Miércoles, 12 de agosto de 2026
CONVERSACIONES

Oliver Stuenkel: "Europa es vista por muchas democracias del Sur Global como un socio crucial"

La fractura en la relación entre EE. UU. y Europa genera efectos más allá de Occidente. En esta conversación entre el director editorial del ECFR, Jeremy Cliffe, y el politólogo y divulgador germano-brasileño Oliver Stuenkel, se discute el significado de este espacio porque "ni siquiera está claro qué forma parte exactamente de Occidente o qué lo define". Proponen un repaso a los equilibrios geopolíticos, la relación de Europa con el Sur Global o el futuro de las instituciones europeas a la luz de las posiciones adoptadas en la Munich Security Conference.

Jeremy Cliffe Jeremy Cliffe 21 de marzo de 2026
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El director editorial del ECFR, Jeremy Cliffe (izquierda) y el sénior 'fellow' en el Carnegie Endowment for International Peace (CEIP), Oliver Stuenkel. | Agenda Pública
El director editorial del ECFR, Jeremy Cliffe (izquierda) y el sénior 'fellow' en el Carnegie Endowment for International Peace (CEIP), Oliver Stuenkel. | Agenda Pública
¿Se fractura el bloque occidental desde su propio centro de mando? En esta conversación desde Múnich, el académico germano-brasileño Oliver Stuenkel desgrana sus conclusiones de la conferencia de seguridad más importante del mundo, advirtiendo de que "el principal agente de cambio del orden internacional no es una potencia no occidental que intente desestabilizarlo, sino Estados Unidos". Bajo este análisis, la actual diplomacia estadounidense impone hoy una importante divergencia de valores en el seno de sus históricas alianzas.

Mientras la Administración Trump apela a una identidad civilizatoria y religiosa, Stuenkel considera que el Viejo Continente prioriza la estricta defensa de la democracia liberal. Al mismo tiempo, esto tiene consecuencias en el tablero geopolítico. Ante la imposición de una doctrina basada exclusivamente en intereses nacionales, la Unión Europea se ve obligada a redefinir su papel frente a un mundo que ya asume esta ruptura estructural. Teniendo en cuenta que "Trump está empujando a los europeos hacia una mayor autonomía y cooperación", se deja una pregunta en el aire: ¿sabrán las instituciones europeas aprovechar esta severa crisis para consolidar una verdadera independencia estratégica?

Además, como conocedor del Sur Global destaca que la actual política exterior de Washington obliga a naciones como Brasil o India a reducir su dependencia. En un sistema donde "la fuerza impone la razón", Stuenkel cree que los países del Sur Global buscan diversificar sus vínculos diplomáticos y comerciales para no verse forzados a caer exclusivamente en la órbita de Pekín.

 

Stuenkel también es investigador en Harvard, profesor en la Fundação Getulio Vargas (FGV) en São Paulo y divulgador. Foto: Agenda Pública


¿Qué impresiones le ha dejado la Munich Security Conference? ¿En qué momento cree que se encuentra el mundo tras ella?


Los europeos ya han absorbido el golpe. Nadie se sorprende ya cuando Marco Rubio habla de borrado civilizatorio. Ha desaparecido esa sensación inicial de shock y, en su lugar, hay debates sobre cómo gestionar esto, cómo adaptarse e incluso algunas conversaciones sobre qué vendrá después de Trump. En ese sentido, noto un ambiente más constructivo, más concreto y más pragmático que en el momento en que J. D. Vance pronunció aquel discurso, cuando la reacción dominante era más bien de parálisis.

"Me sorprende positivamente que Europa haya dejado de hablar en abstracto y esté entrando ya en debates muy concretos"
Hemos avanzado mucho. Ahora las discusiones son mucho más específicas: se habla de minerales críticos, de acuerdos comerciales, de aumentar el gasto en defensa. Me sigue pareciendo que haría falta una presencia no occidental más amplia, y eso continúa siendo un reto. No es necesariamente culpa de los organizadores; también ocurre que para algunos líderes no es prioritario estar aquí. Pero, en conjunto, me sorprende positivamente que Europa haya dejado de hablar en abstracto y esté entrando ya en debates muy concretos.


Usted habla de incorporar más voces no occidentales, y sé que se está intentando. Pero resulta interesante porque parte del debate de este año, y probablemente también del año pasado, gira en torno al significado de Occidente. Lo hemos visto en grandes discursos de Rubio, Merz o Macron, con todas esas referencias a la Ilustración, a la civilización, a la historia. ¿Cómo interpreta usted ese debate?

