Viernes, 11 de septiembre de 2026
HISTORIA DE UN CONTINENTE

Alemania debe recuperar el lenguaje del poder

Para proteger a Europa de la agresión rusa, el investigador Peter Sies sostiene que los alemanes deben resolver una tensión situada en el corazón de su identidad nacional moderna: el choque entre los ideales de "nunca más fascismo" y "nunca más Alemania". La guerra en Ucrania ha hecho que ese dilema histórico sea una "cuestión estratégica" inmediata.

Peter Sies Peter Sies 11 de septiembre de 2026
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El canciller alemán, Friedrich Merz y el ministro de Defensa, Boris Pistorius, en la inauguración de la Brigada Alemana en Vilna (Lituania). | Yauhen Yerchak / Zuma Press / Europa Press
El canciller alemán, Friedrich Merz y el ministro de Defensa, Boris Pistorius, en la inauguración de la Brigada Alemana en Vilna (Lituania). | Yauhen Yerchak / Zuma Press / Europa Press
"Este Gobierno es fascista", me dijo el año pasado un alto cargo alemán de la Comisión Europea en Bruselas. "Hannah Arendt escribió que el fascismo se alimenta de la exclusión y la persecución de las minorías. Este Gobierno sigue ese guion. Y ahora se está armando. Nada me preocupa más que su poder".

La afirmación habría sido una cosa si el funcionario europeo estuviera hablando del régimen de Moscú. Sin embargo, se refería al Gobierno de Friedrich Merz, en particular a sus políticas migratorias y a su programa de rearme. Por excéntrico que pueda sonar, el comentario resume una vieja obsesión alemana: un miedo ensimismado y, a menudo, desproporcionado a su propia fuerza.

Desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, Alemania ha recorrido un largo camino. En buena medida, ha asumido que hacer frente a la amenaza rusa exige una disuasión creíble y, en palabras del ministro de Defensa, Boris Pistorius, "estar preparados para la guerra". Los presupuestos aumentan, las compras de material militar comienzan lentamente a acelerarse y Alemania se ha convertido en el aliado más importante de Ucrania.

Sin embargo, el profundo recelo del país hacia el poder lo ha convertido en un objetivo natural de la campaña de sabotaje del Kremlin. La lógica es sencilla: alimentar en Alemania el miedo a la guerra y a una escalada horizontal, debilitar a los partidos centristas y asustar a Berlín para que reduzca su ayuda militar a Ucrania, consciente de que, si se resquebraja el pilar alemán, el apoyo europeo podría derrumbarse con él.

Alemania debe responder y, más allá de reconstruir su base de poder duro, reaprender el lenguaje de la política de poder y desarrollar una estrategia en esos términos: una Machtpolitik.

Para entender las dificultades que entraña esta tarea, hay que situarla en el contexto de la República Federal de Alemania (RFA) y de sus tradiciones de política exterior. Dos máximas han marcado la identidad de la República Federal desde que el Tercer Reich precipitó al continente al abismo: "nunca más fascismo" y "nunca más Alemania".

"Los presupuestos aumentan, las compras de material militar comienzan lentamente a acelerarse y Alemania se ha convertido en el aliado más importante de Ucrania"
"Nunca más fascismo" establece un imperativo antiautoritario. Los alemanes se recuerdan a sí mismos que deben "oponerse desde el principio", atentos a la erosión de las instituciones democráticas que, en la experiencia alemana, condujo a las cámaras de gas. Hoy, al recorrer universidades y otras instituciones culturales, la lección sigue presente. La frase "nunca más es ahora" llena los espacios urbanos alemanes como advertencia ante la amenaza de la extrema derecha para la democracia.

Otra respuesta relacionada con el Tercer Reich fue "nunca más Alemania". Acuñado por la izquierda política, el lema nunca fue asumido literalmente por el centro. Sin embargo, su esencia ha condicionado el pensamiento de todo el espectro político: un rechazo firme de las ambiciones imperiales y, en sus interpretaciones más doctrinales, una reticencia posnacional incluso a definir los intereses alemanes, por no hablar de reconocer las necesidades del poder duro.

