El 18 de septiembre, Emmanuel Macron reunió en el Elíseo a los dirigentes de los partidos representados en el Parlamento francés. Los responsables de inteligencia y seguridad les expusieron
el deterioro de la situación internacional, incluida la intensificación de las operaciones híbridas rusas. Al día siguiente, Marine Le Pen y Jordan Bardella publicaron un comunicado conjunto condenando las acciones hostiles de Moscú contra Francia y sus aliados.
La trayectoria de sus firmantes da relieve a la declaración. El antiguo Frente Nacional recibió en 2014
un préstamo de 9,4 millones de euros de un banco ruso. Le Pen defendió el reconocimiento de Crimea como territorio ruso y fue recibida por Vladímir Putin durante la campaña presidencial de 2017. La invasión de Ucrania llevó al Rassemblement National (RN) a condenar la agresión, pero
no acabó con sus reservas sobre las sanciones y el apoyo a Kiev.
El comunicado comienza denunciando la decisión rusa de colocar bajo administración temporal activos de empresas francesas y europeas en Rusia. Después, Le Pen y Bardella condenan las operaciones de desestabilización contra las sociedades europeas y reconocen que
buscan presentar el apoyo a Ucrania como la causa de una escalada provocada por los propios agentes rusos. Advierten de que Francia no debe facilitar los objetivos de guerra de Moscú y reivindican que su política exterior se decide en París, no en Rusia. Una afirmación de soberanía nacional significativa en boca de quienes durante años defendieron una relación privilegiada con el Kremlin. El mismo comunicado, sin embargo,
reserva expresamente al RN el derecho a revisar el nivel y las condiciones de la ayuda financiera francesa a Ucrania.
La cuestión no es si el RN ha descubierto finalmente quién es Putin. Lo interesante es que la intensificación de las operaciones rusas está haciendo más difícil
mantener una ambigüedad que permitió a determinados actores europeos relativizar la amenaza de Moscú mientras reivindicaban su defensa de los intereses nacionales.
"La intensificación de las operaciones rusas está haciendo más difícil mantener una ambigüedad que permitió a determinados actores europeos relativizar la amenaza de Moscú"
Rusia no ha empezado ahora a actuar contra Europa.
La anexión de Crimea, la invasión a gran escala de Ucrania, las injerencias políticas, los ciberataques y la instrumentalización de la dependencia energética europea son antecedentes de una confrontación prolongada. Nada de esto era desconocido para quienes defendían una aproximación a Moscú. Lo que ha cambiado es
la intensidad de la amenaza y los riesgos que Rusia parece dispuesta a asumir. La zona gris se está oscureciendo.
El
intento de ataque con un dron cargado de explosivos contra un avión de transporte ucraniano en el aeropuerto alemán de Leipzig
ilustra hasta qué punto se están desplazando los límites de esta confrontación. El comunicado del RN vincula la operación con los servicios de inteligencia rusos. A este episodio se suman las incursiones de drones en el espacio aéreo europeo y otras acciones contra intereses estratégicos. No todos los incidentes tienen el mismo grado de atribución, pero su acumulación y el riesgo de víctimas difuminan la frontera entre la presión híbrida y la confrontación abierta. Cuanto más crece ese riesgo,
más difícil resulta tratar las acciones rusas contra Europa como un problema separado de la guerra que Moscú libra en Ucrania.
"No todos los incidentes tienen el mismo grado de atribución, pero su acumulación y el riesgo de víctimas difuminan la frontera entre la presión híbrida y la confrontación abierta"
Incluso después de febrero de 2022, determinados partidos pudieron justificar sus reservas sobre las sanciones y la ayuda militar a Ucrania por
los costes económicos o el riesgo de escalada. La amenaza rusa no desaparecía de ese discurso, pero
quedaba subordinada a otros intereses.
La intensificación de las operaciones híbridas hace más difícil mantener esa separación. Si Moscú utiliza la intimidación contra los países europeos para debilitar su apoyo a Ucrania,
las decisiones sobre ese apoyo forman parte de la respuesta a la amenaza, no de un debate estratégico independiente. Reconocer la presión rusa y revisar la ayuda a Kiev pueden ser posiciones compatibles, pero sus consecuencias no pueden examinarse por separado.
Esa presión tampoco está llevando a todas las fuerzas europeas a revisar del mismo modo su relación con Moscú. En Alemania,
la AfD mantiene su apuesta por normalizar las relaciones con Moscú y cuestiona el apoyo militar a Ucrania. Mientras Le Pen y Bardella condenaban las operaciones rusas, trascendían los preparativos de un posible encuentro en 2027 entre dirigentes de la AfD y Kirill Dmitriev, enviado económico de Putin, para abordar la recuperación del suministro de gas ruso a Alemania.
La reunión estaría condicionada a que antes se alcanzara un marco de paz entre Rusia y Ucrania.
"Reconocer la presión rusa y revisar la ayuda a Kiev pueden ser posiciones compatibles, pero sus consecuencias no pueden examinarse por separado"
La condena de Moscú no despeja, sin embargo,
qué apoyo estaría dispuesto a sostener el RN frente a esa misma presión rusa. La reserva sobre la ayuda financiera, expresada en el comunicado, venía precedida de declaraciones aún más explícitas. A comienzos de septiembre, el vicepresidente del RN, Louis Aliot, defendió cerrar el grifo de la ayuda francesa a Kiev. Le Pen sostuvo el 16 de septiembre que Francia podía continuar proporcionando material y formación militar a Ucrania, pero que
ya no podía seguir prestándole ayuda financiera. Tres días después, ambos dirigentes denunciaban que Moscú utiliza la intimidación para debilitar el apoyo europeo a Ucrania.
Ahí reside la tensión que el comunicado deja abierta. El RN reivindica su derecho a revisar cuánto y cómo ayuda Francia a Ucrania, pero
esa decisión no puede examinarse al margen de sus consecuencias sobre la resistencia ucraniana, las condiciones de una negociación y los cálculos de Moscú. Una reducción del respaldo financiero, sin cambios equivalentes en los objetivos o el comportamiento ruso, puede alterar tanto la posición negociadora de Kiev como las expectativas del Kremlin sobre la resistencia europea.
Mantener el apoyo militar y financiero a Ucrania y preservar abierta la vía diplomática no son objetivos contrapuestos. La diplomacia es necesaria para encontrar una salida a la guerra; la capacidad de resistencia ucraniana importa para las condiciones en las que esa salida pueda negociarse.
En el caso del RN,
la ambigüedad puede estar desplazándose de la descripción de la amenaza a la elección de los instrumentos para afrontarla. El alcance del comunicado de Le Pen y Bardella no se conocerá por la contundencia de una condena, sino por
las decisiones sobre Ucrania, las sanciones y los costes de la disuasión.