Martes, 28 de julio de 2026
ORIENTE MEDIO

Fordow: el búnker nuclear que define la guerra entre Irán, Israel y EE. UU.

Enterrada bajo una montaña, la planta nuclear de Fordow es el núcleo simbólico y estratégico del programa iraní, y el epicentro de su pulso con Israel. Juan José de Arriba Muñoz, profesor adjunto en el IE y la Universidad de Navarra, analiza las consecuencias que tendrá su destrucción para la disuasión, la región y el orden global.

Juan José de Arriba Muñoz Juan José de Arriba Muñoz 23 de junio de 2025
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Estudiantes protestan contra el acuerdo nuclear iraní ante la central de Fordow, en 2012. | Siamak Ebrahimi / Zuma Press / ContactoPhoto
Estudiantes protestan contra el acuerdo nuclear iraní ante la central de Fordow, en 2012. | Siamak Ebrahimi / Zuma Press / ContactoPhoto
La Fordow Fuel Enrichment Plant —más conocido simplemente como Fordow— es una instalación de enriquecimiento de uranio excavada en las entrañas de una montaña cerca de Qom, en el norte de Irán. Originalmente, fue un sitio militar de la Guardia Revolucionaria, mantenido en secreto hasta que Occidente detectó su existencia en 2009, obligando a Irán a revelarlo públicamente. Desde entonces, Fordow ha sido un símbolo de la determinación de Irán de proteger su programa nuclear frente a posibles ataques.

A diferencia de Natanz —la principal planta de enriquecimiento iraní, con decenas de miles de centrifugadoras—, Fordow albergaba unas 3.000 centrifugadoras (según datos del OIEA), una fracción de la capacidad de Natanz pero colocadas en un búnker endurecido bajo cientos de metros de roca. Esta ubicación subterránea le confiere un carácter estratégico y simbólico: operacionalmente, ofrecía a Irán un lugar resguardado donde seguir enriqueciendo uranio incluso si sus instalaciones más expuestas fueran destruidas; simbólicamente, representa un desafío abierto a las amenazas externas, mostrando que Irán fue capaz de "enterrar" su proyecto nuclear fuera del alcance fácil de sus enemigos.

Operativamente, Fordow ha sido pivotal para el avance del programa nuclear iraní. Ya antes del acuerdo nuclear de 2015, expertos del IISS advertían que Fordow estaba diseñado "claramente para fines nucleares militares", como una forma de reserva o seguro: en caso de un ataque a otros sitios, las centrifugadoras protegidas de Fordow podrían preservar la capacidad de Irán para obtener uranio altamente enriquecido. De hecho, analistas señalaron que Fordow sería el sitio más probable para un eventual proyecto secreto de arma nuclear —un programa de ruptura—, precisamente por su ubicación fortificada.

"Atacar Fordow, en la lógica de Schelling, significa que la disuasión ha colapsado y las partes han optado por la coacción total, asumiendo que el adversario solo cederá tras un golpe demoledor"
Durante años las sospechas han recaído sobre Fordow: allí se han instalado centrífugas avanzadas IR-6 capaces de enriquecer más rápido, y en 2023 inspectores del OIEA hallaron partículas de uranio enriquecido al 84%, cerca del nivel armamentístico (90%). Esto indica que Fordow ha servido para que Irán experimente con altos niveles de enriquecimiento —muy por encima de lo necesario para uso civil—, alimentando las sospechas de un objetivo militar encubierto. Como resumió Manuel Herrera, especialista en no proliferación, "Fordow siempre fue una gran preocupación por su localización, tamaño y capacidad técnica… todos sabíamos desde el principio que apuntaba a enriquecer uranio para armas". En suma, Fordow operaba como el corazón protegido del programa nuclear iraní, una instalación de valor tanto práctico (para una posible fabricación rápida de material fisible) como político-estratégico (como carta de negociación y baluarte defensivo de la soberanía tecnológica de Irán).
 