Es cierto que, durante la posguerra, el antiimperialismo alemán tuvo un efecto estabilizador en el continente. La Ostpolitik de Willy Brandt, canciller de Alemania Occidental entre 1969 y 1974, reconoció las realidades de poder de Europa Central al aceptar la frontera germano-polaca surgida de la posguerra. Los liberales conservadores de la época de la reunificación consolidaron este giro con el Tratado Dos más Cuatro. A diferencia de la República de Weimar, que albergó impulsos revanchistas, la República Federal construyó un consenso nacional en torno al antiimperialismo y rechazó las fantasías extraterritoriales en todo el espectro político alemán.

En un sentido más amplio, el recuerdo de los crímenes nazis y del trauma de la guerra profundizó la incomodidad ante el poder alemán y proporcionó un argumento constante a favor de la contención estratégica. Ya en 1985, el politólogo Hans-Peter Schwarz hablaba de "los alemanes domesticados", que habían pasado de la Machtbesessenheit —la obsesión por el poder— a la Machtvergessenheit —el olvido del poder—.

Durante la Guerra Fría, "nunca más fascismo" y "nunca más Alemania" convivieron con una fricción tolerable, mientras Alemania Occidental era el Estado de primera línea de la OTAN frente al bloque soviético. Al final de la Guerra Fría, alrededor de 4.200 tanques soviéticos estaban desplegados en Alemania Oriental, una realidad que obligaba a asumir los costes de la disuasión. En ese contexto, la pertenencia a la alianza transatlántica protegía a una República Federal vulnerable. Al mismo tiempo, el país mitigaba su incomodidad con el poder mediante una participación activa en instituciones internacionales y cultivando la identidad de una nación amante de la paz, a la vez que buscaba cierto margen de autonomía en su intento de encontrar puntos de acuerdo con los soviéticos.

Los alemanes acogieron con entusiasmo el "fin de la historia", convencidos de que se habían superado la anarquía del sistema internacional y el dilema de seguridad. Muchos atribuyeron la victoria en la Guerra Fría a la Ostpolitik de Brandt y sostuvieron que había suavizado a los regímenes socialistas, preparando el terreno para el "milagro Gorbachov". Esta interpretación deja de lado explicaciones menos cómodas: que la Unión Soviética se derrumbó bajo el peso combinado de una expansión militar excesiva, una economía en crisis y unos costes cada vez más insostenibles para mantener su imperio socialista.

"Los alemanes acogieron con entusiasmo el «fin de la historia», convencidos de que se habían superado la anarquía del sistema internacional y el dilema de seguridad"
La narrativa encajaba con la resistencia alemana a pensar en términos de poder o a utilizarlo. En la corriente política dominante del país, el poder duro pasó a considerarse una reliquia de un pasado catastrófico, algo que en el mundo contemporáneo solo ejercía un Washington de maneras propias del Lejano Oeste. Tras el fracaso de la aventura estadounidense en Irak, muchos en Berlín se sintieron reivindicados: los dirigentes alemanes se reafirmaron en la idea de que habían actuado prudentemente al no seguir los excesos de Estados Unidos.

Con el tiempo, la cautela ante el poder se convirtió en una misión moralizante. Tras considerar superado el poder duro, Berlín dio por hecho que el resto de los países irían convergiendo progresivamente hacia un orden internacional cada vez más pacífico e institucionalizado. En la práctica, la retirada del terreno del poder duro se volvió total y doctrinal, hasta hacer que la República Federal y sus dirigentes fueran incapaces de reaccionar ante los acontecimientos en el exterior. Cuando se desmoronó la premisa fundamental de esta visión del mundo —estar "rodeados de amigos"—, los alemanes no se adaptaron.

