Martes, 28 de julio de 2026
EN PROFUNDIDAD

Europa ante el abismo demográfico: integrar o desaparecer

Europa entra en una fase crítica y necesita un cambio de rumbo. En la segunda parte de su análisis sobre la geopolítica de la demografía, el consultor Antón Gómez-Reino advierte que el continente europeo está perdiendo población, peso geopolítico y capacidad económica a un ritmo acelerado. Frente al hecho de que "no existe vía para recuperar la natalidad sin recurrir a la inmigración", el autor recuerda que "la demografía es imprescindible para perdurar", y que Europa necesita entender la inmigración de forma positiva si quiere seguir siendo un actor relevante en el tablero mundial.

Antón Gómez-Reino Antón Gómez-Reino 22 de noviembre de 2025
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Europa se enfrenta a un enorme reto demográfico que puede definir su futuro geopolítico más inmediato. | Unsplash / Taheed Ahmad
Europa se enfrenta a un enorme reto demográfico que puede definir su futuro geopolítico más inmediato. | Unsplash / Taheed Ahmad
Durante gran parte del siglo XX, Europa fue el epicentro demográfico y económico del mundo. En 1900, los países que hoy conforman la Unión Europea representaban cerca del 25% de la población mundial y más del 40% del PIB mundial. A mediados del siglo, tras dos guerras devastadoras y un proceso de reconstrucción que alimentó un nuevo ciclo de prosperidad, el continente —aun dando paso al dominio hegemónico estadounidense— mantenía todavía un peso poblacional y económico determinante a escala planetaria.

Hoy, sin embargo, esa realidad ha cambiado radicalmente. En 2025, la UE apenas agrupa al 5,5% de la población del planeta y su peso económico ronda el 14% del PIB mundial. Si la tendencia actual se mantiene y no damos un giro a nuestras políticas migratorias, en 2100 Europa será el espacio más envejecido del mundo, con una edad media por encima de los 50 años y una población que podría descender por debajo de los 400 millones de habitantes. En un planeta que superará los 10.000 millones de personas, el espacio europeo podría convertirse definitivamente en una periferia demográfica, económica y política.

"Para que los países de la Unión Europea (y Europa) podamos tener un futuro próspero, la inmigración no solo es necesaria, sino que es imprescindible"
En mi anterior artículo,
"El mundo se reordena", señalaba a grandes rasgos algunas coordenadas generales de la cartografía demográfica del mundo. Europa envejece, América madura, África crece y Asia se reorganiza. Ante esta perspectiva demográfica, y frente a la constante proliferación de discursos antiinmigración en el seno del proyecto europeo, cabe preguntarse: ¿Tiene futuro la (ya) vieja Europa? La hipótesis de este artículo es clara: para que los países de la Unión Europea (y Europa) podamos tener un futuro próspero, manteniendo los Estados del bienestar e índices de desarrollo sostenibles, la inmigración no solo es necesaria, sino que es imprescindible.

Los tres bloques demográficos de Europa

Los datos recientes confirman esta dependencia estructural. En 2024 el crecimiento neto de la población europea —alrededor de un millón de personas— se debió exclusivamente al saldo migratorio positivo. Si no fuera por él, Europa ya estaría en una senda de decrecimiento acelerado. El mapa demográfico, con todo, no es homogéneo y dibuja tres grandes bloques que revelan hasta qué punto la vulnerabilidad demográfica del continente está vinculada a cómo se enfocan país a país las políticas públicas, especialmente las de bienestar, empleo y migratorias.

En el primer bloque, conformado por los países más envejecidos —Hungría, Polonia, Grecia, Bulgaria, Rumanía, Croacia, los países bálticos e incluso Italia—, las políticas demográficas, migratorias, identitarias y reactivas han consolidado un círculo vicioso: menos nacimientos, más emigración y una resistencia política a la inmigración que acelera la contracción poblacional. Con tasas de fertilidad entre 1,2 y 1,3 hijos por mujer y una edad mediana que supera los 45 años, estos países afrontan una contracción de su base demográfica que compromete su capacidad de crecimiento y sostenibilidad económica. La emigración, especialmente de jóvenes cualificados, hacia diferentes países de Europa Occidental, agrava el desequilibrio interno.

"En algunos casos, como el de Bulgaria o Lituania, la población total se ha reducido más de un 20% desde 1990, una cifra sin precedentes en tiempos de paz"
En algunos casos, como Bulgaria o Lituania, la población total se ha reducido más de un 20% desde 1990, una cifra sin precedentes en tiempos de paz. Pero este escenario encuentra en Italia su caso paradigmático. Roma es una de las locomotoras históricas de la UE y la tercera economía de la zona euro (todavía por encima de España), pero hoy encarna la crisis demográfica con especial intensidad. Con 1,2 hijos por mujer, su población envejece y se reduce mientras miles de jóvenes cualificados emigran dentro de la UE, especialmente a Alemania (el 12,8%) y —atención a este dato— a España (el 12,1%). Como señalaba la revista
Internazionale esta misma semana: "El problema de Italia es la emigración, no la inmigración". Las políticas reactivas a la inmigración, (como el estado de emergencia frente a la inmigración, descrito aquí por Ruth Ferrero-Turrión) profundizan el declive poblacional italiano, señalando en el país de Meloni a la demografía como un factor de vulnerabilidad para su desarrollo y competitividad presente y futura.

