Las elecciones suecas dejan una paradoja que merece atención.
Suecia se ha desplazado políticamente hacia la derecha, pero quien parece beneficiarse de ese movimiento no es esta vez la derecha radical. Por primera vez desde su entrada en el Parlamento en 2010, los
Demócratas Suecos (DS) pierden apoyo electoral. Los Moderados de
Ulf Kristersson recuperan la segunda posición que habían perdido en 2022, mientras el bloque progresista encabezado por
Magdalena Andersson obtiene provisionalmente 176 escaños frente a los 173 de la derecha. Una diferencia mínima, de apenas unas décimas, que todavía debe confirmarse con el
recuento de los votos tardíos y procedentes del exterior.
Pero hablar simplemente de una victoria socialdemócrata sería engañoso. El
partido de Andersson continúa siendo la primera fuerza del país, como en todas las elecciones generales desde 1917, pero cae desde el 30,3% de 2022 hasta
menos del 28%, uno de los peores resultados de su historia contemporánea. La paradoja es considerable, ya que
los socialdemócratas pueden regresar al Gobierno después de cuatro años en la oposición precisamente en unas elecciones en las que pierden apoyo.
Una izquierda más plural
Lo que permite la victoria del bloque progresista es, por tanto, algo más interesante que una recuperación socialdemócrata: la recomposición de la izquierda sueca.
Los Verdes y el
Partido de la Izquierda refuerzan sus posiciones y se convierten en
actores indispensables para cualquier alternativa a Kristersson. Andersson continúa ocupando el centro de gravedad del espacio progresista, pero ya no puede gobernarlo con la posición dominante que la socialdemocracia tuvo durante buena parte del siglo XX. Si vuelve a ser primera ministra, lo hará
dependiendo más que antes de una izquierda y unos verdes fortalecidos.
"Lo que permite la victoria del bloque progresista es algo más interesante que una recuperación socialdemócrata: la recomposición de la izquierda sueca"
Esto tendrá, además,
consecuencias políticas. Tanto los Verdes como el Partido de la Izquierda discrepan de los socialdemócratas en cuestiones importantes, entre ellas la dureza alcanzada por la
política migratoria. Y el Partido de la Izquierda ha dejado claro que pretende traducir su apoyo parlamentario en influencia gubernamental. La victoria abre así una
oportunidad para la izquierda, pero también una
negociación sobre qué izquierda gobernará Suecia.
Esa transformación tiene también una
dimensión territorial, tal y como se está viendo que sucede en toda Europa. Suecia aparece crecientemente atravesada por fracturas que se superponen al eje tradicional izquierda-derecha. Las
grandes ciudades y los espacios universitarios ofrecen un terreno especialmente favorable a los
Verdes, el Partido de la Izquierda y los sectores progresistas, mientras las
ciudades pequeñas, las zonas rurales y determinados territorios industriales presentan una competición mucho más intensa entre
socialdemócratas, Moderados y Demócratas Suecos. En el
norte, regiones históricamente bastiones de la socialdemocracia, sostenidos por la industria, la minería, los sindicatos y un poderoso Estado del bienestar territorial, han visto cómo
segmentos del electorado obrero tradicionalmente socialdemócrata han sido penetrados por DS. Mientras que
en el sur tanto la derecha como la extrema derecha mantienen sus plazas sin problema. A ello se añade una
creciente fractura campo-ciudad, donde las grandes áreas metropolitanas concentran buena parte del voto verde y de izquierda, mientras la derecha radical encuentra mayor capacidad de penetración fuera de ellas.
"La vieja coalición socialdemócrata que unía trabajadores industriales, empleados públicos, ciudades y periferias territoriales existe todavía, pero está cada vez más fragmentada"
Esta geografía ayuda a comprender el
problema estratégico de los socialdemócratas. Andersson debe competir simultáneamente con DS por el voto obrero y periférico, con los Moderados por sectores de las clases medias y con los Verdes y el Partido de la Izquierda por el electorado progresista urbano. La vieja coalición socialdemócrata que unía trabajadores industriales, empleados públicos, ciudades y periferias territoriales existe todavía, pero está cada vez más fragmentada.
Perder votos, ganar la agenda
Y ahí aparece la otra gran paradoja de estas elecciones. Desde que entraron en el
Riksdag en 2010, los
DS habían aumentado su porcentaje de voto en todas las elecciones generales. En
2022 alcanzaron el 20,5%, adelantaron a los Moderados y se convirtieron en la segunda fuerza del país. Cuatro años después retroceden precisamente tras la legislatura en la que han ejercido mayor influencia política. El
acuerdo de Tidö permitió a Kristersson gobernar gracias a su apoyo y convirtió buena parte de sus prioridades sobre
inmigración, ciudadanía, integración y seguridad en políticas gubernamentales.
De este modo,
la extrema derecha pierde votos después de haber conseguido transformar la agenda. Y quienes recogen electoralmente los beneficios son, en direcciones distintas,
los Moderados y la izquierda. Los primeros pueden ofrecer políticas restrictivas sobre inmigración y seguridad sin la carga política de votar a DS. Los Verdes y el Partido de la Izquierda, por su parte, pueden
movilizar a quienes rechazan que la adaptación al nuevo consenso conservador sea el único camino para derrotar a la derecha.
Eso obliga también a matizar la idea de una extraordinaria resistencia socialdemócrata. La resistencia existe porque, pese a obtener uno de sus peores resultados históricos, el
partido continúa siendo con diferencia la primera fuerza política del país. Pero ya no basta para explicar la victoria. Si el bloque progresista termina formando Gobierno, será porque la izquierda plural es la que
compensa el retroceso de su partido históricamente dominante.
"Durante los últimos años, los socialdemócratas han endurecido sus posiciones sobre inmigración, seguridad y delincuencia tratando de recuperar a los trabajadores atraídos por DS"
Y esto plantea un
dilema especialmente interesante para Andersson. Durante los últimos años, los socialdemócratas han endurecido sus posiciones sobre inmigración, seguridad y delincuencia tratando de recuperar a los trabajadores atraídos por DS. Pero sus futuros socios se fortalecen precisamente
defendiendo posiciones más progresistas en algunas de esas materias. El eventual Gobierno deberá gestionar esa contradicción.
Las elecciones suecas dejan así dos movimientos simultáneos. Por un lado,
la extrema derecha retrocede electoralmente después de haber contribuido decisivamente a desplazar hacia la derecha el centro político del país. Por otro,
los socialdemócratas pueden recuperar el Gobierno pese a obtener uno de sus peores resultados, gracias al fortalecimiento de una izquierda más plural.
Por eso el resultado no debería leerse simplemente como el regreso de la socialdemocracia sueca. De este modo, podríamos tener un gobierno progresista en una Suecia políticamente más conservadora y con una izquierda internamente más fragmentada. A partir de ahí, primero veremos si Andersson consigue el Gobierno y después
cuáles serán las políticas que tendrá que negociar con quienes hacen posible su mayoría. Porque los Demócratas Suecos pueden perder votos después de haber ganado parte de la
batalla cultural. Y los socialdemócratas pueden ganar el Gobierno después de haber perdido parte de su antigua hegemonía.