El problema nunca fue el deseo de Alemania de reforzar sus vínculos políticos, culturales y sociales con Rusia. El problema fue que muchos alemanes convirtieron a Rusia en una proyección de sus propios sesgos, ambiciones y dogmas. La reconciliación con el Estado sucesor de la Unión Soviética se veía como un trofeo moral, una forma de reparar las injusticias del pasado nazi. De este modo, incorporar una Rusia pacificada a la arquitectura de seguridad europea se convirtió en la gran aspiración de una determinada visión del mundo. La aversión casi doctrinal al poder distorsionó tanto la percepción que Alemania tenía de sí misma como su lectura de los demás.

"La retirada del terreno del poder duro se volvió total y doctrinal, hasta hacer que la República Federal y sus dirigentes fueran incapaces de reaccionar ante los acontecimientos en el exterior"
Un análisis más sobrio habría reconocido que las élites estratégicas rusas hablaban el lenguaje del poder y de las esferas de influencia, y que su visión de las relaciones germano-rusas perseguía otro objetivo: un eje Moscú-Berlín, inspirado en el modelo del Tratado de Rapallo de 1922, como núcleo de un nuevo orden europeo diseñado para alejar a Europa de Estados Unidos.

Pero la visión de la reconciliación resultó tan poderosa y seductora que, incluso después de que Rusia se anexionara Crimea en 2014 y la guerra regresara a Europa, Alemania permaneció instalada en una suerte de negación geopolítica. El fin del "fin de la historia" solo fue reconocido tras la invasión a gran escala de Ucrania y el intento fallido de Moscú de chantajear a Alemania mediante el corte del suministro de gas.

La invasión rusa de Ucrania ha abierto una fractura en el corazón de la identidad alemana y ha puesto al descubierto el choque entre "nunca más fascismo" y "nunca más Alemania". ¿Y si, esta vez, Alemania no es el agresor? ¿Y si, esta vez, ser fiel al antifascismo exige recuperar una Machtpolitik alemana? Sin embargo, el antifascismo alemán tiende a seguir mirando hacia dentro: funciona como advertencia frente a los excesos de Alemania, destinada a domesticar a la bestia nacionalista interna, y no como un compromiso universal para combatir el autoritarismo y el imperialismo, tanto dentro como fuera del país.

"¿Y si, esta vez, Alemania no es el agresor? ¿Y si, esta vez, ser fiel al antifascismo exige recuperar una 'Machtpolitik' alemana?"
Algunas lecciones fundamentales de la catástrofe nazi en Europa nunca llegaron a incorporarse a las máximas alemanas: que una retirada bienintencionada de la política de poder puede abrir la puerta al fascismo procedente del exterior y que el poder sigue siendo una constante de las relaciones internacionales, se quiera reconocer o no. De hecho, el propio Schwarz, que escribió sobre los "alemanes domesticados", también advirtió de que los franceses de los años treinta que decían "mejor Hitler que la guerra" acabaron teniendo ambas cosas.

Los alemanes deberían recordar esta lección a la hora de hacer frente a la amenaza rusa. Algunos consideran la guerra de Ucrania un conflicto entre pueblos eslavos de relevancia limitada para la República Federal. Piensan que presionar a Ucrania para que ceda territorio podría resolver el problema ruso, recuperar el suministro de gas y evitar debates dolorosos sobre las exigencias del poder duro y sus costosas consecuencias.

Se equivocan. La guerra ya representa una amenaza seria, aunque todavía no existencial, para la seguridad alemana. Si Ucrania cae, los países bálticos podrían ser los siguientes, y el artículo 5 de la OTAN —la base de la seguridad de la República Federal desde hace 71 años— se vería sometido a una prueba sin precedentes. Los alemanes tendrían entonces que enfrentarse a una elección clara: enviar tropas o contemplar cómo se erosiona su principal garantía de seguridad. Una Ucrania resiliente constituye la mejor defensa tanto para los países bálticos como para Alemania. Cualquier ataque ruso contra el Báltico tendría que contar con un enorme frente abierto en Ucrania, defendido por un ejército curtido en combate y decidido a liberar el territorio ocupado.

