Junts se radicaliza por la presión de Aliança Catalana
Junts per Catalunya afronta una encrucijada estratégica tras su ruptura con el Gobierno de Pedro Sánchez. Ante la consulta a la militancia, el politólogo Xavier Calafat afirma que el partido de Puigdemont se debate entre volver al “espacio convergente” o mimetizarse con Aliança Catalana. Y concluye que “si Junts insiste en ser la derecha radical, acabará siendo sustituido por ella".
Carles Puigdemont anuncia la ruptura con el Gobierno desde Perpiñán (Francia) | Glòria Sánchez / Europa Press / ContactoPhoto
La decisión de Junts per Catalunya de romper —o, en todo caso, avisar de que no dará apoyo a unos futuros presupuestos generales— con el actual Gobierno de coalición progresista del Estado llama la atención por muchos motivos. Muchas cosas se están diciendo estos días sobre la maniobra de Junts. Sin duda es cierto que la amenaza de la derecha radical independentista de Aliança Catalana, en ascenso en todas las encuestas y con capacidad de atraer a uno de cada cinco votantes del partido de Puigdemont, ha provocado pánico entre sus alcaldes, que ven con preocupación el horizonte de las municipales de 2027.
"Desde las municipales de 2023 el partido vive tensiones internas sobre si apostar por un retorno al espacio convergente y abandonar el experimento político transversal"
Esto lleva tiempo provocando un giro ideológico en Junts. Desde las elecciones municipales de 2023 el partido vive profundas tensiones internas sobre si apostar por un retorno al espacio convergente —sobre todo después del éxito de la campaña del exalcalde Xavier Trias en Barcelona— y abandonar el experimento político transversal independentista que se construyó con Junts para cabalgar la ola del procés y no quedar desdibujados por los casos de corrupción de CiU y la autenticidad independentista de ERC y la CUP.
La primera fórmula del éxito de Junts
Como recuerdan algunos académicos, la coalición CiU, que había sido la primera fuerza en escaños en todas las elecciones al Parlament, desapareció. Uno de los partidos que la formaban, Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), pasó por diversos procesos de transformación para acabar presentándose a las elecciones como JxCat y encontrar aquí una forma estable de coalición. En este proceso, el espacio radicalizó su postura a favor de la independencia, al tiempo que desdibujó sus rasgos ideológicos y se armó como un proyecto transversal.
Juntsconsiguió aparecer ante la ciudadanía catalana como un partido que no era ni de izquierdas ni de derechas, creciendo en apoyo entre los grupos ideológicos más izquierdistas mientras lo perdía por la derecha. Ese era el Junts que se sentaba a negociar con el Sindicat de Llogateres y, con mil peros, votó a favor de la primera regulación de alquileres, la ley catalana de 2021. Sin embargo, tras el fracaso del procés, otra línea ha comenzado a imponerse. Se trataba de volver poco a poco al peix al cove pujolista como salida al desgaste independentista y a la entrada de la sociedad catalana en una fase de cansancio político. Lo que nadie esperaba es que apareciera en este tránsito una derecha reaccionaria capaz de jugar en el mismo eje identitario que el independentismo y en el mismo eje ideológico que la derecha españolista.
"Hoy es Orriols quien decide el discurso de los de Puigdemont. Si Junts insiste en ser la extrema derecha, acabará siendo sustituido por ella como el partido alfa"
Y aquí llegamos al día de hoy, en que esta amenaza está haciendo saltar por los aires la estrategia de aterrizaje de Junts en su vuelta a la normalidad política con el Estado español. Sin embargo, la dirección del partido de Carles Puigdemontha hecho una apuesta errónea para enfrentarse a esta OPA hostil sobre sus bases, cuadros y regidores. Abandonar su capacidad de instrumento político transversal independentista para encasillarse en el ala derecha del tablero ideológico carece de autenticidad —valor al alza en la política moderna— y resuena constantemente en los marcos de Silvia Orriols. Hoy es Orriols quien decide el discurso de los de Puigdemont. Si Junts insiste en mimetizarse con la extrema derecha, acabará siendo sustituido por ella como el partido alfa de la derecha catalanista. Es lo que ya hemos visto en Europa y cada día más cerca en el Estado español con Vox atrapando a más de un millón de votantes del PP. Los de Puigdemont saben que tienen que hablar de inseguridad, inmigración, rebajas fiscales o preservación de la identidad catalana, pero insistir en hacerlo como Aliança solo alimenta más a esta, desdibujando la identidad propia de los viejos partidos democristianos.
