Jueves, 17 de septiembre de 2026
OTAN

El pronóstico de conflicto OTAN-Rusia alcanza el 10%: ¿dónde empieza el enfrentamiento?

The Forecasting Machine eleva al 10% la probabilidad de un enfrentamiento militar directo entre Rusia y la OTAN. Dos incidentes ocurridos en apenas unas horas —un dron con explosivos derribado sobre Lituania y una fragata rusa disparando bengalas contra un helicóptero danés— muestran que quizá el problema ya no sea solamente calcular la probabilidad de una guerra, sino definir cuándo podemos considerar que ha comenzado.

Agenda Pública Agenda Pública 17 de septiembre de 2026
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El primer ministro de Ucrania, Serhii Koretskyi y el primer ministro de Lituania, Mindaugas Sinkevicius, que llegó a Ucrania en visita oficial, comparecen en una rueda de prensa conjunta. | Danylo Antoniuk / Zuma Press / Europa Press
El primer ministro de Ucrania, Serhii Koretskyi y el primer ministro de Lituania, Mindaugas Sinkevicius, que llegó a Ucrania en visita oficial, comparecen en una rueda de prensa conjunta. | Danylo Antoniuk / Zuma Press / Europa Press
La probabilidad todavía es pequeña. Pero la tendencia importa. The Forecasting Machine (TFM) ha elevado al 10% la probabilidad de que se produzca un enfrentamiento militar directo entre Rusia y la OTAN. Hace una semana estaba en el 9,5%. En nuestra última entrega se situaba en el 9,3%. La actualización del 15 de septiembre supone, por tanto, una subida de siete décimas en apenas unas horas. Esto no significa, sin embargo, que una guerra entre Rusia y la OTAN sea probable. Por ahora, nueve de cada diez escenarios continúan apuntando en la dirección contraria. Pero algo está ocurriendo debajo de ese porcentaje. En menos de 24 horas se han producido dos episodios que, sin constituir inequívocamente el acontecimiento que intenta pronosticar TFM, se acercan extraordinariamente a sus límites.

"The Forecasting Machine (TFM) ha elevado al 10% la probabilidad de que se produzca un enfrentamiento militar directo entre Rusia y la OTAN"
El primero ocurrió sobre Lituania. Un dron penetró en su espacio aéreo procedente de Bielorrusia y fue derribado por cazas italianos desplegados en Šiauliai dentro de la misión de defensa aérea de la OTAN. Posteriormente, los artificieros encontraron y neutralizaron un explosivo entre sus restos. La existencia de una carga convierte el episodio en considerablemente más grave de lo que inicialmente se pensó. Pero permanece sin resolver la pregunta fundamental: quién operaba el aparato.

El segundo ocurrió en el Báltico. Una fragata rusa disparó dos bengalas contra un helicóptero militar danés que realizaba tareas de vigilancia en aguas internacionales. Según las autoridades danesas, una pasó a escasa distancia de la aeronave. Copenhague convocó al embajador ruso, pero decidió no solicitar consultas en el seno de la OTAN porque no considera lo ocurrido un ataque directo contra su territorio. Moscú respondió acusando al helicóptero danés de realizar maniobras peligrosas.

Ninguno de los dos acontecimientos permite afirmar que Rusia y la OTAN hayan entrado en un enfrentamiento militar directo. Pero los dos obligan a hacerse una pregunta incómoda. ¿Qué tendría que ocurrir exactamente para que pudiéramos decir que ese enfrentamiento ha comenzado?

El problema del 10%

Todo pronóstico necesita una pregunta. Y toda pregunta necesita una definición. Aquí aparece uno de los problemas más interesantes del seguimiento que Agenda Pública está realizando de The Forecasting Machine. La regla pública utilizada por el pronóstico habla de un "enfrentamiento militar directo" confirmado por fuentes fiables. Sin embargo, la evolución práctica del análisis parece exigir un umbral más elevado: algún tipo de combate deliberado, víctimas o reconocimiento político y militar de que se ha producido un ataque. Los acontecimientos de Lituania y Dinamarca demuestran hasta qué punto esa diferencia importa.

"Cazas de un país de la OTAN utilizaron sus armas para destruir un aparato que había penetrado en el espacio aéreo de otro miembro de la Alianza"
En Lituania hubo una acción militar inequívoca. Cazas de un país de la OTAN utilizaron sus armas para destruir un aparato que había penetrado en el espacio aéreo de otro miembro de la Alianza. Sabemos además que transportaba un explosivo. Pero todavía no sabemos quién lo lanzó. En Dinamarca ocurre exactamente lo contrario. Aquí conocemos a los dos actores. Una fragata rusa disparó bengalas contra un helicóptero militar de un país de la OTAN, pero no hubo fuego de respuesta, víctimas ni daños y Copenhague decidió gestionar el episodio diplomáticamente.

