Martes, 1 de septiembre de 2026
INVASIÓN DE UCRANIA

La visita de la CIA a Moscú es solo la punta del iceberg

Egor Kuroptev, analista ruso y director del EK Strategic Communications Center, analiza el momento que atraviesa la invasión de Ucrania en Moscú. Tras la visita de John Ratcliffe al Kremlin, observa que "la lógica interna del Kremlin conecta directamente con el riesgo de una escalada militar en Europa" y añade que el Gobierno ruso "cada vez necesita más que la guerra no termine".

Egor Kuroptev Egor Kuroptev 1 de septiembre de 2026
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El presidente de la CIA, John Ratcliffe, presente en Alaska durante el último encuentro oficial entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin. | Sergei Bulkin / Zuma Press / Europa Press
El presidente de la CIA, John Ratcliffe, presente en Alaska durante el último encuentro oficial entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y su homólogo ruso, Vladímir Putin. | Sergei Bulkin / Zuma Press / Europa Press
La visita no anunciada del director de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú el 25 de agosto se convirtió en noticia. No ocurrió lo mismo con la amenaza que, al parecer, lo llevó hasta allí. Según informaciones publicadas posteriormente en EE. UU., Ratcliffe aprovechó el viaje, entre otras cosas, para advertir a Moscú de que no emprendiera ninguna acción militar que afectara al territorio de la OTAN. La visita importa no porque revelara un riesgo nuevo, sino porque un escenario que llevaba meses asomando en las señales de las élites rusas, la propaganda y las decisiones políticas ha entrado ya en la agenda diplomática pública.

Hace solo un año, la mayoría de las evaluaciones públicas occidentales consideraban una escalada militar directa de Rusia contra Europa un riesgo a medio plazo. El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, hablaba de un horizonte de entre tres y siete años en el que Rusia podría llegar a estar en condiciones de atacar territorio de la Alianza si la OTAN no reforzaba sus defensas. Para la primavera de 2026, ese horizonte había empezado a acortarse. El riesgo pasó de medirse en años a medirse en meses, no porque Rusia se hubiera fortalecido, sino porque la lógica política interna del país se había vuelto más peligrosa.

"El riesgo pasó de medirse en años a medirse en meses, no porque Rusia se hubiera fortalecido, sino porque la lógica política interna del país se había vuelto más peligrosa"
El centro de estudios EK Strategic Communications Center, con sede en Madrid y especializado en Rusia, empezó a documentar este cambio al menos en abril. Un informe publicado el 25 de abril concluyó que el bloque de seguridad ruso no se limitaba a intensificar su retórica contra la OTAN, sino que estaba impulsando abiertamente una ampliación de la guerra más allá de Ucrania, combinando acusaciones de una inminente agresión europea con provocaciones concretas en la región báltica. El 7 de mayo, otro informe documentó la siguiente fase: la propaganda del Kremlin preparaba a la opinión pública rusa para una posible escalada más allá de Ucrania y atribuía de antemano a Occidente la responsabilidad.


Al mismo tiempo, empezaba a hacerse visible una pugna dentro de las élites entre lo que EK Stratcom describió como el "partido de la pausa estratégica" y el "partido de la guerra permanente". El primero incluía a sectores de la élite económica y civil y a figuras como Serguéi Chemezov y Oleg Deripaska. Su argumento no era liberal ni humanitario, sino más bien pragmático: un alto el fuego o una pausa estratégica podían preservar la estabilidad económica y administrativa y dar al régimen margen de maniobra. El campo contrario, arraigado en el aparato político y de seguridad, concebía cada vez más la guerra como un principio organizador del Estado.

A finales del verano, el equilibrio parecía inclinarse en contra de quienes defendían una pausa. El Kremlin había ensayado relatos que permitían presentar un alto el fuego como una victoria. Sin embargo, la evolución posterior apuntaba en otra dirección: preparativos para una posible movilización, una mayor securitización del Estado, una retórica antioccidental más dura y la normalización sistemática de una confrontación prolongada.

Esto cambia la pregunta central. Ya no se trata simplemente de cómo pretende el Kremlin poner fin a la guerra: ¿puede el régimen de Putin permitirse terminarla?

¿Puede Putin permitirse terminar la guerra?

Rusia no está al borde del colapso económico, pero su problema es otro. La economía de guerra que ha contribuido a sostener el empleo, la producción militar y los ingresos de determinados hogares empieza a convertirse en una trampa. El Banco Central recortó su previsión de crecimiento para 2026 hasta una horquilla de entre el 0% y el 1%, mientras mantenía el tipo de interés de referencia en el 14%. Los ataques ucranianos contra refinerías y otras infraestructuras también han hecho más inmediatos dentro de Rusia los costes de la guerra, al contribuir a la escasez de combustible y a la presión sobre los precios.

"La economía de guerra que ha contribuido a sostener el empleo, la producción militar y los ingresos de determinados hogares empieza a convertirse en una trampa"
Conseguir soldados para la guerra también resulta cada vez más caro. Los militares contratados requieren pagos regionales cada vez mayores, mientras el Estado amplía la infraestructura legal, digital y administrativa que podría sostener una nueva movilización. La evaluación de EK Stratcom de agosto detectó una reducción del flujo de reclutas por contrato, un aumento de los costes de reclutamiento y una aceleración de los preparativos legales para una posible movilización posterior a las elecciones, potencialmente encubierta, aunque subrayaba que no constaba ninguna decisión definitiva.


Al mismo tiempo, la opinión pública avanza en la dirección contraria. En febrero, un récord del 67% de los rusos encuestados por el independiente Centro Levada afirmó que el país debía avanzar hacia unas negociaciones de paz; solo el 24% defendía continuar las operaciones militares. En julio, cerca de dos tercios seguían siendo partidarios de negociar.