Atacar Fordow: una escalada crítica en la lógica de Schelling

En la teoría de la disuasión de Thomas Schelling, ciertos objetivos se convierten en "puntos focales" cuya importancia es entendida por todas las partes, configurando líneas rojas tácitas. Fordow encaja justamente como ese punto focal estratégico en la confrontación Irán–Israel—EE. UU.: todos reconocen que es una instalación clave, de enorme peso simbólico y práctico en el pulso nuclear. Según la lógica de Schelling, amenazar o atacar un objetivo tan significativo equivale a cruzar un umbral cualitativo de escalada, enviando una señal inequívoca de compromiso absoluto con la causa —pero a la vez arriesgando una reacción igualmente contundente del adversario—.

En otras palabras, Fordow se ha convertido en una especie de Rubicón en esta crisis: decidir su destrucción implica pasar de las medidas de presión convencionales a una fase de confrontación abierta de máximo riesgo. Fordow, sin embargo, es diferente: es un blanco en suelo iraní profundamente vinculado al orgullo y la seguridad nacional. Golpear Fordow equivaldría a traspasar la barrera de la guerra abierta. En términos de Schelling, supondría convertir una amenaza latente en acción manifiesta, eliminando la ambigüedad. Esto podría romper las últimas barreras de contención: si hasta ahora la perspectiva de atacar Fordow funcionaba como disuasión mutua (Israel y EE. UU. lo habían dudado por miedo a desatar una guerra mayor; Irán quizás había moderado su programa para no provocar ese ataque), al ejecutarse el ataque se liberan las fuerzas de la escalada.

La "lógica de la escalada" schellingiana sugiere que una vez cruzada cierta línea roja, ambas partes pueden sentirse empujadas a responder de forma exponencial, al no quedar ya zonas grises ni opciones intermedias creíbles de negociación. Es por ello que numerosos analistas calificaban un posible ataque a Fordow como la escalada más crítica del conflicto: sería interpretado por Teherán como casus belli, posiblemente desencadenando represalias directas, el cierre del Estrecho de Ormuz o una guerra regional a gran escala que antes se había evitado.

Cabe destacar que la mera existencia de Fordow también jugaba un papel en la coerción diplomática: al construir este "santuario" nuclear, Irán creó hechos consumados para fortalecer su posición negociadora (algo que Schelling describiría como mover el "punto focal" del acuerdo). Por ejemplo, el descubrimiento de Fordow en 2009 precipitó las primeras negociaciones directas entre EE. UU. e Irán en décadas, y en el acuerdo nuclear de 2015 se obligó a Irán a cesar todo enriquecimiento en Fordow y convertirlo en centro de investigación, precisamente por su simbolismo peligroso. Así, Fordow ha sido un elemento central de disuasión y negociación: para Irán, disuadir ataques, mostrando que su programa podía sobrevivir incluso bombardeos (un "búnker invulnerable"); para Israel y las potencias, una pieza a neutralizar para asegurar que Irán no alcance la bomba. Atacar Fordow, en la lógica de Schelling, significa que la disuasión ha colapsado y las partes han optado por la coacción total, asumiendo que el adversario solo cederá tras un golpe demoledor.
 

Capacidades necesarias para destruir Fordow: el papel de EE. UU. (búnker-busters y B-2/B-21)

Una de las razones por las que Fordow nunca había sido atacado antes de 2025 es técnica: la instalación está enterrada bajo ochenta metros de roca sólida dentro de una montaña, con túneles reforzados de hormigón. Además, estaba protegida por defensas antiaéreas de largo alcance. Esto hace que Fordow fuera prácticamente inmune a las armas convencionales en el arsenal israelí. Israel, aun con su poderosa fuerza aérea, carece de una bomba de penetración lo suficientemente potente para alcanzar las salas subterráneas de centrifugación. Sus municiones antibúnker más avanzadas —como la GBU-28 (bomba de 5.000 libras desarrollada por EE. UU.) o las más pequeñas BLU-109— pueden perforar búnkeres superficiales o dañar entradas, pero no llegarían a la profundidad de Fordow. De hecho, informes sugieren que Israel empleó alguna GBU-28 en ataques recientes (por ejemplo, contra Natanz) e incluso pudo lanzarlas contra Fordow, sin resultados decisivos. En el mejor de los casos, ataques sostenidos con estas bombas más ligeras podrían haber obstruido túneles, dañar sistemas de ventilación o sellar puertas de acceso, molestando la operación del complejo, pero difícilmente destruyéndolo por completo.

