Viernes, 4 de septiembre de 2026
SEGURIDAD

La tentación nuclear europea: "Los misiles nucleares no ganan guerras, las vuelven imposibles"

A pesar de la intención francesa de extender el paraguas nuclear a sus socios europeos, el continente "enfrenta un problema estructural que ninguna cantidad de ojivas francesas resuelve". Para el experto en defensa y seguridad Antonio Legaz, Europa y su arsenal nuclear aún tienen una fuerte dependencia de EE. UU. Además, advierte de los costes y los escasos beneficios que puede conllevar la amenaza nuclear.

Antonio Legaz Antonio Legaz 4 de febrero de 2026
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Friedrich Merz, canciller alemán, Keir Starmer, primer ministro británico, Volodimir Zelenski, presidente ucraniano y Emmanuel Macron, presidente francés. | Lauren Hurley / Número 10 Downing Street
Friedrich Merz, canciller alemán, Keir Starmer, primer ministro británico, Volodimir Zelenski, presidente ucraniano y Emmanuel Macron, presidente francés. | Lauren Hurley / Número 10 Downing Street
El 25 de enero de 2026, el primer ministro sueco, Ulf Kristersson, confirmó que su Gobierno mantenía conversaciones sobre colaboración nuclear con Francia y el Reino Unido. Dos días después fue más explícito en una entrevista para la SVT: "Sí, Suecia podría participar en un programa nuclear francés". La opinión pública lo redujo a un nuevo caso de proliferación nuclear europea.

Esta narrativa es engañosa. Kristersson no es el protagonista de esta historia, sino el canario en la mina que finalmente canta lo suficientemente fuerte para que Europa lo escuche. Confirma que el continente ha llegado colectivamente a un punto de inflexión estratégico. Suecia es testigo final de una transformación que ha venido ocurriendo en salones de Berlín, Varsovia, París y Londres durante dieciocho meses. El verdadero debate es cómo construir una defensa nuclear europea unificada resolviendo lo que la Guerra Fría nunca aclaró: ¿sacrificaría París su seguridad por la de Estocolmo?

"El verdadero debate es cómo construir una defensa nuclear europea unificada resolviendo lo que la Guerra Fría nunca aclaró: ¿sacrificaría París su seguridad por la de Estocolmo?"
Esta arquitectura de seguridad se vuelve política en 2025, cuando Macron la vocaliza como alternativa. El 28 de febrero, durante una visita a Portugal, el presidente francés articuló públicamente que el país tiene una dimensión europea de sus intereses vitales. Una semana después, declaró: "El futuro de Europa no tiene que ser decidido en Washington o Moscú". El contexto era crítico: presión de Trump sobre Groenlandia y la duda sobre si EE. UU. defendería a aliados que no gastaran suficiente en defensa. Para un presidente responsable de 67 millones de personas, el mensaje era claro: la garantía estadounidense ya no era segura.


Francia ofrecería su paraguas nuclear a otros estados europeos. Esto importaba porque Francia, a diferencia del Reino Unido, posee capacidad nuclear verdaderamente autónoma. Reino Unido depende de misiles Trident estadounidenses. Francia diseña, fabrica y controla 290 ojivas nucleares, cuatro submarinos Triomphant y sesenta aviones Rafale sin dependencia de Washington. Es el único actor nuclear europeo que podría proporcionar disuasión sin permiso estadounidense.

Desde París hasta el Ártico

El 10 de julio de 2025, la Declaración de Northwood formalizó la coordinación franco-británica. El documento establecía que ambas naciones responderían a amenazas existenciales a Europa sin Washington. Un compromiso securitario europeo camuflado tras tecnicismos diplomáticos.

El 21 de febrero de 2025, Friedrich Merz, entonces candidato a la Cancillería alemana, hizo una declaración radical. Alemania debería discutir si la protección nuclear francesa podría extenderse a Alemania. Esto era una ruptura fundamental. Una Alemania que por 75 años había renunciado a armas nucleares ahora pedía negociaciones. La reacción de Macron fue reveladora, aceptó que la conversación era legítima.

"Donald Tusk afirmó ante el Parlamento polaco que «Polonia debe lograr capacidades modernas incluyendo armas nucleares» y que «mantenemos conversaciones serias con Francia sobre su paraguas nuclear»"
El 7 de marzo, Donald Tusk afirmó ante el Parlamento polaco que "Polonia debe lograr capacidades modernas incluyendo armas nucleares" y que "mantenemos conversaciones serias con Francia sobre su paraguas nuclear". Polonia gasta en torno al 5% de su PIB en defensa, la tasa más alta de la OTAN, pero incluso esto no era tranquilizador bajo Trump. La Administración había retirado 1.000 soldados del flanco oriental en enero. La Estrategia Nacional estadounidense de diciembre caracterizaba a Rusia como "amenaza controlable" para miembros orientales de la OTAN.