Occidente, como concepto, a veces complica más el debate de lo que ayuda, porque significa cosas distintas para personas distintas. Si uno mira la historia, ve que sus significados han cambiado mucho, y ni siquiera está claro qué forma parte exactamente de Occidente o qué lo define.

Lo que estamos viendo aquí es que el principal agente de cambio del orden internacional no es una potencia no occidental que intente desestabilizarlo, sino Estados Unidos. Y eso queda reflejado incluso en el título de la propia conferencia, con esa idea de destrucción. Me parece muy relevante porque, durante décadas, una de las grandes preguntas en los debates académicos y de política exterior era si las potencias emergentes no occidentales aceptarían o se integrarían en el llamado orden liberal occidental.

Uno lee las declaraciones de las cumbres de los BRICS y encuentra un lenguaje muy favorable a la ONU y al multilateralismo. En cambio, Rubio dice explícitamente que el orden liberal occidental no ha funcionado para Estados Unidos, que ha debilitado a Occidente. Eso, en sí mismo, ya describe muy bien el momento actual.

"Si llegan migrantes a Europa y no socavan la democracia, el hecho de que haya inmigración no constituye una amenaza en sí mismo"
Y además se ve una divergencia importante entre cómo define Occidente Estados Unidos y cómo lo define Europa. Se ha visto con el discurso de Rubio, cuando el secretario de Estado habla de la necesidad de una renovación espiritual, algo que a la mayoría de europeos les suena extraño. Es un lenguaje que existe en Europa, sí, pero más bien en la derecha radical: una mezcla de política identitaria, raza y religión, especialmente cristianismo.


En la visión de Rubio, esos son los elementos centrales de lo occidental. Por eso, desde ese punto de vista, la inmigración es una amenaza: porque muchos migrantes no son cristianos. Desde una perspectiva europea, o al menos desde la perspectiva dominante en Europa, el eje está en la democracia liberal. Si llegan migrantes a Europa y no socavan la democracia, el hecho de que haya inmigración no constituye una amenaza en sí mismo.
 

El secretario de Estado, Marco Rubio, en la Munich Security Conference. Foto: MSC / Preiss


¿Puede desarrollar un poco más cómo entiende usted la visión europea de Occidente o de sus valores? Y, relacionado con eso, ¿cómo cree que esa visión se percibe desde el resto del mundo?

Es un concepto que tampoco en Europa está definido con claridad. En muchos textos tiene un significado geopolítico muy vago, que a menudo equivale, básicamente, a la OTAN. Pero ni siquiera así está del todo claro quién pertenece exactamente a Occidente. A veces se incluye a Australia, aunque no esté en la OTAN; otras veces a Israel; a veces incluso a América Latina.

En Brasil, por ejemplo, el concepto es lo suficientemente ambiguo como para que no haya consenso. Algunos dicen: culturalmente formamos parte del universo occidental, pero geopolíticamente no. Es decir, tiene varias dimensiones.

"Si uno escucha a Rubio y luego observa la reacción de la mayoría de europeos presentes, se da cuenta de que no es así como ellos entienden Occidente"
Precisamente por esa ambigüedad, es un debate algo traicionero. Pero si uno escucha a Rubio y luego observa la reacción de la mayoría de europeos presentes, se da cuenta de que no es así como ellos entienden Occidente. Un participante europeo me dijo después: "Rubio ha hablado de Occidente, pero ese no es mi Occidente". Y me pareció muy significativo. Porque, para esa persona, Occidente tiene que ver sobre todo con la democracia liberal, con cómo se ponen en práctica los valores liberales.


Rubio, en cambio, no habló de democracia liberal. Habló de una cuestión civilizatoria y llegó a decir que la idea de expandir la democracia liberal o de que otros países puedan abrazarla no es realista. De modo que, aunque su discurso no fuera tan brusco como el de J. D. Vance, en el fondo confirma que, si bien Rubio dice creer en la relación transatlántica, hay una divergencia profunda en materia de valores.

En la práctica, Rubio les está diciendo a los europeos que adopten las guerras culturales, algo que las élites políticas europeas no desean hacer. Y además hay algo llamativo: la actual Administración estadounidense parece casi obsesionada con Europa. Si todo gira en torno al America first, ¿por qué importa tanto que los europeos piensen exactamente como ellos? Si creen que Europa se equivoca, podrían limitarse a dejarla equivocarse.