Por ello, solo EE. UU. dispone actualmente de las capacidades convencionales para aniquilar Fordow. En particular, la USAF desarrolló la GBU-57A/B Massive Ordnance Penetrator (MOP), una gigantesca bomba perforante de trece coma seis toneladas pensando específicamente para blancos como Fordow. La MOP puede abrirse camino a gran profundidad antes de detonar, y solo puede ser transportada por bombarderos pesados: hasta ahora, únicamente el B-2 Spirit (bombardero estratégico furtivo de EE. UU.) está certificado para llevarla. Se estima que Estados Unidos posee unas veinte bombas MOP listas para uso, nunca empleadas en combate real. Estas bombas brindan una precisión extrema y fueron concebidas como disuasivo: su mera existencia envía la señal de que refugiar programas prohibidos bajo tierra no garantiza su supervivencia.

"La realidad era que Fordow permanecía intacto y operativo, constituyendo una espina clavada: todos sabían que mientras esa planta siguiera funcionando, Irán conservaría la opción de recuperar su programa nuclear más rápido de lo que podría negociarse su contención"
El nuevo bombardero B-21 Raider, sucesor del B-2 y también furtivo, igualmente estaría destinado a este tipo de misiones de bunker-busting avanzado, aunque entraría en servicio operacional alrededor de 2025-2026. En la coyuntura actual, ningún otro país posee una combinación equivalente de armamento y plataforma: ni Rusia ni China (aliados de Irán) tienen algo equiparable desplegado, y desde luego Israel no disponía de bombarderos pesados ni de la MOP. Por ende, destruir Fordow requeriría la intervención directa de EE. UU., ya sea facilitando el armamento a Israel o ejecutando la operación con sus propios medios.

El dilema surge tras involucrarse abiertamente EE. UU. en un ataque a Fordow, ya que el conflicto escala internacionalmente el conflicto. Washington hasta ahora había apoyado a Israel política e inteligentemente, pero sin implicar fuerzas propias en ataques dentro de Irán. Utilizar un B-2 con MOP sería una participación directa de EE. UU. en la ofensiva, con las implicaciones geopolíticas que ello conlleva. No obstante, ante la dificultad de la tarea, reportes indican que Israel ha presionado a Washington para obtener estas capacidades. Tras los ataques iniciales israelíes de junio de 2025, creció la especulación sobre si EE. UU. proporcionaría a Israel las "herramientas necesarias" para golpear Fordow en caso de ser necesario. De hecho, trascendió que el entonces presidente estadounidense evaluaba opciones, incluyendo el uso de bombas MOP lanzadas por B-2 de la USAF en apoyo a Israel (Williams, 2025). Esta posibilidad refleja la percepción de que Fordow es un objetivo demasiado crítico: dejarlo intacto equivaldría a que Irán conserve la capacidad de reconstruir su programa nuclear en secreto. En palabras del analista Richard Nephew, ex-negociador nuclear de EE. UU., "si Israel quiere evitar que Irán desarrolle armas nucleares, no tiene más remedio que asegurarse de que Fordow deje de ser una amenaza" —implícitamente, contando con la potencia de fuego estadounidense para lograrlo—.
 

Fordow, un objetivo en los ataques de junio de 2025

En la ofensiva desatada el 12–13 de junio de 2025, Israel lanzó ataques aéreos masivos contra las instalaciones nucleares y militares de Irán, marcando un giro dramático en el conflicto abierto. El primer día de ataques, aviones israelíes golpearon Natanz —la principal planta nuclear— destruyendo sus instalaciones superficiales y cortando la electricidad de las galerías subterráneas, lo que arruinó miles de centrifugadoras por pérdida de control de velocidad. También fueron alcanzados otros sitios clave (por ejemplo, un centro de investigación nuclear en Isfahán). ¿Y Fordow? Según informes iniciales, Israel lanzó misiles contra Fordow durante esta campaña, lo que generó alarma inmediata. Sin embargo, a los pocos días el OIEA confirmó que Fordow no había sufrido daños apreciables. De hecho, inspectores internacionales pudieron verificar que la planta seguía funcional y "no se ha visto daño en Fordow", en palabras del director general, Rafael Grossi.