El segundo bloque agrupa a países que muestran una cierta estabilidad demográfica o incluso un ligero crecimiento, si bien está sustentado casi exclusivamente en la inmigración —particularmente España, Alemania, Portugal o Bélgica—. Estas economías, con natalidades oscilando en la media europea (1,2–1,4 hijos por mujer), han encontrado en la inmigración un mecanismo de compensación demográfica y económica. En el caso español, por ejemplo, la población ha pasado de 40,5 millones en 1999 a rondar los 50 millones en 2025, un incremento de casi un 20% en un contexto europeo de estancamiento. En general, esta permeabilidad les ha permitido sostener o incluso potenciar su crecimiento económico.

Por ello, España ofrece una enseñanza relevante. A pesar de una natalidad muy baja —1,3 hijos por mujer—, el país ha mantenido crecimiento poblacional sostenido en las últimas dos décadas gracias a la inmigración. Entre 2000 y 2023, el país ha recibido más de siete millones de personas migrantes, y ello ha contribuido de manera decisiva a sostener el empleo, la recaudación fiscal y la renovación generacional en amplios sectores productivos. Esa vitalidad demográfica, sumada a un proceso de integración positivo, explica también parte del crecimiento económico sostenido de España en comparación con otras economías más envejecidas. Pero el desafío no termina ahí. Como hablaremos en el último artículo de esta serie, la consolidación de una segunda generación plenamente integrada, el acceso a la vivienda y la cohesión territorial siguen siendo los retos estructurales del proceso demográfico español.

El tercer bloque lo constituyen países —como Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Irlanda o Francia— que mantienen tasas de natalidad relativamente más altas (1,6–1,9 hijos por mujer) y una población en crecimiento gracias a políticas públicas y flujos migratorios estructurales mantenidos en el tiempo. Es obvio que algunos de ellos tienen pendiente encarar procesos de integración positivos, pero además de los datos demográficos, las cifras económicas sobre la aportación de las poblaciones migrantes son irrefutables: mientras que su impacto presupuestario es muy limitado, colaboran a sostener el equilibrio entre personas activas e inactivas, y su contribución neta a la economía y las cuentas públicas es decisiva.

La inmigración es positiva y necesaria

Ante el avance de discursos identitarios que buscan señalar a las personas migrantes como responsables de todos los males sociales, es necesario afirmar con claridad —desde una perspectiva democrática y orientada al bien común— el valor objetivo que la inmigración aporta al dinamismo económico y social de los países europeos. Como señalaron en estas páginas Gonzalo Fanjul y Carles Campuzano, "fomentar la inmigración debería ser de izquierdas y de derechas". No se trata solo de una cuestión de respeto estricto a los derechos humanos, sino de reconocer que, sin la aportación migratoria, Europa vería rápidamente agravados su economía y su pirámide demográfica.

Del mismo modo, resulta evidente que las políticas públicas deben garantizar procesos sólidos de integración social y laboral. Pero no debería haber espacio, ni desde la defensa de los derechos fundamentales, ni desde la responsabilidad con el desarrollo económico y social del país, para discursos que alientan el odio con un único objetivo: aumentar su porcentaje de voto a costa de ocultar que sus propuestas hundirían demográfica y económicamente el futuro de su propio país.

"Ningún país desarrollado, ya sea de matriz cultural occidental u oriental, ha conseguido invertir de manera sostenida el retroceso demográfico mediante políticas natalistas"
Es importante subrayar, frente a las promesas ultraconservadoras de carácter identitario, que ningún país desarrollado, ya sea de matriz cultural occidental u oriental, ha conseguido invertir de manera sostenida el retroceso demográfico mediante políticas natalistas. Se puede disminuir temporalmente este retroceso con incentivos, pero todos los casos —de Hungría a Corea del Sur, de Polonia a Japón, de Francia a Singapur o China— muestran que los repuntes son efímeros, extremadamente costosos y estructuralmente insuficientes. Las sociedades avanzadas no han encontrado una vía para recuperar la natalidad sin recurrir a la inmigración.


En el mapa de la demografía europea hay conclusiones evidentes. En primer lugar, podemos señalar una relación directa entre políticas migratorias reactivas y crisis demográfica. Los países que han optado por políticas migratorias restrictivas u hostiles —Hungría, Grecia, Bulgaria, Rumanía, Croacia, los países bálticos o Italia en su giro reciente— están comprometiendo su propio futuro. Al calor electoralista de la bandera de la identidad, están renunciando a los instrumentos más eficaces de sostenibilidad demográfica y económica: la apertura, la integración y la consolidación de sociedades dinámicas con una pirámide poblacional sostenible que aporte mejores proyectos de vida para todos sus residentes.

