Europa tiene una larga tradición de interpretar la política estadounidense a través de categorías ideológicas propias. Cuando gobierna una administración cercana al multilateralismo liberal, la relación transatlántica se describe como una comunidad natural de valores. Cuando llega una presidencia nacionalista o unilateralista, el debate europeo oscila entre la alarma y la condena. Sin embargo, esa mirada suele ser más moral que estratégica. Y en un momento en el que la política de Estados Unidos vuelve a redefinirse bajo el liderazgo de Donald Trump, España y Europa necesitan algo más que reacciones instintivas: necesitan una brújula.
Para España —y para buena parte de su tejido empresarial— esa brújula pasa por comprender una realidad simple: el debate sobre las relaciones con Estados Unidos no pasa solo por si es o no un aliado político o militar. Es también el mayor mercado desarrollado del mundo y el principal destino de la inversión exterior española. En un contexto geopolítico marcado por la rivalidad entre grandes potencias y la creciente politización del comercio, la relación con Washington debe tratarse con extremada inteligencia.
"El debate sobre las relaciones con Estados Unidos no pasa solo por si es o no un aliado político o militar. Es también el mayor mercado desarrollado del mundo y el principal destino de la inversión exterior española"
En mi Brújula Europea de la semana pasada, afirmé que la autonomía estratégica europea empieza por saber decir "no" a un amigo y aliado como es Estados Unidos.
Pero esta autonomía estratégica también pasa por defender los intereses económicos de nuestras empresas en Estados Unidos.
Los datos lo ilustran con claridad. La posición inversora española en Estados Unidos supera los 117.000 millones de euros, lo que convierte al país norteamericano en el principal destino de la inversión exterior española, concentrando aproximadamente el 15% del total invertido en el exterior.
A esa presencia se suma una realidad empresarial significativa: alrededor de 2.000 filiales de empresas españolas operan hoy en Estados Unidos, generando cerca de 600.000 empleos y una facturación conjunta superior a 255.000 millones de euros.
En otras palabras, la relación transatlántica no es solo política. Es profundamente económica.
El capitalismo transatlántico
Durante las últimas dos décadas, la inversión española en Estados Unidos ha crecido de forma sostenida. Grandes multinacionales han consolidado posiciones estratégicas en sectores clave de la economía norteamericana, desde la energía hasta las infraestructuras o los servicios financieros.
"Para muchas compañías españolas, Estados Unidos no es un mercado exterior. Es un mercado doméstico ampliado"
Empresas como Iberdrola han convertido el mercado estadounidense en uno de sus principales polos de crecimiento, especialmente en energías renovables y redes eléctricas. Otras compañías como Ferrovial o ACS Group participan en algunos de los mayores proyectos de infraestructura del país, desde autopistas hasta aeropuertos. En el sector energético, Repsol mantiene una presencia relevante en exploración y producción, mientras que Banco Santander ha consolidado su filial estadounidense como uno de los pilares de su negocio internacional.
Este entramado empresarial forma parte de un fenómeno más amplio: la existencia de un verdadero capitalismo transatlántico, en el que las grandes empresas europeas operan dentro de la economía estadounidense como actores locales.
Para muchas compañías españolas, Estados Unidos no es un mercado exterior. Es un mercado doméstico ampliado.
Trump y la lógica de la geoeconomía
La presidencia de Trump no ha inventado la geoeconomía estadounidense, pero sí la ha llevado a un nivel de explicitud poco habitual. En su visión, la política exterior está estrechamente vinculada a la política comercial, la seguridad energética y la competitividad industrial.
"Los aranceles, las sanciones económicas o las restricciones tecnológicas se han convertido en instrumentos de política exterior"
Los aranceles, las sanciones económicas o las restricciones tecnológicas se han convertido en instrumentos de política exterior. Instituciones multilaterales como la World Trade Organization siguen existiendo, pero su capacidad de arbitraje ha disminuido frente a la lógica de la negociación bilateral.
Para Europa, esto genera incomodidad, pero también claridad. La política económica estadounidense se articula cada vez más en torno a intereses nacionales explícitos. Y en ese entorno, las empresas extranjeras —incluidas las españolas y las europeas— deben navegar un ecosistema regulatorio donde la política tiene un peso creciente.
Esto no implica necesariamente hostilidad hacia la inversión extranjera. De hecho, Estados Unidos sigue siendo uno de los mercados más abiertos del mundo desarrollado. Pero sí significa que sectores considerados estratégicos —energía, infraestructuras, tecnología— están cada vez más sujetos a decisiones políticas.
El poder real de los estados
Uno de los errores más comunes en Europa es imaginar que toda la política económica estadounidense se decide en Washington. En realidad, una parte significativa del entorno regulatorio depende de los estados federados.