Tenemos, por tanto, las dos mitades de un posible enfrentamiento sin que ninguna complete por sí sola la definición. Lituania tiene acción militar, pero no atribución. Dinamarca tiene atribución, pero no combate. Esa ambigüedad no invalida el pronóstico, lo hace más interesante porque probablemente nos está diciendo algo sobre la naturaleza de la seguridad europea en 2026: la frontera entre paz y guerra se está haciendo mucho más difícil de identificar.

Florence Gaub y los escenarios B y C

Unas horas antes de estos acontecimientos, la experta en escenarios Florence Gaub había planteado precisamente este problema en Varsovia. La directora de la División de Investigación del NATO Defense College participó en el Europe Future Forum, organizado por Visegrad Insight y en el que ha participado Agenda Pública, y lanzó una advertencia especialmente pertinente para interpretar la evolución del pronóstico.

Europa debe continuar preparándose para el escenario A: un ataque convencional ruso contra Polonia o alguno de los países bálticos que provoque una respuesta militar de la OTAN. Pero sería un error pensar que Rusia necesariamente actuará según el escenario que nosotros llevamos años ensayando. Gaub defendió la necesidad de imaginar los planes B y C. Podemos contar tanques, aviones, soldados, munición y brigadas. Podemos calcular cuánto tardaría Rusia en reconstruir sus fuerzas después de Ucrania. Podemos estudiar cuánto necesita Europa para aumentar su producción industrial y reducir su dependencia de los denominados 'enablers' estadounidenses. Pero no sabemos cómo será la próxima guerra; la historia demuestra que somos sorprendentemente malos anticipándolo.

"Pero no sabemos cómo será la próxima guerra; la historia demuestra que somos sorprendentemente malos anticipándolo"
Por eso Gaub recuperó en Varsovia el trabajo de Lawrence Freedman sobre la historia de las predicciones militares. Las sociedades tienden a imaginar el próximo conflicto utilizando las categorías del anterior. Y después la realidad encuentra otra puerta. Quizá eso sea exactamente lo que estamos viendo ahora.

La guerra que no parece una guerra

Durante años hemos utilizado el término "guerra híbrida" para describir aquello que ocurre entre la paz y la guerra convencional. Gaub cree que incluso esa expresión ha dejado de ser particularmente útil. Bajo esa categoría conviven formas de presión muy distintas: sabotajes, ciberataques, drones, interferencias electrónicas, operaciones de información, incidentes contra infraestructuras críticas y acciones encubiertas. La cuestión ya no consiste únicamente en que Rusia pueda prepararse algún día para atacar militarmente a la OTAN, sino en que puede hacer daño hoy sin cruzar claramente el umbral que obligaría a la Alianza a responder militarmente. Esto indudablemente modifica la lectura del pronóstico. Si nuestra única pregunta es si veremos tanques rusos cruzando la frontera polaca o estonia antes de 2030, probablemente estaremos observando el indicador equivocado.

El riesgo más inmediato puede encontrarse precisamente en la acumulación de pequeños acontecimientos: un dron entra en territorio aliado y un caza lo derriba; una fragata dispara bengalas y un helicóptero continúa su misión; un cable submarino resulta dañado; un aeropuerto suspende operaciones; un radar interpreta erróneamente una trayectoria. Cada acontecimiento aislado puede ser gestionable, el problema aparece cuando dos decisiones tomadas en segundos convierten un incidente ambiguo en una secuencia de acción y reacción. Ese es el mecanismo que estamos siguiendo en Agenda Futura.

La ventana de vulnerabilidad

El segundo elemento del análisis de Gaub ayuda también a interpretar el 10% de TFM. Europa atraviesa una "ventana de vulnerabilidad". Los próximos cinco años serán particularmente delicados porque los europeos están intentando construir las capacidades necesarias para asumir una parte mucho mayor de su propia defensa mientras todavía dependen considerablemente de Estados Unidos. Washington lleva años dejando claro que su principal desafío estratégico es China, mientras que para los europeos, la amenaza inmediata continúa siendo Rusia.

La divergencia obliga a Europa a hacer más, pero cinco años son poquísimo tiempo para transformar unas Fuerzas Armadas. Gaub recordó que Estados Unidos necesitó aproximadamente una década para reformar su estructura militar después de Vietnam. Europa intenta ahora modificar las capacidades de más de treinta Estados, con gobiernos, industrias, presupuestos y ciclos electorales distintos.