En segundo lugar, la brecha demográfica campo-ciudad es un acelerador del distanciamiento económico, cultural, social y electoral entre áreas urbanas y territorios rurales. Las capitales y las áreas metropolitanas concentran población y oportunidades, mientras vastas zonas rurales y regiones interiores pierden habitantes, servicios y capacidad productiva. La brecha territorial —y su manifestación política y electoral, que está en el centro de la eclosión de la derecha radical— es, en realidad, la más cruda expresión de la grieta demográfica. Una política demográfica verdaderamente inteligente debe ser también territorialmente equilibrada. No basta con atraer población: hay que generar oportunidades para su mejor distribución territorial.

En este sentido, se da además una paradoja especialmente perversa: las sociedades menos dinámicas son más permeables a los discursos de odio; los discursos de odio llevan a políticas públicas reactivas con la inmigración; el estancamiento demográfico amplifica la crisis económica y todo esto nos conduce a la consolidación de partidos autoritarios. El declive demográfico se convierte así no solo en un fenómeno social negativo, sino en un acelerador político para las fuerzas ultranacionalistas más conservadoras.

Y en tercer lugar, una mirada positiva. Una gestión demográfica eficiente —equilibrio de población en edad de trabajar, unos Estados del bienestar robustos, integración de flujos migratorios y políticas de envejecimiento activo— está estrechamente ligada a buenos resultados económicos. Un mayor peso de la población en edad laboral promueve el crecimiento del PIB a largo plazo, la inmigración es un motor de convergencia económica, la fortaleza del Estado del bienestar ofrece oportunidades de vida y el envejecimiento saludable y las políticas que alargan la vida activa equilibran gasto público y pirámide poblacional.

"Europa fue durante dos siglos un continente de emigrantes: entre 1850 y 1950, más de 70 millones de europeos migraron hacia América, Oceanía o África"
Conviene recordar, además, que Europa fue durante dos siglos un continente de emigrantes. Entre 1850 y 1950, más de 70 millones de europeos migraron hacia América, Oceanía o África, modificando la estructura social, económica y cultural de buena parte del planeta. Millones de italianos, españoles, portugueses, irlandeses o alemanes hallaron oportunidades en países que los recibieron e integraron. Europa prosperó gracias a la apertura de otros territorios cuando el hambre o la pobreza expulsaban a generaciones enteras. Hoy el espejo se ha invertido. Y son muchas las personas que quieren prosperar en nuestras sociedades.

Los retos demográficos y las realidades políticas

Ante este contexto, cabe preguntarse: ¿puede una Europa envejecida y en retroceso demográfico sostener su modelo social y sus economías avanzadas? ¿Tiene sentido pensar que el Estado del bienestar puede sobrevivir sin inmigración en un contexto de declive poblacional estructural? ¿Podemos permitirnos discursos de odio y políticas antiinmigración cuando la realidad económica y social exige exactamente lo contrario? Y, sobre todo, ¿se atreverían quienes promueven retóricas xenófobas a explicar las consecuencias reales que sus propuestas tendrían para el empleo, el crecimiento y la sostenibilidad del propio Estado del bienestar?

Sin migración, Eurostat proyecta una caída de población de hasta un 34% para 2100, con efectos devastadores sobre el empleo, las pensiones, la innovación y el propio peso geopolítico europeo. Por contra, las proyecciones que articulan una Europa con capacidad dinámica de integración muestran que solo políticas migratorias activas pueden sostener la base laboral, la capacidad productiva y la viabilidad de los Estados del bienestar. Cerrar las fronteras, como algunos proclaman irresponsablemente, no eliminaría el problema: lo agravaría. Una política inteligente —visados ágiles, movilidad circular, reconocimiento de titulaciones, redistribución territorial, fin de los discursos de odio e inversión en integración— convierte la migración en un motor de crecimiento, cohesión y sostenibilidad fiscal.

Zygmunt Bauman, filósofo y migrante que nació polaco, vivió en la Unión Soviética y murió en el Reino Unido, nos recordaba: "La humanidad siempre ha vivido moviéndose. Lo que llamamos migración no es una anomalía, sino la condición misma de nuestra historia". En su último libro, Tierra Baldía, Robert Kaplan reconoce: "El orden territorial del mundo se desintegra. Los Estados ya no controlan sus fronteras ni sus poblaciones". Y estas últimas semanas Londres se llenó de carteles con el lema Thank God for Inmigrants en una campaña que, acompañada de las fotos de Freddie Mercury, Dua Lipa y otros iconos de la cultura británica, pone en valor el papel de los inmigrantes en la sociedad británica.

Parece evidente que la pregunta es ineludible: ¿qué futuro queremos para Europa? ¿Integrar y crecer, o expulsar y menguar? En la geopolítica de la demografía, Europa debe tener claro en su mapa estratégico que pensar constructivamente la demografía es imprescindible para perdurar.
Antón Gómez-Reino
Antón Gómez-Reino
Analista político
Antón Gómez-Reino Varela es un político y consultor. Fue diputado en las Cortes Generales (2016-2023), presidente de la Comisión de Trabajo y vicepresidente de las Comisiones de Exteriores y Constitucional. También ocupó la Secretaría General de Podemos Galicia (2019-2022).
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