Andrej Babiš vuelve. Así lo constatan los resultados de las elecciones parlamentarias del 3 y 4 de octubre, donde el multimillonario y ex primer ministro checo se impuso con su partido ANO, obteniendo el 34,5% de los votos y ochenta escaños de los doscientos que conforman la Cámara de Diputados. No es mayoría absoluta, pero sí una victoria indiscutible del político más polarizador de la República Checa desde Václav Klaus.
La participación, casi el 69%, una de las más altas de la última década, confirma que los ciudadanos entendieron lo que estaba en juego: una elección sobre el rumbo de la política checa, pero también un referéndum sobre el desencanto con la clase gobernante.
"Durante los últimos años, la coalición de Gobierno se desgastó en luchas internas, escándalos y un creciente distanciamiento con la sociedad"
Para entender este resultado y evitar entender la vuelta de Babiš como un accidente es imprescindible analizar lo acontecido en el país. Durante los últimos años, la coalición de Gobierno, formada por SPOLU (centro-derecha), los Piratas y el movimiento municipalista STAN, se desgastó en luchas internas, escándalos y un creciente distanciamiento con la sociedad. El llamado caso bitcoin, una donación irregular al Ministerio de Justicia, simbolizó ese deterioro donde un episodio menor se convirtió en síntoma de arrogancia y desconexión con la ciudadanía.
Babiš supo esperar. Desde la oposición, cultivó una imagen de gestor eficiente y patriota pragmático. Prometió orden en un país cansado de improvisación, y lo hizo con un mensaje sencillo "los checos primero". No habló de ideología, sino de facturas, pensiones y precios. Su campaña evitó los excesos de la ultraderecha, pero supo explotar las mismas emociones que no son otras que el miedo a la pérdida, desconfianza hacia Bruselas y una nostalgia silenciosa por los tiempos en que todo parecía más estable.
El resultado es que ANO regresa fortalecido y los partidos tradicionales salen debilitados. SPOLU cayó al 23,4%, los Piratas apenas alcanzaron un 9%, y el SPD de extrema derecha perdió impulso (7,8%). El sistema político checo, ya muy fragmentado, se ha vuelto aún más difícil de gobernar.
"Babiš encarna una forma de populismo peculiar: empresarial, tecnocrático y emocionalmente eficiente: un populismo tecnocrático"
Babiš encarna una forma de populismo peculiar: empresarial, tecnocrático y emocionalmente eficiente, algo que se podría denominar como populismo tecnocrático. Su discurso combina la estética del hombre de negocios con el tono paternalista del líder "que no necesita la política para vivir de ella". No promete revoluciones, sino gestión; no desafía abiertamente a la Unión Europea, pero le exige "respeto a la soberanía checa"; y, sobre todo, evita la dicotomía izquierda-derecha en favor de una narrativa moral, los que trabajan frente a los que especulan, los ciudadanos comunes frente a las élites burocráticas.
Es el mismo molde que ha triunfado en buena parte de Europa Central. En Eslovaquia con Robert Fico, en Hungría con Viktor Orbán y, más recientemente, en Austria con Herbert Kickl. Un populismo pragmático, que renuncia a la revolución, pero domestica las instituciones para asegurar poder y estabilidad.
"La crisis del coste de vida o la fatiga democrática han creado un terreno fértil para este tipo de liderazgo híbrido"
En el caso checo, la novedad no está en el mensaje, sino en el contexto. La crisis del coste de vida, el estancamiento industrial y la fatiga democrática han creado un terreno fértil para este tipo de liderazgo híbrido. El votante medio no busca ideología, lo que busca es protección y eso es lo que entiende que gana votando a Babiš.
El problema de Babiš es que, para gobernar, necesita aliados. Con ochenta escaños, ANO se queda a veintiuno de la mayoría absoluta. Las opciones son tres, pactar con SPD (extrema derecha), con AUTO (un partido populista-anti-ecologista de reciente creación) o intentar un gobierno en minoría sostenido por acuerdos parciales.
Cualquiera de las tres vías es inestable. Una alianza con SPD lo acercaría al modelo húngaro, tensionando su relación con Bruselas. Un acuerdo con AUTO daría oxígeno a un movimiento que se nutre del descontento con las políticas climáticas europeas. Y la opción de gobernar en minoría convertiría a Babiš en rehén del Parlamento.