Dado que Fordow está diseñado para soportar bombardeos —enterrado bajo la montaña y protegido por baterías antiaéreas—, cualquier ataque israelí inicial con municiones convencionales tuvo un efecto nulo. La persistencia de Fordow tras la primera oleada de ataques dejó en el aire la cuestión de qué pasaría a continuación. El liderazgo israelí rápidamente dejó entrever que Fordow seguía en su lista de objetivos prioritarios. El portavoz militar de las FDI explicó que Fordow es "la instalación nuclear más importante de Irán" y que existía un plan listo para atacarla en cuanto el nivel político dé la orden. Estas declaraciones, el 17 de junio de 2025, subrayaban que hasta ese momento Israel no había "tocado" Fordow precisamente por los "desafíos únicos" que presentaba (estar bajo una montaña).

De hecho, oficiales israelíes desmintieron rumores difundidos en redes durante el fin de semana que afirmaban falsamente que Fordow ya había sido destruido. La realidad era que Fordow permanecía intacto y operativo, constituyendo una espina clavada: todos sabían que, mientras esa planta siguiera funcionando, Irán conservaría la opción de recuperar su programa nuclear más rápido de lo que podría negociarse su contención. Así las cosas, se incrementó la presión sobre EE. UU. para decidir si intervendría. Israel, por sí sola, enfrentaba la disyuntiva de arriesgar ataques convencionales reiterados o intentar opciones encubiertas. No se descartaba que Israel optase por sabotajes especiales —continuando su historial de operaciones clandestinas exitosas, como virus informáticos (Stuxnet) o sabotaje de suministro eléctrico— en lugar de bombardeos tradicionales, para neutralizar Fordow sin provocar las repercusiones de un ataque aéreo masivo.

Se sabe que Israel incluso había barajado en el pasado planes audaces, como incursiones de comandos en helicóptero para volar la instalación desde dentro (operaciones extremadamente riesgosas). Pero todas estas eran alternativas de alto riesgo y resultado incierto. Por lo tanto, la opción más eficaz seguía siendo un ataque directo con bombas perforantes de gran calado —es decir, con participación estadounidense—. El debate interno en Washington trascendió a la prensa: se reportó que el presidente de EE. UU. "aún no tomaba una decisión" sobre unirse a los bombardeos, pero simultáneamente se filtró que estudiaba seriamente "sumarse a los ataques israelíes contra sitios nucleares iraníes" usando los medios a su disposición. En Tel Aviv, esta expectativa se tradujo en la declaración de un oficial de que "en una semana podríamos eliminar los principales sitios nucleares restantes" —una clara alusión a Fordow— si contaban con el apoyo necesario. En resumen, durante los ataques iniciales de junio de 2025, Fordow estuvo en la mira, pero no fue alcanzado. Todo apuntaba a que, de continuar la escalada, Fordow sería el siguiente objetivo en cualquier nueva fase de la operación, ya fuera mediante un golpe de mano israelí o —más probablemente— con la asistencia decisiva de Estados Unidos para superar su coraza de montaña.
 

Implicaciones de un ataque a Fordow: disuasión, escalada militar y reacción internacional

Un ataque exitoso contra Fordow ha tenido profundas repercusiones en varios niveles. La operación fue ejecutada por bombarderos furtivos B-2 de la Fuerza Aérea estadounidense, la operación "Midnight Hammer". En términos de disuasión, los efectos resultan paradójicos. Por un lado, la eliminación de Fordow envía un mensaje inequívoco a Teherán de que Israel y Estados Unidos están dispuestos a hacer "lo que haga falta" para frenar un Irán nuclear. Cabe pensar que esto refuerza la disuasión hacia futuros intentos: demostración de resolución y capacidad. De hecho, a corto plazo retrasaría significativamente cualquier posibilidad de que Irán fabrique armas nucleares, al destruir su instalación más segura y probablemente arrasar también sus reservas de uranio enriquecido allí. Sin Fordow, la opción nuclear de Irán queda muy maltrecha, lo que en teoría disuadiría a sus líderes de continuar por ese camino bajo amenaza de más golpes.