Es casi una proyección de su propia guerra cultural.

Exactamente. Hay algo de proyección. La Administración estadounidense proyecta sus preferencias y sus miedos sobre Europa, a la que contempla como una especie de socio espiritual. Trump puede intervenir de forma puntual en elecciones latinoamericanas, pero suele hacerlo de forma mucho más improvisada, con un tuit o una declaración aislada. No hay una voluntad sistemática de decirle a América Latina cómo debe pensar su sociedad. En Europa, en cambio, hay un componente civilizatorio, cultural y espiritual mucho más intenso.

Si damos por hecho que Occidente se está fracturando, aunque incluso eso dependerá de cómo evolucione la política europea, porque si llegan más líderes como Vance o Trump al poder en Europa quizá no sea así, ¿cómo se proyecta esa ruptura en el resto del mundo, en la llamada mayoría global o en países como Brasil, que se sienten de algún modo dentro y fuera de Occidente a la vez? Porque podría abrirse una oportunidad para una Europa más atractiva, más plural e inclusiva. Pero también podría ocurrir lo contrario: que la fractura de Occidente termine de liquidar la idea de un proyecto universalista y acelere aún más la lógica multipolar.

Aquí hay dos cuestiones. La primera es que, cuando uno habla con gente de Brasil, de Turquía o de India, los acontecimientos actuales no les resultan tan sorprendentes o perturbadores como a muchos europeos. Todo el mundo coincide en que estamos viviendo cambios drásticos, pero para muchos europeos es casi una ruptura existencial. Algunos señalan que "somos los soviéticos de 1991". Entiendo ese sentimiento porque, para Europa, están cambiando muchas cosas muy concretas.

"El llamado orden basado en reglas existe, sí, pero se viola constantemente, y a menudo es el Sur Global quien sufre sus consecuencias"
Ahora bien, si habla con personas en Brasil o en India, muchos reaccionan diciendo: "Bueno, nosotros llevamos años diciendo y haciendo esto". Es un mundo donde el poder importa mucho más de lo que sugería la retórica occidental tradicional. El llamado orden basado en reglas existe, sí, pero se viola constantemente, y a menudo es el Sur Global quien sufre sus consecuencias. Esa idea de que, en cierta medida, la fuerza impone la razón forma parte desde hace tiempo de la percepción del Sur Global. También toda la discusión sobre la hipocresía occidental.


Por eso, en parte del Sur Global hay incluso una cierta sensación de oportunidad, algo que en Europa no se percibe así. Y, visto desde fuera, yo soy más optimista sobre Europa de lo que lo son muchos europeos, siempre que no sigan creciendo las fuerzas anti-UE. Si no fuera por eso, podría decirse incluso que Trump está empujando a los europeos hacia una mayor autonomía y cooperación, porque se ha convertido, junto con Rusia y China, en el tipo de amenaza que hacía falta para forzar un avance del proyecto europeo.
 

Cliffe y Stuenkel profundizan en el concepto de Occidente y países como Brasil. Foto: Agenda Pública


Y también para encontrar nuevos socios.

Claro. Y para actuar realmente, como dice Macron, como una gran potencia. Ahora bien, todo eso convive con fuerzas antieuropeas dentro de la propia Europa. Y entiendo que eso resulte muy desestabilizador para los europeos.

En India y otros de los BRICS+ no se vive del mismo modo. Y la segunda cuestión es que, durante mucho tiempo, desde América Latina y otros lugares, Europa ha sido vista como un apéndice geopolítico de Estados Unidos. Eso está cambiando. Existe la percepción de que, aunque la OTAN siga existiendo formalmente, Europa empieza a actuar con mayor autonomía. Y eso crea una oportunidad para el Sur Global y para un país como Brasil.

Con el retorno de la doctrina Monroe, Brasil y, en realidad, todos los países al sur de Venezuela necesitan diversificar, cubrirse y reducir exposición a Estados Unidos. No se trata de romper, sino de depender menos y trabajar también con otros. Los países situados más al norte tienen menos margen, porque dependen mucho más de Estados Unidos y están obligados, en cierta medida, a acomodarse.

