Martes, 28 de julio de 2026
¿MULTILATERALISMO?

La historia no se repite, pero rima: el papel de Europa en el nuevo orden global

Europa ni puede ni debe limitarse a "aceptar un terreno de juego diseñado por otros". En un contexto especialmente volátil, Mel Ravelo, coordinador de Relaciones Interinstitucionales en la Comisión Europea, recuerda que "el multilateralismo no es una ideología, sino una herramienta pragmática". Ante este desafío para el futuro de los Veintisiete, plantea abrir la visión de Europa, pero se pregunta si el continente sabrá por fin "escuchar más y prescribir menos" al sur global.

Mel Ravelo Cordoves Mel Ravelo Cordoves 23 de marzo de 2026
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Ratificación del Tratado de Münster que, junto al de Osnabrück, conforman la paz de Westafila. | Cuadro de Gerard ter Borch
Ratificación del Tratado de Münster que, junto al de Osnabrück, conforman la paz de Westafila. | Cuadro de Gerard ter Borch
Existe una tentación recurrente (especialmente en momentos de incertidumbre geopolítica) de afirmar que la historia se repite. La frase es atractiva y parece casi tranquilizadora: sugiere que el presente no es más que una variación de algo ya vivido y, por tanto, manejable. Sin embargo, como señalaba Mark Twain, la historia no se repite, rima. Lo que reaparece no son los hechos, sino los patrones, y entender esos patrones es hoy una necesidad estratégica.

A lo largo de la historia de las relaciones internacionales, los grandes saltos estructurales rara vez han sido lineales. Han estado marcados por avances, seguidos de resistencias, reacciones y momentos de aparente retroceso. El sistema internacional contemporáneo —basado en normas, instituciones y cooperación multilateral— no es una anomalía histórica, sino el resultado de una larga evolución plagada de crisis, conflictos y ajustes.

Un punto de inflexión clásico es la paz de Westfalia, que puso fin a las guerras de religión en Europa y sentó las bases del Estado soberano moderno. Westfalia no creó un orden perfecto ni pacífico, pero introdujo una lógica nueva: reglas compartidas, reconocimiento mutuo y límites al uso de la fuerza. El orden westfaliano supuso un importante avance respecto al caos previo.

"Incluso en un sistema internacional anárquico (es decir, ante la falta de un Estado o gobierno mundial), los Estados han buscado históricamente formas de orden mediante normas"
Algo similar ocurrió tras las dos guerras mundiales del siglo XX. El fracaso del equilibrio de poder clásico desembocó en una transición hacia la incertidumbre. La respuesta fue un esfuerzo deliberado por construir un sistema distinto, cristalizado en las instituciones multilaterales, desde Naciones Unidas hasta Bretton Woods. Emergió no por altruismo, sino por memoria histórica. Como recuerda Hedley Bull
en The Anarchical Society, incluso en un sistema internacional anárquico (es decir, ante la falta de un Estado o gobierno mundial), los Estados han buscado históricamente formas de orden mediante normas, reglas y expectativas compartidas.

Este nuevo orden tampoco fue perfecto ni pacífico, dado que estuvo marcado por la Guerra Fría, conflictos regionales y profundas asimetrías norte-sur. Sin embargo, nos ha confirmado, indiscutiblemente, que la alternativa al multilateralismo ya ha sido probada, y que sus resultados han sido catastróficos. El realismo ofensivo, marcado por un unilateralismo extremo, política de esferas de influencia y la ley del más fuerte, no ha generado estabilidad a lo largo de los siglos. Han sido, en todo caso, recurrentes casus belli o de continentes en ruinas, así como fuentes de inseguridad. El siglo XX es prueba suficiente de ello.

Hoy somos testigos de un nuevo momento de reacción. El cuestionamiento del orden multilateral critica la lentitud de las instituciones, su aparente desconexión con las realidades nacionales y su incapacidad para gestionar crisis globales como el cambio climático o los conflictos armados. La situación en Gaza y en Cisjordania y la incapacidad del sistema internacional para imponer el respeto al derecho internacional muestran sus límites actuales, pero también demuestran que su inexistencia sería aún peor.

Sin embargo, confundir la necesidad de reforma con la negación del modelo es una aventura peligrosa. Como señala Robert Keohane, el multilateralismo no es una ideología, sino una herramienta pragmática para gestionar interdependencias en un mundo donde los costes de la no cooperación son más elevados. Su abandono no conduce a la soberanía plena, a la bonanza económica o a sociedades idílicas que nunca han existido. Las consecuencias, al contrario, son una mayor vulnerabilidad de los Estados y sus sociedades, especialmente para aquellos que buscan la cooperación y aquellos que carecen de elevado poder militar o de capacidad de coerción económica.

"La UE se enfrenta a una decisión estratégica ante el retorno de una lógica transaccional e imperialista, con esferas de influencia, en las relaciones internacionales"
En este contexto, la UE se enfrenta a una decisión estratégica ante el retorno de una lógica transaccional e imperialista, con esferas de influencia, en las relaciones internacionales. Europa es, por historia y por interés, un producto del multilateralismo. La prosperidad de la sociedad europea, su seguridad e influencia dependen de reglas previsibles, mercados abiertos y marcos cooperativos. Navegar un mundo de bloques cerrados y en confrontación permanente supondría aceptar un terreno de juego diseñado por otros.