El poder alemán es fundamental para sostener a Ucrania y contener la agresión rusa. Mientras Francia y el Reino Unido parecen consumidos por sus crisis internas, tanto políticas como financieras, Alemania dispone de la capacidad fiscal y la fortaleza industrial necesarias para estar a la altura del desafío.

Por encima de todo, se trata de una prueba para la identidad alemana. Alemania traiciona sus ideales si permite que un agresor arrase Europa Central y Oriental, una región marcada por la violencia masiva de la Segunda Guerra Mundial. Utilizar "Nunca más Alemania" como pretexto para evitar el ejercicio del poder supone traicionar el principio de "Nunca más fascismo" y reducir este imperativo moral a una excusa vacía y autosatisfecha para mantener un pacifismo nacional ensimismado.

¿Cómo debería ser, entonces, una estrategia alemana consciente del poder para disuadir y contener a Vladímir Putin?

"Alemania traiciona sus ideales si permite que un agresor arrase Europa Central y Oriental, una región marcada por la violencia masiva de la Segunda Guerra Mundial"
El primer paso es reorientar la mentalidad estratégica alemana. Su política exterior continúa aferrada a una visión legalista del mundo que considera el multilateralismo un punto de referencia universal. Alemania debería, en cambio, priorizar sus intereses básicos en Europa Oriental y aceptar sus límites en otros escenarios. Eso significa desprenderse de un moralismo reflejo y performativo y reconocer que concentrarse en los ámbitos donde realmente se dispone de influencia no es una forma de hipocresía.

Alemania necesita su propia estrategia para Ucrania. Incluso después de anunciar su Zeitenwende, el "cambio de época", el anterior canciller Olaf Scholz regresó a un viejo guion de la Guerra Fría y dejó las decisiones estratégicas en manos de Estados Unidos. Cuando aumentó la presión para enviar tanques Leopard, Washington redujo su resistencia con el compromiso simbólico de aportar tanques Abrams, lo que permitió a Scholz afirmar que Alemania actuaba "siempre juntos y nunca solos". Ese guion está agotado.

Friedrich Merz lo entiende, pero disuadir a Moscú exige mayor determinación. Durante más de tres años, Alemania ha observado cómo los petroleros de la flota fantasma rusa atravesaban el Báltico amparándose en el derecho del mar y ha respondido a las incursiones de drones rusos sobre Polonia con sermones ya gastados sobre la "falta de respeto al derecho internacional". Al Kremlin le importan muy poco esas admoniciones.

Atribuir a Rusia el incidente con drones en el aeropuerto de Leipzig y vincular a ello posibles contramedidas fueron, por tanto, pasos en la buena dirección. Pero hay que disuadir explícitamente al Kremlin de volver a recurrir a estas maniobras. Existe un precedente revelador: después de que cazas rusos violaran el espacio aéreo estonio en septiembre de 2025, Trump declaró que los siguientes intrusos podrían ser derribados. No volvió a producirse ningún incidente.

"Atribuir a Rusia el incidente con drones en el aeropuerto de Leipzig y vincular a ello posibles contramedidas fueron pasos en la buena dirección"
Este es el juego medido que los aliados bálticos de Alemania practican con Rusia desde 1991: tantear, responder y marcar líneas rojas sin provocar una escalada. Rusia, mientras tanto, lleva años calentando poco a poco el agua en la que se encuentra Alemania, ampliando progresivamente su margen de maniobra. Alemania debe empezar por fin a responder.

Friedrich Merz debería comunicar en privado al Kremlin que cualquier incidente similar al ocurrido en el aeropuerto de Leipzig desencadenaría la entrega de misiles Taurus a Ucrania: un instrumento de escalada vertical capaz de golpear la maquinaria de guerra rusa.

Una vez en el Gobierno, Merz abandonó su anterior defensa de la entrega de este sistema. Scholz se había opuesto alegando que el envío de los Taurus requeriría la presencia de soldados alemanes en territorio ucraniano. Francia y el Reino Unido, en cambio, han enviado personal a Kiev para ayudar a dirigir los ataques con Storm Shadow y SCALP. No es casualidad que las dos potencias nucleares europeas estén dispuestas a asumir mayores riesgos.

