Trabajar más juntos, trabajar mejor y producir "más europeo". En Bruselas casi todo el mundo parece saber la teoría, pero la realidad es que la Unión Europea suele fallar en el examen práctico; eso es algo que ya no se puede permitir un bloque comunitario presionado por el escenario global. La unidad ya no puede ser una quimera, ni lo común un discurso vacío. Se ha dicho muchas veces, pero ahora se ha convertido en algo irrenunciable: la UE tiene que pasar de las palabras a los hechos. La gran pregunta es cómo consigue deshacerse de ese sambenito que la etiqueta como una estructura burocrática pesada, tediosa o ineficiente. La UE, claro, es lenta porque tiene que serlo (no es sencillo poner de acuerdo a veintisiete países). Es el momento.
El escenario global está empujando a la UE a tomar más decisiones en común, aunque la fragmentación en el Parlamento Europeo, el auge de la derecha radical o las inestabilidades parecen mostrar lo contrario. Desde el 2020 la sucesión de acontecimientos ha provocado que todo aquello que parecía tabú se haya convertido en realidad: el fondo de recuperación tras la pandemia, la reforma del mercado eléctrico, el pacto migratorio que se cerró tras más de diez años en un cajón o el cierre del acuerdo político con el Mercosur son cuatro ejemplos de que, si bien casi siempre por culpa de una crisis, la Unión es capaz de arremangarse. Ahora la situación es todavía más inestable, con muchos países virando hacia la derecha radical; pero desandar no es un verbo al que Europa se pueda permitir recurrir.
"La Defensa y la industria son dos prioridades casi tabú, pero irrenunciables"
La UE es ese alumno que deja los deberes para el último día, y eso provoca que suspenda algunos de los exámenes, pero en general —y lejos del pesimismo— las notas son casi siempre mejores de lo que la gente espera. La historia reciente (y no tan reciente) de Europa es un relato de dependencias: de Estados Unidos en lo militar, de China en lo comercial y de Rusia en lo energético. Ya lo avisó Josep Borrell: "Europa no puede ser un herbívoro en un mundo de carnívoros". Así, la autonomía estratégica, ese concepto tan vacío a veces, tiene que llenarse de contenido. Para ello, parece que la fórmula de los fondos de recuperación del covid tiene que trasladarse, por ejemplo, a las inversiones conjuntas en defensa (ya se han sentado las bases). Bruselas quiere adquirir en común al menos el 40% de los equipos de Defensa de aquí a 2030; garantizar que, para 2030, el valor del comercio de defensa dentro de la UE represente al menos el 35% del valor del mercado de defensa de la UE y también avanzar de manera constante hacia la adquisición de al menos el 50% de su presupuesto de defensa dentro de la UE para 2030 y el 60% para 2035.
No se dice abiertamente, pero lo común primará sobre los individualismos porque así lo pide el mundo. En este sentido, en sus primeros cien días de mandato, Ursula von der Leyen ha prometido la llamada Brújula de Competitividad para "cerrar la brecha con EE. UU. y China" y ganarles al menos alguna carrera.
Más innovación, más inversiones, más visión conjunta. Ese plan tiene, además, un tercer punto que es decisivo: el fortalecimiento de la seguridad económica y reducción de dependencias. Resulta evidente, por lo tanto, que ese camino no se puede recorrer de veintisiete formas diferentes; y los precedentes salieron bien. ¿Hubiera funcionado la vacunación contra el covid si cada gobierno hubiera comprado por su cuenta las dosis? Esa pregunta se responde sola.
¿Hay alternativas a esa integración? La realidad es que no, por muchos discursos grandilocuentes que salgan de líderes como Santiago Abascal, Marine Le Pen, Viktor Orbán o Herbert Kickl. Ni siquiera Giorgia Meloni se aleja ya de esa premisa de "más y mejor Europa". Cuando llega la hora de la verdad, todos los excesivos se quedan en eso, en palabras: Hungría no ha podido tumbar la ayuda a Ucrania, nadie ha boicoteado finalmente el pacto migratorio y el resto asumieron, al fin y al cabo, la excepción ibérica para España y Portugal respecto al mercado energético. La lección es que uno, dos o tres países no pueden frenar lo que parece positivo para la UE en su conjunto.
"Polonia tiene una oportunidad de liderar desde la calma, con una presidencia del Consejo transversal"
El batiburrillo ideológico en la UE, tanto en el Parlamento Europeo como en los Estados miembros, es innegable; ahí es donde hace falta un pegamento que pueda acercar consensos otrora improbables. Y por eso todo pasa, al menos a corto plazo, por Varsovia. Polonia tiene una oportunidad de liderar desde la calma, con una presidencia del Consejo transversal.
Hay varios motivos. El primero es que su primer ministro, Donald Tusk, es uno de los líderes más firmes ahora mismo en la Unión, con buenas tasas de aprobación ciudadana, y con un perfil conservador conciliador, capaz de sentarse a hablar con la Italia de Meloni o con la España de Sánchez; el segundo es que Polonia ocupa un puesto clave para potenciar las relaciones con Estados Unidos, como aliado importante en la OTAN, y también como socio primordial para Ucrania. El tercero es que su economía camina con firmeza: aporta una fiabilidad que ahora brilla por su ausencia en el motor de la UE formado por Alemania y Francia.
Ya mirando el escenario global, en la Unión tienen que caer varias vendas de los ojos, principalmente en lo que se refiere a la nueva era de Estados Unidos con la Administración Trump 2.0. Jeremy Cliffe explica que esa presión de Washington puede contrarrestarse, de nuevo, en equipo; con una "coalición" formada por Alemania, Francia, Italia, España y la propia Polonia. Es decir, un abanico geográfico e ideológico que represente bien todas las almas de la UE.
La Unión, como actor global, está verde, más allá de que su intergubernamentalismo —el mayor poder sigue en manos de los países— hace que casi nunca pueda hablar con una sola voz. Eso, al final, obliga a los debates internos y posteriores consensos para después posicionarse en el ágora del mundo.
"Si se superan los dilemas internos, aparecerá el oro para una Europa que sabe que se quiere hacer mayor, pero todavía no ha madurado"
Cuando uno escucha a Ursula von der Leyen asume que la alemana lo tiene todo claro; que sabe lo que hacer. Es decir, que se ha sentado a estudiar. Ahora llega el momento de presentarse al examen y en los apuntes se leen, de nuevo, tres temas. Una UE que juegue el partido internacional y deje de ser el árbitro.
Un impulso económico que aplaque el descontento social (con planes para una vivienda asequible, por ejemplo) y una competitividad real que permita no tener que pedir a los demás aquello a lo que Europa no llega. Los euroescépticos defienden una Europa de las Naciones en la que la excusa perfecta es que la UE "roba soberanía a los países"; pero los hechos demuestran que solo una UE precisamente soberana en los temas clave puede dejar de hablar en voz baja.
Si se superan los dilemas internos, aparecerá el oro para una Europa que sabe que se quiere hacer mayor, pero todavía no ha madurado. La integración europea ya se ha convertido en una obligación, aunque haya muchas posiciones que quieran escoger el camino contrario o las circunstancias actuales llenen la ruta de obstáculos. Tan manida como útil es aquí la palabra resiliencia. Empieza a ser muy poco relevante lo que diga Berlín, Budapest, Madrid, París o Roma; nadie puede solo, y el punto de encuentro siempre ha sido, es y será el mismo: la Unión Europea.