Si eres México, tienes muy poco espacio para maniobrar. Pero si eres Brasil, que exporta más a China que a Europa y Estados Unidos juntos, entonces puedes plantarte con mucha más firmeza frente a la presión estadounidense, como hizo Lula el año pasado. Y ahí reforzar la relación con Europa se convierte en una oportunidad, porque Europa ya no se percibe como un simple apéndice de Washington.

De hecho, Lula viaja ahora a India, y Brasil rechazó el acuerdo estadounidense sobre minerales críticos porque, desde la perspectiva brasileña, implicaba una cesión de soberanía y cierta lógica de exclusividad. Brasil quiere atraer también inversión europea. Hay algo de frustración con la lentitud europea, porque Europa llega con propuestas y cantidades que no siempre son comparables a las de Estados Unidos. Pero Brasil busca justamente eso: no depender de nadie para aumentar su autonomía estratégica.

"Tener un actor adicional con el que cooperar y con el que equilibrar a Estados Unidos es una buena noticia para el Sur Global"
Desde esa perspectiva, la ruptura transatlántica se percibe como una oportunidad. También están China, India y otros. Tener un actor adicional con el que cooperar y con el que equilibrar a Estados Unidos es una buena noticia para el Sur Global. Además, Europa no se percibe como una amenaza. En el debate público brasileño a veces me llaman agente de la CIA o agente chino, según quién me critique. Pero nadie me llama agente europeo.


Un diplomático alemán me dijo hoy una expresión que me hizo mucha gracia: Europa es harmless and reliable, algo así como inofensiva y fiable. Él bromeaba, pero la frase capta una percepción real. Europa no es vista como una amenaza. Tal vez eso cambie si llega a convertirse en una potencia verdaderamente cohesionada, porque tiene todo para serlo, aunque todavía no lo sea. Desde Brasil, las divisiones entre Francia, por un lado, y Alemania y España, por otro, sobre el acuerdo UE-Mercosur siguen proyectando una imagen de fragmentación.

Cuando se trata de diversificar en tecnología, comercio, inversión y defensa, Europa puede ser un socio clave. También porque, en términos culturales y regulatorios, América Latina se reconoce más fácilmente en la aproximación europea en cuestiones como la gobernanza de internet.

¿Existe margen para tejer un espacio tecnológico común, plural y democrático entre Estados Unidos y China? Tanto Alemania o España como Brasil tienen motivos para no querer imitar ni el modelo estadounidense ni el chino en política digital. ¿Es posible construir una tercera vía, al menos en tecnología? Y, si fuera así, ¿podría extenderse esa lógica a otras áreas del sistema internacional?

El gran matiz es que, debido a la polarización política, resulta más difícil cerrar acuerdos geopolíticos duraderos. Eso ocurre tanto en Europa como en Estados Unidos y América Latina. Los giros ideológicos pueden traer visiones muy distintas sobre política exterior, aunque a veces, cuando uno mira el fondo, no cambie tanto.

Por ejemplo, Argentina, con un presidente de derechas, intenta acercarse a Estados Unidos de una forma distinta a la del gobierno anterior. Pero Milei tampoco está dispuesto a reducir los lazos económicos con China. Hay cambios, sí, pero no una ruptura total. Sigue apoyando también el acuerdo de Mercosur con la Unión Europea, por ejemplo.

Dicho esto, es muy llamativo hasta qué punto la decisión española de prohibir el acceso a redes sociales a menores de dieciséis años, o toda la discusión sobre responsabilizar a las plataformas por algoritmos que amplifican desinformación, pornografía o material ilícito, resuena en Brasil y en otros países. Ahí sí se ve un espacio de debate compartido.

No diría todavía que exista un espacio estratégico común consolidado, pero sí un debate público muy próximo. Lo que dice Sánchez importa, y luego una diputada brasileña lo cita en una entrevista o lo comenta en redes. Es bastante significativo.

Además, hay una percepción clara: cuantos más países planten cara a las grandes tecnológicas, menos fácil será para empresas como Meta pedir a la Casa Blanca que actúe en su nombre. Para Brasil, donde buena parte de la clase política quiere una posición más firme en materia de gobernanza de internet, es importante ver que Europa también se mueve. Si fuera solo Brasil, la presión de Estados Unidos sería mucho mayor. Pero si hay más actores, hay fuerza en el número.
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ECFR editorial director Jeremy Cliffe (left) and senior fellow at the Carnegie Endowment for International Peace (CEIP), Oliver Stuenkel.
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El ministro delegado francés Benjamin Haddad (izquierda) conversa con Jeremy Cliffe (derecha) en la Munich Security Conference.
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¿Qué hay del resto de los BRICS, al margen de China?