Con Francia proponiendo desplegar su paraguas nuclear, Alemania pidiendo acceso y Polonia demandando opciones, la revelación de Kristersson era el destino lógico. La cascada había llegado al Ártico. Incluso países ricos, estables y tecnificados sentían urgencia de negociar opciones nucleares. Pero esta cascada no es pánico irracional. Es la reacción normal al cambio en la credibilidad estadounidense. Durante 2025, Trump cuestionó repetidamente si EE. UU. defendería a aliados que no cumplieran con los umbrales de gasto en defensa, mientras Pete Hegseth, secretario de Guerra, advertía que "realidades geopolíticas impiden que EE. UU. actúe como garante de seguridad permanente". La amenaza de anexarse Groenlandia en enero de 2026, sin consultar a la OTAN ni respetar la soberanía danesa, fue la gota que colmó el vaso.

Merz, Tusk y Kristersson descubren simultáneamente que la seguridad estadounidense tiene precio. Años de confiar en garantías incondicionadas se desmoronan en meses. París ofrece lo que Washington ya no promete sin reservas. La pregunta que enfrentan no es si aceptar opciones nucleares francesas, sino si pueden permitirse rechazarlas cuando hacerlo significa abrazar voluntariamente la fragilidad de una alianza que ya no garantiza nada.

¿Y si la bomba nuclear europea no resuelve nada?

Después de la voluntad política, llega la realidad técnica. Incluso si Europa recurre a opciones nucleares franco-británicas, enfrenta un problema estructural que ninguna cantidad de ojivas francesas resuelve. A grandes rasgos, la guerra moderna opera en tres niveles simultáneos: el táctico, donde se libran batallas, el operacional, donde se coordinan movimientos de fuerzas y el estratégico, donde se define la disuasión global. Europa descubre que su dependencia permea todos ellos.

"Sin sistemas estadounidenses, la capacidad operativa se desmorona. Son capacidades que Europa simplemente no posee y además hablamos de sistemas que requieren inversión de décadas"
A nivel táctico, Europa posee fuerzas convencionales sofisticadas, pilotos entrenados y sistemas de armas modernos. Pero ninguno de estos elementos funciona sin inteligencia estadounidense de largo alcance. Los cazas europeos no pueden detectar amenazas sin satélites de reconocimiento estadounidenses. Los helicópteros de ataque no pueden operar sin reabastecimiento en vuelo estadounidense. Las fragatas no pueden coordinar movimientos sin comunicaciones estratégicas estadounidenses. Incluso con coordinación defensiva extraordinaria como la del
Fennoscandian Trio entre Finlandia, Suecia y Noruega, con fuerzas integradas y doctrinas alineadas, la realidad táctica es igual. Sin sistemas estadounidenses, la capacidad operativa se desmorona. Son capacidades que Europa simplemente no posee y además hablamos de sistemas que requieren inversión de décadas, pero que al mismo tiempo permanecen bajo monopolio estadounidense.

A nivel operacional, la dependencia es igualmente estructural. Cualquier operación militar coordinada de envergadura requiere sistemas de mando y control integrados, comunicaciones estratégicas resilientes y coordinación en tiempo real de movimientos de fuerzas dispersas. Esta infraestructura permanece bajo la arquitectura estadounidense de la OTAN. Europa está construyendo productos paralelos europeos, pero requeriría años de desarrollo y un consenso político que simplemente no existe.

A nivel estratégico, la dependencia técnica es irreversible incluso para Francia. Aunque París posee misiles M51 autónomos y mantiene ingeniería nuclear independiente, su arsenal está limitado a 290 ojivas, una cifra que palidece ante las 5.800 de Rusia. Esto significa que Francia depende de la disuasión por incertidumbre más que por paridad, lo que la vuelve vulnerable a cualquier cambio en la percepción estadounidense de amenaza rusa. Además, la producción de combustible de grado militar requiere reactores especializados de los que Europa carece, generando una dependencia externa adicional. El almacenamiento de material fisionable opera bajo protocolos del OIEA supervisados internacionalmente, lo que vincula cualquier arsenal europeo a estándares estadounidenses. Los laboratorios de armas nucleares no pueden desarrollar capacidades avanzadas sin cooperación estadounidense en componentes críticos. Ningún país europeo, incluso Francia, podría modernizar su arsenal nuclear sin cooperación estadounidense. La independencia nuclear francesa es, en realidad, independencia táctica dentro de una dependencia estratégica más amplia.