Sin embargo, numerosos expertos alertan de lo contrario: un ataque así podría acabar con la paciencia estratégica de Irán y empujarlo a acelerar abiertamente aquello que hasta ahora había pospuesto —es decir, la decisión de construir armas nucleares—. Heather Williams advierte que estas agresiones "endurecerá la determinación iraní de desarrollar armas nucleares", pudiendo llevar a una proliferación nuclear en Oriente Medio. De forma similar, Richard Nephew señala que, tras ser atacado, "es poco probable que Teherán quiera quedarse en el umbral; la probabilidad de un breakout nuclear iraní es mayor hoy que hace una semana". Es decir, Irán podría concluir que su única garantía de disuasión frente a futuras agresiones es poseer su propia arma nuclear lo antes posible, ya que su capacidad convencional no logró impedir el ataque. Este resultado implicaría el fracaso de la disuasión original (preventiva) y abriría la puerta a una carrera desesperada por la bomba, con el riesgo de desencadenar a su vez una respuesta similar en otros países de la región (Arabia Saudí, Turquía, Egipto, etc., que podrían buscar equilibrar un Irán nuclear). En suma, destruir Fordow podría disuadir a Irán en el cortísimo plazo, pero a costa de convencerlo de que necesita una disuasión nuclear propia a medio plazo, cambiando radicalmente la dinámica de seguridad regional.

"Destruir Fordow puede disuadir a Irán en el cortísimo plazo, pero a costa de convencerlo de que necesita una disuasión nuclear propia a medio plazo, cambiando radicalmente la dinámica de seguridad regional"
En cuanto a la escalada militar, atacar Fordow ha expandido y agravado el conflicto Irán–Israel. Hasta antes del ataque, Irán había respondido a los ataques israelíes con lanzamientos de misiles convencionales y drones contra territorio israelí, causando daño limitado. Pero sus líderes militares y políticos verían la destrucción de Fordow —un activo estratégico nacional— como una agresión existencial, posiblemente igual de grave que si atacaran al liderazgo iraní. Bajo esa percepción, Teherán se siente liberado de cualquier autocontención: se pueden esperar represalias mucho más contundentes y menos previsibles.

Irán dispone todavía de un amplio arsenal de misiles balísticos de medio alcance capaces de alcanzar cualquier punto de Israel en grandes salvas; en un escenario de "nada que perder", podría lanzar ataques mucho más masivos contra ciudades israelíes, instalaciones estratégicas (como puertos, plantas químicas) e incluso contra objetivos estadounidenses en la región (bases militares en el Golfo, portaaviones en Oriente Próximo, etc.). Durante el día de ayer, se barajó el cierre del Estrecho de Ormuz por parte del estado iraní, con las consecuencias que acarrearía al comercio. Además, antes de estos eventos, Irán había advertido explícitamente que implicar a EE. UU. traería "riesgos críticos": sus tropas, embajadas e intereses regionales serían blancos legítimos. Una ofensiva estadounidense contra Fordow, por tanto, ampliaría el teatro de la guerra más allá de Israel e Irán. Podemos imaginar ataques iraníes o de sus aliados (milicias chiíes en Irak, Siria o el Líbano, o los hutíes) contra bases estadounidenses, lo que a su vez provocaría contraataques de EE. UU., escalando hacia un conflicto regional generalizado.

Otra dimensión de escalada es la horizontal: actores actualmente al margen podrían involucrarse. Por ejemplo, grupos aliados a Irán como Hezbollah (si aun con capacidad) podrían entrar directamente en guerra contra Israel en apoyo a Teherán. Potencias como Rusia podrían intensificar su asistencia a Irán —quizá proporcionando sistemas antiaéreos más avanzados o inteligencia— e incluso usar su influencia para dificultar las operaciones occidentales (por ejemplo, bloqueando resoluciones en la ONU, o amenazando con abrir otras crisis internacionales como medida de distracción). En definitiva, golpear Fordow ha llevado la confrontación a un nuevo nivel de intensidad y alcance, rompiendo los límites geográficos y de intensidad que habían contenido el "juego de sombras" previo.