Esto es particularmente relevante en sectores como la energía, las infraestructuras o las telecomunicaciones. Estados como Texas, Florida o California poseen marcos regulatorios propios, incentivos fiscales diferenciados y agendas políticas que pueden divergir considerablemente de la Casa Blanca.
"Para una empresa española, la geografía política interna de los Estados Unidos es tan importante como su economía"
Para una empresa española, la geografía política estadounidense es tan importante como su economía. Comprender quién gobierna cada estado, qué prioridades regulatorias existen y qué alianzas institucionales pueden construirse se convierte en parte esencial de la estrategia empresarial.
Este fenómeno explica por qué muchas multinacionales extranjeras han desarrollado redes institucionales complejas dentro de Estados Unidos, con presencia no solo en Washington, sino también en capitales estatales y cámaras de comercio regionales.
Energía, seguridad y poder
Si hay un sector donde la política estadounidense tiene implicaciones globales, es el energético. Estados Unidos ha consolidado su posición como una de las grandes potencias energéticas del siglo XXI, y esa capacidad se ha convertido en un instrumento geopolítico.
Las grandes compañías del sector, desde ExxonMobil hasta Chevron, operan en un entorno donde la política energética se entrelaza con la estrategia de seguridad nacional. Decisiones sobre exportaciones de gas natural licuado, sanciones a productores rivales o regulaciones medioambientales pueden alterar mercados enteros.
Para Europa, dependiente todavía de importaciones energéticas y en pleno proceso de transición climática, esa dinámica tiene consecuencias directas. La política energética estadounidense ya no es un asunto doméstico: es un factor que condiciona el equilibrio energético global. En este sentido, escribí y contextualicé la presencia del CEO de Repsol, Josu Jon Imaz, en una reunión con el presidente estadounidense en la Casa Blanca.
Una relación económica profunda
A pesar de las tensiones comerciales o políticas que puedan surgir en determinados momentos, los datos sugieren que la relación económica entre España y Estados Unidos seguirá siendo profunda. Según encuestas empresariales recientes, el 96% de las empresas españolas presentes en Estados Unidos prevé mantener su presencia en el país durante los próximos cinco años, y una mayoría planea seguir invirtiendo y ampliando plantilla.
Este optimismo refleja una realidad estructural: Estados Unidos sigue ofreciendo un mercado amplio, un marco institucional estable y oportunidades de crecimiento difíciles de encontrar en otras economías desarrolladas.
Una brújula para España
Todo esto plantea una cuestión fundamental para España: ¿cómo relacionarse con una administración estadounidense cuya visión del orden internacional difiere de la tradición multilateral europea?
En mi entrevista a Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, aparece un concepto que quiero poner de relieve: la paciencia estratégica. "Hay que asumir que la situación política actual en Estados Unidos pasará, aunque no del todo. Los que vengan después de Trump no serán los viejos atlantistas que creían en la OTAN o en la Unión Europea como parte de una misma construcción", afirma Powell.
Asumida la realidad, y aun en el contexto de la Unión Europea y la OTAN donde seguimos creyendo que pueden resolverse los problemas de forma multilateral, nuestras relaciones bilaterales deben ser reforzadas como respuesta a un debilitamiento innegable de las instituciones multilaterales. "Y aún es más importante en la relación con Estados Unidos, donde la asimetría estructural entre una potencia global y un país de tamaño medio siempre exige una diplomacia especialmente sofisticada" me dijo Powell en la entrevista.
"Los que vengan después de Trump no serán los viejos atlantistas que creían en la OTAN o en la Unión Europea como parte de una misma construcción"
España también tiene cartas propias que jugar y así lo está haciendo la embajadora española Ángeles Moreno Bau en Estados Unidos. No debemos abandonar la idea de que el sistema político estadounidense está compuesto por fuertes y activos contrapesos y estos han permitido históricamente que Estados Unidos absorba crisis políticas profundas sin abandonar su estructura democrática.
La respuesta no pasa por la confrontación ni por la adaptación acrítica. Más bien requiere desarrollar una capacidad española de análisis estratégico que combine realismo político con defensa de intereses propios.
Europa necesita comprender Washington en sus propios términos: como un sistema político complejo donde interactúan la Casa Blanca, el Congreso, los estados federados, las agencias regulatorias y un amplio ecosistema de actores privados.
En última instancia, la relación entre Europa y Estados Unidos nunca ha sido completamente armónica. Ha sido, más bien, una combinación constante de cooperación y competencia.
En un mundo donde la geopolítica vuelve a mezclarse con la economía, esa dualidad se vuelve aún más evidente. Para Europa, la tarea no consiste en elegir entre alinearse o distanciarse de Washington. Consiste en desarrollar la capacidad de entenderlo.
La relación transatlántica será distinta. Pero España sigue teniendo cartas que jugar. Y para jugarlas bien, hará falta algo más que nostalgia estratégica: hará falta una brújula.