Ese debate está más restringido a las democracias, claro. En China o en Rusia no existe realmente el dilema entre limitar el discurso de odio o la desinformación y proteger la libertad de expresión. Es otro sistema.

¿Y en India, por ejemplo?

Sí hay cierto potencial, aunque no he visto todavía una articulación muy fuerte. En los debates sobre gobernanza e Internet en Brasil oigo mencionar mucho a Australia, Francia o España, pero rara vez a India. Tal vez también porque, dentro del espacio BRICS, esa no es una cuestión que esté siempre en el centro del debate. Hay cierta cautela, entre otras cosas porque China tiene mucho peso allí. Y ni Brasil ni India estarían dispuestos a abrazar el modelo chino de gobernanza digital.

"En algunos asuntos [los BRICS] pueden ser útiles, pero en otros ni siquiera hay una conversación real, precisamente porque conviven democracias y autocracias dentro del grupo"
Eso muestra también los límites de los BRICS. En algunos asuntos pueden ser útiles, pero en otros ni siquiera hay una conversación real, precisamente porque conviven democracias y autocracias dentro del grupo. Con la ampliación, los BRICS se parecen cada vez más a una conferencia como esta de Múnich: un espacio donde se reúnen actores muy distintos y pueden mantener conversaciones bilaterales. De pronto, Brasil e India descubren que pueden cooperar en minerales críticos, o Etiopía y otros encuentran intereses comunes. En ese sentido, es más una plataforma que una alianza.


En temas como la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo, los BRICS pueden al menos sostener un consenso retórico sobre la necesidad de dar más peso a India, Brasil o Sudáfrica. Pero incluso ahí aparecen divisiones. Y cuando hubo que reaccionar a los ataques estadounidenses contra Irán, hubo varios días de negociaciones para consensuar un comunicado. Al final salió un texto completamente neutro, como si se hubiera pedido a ChatGPT que redactara una reacción sin ofender a nadie. No mencionaba siquiera a Estados Unidos. Eso ya nos dice mucho sobre lo que los BRICS pueden o no pueden hacer.

Para terminar con Europa: hemos hablado de las oportunidades de este momento, de cómo Europa puede abrirse a nuevas alianzas justo cuando Estados Unidos se repliega. ¿Puede poner ejemplos concretos de ámbitos, negociaciones o formatos en los que Europa podría convertir eso en una realidad y ser un mejor actor global en un momento de destrucción y de política cruda?

Europa tiene una oportunidad enorme para relacionarse con países que están tratando de cubrirse frente a Estados Unidos, pero que no quieren caer en los brazos de China. La lectura inicial de lo que hace Trump es que está empujando a muchos países hacia China, porque quieren depender menos de Washington. Pero, por ejemplo, el gobierno brasileño actual tiene muy claro que no quiere aumentar su dependencia estratégica de China, que ya es considerable.

No se trata de decir: odiamos a Estados Unidos y ahora queremos irnos con China. Brasil ni siquiera forma parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, aunque sería un país bastante receptivo a estrechar lazos con Pekín. Lo que existe es una percepción general de que, en este nuevo mundo, conviene evitar depender demasiado de cualquier actor. Eso obliga a crear redundancias, hace la globalización más lenta y más cara, sí, pero también más resiliente.

Durante años, los gobiernos actuaron casi como multinacionales: si el proveedor más barato de una pieza estaba en Rusia, se compraba el cien por cien a Rusia. Pero si usted ya no cree que el mundo es estable, tiene que diversificar. En Brasil, por ejemplo, se ve ahora que la dependencia de los fertilizantes rusos es una vulnerabilidad. No necesariamente porque Rusia vaya a cortar el suministro, sino porque Estados Unidos podría sancionar a quienes los compren, o por una crisis interna rusa, o por un episodio climático extremo. Hay demasiados escenarios posibles. Por tanto, la lógica pasa a ser: comprar también en Canadá y producir una parte dentro del propio país.

Resiliencia.

Exacto. Resiliencia estratégica. Es una expresión que hoy se oye constantemente, y Trump ha acelerado aún más esa conversación, igual que el cambio climático.

Y ahí, para Europa, se abren oportunidades.