La reacción internacional a un ataque contra Fordow sería de condena generalizada, aunque con matices importantes. Formalmente, Irán sigue siendo miembro del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y Fordow, aunque secreto en su origen, es una instalación declarada bajo vigilancia (intermitente) del OIEA. Un bombardeo preventivo sin mandato de la ONU ha sido visto por muchos países —particularmente los No Alineados, China, Rusia— como una violación de la soberanía iraní y un peligroso precedente. 

Sin embargo, las potencias occidentales aliadas de Israel matizaran su postura: la Unión Europea y el Reino Unido, aunque abogaron por la diplomacia, podrían culpar a Irán por haber provocado la situación al avanzar su programa (postura similar a la tenue crítica internacional tras Israel bombardear el reactor iraquí Osirak en 1981). En cuanto a la opinión pública global, un ataque a Fordow ha suscitado temores sobre las consecuencias radiológicas y humanitarias. El director del OIEA Grossi ya advirtió que "la escalada militar aumenta el riesgo de una liberación radiológica con graves consecuencias para las personas y el medioambiente". Si bien Fordow es una planta de enriquecimiento (no un reactor nuclear), la dispersión de material radiactivo como gas UF (hexafluoruro de uranio) por bombardeos podría generar contaminación química y radiológica local. Tales escenarios pondrían en alerta a países vecinos y organizaciones internacionales de salud y medioambiente.

En el plano diplomático, un ataque a Fordow ha dinamitado lo que quedaba de la vía negociada respecto al programa nuclear iraní. Cualquier esperanza de reactivar un acuerdo tipo JCPOA desaparece tras una acción militar de esa magnitud. Es más, es muy probable que Irán responda abandonando por completo los compromisos internacionales: podría expulsar a los inspectores del OIEA y hasta retirarse del TNP, liberándose de cualquier restricción legal para buscar armas nucleares. Esto confrontaría a la comunidad internacional con un Irán aislado y resuelto, similar al caso de Corea del Norte tras los bombardeos estadounidenses de 2003 en Irak (Pyongyang se salió del TNP y aceleró su programa nuclear). Algunos analistas señalan que, paradójicamente, después de destruir Fordow Occidente tendrá que ofrecer garantías extraordinarias o inspecciones intrusivas para frenar a Irán, pero dudan de que Teherán las aceptara después de haber sido atacado militarmente. La experiencia histórica apoya ese pesimismo: tras la guerra del Golfo de 1991, a Irak se le impusieron inspecciones estrictas que finalmente colapsaron con el tiempo, pese a haberse destruido su programa nuclear por la fuerza.

En conclusión, Fordow se ha convertido en un punto focal estratégico en la confrontación Irán—Israel—EE. UU., al concentrar en sí mismo las mayores apuestas de ambos lados. Para Irán, simboliza la resiliencia y la posibilidad de alcanzar el umbral nuclear a salvo de sus enemigos; para Israel, representa el blanco más desafiante, pero imprescindible de eliminar si quiere garantizar que Teherán no construya la bomba. La lógica de la confrontación, descrita por Schelling, nos dice que alrededor de estos "puntos focales" se desarrollan las dinámicas de disuasión y coerción más delicadas. Atacar Fordow sería cruzar una línea de escalada sumamente peligrosa, con implicaciones impredecibles. Solo Estados Unidos posee los medios militares convencionales para hacerlo —lo que internacionalizaría aún más el conflicto—. Y aunque su destrucción retrasaría el programa nuclear iraní, también podría marcar el fracaso definitivo de la disuasión, empujando a Irán a tomar la decisión que hasta ahora había evitado. La reacción mundial oscilaría entre el alivio por eliminar un riesgo de proliferación y el temor a las consecuencias de una guerra abierta y de la erosión del orden legal internacional. En última instancia, la cuestión de Fordow ejemplifica el delicado equilibrio de la estrategia nuclear contemporánea: cualquier acción destinada a impedir una amenaza puede, si no se dosifica cuidadosamente, desencadenar exactamente el desenlace que se quería evitar. Como diría Schelling, es el sombrío arte de la coerción en acción, donde Fordow funge como pieza central en el tablero de la negociación violenta.
Juan José de Arriba Muñoz
Juan José de Arriba Muñoz
Profesor adjunto en el IE y en la Universidad de Navarra
Participación