Además, es incomprensible una estrategia que solo tiene visos de empeorar los resultados en unas futuras elecciones generales. Junts puede pensar que el escenario estatal no le interesa, pero nadie que siga la política catalana con interés puede desdeñarlo. Desde que este Gobierno de coalición inició la legislatura, la política catalana se ha trasladado a Madrid. Es en el Congreso donde pueden resolverse las principales carpetas de la agenda catalana como la ley de Amnistía, la reforma de la financiación o el impulso del catalán en Europa.
La confrontación directa y el eje territorial
Insistir en la idea de bloqueo y en el posicionamiento contra el Gobierno progresista junto a PP y Vox simplemente no funcionará. Catalunya votó en el 23J en una clave muy clara: impedir un gobierno PP-Vox y abrir un nuevo marco de diálogo. Y en esa clave votaron también muchos electores independentistas, entre ellos los de Junts. Según el CIS poselectoral, cruzando el recuerdo de voto autonómico por el de las generales de 2023, hasta el 27% de los votantes de Sumar en Catalunya provenían del independentismo. Un 27% votó a Sumar y, como viene siendo habitual por el voto dual, en las autonómicas de 2024 volvió al independentismo; casi un 5% provenía de Junts. También vemos cómo el PSOE consiguió casi un 6% de votantes de Junts. Quizá por esto el resultado de Junts en esas elecciones fue el peor del partido en unas generales. Según los datos del Barómetro del Centre d’Estudis d’Opinió (CEO), la valoración del Gobierno del Estado en Catalunya desde la moción de censura de 2018 ha ido en ascenso, consolidándose tras 2023 con récord de aprobados, manteniéndose en torno al 50% en los últimos meses. Esta tendencia se ve también en el electorado independentista: hoy más de la mitad de los votantes de Junts (52%) aprueban al Gobierno de coalición progresista; un 59% aprueba a Pedro Sánchez y un 55% a Yolanda Díaz. Es evidente que la sociedad catalana valora la vía abierta por el ejecutivo, que ha dejado atrás la represión y ha abierto una nueva etapa política. Quien parece haber entendido esto es ERC. Con un perfil como Gabriel Rufián —ya líder mejor valorado— tiene visos de crecer hasta los diez escaños en unas generales, según el último GESOP. Los microdatos muestran que hasta un 13% de quienes votaron Junts en 2023 se decantarían ahora por ERC, una muestra más de la pérdida de transversalidad de Junts, que solía recibir mucho voto prestado republicano.
Otro factor que Junts debería tener en cuenta es que hoy en España las fuerzas de la derecha, embarcadas en una deriva reaccionaria de largo alcance, persiguen desde hace tiempo hacer modificaciones constitucionales que hagan que un gobierno como el actual, que consideran una anomalía histórica, no vuelva a ser posible. El flamante ideólogo de un gobierno de coalición PP-Vox, Jesús Fernández-Villaverde, reivindica la apertura de un nuevo ciclo político español en consonancia con la nueva orientación de Estados Unidos y suele recordar que en el Congreso de los Diputados "sigue habiendo cuatro partidos carlistas: PNV, Bildu, Junts y ERC". En su explicación sobre las guerras carlistas y el abrazo de Vergara, el profesor de economía de la Universidad de Pensilvania venía a decir que la neutralización de estos partidos sigue siendo una tarea pendiente que no se pudo realizar en el pasado.
"El sostenimiento de la mayoría plurinacional puede garantizar algo que hace tiempo que necesitamos: una democratización de las estructuras y cuerpos del Estado"
Por ello, solo el sostenimiento de la mayoría plurinacional de investidura puede garantizar algo que hace tiempo que necesitamos y que apenas se ha empezado a esbozar en esta legislatura: una democratización de las estructuras y cuerpos del Estado. Es en este eje de regeneración democrática donde Junts tiene un papel a jugar, con la ley de Amnistía como máximo ejemplo de esto y con el poder judicial en rebeldía como el punto final al que apuntar en alianza con el resto de las fuerzas de la mayoría. Este eje debía vertebrar la actual legislatura, ya que es donde hay una mayoría clara. Esta alianza es un paso necesario para reformar un Estado cuyos aparatos y núcleos de poder sobrevivieron casi intactos a la transición desde la dictadura, delimitando de facto el alcance de la democracia y conservando un poder de veto que aún condiciona el juego político entre mayorías y minorías. Sin una democratización profunda del Estado, las izquierdas y las naciones periféricas seguirán ocupando un lugar subalterno, obligadas a pedir permiso para existir en el marco de un orden que nunca terminó de ser plenamente democrático.