Justamente. Cuando uno habla con responsables militares latinoamericanos, ve que el gran debate ahora es cómo ganar autonomía frente a Estados Unidos. Saben que llevará tiempo. Pero la imagen de fuerzas especiales estadounidenses entrando en un palacio presidencial en Sudamérica y llevándose a un presidente por la fuerza sería algo que nunca habíamos visto de forma tan explícita. Ha habido acciones encubiertas, como en Chile, pero no algo tan directo y visible. Y aunque nadie piense que eso vaya a pasar mañana en Brasil, un planificador militar tiene la obligación de contemplar todos los escenarios.

"Hay campo en defensa, en inteligencia y también en cooperación contra el crimen organizado, que se está convirtiendo en un enorme desafío estratégico en América Latina"
En ese contexto, Europa es un socio ideal. Eso exige también que Europa se ponga a la altura, claro. Su prioridad hoy no es exportar más equipamiento militar, sino cubrir sus propias necesidades, aunque ya es un exportador importante. Pero hay campo en defensa, en inteligencia y también en cooperación contra el crimen organizado, que se está convirtiendo en un enorme desafío estratégico en América Latina y, a la vez, en una fuente de vulnerabilidad frente a Estados Unidos.


Si en Washington se instala la idea de que un país latinoamericano no es capaz de controlar el crimen organizado, eso puede convertirse en justificación para interferencias externas. Ahí también hay margen de cooperación con Europa. Lo mismo ocurre con la protección frente a injerencias externas durante procesos electorales, con la desinformación, con el comercio, con la tecnología o con la soberanía digital.

Hace poco hablé con un legislador brasileño que me decía que quizá no sea buena idea que todos los datos de nuestro sistema público de salud estén almacenados en Virginia. No porque no confiemos en los estadounidenses, sino porque es problemático que una infraestructura tan sensible dependa de otro país. Eso obliga a pensar en centros de datos en Brasil, y también en diversificar quién los construye. No quiere que todo venga de un solo país, pero tampoco quiere que todo venga de China.

América Latina ha resistido bastante la presión estadounidense para excluir a Huawei, pero eso no significa que no vea los problemas del modelo chino. Y ahí, precisamente, esa imagen de Europa como actor fiable y no amenazante puede ser una ventaja.
 

El politólogo germano-brasileño es un gran conocedor de la actualidad política en América Latina. Foto: Agenda Pública


De ese harmless and reliable, de esa Europa fiable e inofensiva, ¿a dónde habría que llegar?

Lo que está ocurriendo en Ucrania está cambiando ya cómo ve el mundo a Europa, porque se han hecho visibles las lagunas que deja el abandono estadounidense. Y, sin embargo, Ucrania sigue resistiendo. Lo que sigue resultando extraño es que, si uno mira las negociaciones, da la sensación de que la conversación sigue siendo sobre todo entre estadounidenses y rusos, con Ucrania a ratos, pero no con Europa liderando. Eso todavía no ha cambiado.

Los estadounidenses ya no están ayudando de verdad. Eso cambiará con el tiempo, pero ya estamos avanzando hacia una situación en la que Europa tiene una voz geopolítica más relevante. Ahora bien, no será inmediato. Y tampoco ayuda que Von der Leyen vaya a Sudamérica a celebrar un gran acuerdo comercial y, una semana después, el Parlamento Europeo diga que quizá haya que revisarlo todo. Eso deja mal sabor de boca.

"Si el Gobierno de Orbán ganara amañando las elecciones, entraríamos en un terreno completamente nuevo, porque nunca ha habido un gobierno de la UE que haya falsificado unas elecciones de forma abierta"
Pero ahí están justamente las oportunidades. Todo podría cambiar si hubiera un gobierno anti-UE en Francia, o si una derecha radical más dura llegara al poder en algún país clave. Y también me parece interesante que aquí en Múnich apenas se haya hablado de las elecciones húngaras del 12 de abril. Si el Gobierno de Orbán perdiera, sería una cosa. Pero si ganara amañando las elecciones, entraríamos en un terreno completamente nuevo, porque nunca ha habido un gobierno de la UE que haya falsificado unas elecciones de forma abierta. Si eso ocurriera y Europa no reaccionara, tendría también consecuencias globales.


Porque, en el fondo, Europa sigue siendo vista por muchas democracias del Sur Global como un socio crucial en materia democrática. Y si en abril sucediera algo así y la UE no estuviera a la altura, también cambiaría la forma en que se percibe el proyecto europeo.