Esto deja al descubierto una debilidad mayor: sin una capacidad de disuasión nuclear, Alemania es vulnerable al chantaje. Berlín debe anticiparse a todas las formas de coerción y neutralizarlas de antemano. Imaginemos que Rusia ataca una localidad fronteriza de un país báltico y, al mismo tiempo, lanza amenazas nucleares explícitas contra Alemania. Aunque la credibilidad de la amenaza fuera reducida, ¿estarían los alemanes dispuestos a defender el Báltico si su propia supervivencia estuviera en juego?

Berlín ha interpretado mal repetidamente a un adversario que ha convertido la temeridad y la hostilidad en activos estratégicos. Durante años, Alemania dio por hecho que Moscú no desencadenaría una guerra a gran escala ni utilizaría la energía como arma, escudándose en la aparente fiabilidad de los suministros soviéticos durante la Guerra Fría. Ambas premisas se han derrumbado. Haber subestimado al adversario en el pasado no obliga a equivocarse en la misma dirección en el futuro. Sin embargo, los costes de subestimar la hostilidad del Kremlin son muy superiores a los riesgos de sobreestimarla.

Acostumbrada durante mucho tiempo a confiar en el mejor de los escenarios, Alemania debe prepararse para el peor en sus relaciones con Rusia. Solo una destrucción mutua asegurada creíble puede proteger a Berlín del chantaje nuclear. Resulta difícil imaginar cómo podría lograrse esa credibilidad sin algún tipo de capacidad nuclear alemana. Alemania no debería tentar a Moscú a comprobar si los ideólogos del America First o un populista recién elegido en Francia estarían dispuestos a arriesgar Nueva York o París por Berlín, ni dar por hecho que el Kremlin jamás se atrevería a plantear ese desafío.

"Alemania debe prepararse para el peor en sus relaciones con Rusia. Solo una destrucción mutua asegurada creíble puede proteger a Berlín del chantaje nuclear"
Desarrollar un arma nuclear propia sería, sin embargo, peligroso. El periodo entre el lanzamiento del programa y la entrada en servicio de las armas supondría una fase de extrema vulnerabilidad, que podría propiciar una intensificación de la guerra híbrida rusa, amenazas explícitas e incluso ataques contra el propio programa. Con Rusia alimentando los temores alemanes, el Gobierno federal afrontaría además una fuerte reacción interna.

En este contexto surge una opción menos convencional: Alemania podría adquirir un pequeño arsenal nuclear, acompañado de sistemas de lanzamiento diversificados que complementaran los ya existentes, de Estados Unidos o Francia. Sería un acuerdo extraordinario que rompería con décadas de política estadounidense de no proliferación. Durante la Guerra Fría, Washington tranquilizó a Alemania Occidental integrándola en los mecanismos de compartición nuclear de la OTAN. Una bomba alemana, sin embargo, siguió siendo tabú, mientras Estados Unidos conducía a Bonn hacia el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares.

Francia resulta un socio todavía menos intuitivo. La force de frappe es un símbolo sagrado de la soberanía nacional y se encuentra exclusivamente bajo mando francés. La posibilidad de que Francia entregue armas nucleares a Alemania —su antiguo enemigo— parece hors de question. En los debates sobre la compartición nuclear, los dirigentes franceses han sido explícitos: la autoridad última permanece en el Elíseo.

Sin embargo, Alemania dispone de cierto margen de maniobra. Con ambos aliados existe una pequeña oportunidad. Podría convencer a Francia de conceder a Alemania el control operativo manteniendo una supervisión material estricta: las ojivas y los sistemas de lanzamiento procederían de un arsenal francés y seguirían dependiendo del apoyo técnico de Francia, de manera similar a como el Reino Unido depende de Estados Unidos para sus misiles Trident de fabricación estadounidense.

