), pero también mayor que el de otros como EE. UU., Brasil o Australia; en algunos casos, como Canadá o Japón, el peso de los hidrocarburos en este consumo per cápita ha aumentado, si bien solo ligeramente. China, por su parte, lo ha reducido en un 14% entre 2000 y 2024 y el Reino Unido en un 16,5%.

 


Sin embargo, a pesar de este importante esfuerzo, con un peso del 67,7%, el consumo de energía primaria per cápita en la Unión Europea aún está fuertemente dominado por hidrocarburos (gas y petróleo, fundamentalmente). Es una cifra similar a la de Canadá, pero muy inferior a la de la media de los países desarrollados (79,5%), al más del 85% de Australia y al 83% de Japón (ambos con una presencia muy elevada del carbón, que representa en torno al 30% de los combustibles fósiles consumidos en términos per cápita) o al 80% de EE. UU. (petróleo y gas, principalmente) y de China (donde el carbón representa todavía casi el 66% de los combustibles fósiles).

Dentro de la Unión Europea, hay importantes disparidades tanto en el mix de energía primaria per cápita actual como en la reducción del peso de los hidrocarburos lograda en el primer cuarto de este siglo. Ello depende, en gran parte, como ya señalé en un artículo anterior, de las decisiones que se han tomado a la hora de utilizar las tecnologías alternativas disponibles: nuclear, hidráulica y renovable.

"La importante reducción en el peso de los hidrocarburos en la Unión Europea se debe a la apuesta muy decidida que se ha hecho por las energías renovables"
La importante reducción en el peso de los hidrocarburos en el consumo de energía primaria per cápita en la Unión Europea y el hecho de estar entre las zonas con menor dependencia —aunque aún elevada— de los mismos se debe a la apuesta muy decidida que se ha hecho por las energías renovables. Esta apuesta, a causa del estado actual de la tecnología y sus costes relativos, se ha circunscrito, fundamentalmente, a su uso muy intensivo en la generación de electricidad.

¿Menor dependencia? Sí, pero con mejor tecnología

La pregunta que surge es evidente: ¿se puede ir más allá en la Unión Europea en la reducción de su dependencia energética de los hidrocarburos? La respuesta honesta es que a corto plazo hay limitaciones, con el estado actual de la tecnología. Y ello, como casi siempre, se explica por el coste marginal excesivamente elevado que una transición mucho más profunda supondría para empresas y consumidores. Me explico.

No hay duda de que una dependencia de los hidrocarburos mucho menor que la actual actuaría como un seguro ante la volatilidad de precios provocada por situaciones de conflicto geopolítico como el que estamos viendo estas semanas y, por tanto, permitiría aislar nuestras economías de dichos episodios y de sus consecuencias. Pero asegurarse de un riesgo siempre tiene un coste y, para finalmente "comprar el seguro", dicho coste tiene que ser inferior al de la contingencia contra la que uno quiere asegurarse. El coste, en esta ocasión, es el coste marginal de, con la tecnología disponible, pasar de una economía muy dependiente del gas y del petróleo a otra más centrada en otras fuentes, como las renovables y, en su caso, la nuclear.

Y la realidad es que, con la transición hacia las renovables realizada en los últimos años en Europa (véanse los casos de Alemania, Reino Unido o España del gráfico, a modo de ejemplo), se ha avanzado de forma importante. Ir mucho más allá en este momento es difícil porque los costes marginales de electrificar adicionalmente donde aún no se ha hecho son crecientes y elevados (en red, en transporte por carretera o en usos industriales, por poner algunos ejemplos) y porque otras regiones del mundo que compiten con Europa en mercados internacionales no nos siguen y ello erosiona nuestra competitividad. Donde, en algunos casos —como ya expliqué en su momento—, sí se podría avanzar más es en el uso de energía nuclear, y ahí están los ejemplos de Francia o Suecia que lo muestran.

"Con la tecnología disponible, el coste de una reducción adicional significativa a corto plazo del peso de los hidrocarburos es creciente y mayor que el coste que supone soportar su volatilidad"
Es decir, todo parece indicar que, con la tecnología disponible, el coste de una reducción adicional significativa a corto plazo del peso de los hidrocarburos en las economías europeas como fuentes de energía primaria es creciente y mayor que el coste que supone soportar la volatilidad de precios de los hidrocarburos. En suma, no compensa comprar el seguro en este momento.

Siendo esto así, ¿podemos hacer algo para minimizar los costes que a corto plazo tienen estos episodios de volatilidad? ¿Debemos hacerlo? Y la respuesta es sí, con prudencia.

Por un lado, a largo plazo debemos seguir trabajando para reducir la dependencia del petróleo y el gas, aunque, como hemos visto, ese camino es largo y requiere superar limitaciones de tecnología y coste.

Por otro lado, a corto plazo, ante un shock energético externo, la respuesta óptima es no distorsionar los precios y permitir que estos actúen como señal para reducir la demanda ante el encarecimiento relativo de un input esencial que importamos con el objetivo de ahorrar energía, ajustarse a los nuevos precios y no empeorar los efectos negativos del shock. Sin embargo, en determinados casos, puede ser oportuno adoptar medidas puntuales y temporales. Un shock energético supone una pérdida de renta que no se distribuye uniformemente, afectando más a aquellas partes de la población que, por sus características, tienen un consumo en el que dominan más la energía y los alimentos (por ejemplo, familias con hijos o niveles más bajos de renta). Es en estos casos en los que puede ser oportuno adoptar medidas puntuales que supongan una transferencia de renta que compense, en parte, el efecto proporcionalmente mayor que el shock tiene sobre sus rentas.

En conclusión, la reducción de la dependencia energética sigue siendo un objetivo estratégico al que Europa debe aspirar y debe hacerlo de forma decidida, pero sin renunciar a ninguna tecnología y con realismo, avanzando allí donde es eficiente económicamente y dedicando recursos a la investigación en tecnologías. Pero este es un proceso largo. Mientras tanto, deberá gestionar, con la mayor prudencia posible, los shocks energéticos que inevitablemente vayan apareciendo.

Eva Valle
Eva Valle
Exdirectora de la Oficina Económica del presidente del Gobierno
Licenciada en Ciencias Económicas por la Universidad de Zaragoza, es técnico comercial y economista del Estado. Ha sido directora ejecutiva y alterna por España en el Banco Mundial, miembro del Directorio del Fondo Monetario Internacional y ha desempeñado responsabilidades en el Banco de España, el Tesoro Público, la Secretaría de Estado de Energía o la Comisión Nacional de Mercados y Competencia.
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