"Mientras Rusia mantenga una parte sustancial de sus fuerzas comprometidas en Ucrania, su capacidad para abrir simultáneamente un conflicto convencional contra la OTAN es menor"
Ucrania proporciona tiempo. Mientras Rusia mantenga una parte sustancial de sus fuerzas comprometidas allí, su capacidad para abrir simultáneamente un conflicto convencional contra la OTAN es menor. Europa dispone de unos años para cerrar parte de su déficit militar. Pero eso tampoco significa que Rusia tenga que esperar, puede operar debajo del umbral. Y ahí los acontecimientos del Báltico adquieren otra dimensión.

El Báltico como laboratorio

Los dos incidentes de las últimas horas apuntan hacia una misma región. El Báltico se está convirtiendo en el principal laboratorio europeo de esa nueva seguridad. En un espacio relativamente reducido conviven fuerzas rusas y aliadas, Kaliningrado, las fronteras de Polonia y los Estados bálticos, importantes rutas marítimas, infraestructuras energéticas y de telecomunicaciones, bases militares y una densidad creciente de operaciones aéreas y navales.

El derribo de Lituania ofrece, al mismo tiempo, una señal tranquilizadora. La arquitectura defensiva funcionó: el objeto fue detectado, los cazas italianos despegaron desde Šiauliai y la amenaza fue neutralizada. El ministro lituano de Defensa explicó posteriormente que las autoridades nacionales participaron en el proceso de decisión desde el primer momento y que la operación duró aproximadamente treinta minutos. Es exactamente la clase de cohesión aliada que aumenta la disuasión.

Dinamarca ofrece otro contrapeso. Copenhague podía haber elevado políticamente el incidente, pero decidió no hacerlo. Convocó al embajador ruso y mantuvo el conflicto dentro del terreno diplomático. Moscú respondió también mediante una protesta diplomática. La misma jornada proporciona así argumentos en las dos direcciones. Aumenta el número y la gravedad de los incidentes. Pero también funcionan los mecanismos destinados a impedir que esos incidentes escalen. Por eso el 10% resulta plausible como descripción de una incertidumbre, pero sería un error leerlo como un indicador de que la guerra se aproxima inevitablemente.

El peligro de anunciar 2030

Gaub introdujo en Varsovia otra advertencia relevante. Ha contabilizado más de quince responsables de la OTAN o de países aliados que han hablado públicamente de la posibilidad de un ataque ruso antes de 2030. Entiende el objetivo político: crear sensación de urgencia para acelerar el rearme europeo. Pero existe un riesgo porque el miedo no siempre moviliza, también puede paralizar. Y, sobre todo, nadie sabe que Rusia vaya a atacar en 2030. Confundir preparación con predicción sería un error.

"La obligación de los gobiernos consiste en prepararse para escenarios de baja probabilidad pero consecuencias extraordinarias, no en presentar esos escenarios como acontecimientos inevitables"
La obligación de los gobiernos consiste en prepararse para escenarios de baja probabilidad pero consecuencias extraordinarias, no en presentar esos escenarios como acontecimientos inevitables. Eso es precisamente lo que hace útil un instrumento como The Forecasting Machine si se interpreta correctamente. Un 10% no significa "Rusia atacará", simplemente que existe suficiente evidencia para no considerar despreciable el escenario.

Lo que tenemos que observar ahora

La primera variable es Lituania. La investigación forense deberá determinar el modelo del dron, su sistema de navegación, la naturaleza exacta del explosivo y, fundamentalmente, quién lo operaba. Hasta entonces, atribuírselo a Rusia sería ir más allá de la evidencia disponible. Las propias autoridades lituanas han pedido explícitamente no precipitar las conclusiones. La segunda es Dinamarca. Habrá que conocer la evaluación militar sobre la trayectoria y distancia de las bengalas y determinar hasta qué punto se trató de intimidación deliberada o de una maniobra que terminó creando un riesgo mayor del previsto. La tercera continúa siendo Ucrania. Rusia lanzó alrededor de 200 drones durante la última oleada mientras Rusia y Ucrania continuaban atacando infraestructuras energéticas pese a las conversaciones sobre una posible moratoria. Mientras esa intensidad se mantenga, también continuará existiendo el riesgo de desbordamiento hacia países vecinos.

Y hay una cuarta variable que debemos empezar a incorporar a nuestro radar: la distancia entre guerra real y guerra reconocida. Puede que el acontecimiento que finalmente haga saltar el pronóstico no sea una invasión. Puede ser un dron cuya autoría se establezca horas después, un barco que interprete incorrectamente una maniobra o un misil desviado. 

The Forecasting Machine sitúa hoy el riesgo en el 10%. Pero los acontecimientos de Lituania y Dinamarca dejan una pregunta más importante que el porcentaje. Durante décadas supimos aproximadamente dónde terminaba la paz y empezaba la guerra. En la Europa de 2026, esa línea vuelve a ser peligrosamente difícil de ver.
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