La oferta también podría resultar más atractiva desde el punto de vista financiero. El atolladero interno de Francia empuja al país hacia una crisis de deuda soberana. Alemania, por el contrario, conserva la confianza de los mercados internacionales de capitales. Una contribución alemana importante al programa francés podría aliviar esa presión: ambos gobiernos se beneficiarían de intercambiar seguridad por margen fiscal.

Del mismo modo, la pérdida de credibilidad del paraguas nuclear estadounidense podría contener las semillas de una solución. La base MAGA de Donald Trump desconfía de los compromisos exteriores. Eso abre la puerta a un acuerdo. Un gran cheque alemán que liberase a unos Estados Unidos sobrecargados de parte de sus responsabilidades de seguridad podría resultar atractivo para la actual Administración. Esta presidencia rupturista parece poco vinculada a los principios tradicionales de la política exterior. En Seúl, ante un dilema similar, algunos responsables señalan que el círculo más próximo a Trump parece abierto a la nuclearización de sus aliados si con ello se reducen los compromisos estadounidenses. Alemania debería adelantarse y demostrar a sus aliados que tiene tanto la voluntad como la capacidad de desarrollar un arma nuclear. Ante la perspectiva de un programa alemán propio, París y Washington podrían preferir conservar su influencia y sus beneficios antes que contemplar cómo la tercera mayor economía del mundo desarrolla su propia capacidad de disuasión.

El regreso a la Machtpolitik exige confiar en las instituciones democráticas alemanas y rechazar la idea absurda de que el fascismo forma parte de algún modo intrínseco de la identidad nacional alemana. El fascismo y el espíritu de revancha, en cambio, se incuban en sociedades humilladas, como ocurrió en Rusia después de 1991 y en Alemania después de 1919.

"El regreso a la 'Machtpolitik' exige confiar en las instituciones democráticas alemanas y rechazar la idea absurda de que el fascismo forma parte de algún modo intrínseco de la identidad nacional alemana"
Es un momento incómodo para abrazar la Machtpolitik, con la ultraderechista Alternative für Deutschland (AfD) al frente de las encuestas. Sin embargo, para la Alemania democrática no existe otra opción que lograr una doble victoria, dentro y fuera del país. Una derrota interna daría poder a quienes celebran en la Embajada rusa. Una derrota exterior —con una mayor influencia rusa en Europa Oriental, miedo a la guerra y una migración masiva procedente del este— fortalecería a los extremistas que aseguran tener la llave del Kremlin.

El canciller Merz ha entendido la gravedad del momento. Ha gastado capital político en proteger a Kiev frente a Donald Trump, ha intentado movilizar a Europa en favor del uso de los activos rusos congelados y ha reforzado la base material del poder alemán. Pero no va por delante de los acontecimientos. Debería dar él mismo pasos sin precedentes: desprenderse de las ataduras unilaterales del derecho internacional y avanzar hacia una capacidad de disuasión nuclear alemana para contener a Putin.

Para los alemanes reacios al poder, como el burócrata de Bruselas, ha llegado el momento de afrontar la realidad. De lo contrario, los acontecimientos pronto dejarán al descubierto su moralismo como una exhibición superficial de virtud. Los verdaderos antifascistas deberían aceptar el regreso a una Machtpolitik dirigida contra un régimen en Moscú que Hannah Arendt habría despreciado profundamente.

Esta pieza ha sido publicada en Engelsberg Ideas y traducida por Agenda Pública.
© Engelsberg Ideas, London, 2026
Peter Sies
Peter Sies
Investigador asociado en Johns Hopkins SAIS Europe.
Es investigador asociado en Johns Hopkins SAIS Europe. Investiga cuestiones relacionadas con la gran estrategia alemana, con especial atención a los factores políticos, económicos y estratégicos que han configurado el enfoque de Alemania hacia la Unión Soviética y, posteriormente, Rusia. Su trabajo más reciente se centra en las relaciones energéticas entre Alemania Occidental y la Unión Soviética.
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