El tablero se configura a tres bandas
Hoy, tanto en Catalunya como en el resto del Estado, nos encaminamos hacia parlamentos divididos en tres bloques claros: un bloque reaccionario formado por PP, Vox y Aliança Catalana; un bloque plurinacional pero conservador, donde encontramos a Junts y el PNV; y un tercer bloque, el de las izquierdas plurinacionales en toda su diversidad, representado por el PSOE, Sumar, Podemos, ERC, BNG, Bildu, la CUP o los Comuns. Solo la alianza táctica y coyuntural entre el segundo y el tercero puede garantizar avances reales y una defensa firme de los derechos y de la convivencia. Es la lógica del cordón democrático promovido por la Unidad Contra el Fascismo y el Racismo (UCFR).
"En los datos de los sondeos, una buena parte del electorado de Junts no está en las coordenadas ideológicas que dibuja el partido"
Necesitamos una derecha democrática. La sustitución de Junts por Aliança Catalana es una mala noticia, y el partido debe entender que necesita una agenda propia y una forma diferente de hablar de los temas que preocupan a esa fracción de su electorado. De hecho, en los datos de los sondeos, una buena parte de su propio electorado no está en las coordenadas ideológicas que dibuja el partido. Una pregunta de reciente introducción en el barómetro de opinión del CEO lo muestra: los votantes de Junts consideran que la gente que vota al PP (2,1) y a Vox (1,1) son quienes más antipatía les generan, seguidos de cerca por los votantes de Aliança (3,8). En cambio, aunque suspendan, las izquierdas de Comuns (4,4), CUP (4,8) o PSC (4,6) salen mejor paradas. Por otro lado, la buena valoración de ERC (5,8) confirma la compatibilidad histórica entre sus electorados.
Es decir, que este espacio político tiene mimbres para desarrollarse al lado del bloque de la investidura. Incluso le podría ser más productivo y rentable electoralmente hacerlo que proponerse bloquear al gobierno al lado del PP y de Vox, para lucir cierto perfil no-surrender independentista en Catalunya en su competición con Aliança.
"Lo que alimenta a Aliança es la xenofobia: hasta un 27% del electorado potencial de los de Orriols dice que el principal problema de Catalunya es la inmigración"
Porque lo que alimenta a Aliança es ante todo la xenofobia. Prueba de ello es que hasta un 27% del electorado potencial de los de Orriols dicen que el principal problema de Catalunya es la inmigración, en cambio, las relaciones Catalunya-España que suelen ocupar las preocupaciones de los votantes independentistas ni aparecen en el top 3 de preocupaciones de estos. De hecho, las dos únicas mociones presentadas en el Parlament de Catalunya en todo el año tenían por objeto el velo islámico y los procesos de radicalización en mezquitas. La investigación de eldiario.es también muestra las pocas intervenciones dedicadas a la independencia, la cuestión nacional o, incluso, la lengua catalana por parte del partido que gobierna el Ayuntamiento de Ripoll.
Por tanto, Junts debería dejar de intentar confrontar en esos términos con Aliança, que es lo que parece estar detrás de la última maniobra ejecutada por Puigdemont justo cuando hace ocho años que el Parlament proclamaba la Declaración Unilateral de Independencia. Una maniobra que mina aún más el poder de Junts, bloquea su aterrizaje en la política española y no parece servir para frenar su fuga hacia la extrema derecha.
En definitiva, Junts tiene que decidir de qué lado está: si del lado del bloque reaccionario o del bloque democrático. Si escoge el lado reaccionario, muy probablemente acabará siendo sustituido por la derecha radical; si opta por el bloque democrático, puede mantener influencia decisiva, conservar transversalidad y evitar convertirse en irrelevante en Madrid. La derecha catalanista ha sido, históricamente, una pieza clave en la gobernabilidad española. Renunciar a ese papel puede significar perder su razón de ser.
Xavier Calafat
Politólogo por la Universidad de València. Actualmente trabaja como analista político y se dedica al análisis de datos.