"El presidente Petr Pavel ha advertido que vetará a cualquier ministro que amenace la orientación proeuropea o euroatlántica del país"
Por su parte, el presidente Petr Pavel, antiguo general de la OTAN, ha advertido que vetará a cualquier ministro que amenace la orientación proeuropea del país, o quizás mejor decir, euroatlántica. De este modo
el jefe del Estado en esta República Parlamentaria ejerce de contrapoder ante potenciales tentaciones iliberales con competencias en los nombramientos del gobierno, con derecho de veto legislativo, con influencia en la judicatura y las fuerzas armadas y con la competencia en el ámbito de representación exterior de la República. Estas competencias le permiten no solo bloquear propuestas de ley, sino que además elevaría el costo político y reputacional del propio gobierno.
Una de las áreas en las que precisamente se espera más polémica es en política exterior. Durante los últimos años, Praga ha sido uno de los socios más firmes de Kiev. El nuevo gobierno promete mantener la ayuda humanitaria, pero "reevaluar" la asistencia militar. Es un matiz con consecuencias, el mensaje es que Chequia seguirá apoyando, pero con menos entusiasmo.
En el Consejo Europeo, Babiš podría alinearse con los líderes que reclaman mayor soberanía nacional frente a Bruselas, en especial en materia migratoria y ambiental.
No se trata de un desafío frontal, sino de una negociación permanente donde opera el lema "menos obediencia, más pragmatismo".
Su relación con Orbán es un ejemplo de ese equilibrio donde se establece cooperación táctica, pero sin ruptura. Babiš, como planteara durante su primer mandato (2017-2021) no busca salir de la UE, sino redefinir su lugar dentro de ella.
"Babiš promete subir pensiones y reducir impuestos, sin explicar del todo cómo, pero con el déficit público por encima del 3% del PIB, sus márgenes son estrechos"
Otra de las grandes cuestiones con las que tendrá que enfrentarse el nuevo Gobierno será la economía. El país afronta un crecimiento anémico, salarios estancados y una inflación que, aunque moderada, ha erosionado la confianza en las élites. Babiš promete subir pensiones y reducir impuestos, sin explicar del todo cómo. Con un déficit público por encima del 3% del PIB, sus márgenes son estrechos. Su reto será convertir su narrativa empresarial en resultados. Porque si algo ha demostrado el populismo checo es que la eficiencia se convierte en dogma, y la gestión, en ideología. El problema es que la gestión sin principios puede volverse puro oportunismo, y eso, como ya aprendió en su primer mandato, se paga caro.
En todo caso, es importante leer lo que ocurre en Praga no como un episodio aislado, sino como parte de un fenómeno que atraviesa toda Europa Central, el retorno del populismo gestionario, capaz de apropiarse del lenguaje de la eficiencia mientras debilita los contrapesos democráticos. El mensaje es siempre el mismo "no necesitamos políticos, necesitamos gestores". Pero detrás de ese pragmatismo se esconde una erosión silenciosa del pluralismo, del debate público y de la confianza institucional. Babiš no amenaza con golpes de efecto, sino con la rutina del control donde opera la concentración mediática, la presión sobre la oposición, la política entendida como empresa privada, ¿les suena? Es el autoritarismo blando del siglo XXI, envuelto en discurso tecnocrático.
"La sensación de control y seguridad basada en la experiencia de gobierno de Babiš contrasta con los interrogantes que se abren a partir de ahora"
Las elecciones de 2025 devuelven a Babiš al poder e introducen a la República Checa en una etapa de ambigüedad política. La sensación de control y seguridad basada en la experiencia de gobierno de Babiš, que es por lo que ha votado buen parte de la ciudadanía checa, contrasta con los interrogantes que se abren a partir de ahora en el país sobre calidad institucional, la independencia de los medios y el compromiso europeo del país en un contexto internacional dominado por el trumpismo en todas sus dimensiones. La combinación del plano exterior con los precedentes de gestión de Babiš tales como la concentración de poder, la opacidad y el clientelismo de su primer mandato no hacen augurar nada bueno para la democracia checa.
El regreso de Andrej Babiš simboliza más que una victoria electoral. Es la consolidación de una tendencia regional donde el populismo tecnocrático se convierte en la nueva normalidad política. En la República Checa, el desencanto con las élites, la fatiga institucional y la demanda de eficacia han abierto el camino a un liderazgo que promete orden y gestión, pero que puede erosionar lentamente los fundamentos democráticos. La paradoja checa es clara: el país busca estabilidad a través de un líder que, en su afán de control, puede debilitar los equilibrios que garantizan esa misma estabilidad. En última instancia, el desafío no será solo gobernar, sino demostrar que la eficiencia no tiene por qué ser incompatible con la democracia.