Entonces es un mundo de posibilidades, pero también de riesgos.

Absolutamente. Pero hay un hilo conductor muy interesante en todo esto: cuando Europa muestra fortaleza dentro de sus propias fronteras, ya sea en Ucrania, en la lucha contra la desinformación, en tecnología o frente al autoritarismo interno, eso también se convierte en un factor de poder hacia fuera.

Y ahí entra también el caso de Sánchez.

Claro. Sánchez está articulando una visión alternativa de lo que significa ser occidental. Dijo algo así como: "Soy el presidente del Gobierno de España y esta es la razón por la que Occidente necesita inmigración". Es justo la tesis contraria a la de Rubio. Exactamente la contraria.

"España crece económicamente, y eso cuestiona esa narrativa de una Europa estancada, agotada y encerrada en el pasado"
En ese sentido, fijar agenda también es importante. Y, en el caso de España, ha habido dos ejemplos recientes de cómo un país europeo puede marcar el debate. Además, España crece económicamente, y eso cuestiona esa narrativa de una Europa estancada, agotada y encerrada en el pasado. Por eso me parece tan importante ese mensaje que se oye cada vez más: dejar de mirar atrás con nostalgia. Los últimos ochenta años estuvieron bien, pero ahora hay que explicar por qué este momento también puede ser una gran oportunidad y cómo eso afecta a la imagen del continente desde fuera.

 

El presiente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su participación en la Munich Security Conference. Foto: MSC / Preiss


Eso nos devuelve al punto de partida: hay visiones rivales de Occidente, y dentro de Europa también distintos grados de confianza a la hora de afirmar una alternativa propia que conecte con este momento y con el resto del mundo. Hay muchísimo en juego.

Creo que, fuera de Europa, la gente suele ser menos pesimista sobre Europa que dentro de la propia Europa. Me parece muy interesante. 

De hecho, mi organización, el European Council on Foreign Relations, ha hecho encuestas que muestran justamente eso: en lugares como Brasil o India, se ve a menudo a Europa como una gran potencia potencial, al nivel de Estados Unidos o China, algo que muy pocos europeos parecen creer.

Yo entiendo todos los desafíos. También recuerdo un debate muy revelador con un legislador brasileño y una delegación europea. Uno de los brasileños dijo: "Es muy difícil entender cómo funciona Europa, la Comisión y todo lo demás". Y un europeo le respondió: "Nosotros tampoco lo entendemos del todo". Fue divertido, pero también cierto. Quizá parte del problema sea que Europa tiene que explicarse mejor.

Pero quizá el problema también sea que cada vez más gente en Europa piensa como Rubio. Tal vez no se trate solo de una división entre Europa y Estados Unidos, sino de cómo cada uno entiende su vida y su sociedad, más allá del país.

Sí, y ese es un punto muy importante. Ahora vemos esta división, pero si usted habla con un senador demócrata aquí en Múnich, verá que en muchos de estos temas coincide plenamente con la mayoría de europeos. Y si habla con un político de la AfD, verá que se identifica de inmediato con la interpretación trumpista de Occidente. Así que, por supuesto, esto puede cambiar.

No es, entonces, una división simple entre Europa y Estados Unidos.

Exactamente. No lo es. Pero, aun así, el marco actual sigue siendo el de un consenso europeo bastante fuerte. Y los datos muestran que una clara mayoría de europeos cree que la Unión Europea les ha beneficiado. Incluso si Le Pen gana en Francia, por ejemplo, no está tan alineada con una ruptura total, porque la mayoría de franceses no quiere salir de la UE. También lo hemos visto con reacciones como la de Groenlandia o las amenazas de Trump.

Trump quizá merezca el Premio Carlomagno. Ha unido a Europa, y no solo a Europa. Si todo esto conduce a una mayor unidad europea, entonces sí puede decirse que ha provocado debates estratégicos de una intensidad que yo no había visto nunca: sobre cómo ser más ágiles, más resilientes y más autónomos en el mundo actual.

Muchas gracias.
Jeremy Cliffe
Jeremy Cliffe
Editorial director and senior policy fellow at the European Council on Foreign Relations
He is based in Berlin. Previously he was international editor of the 'New Statesman'. Before that he spent eight years at The Economist, where he served as bureau chief in Brussels and Berlin, and was first the 'Bagehot' (UK) and then 'Charlemagne' (Europe) columnist. He studied at the universities of Oxford and Harvard.
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