La Comisión Europea parece ser bien consciente de esta realidad y, correctamente, apuesta más en términos comerciales con estos países. Por ejemplo, a finales de enero de 2026, la Unión cerró un acuerdo comercial con India abarcando a 2.000 millones de personas y un 25% del PIB mundial. Según la Comisión, el objetivo es reducir aranceles indios sobre aproximadamente el 97% de los bienes europeos, y el 99% de los aranceles europeos a los bienes indios. En la práctica, la venta de un BMW estaría sujeta a apenas 10% (frente al 110% actual), o el paracetamol genérico procedente del país asiático pasaría a pagar aranceles del 0% pudiendo repercutir en nuestros bolsillos. Asimismo, la UE busca de esta forma la aprobación del acuerdo UE-Mercosur, el cual, como apuntaba recientemente en Agenda Pública el vicepresidente del Parlamento Europeo, Javi López, "diversifica oportunidades, reduce dependencias y ofrece a nuestras empresas un acceso más competitivo", además de poder abaratar nuestra cesta de la compra. 

Está de más enumerar el positivo impacto que tiene para la ciudadanía europea (y para el papel de la UE en el mundo) la cooperación política y económica con América Latina, África y Asia. Pero ¿cuál será la respuesta de Europa si se ve forzada a escoger entre aliados? El Parlamento Europeo acaba de aprobar entrar en negociaciones con el Consejo sobre el acuerdo comercial con EE. UU. después de congelarlo tras las amenazas de Donald Trump de anexionarse Groenlandia. No obstante, hay que plantearse si este puede comportar una palanca de presión más para halarnos a un modelo de relaciones internacionales que no es el intrínseco al proyecto europeo. Si este es el caso, ¿qué hacemos? El giro de los desacuerdos sobre políticas a los desacuerdos sobre las normas básicas de las relaciones internacionales transatlánticas es alarmante. 

El centro de gravedad del sistema internacional se desplaza. Es un momento de resistencia al translatio imperii y de adaptar más lo que podríamos nombrar la Brussels Bureaucratic Time (BBT) a los países del sur global. No se trata de aferrarse nostálgicamente al status quo, sino de alejar el multilateralismo de la lógica exclusivamente euroatlántica. 

"La UE debe construir alianzas políticas genuinas con aquellos actores del sur que apuestan por ello, pero que también reclaman mayor voz, representación y equidad"
Durante décadas, muchos países del sur han percibido el orden internacional como selectivo, asimétrico o instrumentalizado, y con razón. No obstante, la UE debe construir alianzas políticas genuinas con aquellos actores del sur que apuestan por ello, pero que también reclaman mayor voz, representación y equidad. Esto implica escuchar más y prescribir menos; reformar la OMC y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o el FMI; invertir en asociaciones a largo plazo en ámbitos como la transición energética, la digitalización o la gobernanza global; y aceptar que un multilateralismo eficaz en el siglo XXI tendrá nuevas reglas del juego. En esta línea, Amitav Acharya, Antoni Estevadeordal y Louis W. Goodman indican que el futuro del orden internacional no será una simple extensión del actual orden liberal occidental, sino un "orden multiplex", con múltiples centros de poder y normas negociadas.


Una prueba de adaptación para la UE a este orden multiplex vendrá en el marco de la próxima 14.ª Conferencia Ministerial de la OMC del 26 al 29 de marzo de 2026. Particularmente relevante dado que, ante las restricciones comerciales injustas, numerosos gobiernos han redoblado sus esfuerzos por forjar nuevas alianzas. Según Anne Krueger (2025) en The Case for a Multilateral Trade Organization without America, es posible que se esté alineando un número de países que buscan preservar y promover el orden comercial basado en normas. Asimismo, según indica el Informe de Seguridad de Múnich 2026, el 72% del comercio mundial aún está sujeto a las normas de la OMC y la influencia de EE. UU. disminuye a medida que lo hace su participación en el comercio mundial. La actitud y el alineamiento que adopten las instituciones de la Unión en la conferencia de la OMC serán decisivos para sus relaciones con el sur global. 

La historia no se repite, pero rima. Hoy vivimos una fase de reacción, de cuestionamiento y de tensión que nos hace escoger entre proteger el equilibrio kantiano de las relaciones internacionales o diseñar nuestra resistencia a las peligrosas visiones delirantes de futuro de figuras como Peter Thiel o Curtis Yarvin. La alternativa al multilateralismo (un mundo de suma cero, fuerza bruta y alianzas volátiles) fracasó estrepitosamente. Europa haría bien en recordarlo y actuar en consecuencia, no como espectadora nostálgica, sino como arquitecta activa de un orden internacional renovado, inclusivo y basado en normas compartidas.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo son exclusivamente responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición oficial de ninguna institución, organización o entidad con la que el autor pueda estar vinculado.
Mel Ravelo Cordoves
Mel Ravelo Cordoves
Coordinador de Relaciones Interinstitucionales en la Comisión Europea
Es coordinador de Relaciones Interinstitucionales en la Comisión Europea (DG MENA). Fue asesor parlamentario en el Parlamento Europeo durante cinco años. Graduado en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad de Girona, y máster en Relaciones Internacionales, Seguridad y Desarrollo por la Universidad Autónoma de Barcelona.
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