Para el Kremlin, ese es precisamente el problema. La paz dejaría al descubierto todos los problemas que la guerra permite explicar mediante la existencia de un enemigo exterior: el estancamiento, la caída del nivel de vida, las restricciones presupuestarias, las bajas, la represión y la ausencia de un futuro convincente. Mientras continúe la guerra, el régimen conserva una explicación universal para casi todo lo que sale mal y mantiene un espacio político excepcionalmente amplio para la represión, la censura y otros instrumentos de control autoritario.

"Mientras continúe la guerra, el régimen conserva una explicación universal para casi todo lo que sale mal"
El Kremlin, por tanto, ya no necesita ante todo ganar la guerra. Cada vez necesita más que la guerra no termine. Ucrania, mientras tanto, pierde eficacia como detonante de un nuevo rally-around-the-flag effect, también entre algunos sectores partidarios de la guerra. Los rusos muestran poca disposición a combatir personalmente, mientras los sondeos siguen reflejando una preferencia sostenida por las negociaciones.


Un nuevo ciclo de movilización política —y de coacción para que los rusos acepten sin resistencia la continuidad de una política agresiva— requiere una amenaza de otra escala. Ya no bastaría con decir que "la operación militar especial continúa". El mensaje tendría que ser otro: "Rusia ya no combate contra Ucrania; la OTAN ha entrado en guerra contra Rusia". Tras una escalada militar rusa real en Europa, la movilización podría presentarse como una defensa de la patria con independencia de quién hubiera iniciado el nuevo conflicto; la represión, como una lucha contra colaboradores del enemigo; y las dificultades económicas, como el precio de la supervivencia nacional.

El riesgo de una escalada limitada

Ahí es donde la lógica interna del Kremlin conecta directamente con el riesgo de una escalada militar en Europa. Putin no necesita creer que Rusia puede derrotar a la OTAN, puesto que le basta con creer que la OTAN dudará a la hora de responder de forma adecuada.

"Putin no necesita creer que Rusia puede derrotar a la OTAN, puesto que le basta con creer que la OTAN dudará a la hora de responder de forma adecuada"
El escenario más peligroso, por tanto, no es una ofensiva rusa hacia Varsovia o Berlín, donde Moscú se arriesgaría a recibir una poderosa respuesta militar. Es una escalada limitada que el Kremlin crea poder mantener por debajo del umbral que desencadenaría una respuesta plena de la Alianza. El objetivo sería poner a prueba la defensa colectiva, aumentar el miedo y la división dentro de Europa y recuperar en Rusia la psicología de asedio. El Kremlin se ha ido encerrando cada vez más en una posición en la que la guerra permanente empieza a convertirse en un factor para la supervivencia del régimen de Putin.


La pregunta que Moscú trataría de obligar a responder a los gobiernos europeos es sencilla: ¿están realmente dispuestos a entrar en una gran guerra con una potencia nuclear por una acción militar rusa limitada que afecte, por ejemplo, a un Estado báltico?

El terreno informativo ya se está preparando precisamente para esa pregunta. En julio, EK Stratcom documentó una escalada coordinada de la retórica entre responsables del Kremlin, miembros del aparato de seguridad, propagandistas y canales partidarios de la guerra que presentaban un conflicto con Europa como algo cada vez más inevitable. En agosto, redes vinculadas al Kremlin dedicadas a la manipulación e interferencia informativa extranjera (FIMI, por sus siglas en inglés) estaban construyendo en Alemania, Polonia y los Estados bálticos un modelo de justificación preventiva: Ucrania era presentada como el origen de la amenaza, los preparativos europeos de defensa como preparativos para una agresión y una posible acción futura de Rusia como una respuesta obligada.

"Antes de que se produzca cualquier posible incidente, se está explicando a las audiencias por qué Rusia no debería ser considerada responsable de lo que ocurra después"
Dicho de otro modo, antes de que se produzca cualquier posible incidente, se está explicando a las audiencias por qué Rusia no debería ser considerada responsable de lo que ocurra después. La guerra híbrida de Rusia contra Europa ya está en marcha mediante sabotajes, operaciones cibernéticas, FIMI, injerencia política y presión coercitiva. Las autoridades europeas han vinculado a Rusia con incursiones de drones, sabotajes, ciberataques y otras actividades hostiles en todo el continente. La cuestión no es tanto si el Kremlin tendría que iniciar un conflicto completamente nuevo con la OTAN como cuándo decidirá Moscú convertir en guerra abierta una parte limitada de la confrontación que ya existe.


Hace un año, este riesgo se discutía fundamentalmente en términos de años. Desde la primavera, el horizonte relevante se mide cada vez más en meses.

La visita del director de la CIA a Moscú mostró que el iceberg, visible al menos desde abril en las señales procedentes de las élites rusas, la propaganda y la dinámica interna del régimen, ha salido ya a la superficie de la agenda diplomática y de seguridad.

El error más peligroso hoy es seguir mirando a 2029 o 2030 mientras la amenaza se acerca ya a las puertas de Europa. Europa no puede seguir planificando su preparación para la defensa pensando en algún momento indefinido del futuro. La elección es prepararse ahora o arriesgarse a descubrir más adelante que el momento de hacerlo ya ha pasado.
Egor Kuroptev
Egor Kuroptev
Director del EK Strategic Communications Center
Egor Kuroptev es un exiliado ruso y defensor de los derechos humanos. Experto en defensa, contrainteligencia y análisis político, desempeña el cargo de director en el EK Strategic Communications Center.
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