"Europa está descubriendo después de 75 años de alianza atlántica: su defensa continental es estructuralmente dependiente en todos los niveles de guerra de capacidades estadounidenses"
Pero aquí está el punto que destruye toda lógica de búsqueda de opciones nucleares franco-británicas. Estos tres niveles no son aislables. Aunque Suecia tuviera acceso a protección nuclear francesa, necesitaría inteligencia estadounidense para detectar amenazas. Necesitaría sistemas de mando estadounidenses para coordinar respuesta. Necesitaría logística estadounidense para proyectar poder. Dominar un nivel no te permite omitir los otros. Las ojivas francesas no resuelven la dependencia táctica ni operacional, que son donde realmente ocurren las guerras modernas.


Esto es lo que Europa está descubriendo después de 75 años de alianza atlántica: su defensa continental es estructuralmente dependiente en todos los niveles de guerra de capacidades estadounidenses que Trump ha convertido en negociables. Buscando opciones nucleares como solución, Europa está tratando únicamente el nivel estratégico mientras ignora que la verdadera vulnerabilidad es también táctica y operacional.

Una ilusión nuclear

Durante la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962, el secretario de Defensa Robert McNamara ordenó a destructores estadounidenses que se alejaran de submarinos soviéticos. Su razonamiento era que la confrontación directa podría escalar hacia lo irreversible. Ambas superpotencias poseían capacidades nucleares desarrolladas. La destrucción mutua era matemáticamente asegurada.

Pero lo interesante no es lo que sucedió en el océano, sino lo que ocurrió en las salas de crisis. McNamara fue claro en los registros desclasificados de EXCOMM: "Los misiles nucleares no ganan guerras. Las vuelven imposibles". Esa frase desmonta una ilusión que Europa ha mantenido durante décadas. Cuando la destrucción es mutuamente asegurada, la disuasión deja de operar en el plano de la bomba. Se desplaza hacia otro terreno completamente diferente.

Kennedy y Jruschov no resolvieron la crisis mediante amenazas nucleares. La resolvieron negociando un intercambio; la retirada de misiles estadounidenses en Turquía por la retirada de misiles soviéticos en Cuba. Jruschov no retiró los misiles porque tuviera miedo de las armas nucleares. Ese miedo lo tenía desde 1957. Los retiró porque reconoció que tanto Washington como la Unión Soviética poseían el poder de hacer que sus palabras se convirtieran en hechos. La bomba proporcionaba la razón por la que sentarse a la mesa. La capacidad de proyección tangible hacía posible cerrar el acuerdo.

"Europa está construyendo la ilusión de que el acceso a armas nucleares francesas otorgará credibilidad. Pero la credibilidad no surge de ojivas, surge de la voluntad política de respaldar sus intenciones"
Aquí radica la piedra en el zapato de la búsqueda nuclear europea. La soberanía verdadera comienza donde termina la capacidad de destrucción y comienza la capacidad de construir realidades. Una potencia soberana habla y sus palabras tienen peso porque están respaldadas por hechos verificables; una diplomacia sin subordinación. Cuando una potencia media como Suecia o Polonia declara "nosotros también contamos", esa declaración necesita respaldo de capacidades que demuestren que es cierta. Sin eso, es solo ruido en la arquitectura internacional.


Europa está construyendo la ilusión de que el acceso a armas nucleares francesas otorgará credibilidad. Pero la credibilidad no surge de ojivas, surge de la voluntad política de respaldar sus intenciones con capacidades y de hacerlas valer hasta que se conviertan en hechos. Cuando la UE declara que defenderá sus fronteras, sus palabras carecen de peso porque ni posee la voluntad unánime de hacerlas valer en el terreno, ni tiene la capacidad de proyectar fuerza en múltiples dominios simultáneamente, ni puede sostener esa promesa en el tiempo. Poseer bombas nucleares francesas no cambia eso. Solo añade el complejo teatro nuclear a un acto ya falto de credibilidad convencional.

La verdadera soberanía es la capacidad de articular una posición sobre el mundo y de tener el poder verificable de respaldarla. No mediante destrucción, sino mediante construcción. No mediante amenaza, sino mediante demostración. Cuando Europa posea eso entonces sus palabras tendrán peso. Entonces la diplomacia tendrá significado. Entonces las opciones nucleares franco-británicas serán simplemente una pieza más en un rompecabezas de poder real.

Sin eso, las opciones nucleares son una escalera que no lleva a ninguna parte. Quien identifica el poder con la capacidad de destrucción ha invertido la jerarquía de las cosas: ha puesto las reglas de la guerra donde deberían estar las reglas de los hombres. La verdadera soberanía no se adquiere al destruir, sino al ser escuchado cuando propones. Eso solo se logra cuando quienes te rodean reconocen que tu palabra es más valiosa que tus armas. Jruschov lo entendió en Cuba, al ser la voluntad de negociar la que convirtió esa mesa en un acuerdo duradero. La diplomacia triunfó donde la amenaza habría fracasado. Así, Europa está buscando el instrumento equivocado para el problema que tiene.
Antonio Legaz
Antonio Legaz
Analista de defensa e inteligencia en una empresa del sector de la defensa
Participación