En un mundo polarizado, en el que
las emociones imperan sobre la racionalidad, el odio es un sentimiento que puede extenderse como una marea incontrolable. No hay que confundirlo con la cólera, que suele ser pasajera, mientras que el odio supera el paso del tiempo.
Nadie nace odiando, sino que odiar es algo aprendido o transmitido. Recordemos los dos minutos diarios de odio que practica una multitud en la novela de George Orwell,
1984, cuando ve aparecer en una pantalla a Emmanuel Goldstein, el enemigo oficial del régimen, y prorrumpe en toda clase de gritos e insultos. Pero, por desgracia, hoy sigue habiendo personas que asumen esa terrible ceguera voluntaria de
entrar en el odio a costa de perder su propia libertad. Están obnubilados por el resentimiento, una emoción que a veces se justifica en nombre de la experiencia personal o de una aspiración de justicia.
No se dan cuenta de que su propia identidad ha sido absorbida por una pasión dominante de la que no les será fácil deshacerse.
"Sin que exista necesariamente un líder populista detrás, las redes sociales pueden favorecer el odio a partir del anonimato"
Existen dos factores que han contribuido a
la consagración del odio: las redes sociales y los movimientos populistas. La combinación de ambos es, por tanto, explosiva. Sin embargo, sin que exista necesariamente un líder populista detrás,
las redes sociales pueden favorecer el odio a partir del anonimato. El anonimato es perfecto porque se elude la responsabilidad. Hace creer que los actos no tienen consecuencias, y esto favorece toda clase de excesos.
Es un elemento de deshumanización por ser muy adecuado cuando se trata de buscar un chivo expiatorio contra el que dirigir los resentimientos acumulados. Además, consagra
una oposición binaria entre el bien y el mal, siempre desde una perspectiva subjetiva, y rechaza radicalmente la posibilidad de perdón. El anonimato contribuye a perpetuar esa cultura de la cancelación en la que se siente a gusto cualquier extremismo. La experiencia de muchas personas al tratar de introducir matices en los comentarios en las redes sociales no es nada positiva. La respuesta del otro lado suele ser
el insulto o el bloqueo, otro sinónimo de la cancelación.
En los movimientos populistas,
el odio, no siempre directo y a veces disfrazado de sospecha, es un ingrediente básico.
El líder autoritario que se presenta como salvador —de un grupo o de un país— agita inexorablemente pasiones negativas. Es el que obliga a las masas a hacer la elección, sin ninguna clase de matices, entre "ellos" y "nosotros". Así,
la ley deja de ser justicia para transformarse en un instrumento de odio.
De esto se dio cuenta la filósofa Hannah Arendt (1906-1975) en
Los orígenes del totalitarismo, donde atribuye al hombre masa los rasgos del aislamiento y de la falta de relaciones sociales. Arendt caracteriza a los movimientos totalitarios como
organizaciones de masas de individuos atomizados y aislados: "El dominio total solo puede lograrse sobre seres humanos que han sido aislados unos de otros". La destrucción del vínculo entre las personas es, en consecuencia,
el camino para la deshumanización sistemática.
La crítica del hombre masa es esencial en esta obra, donde muestra a ese ser humano como
víctima de sus propias emociones y sometido a manipulación. El líder totalitario sabe manipular el resentimiento de todos aquellos que se sienten marginados. Ante las injusticias, transmite la consigna de que la responsabilidad es la del enemigo, sobre todo de un enemigo interior. Triunfa entonces
el esquema simplista que divide el mundo en amigos y enemigos.
Llega un momento, según Arendt, en que
las masas no confían en sus ojos ni en sus oídos, sino en sus imaginaciones. Subraya que la mentira cambió de naturaleza en el siglo XX. Antes, "la mentira era un agujero en el tejido de los hechos" y no afectaba a la política. Pero después apareció la mentira del totalitarismo en la que
"los hechos dependen enteramente del poder de fabricarlos". Por cierto, esta frase aparece de forma casi literal en la película
El mago del Kremlin (2025), de Olivier Assayas, basada en la obra homónima de
Giuliano da Empoli.
"Sin la posibilidad de recibir el perdón, seríamos siempre víctimas de las consecuencias de nuestros actos, pues en muchos casos hemos obrado sin saber con certeza lo que estábamos haciendo"
Para Hannah Arendt,
pensar es un antídoto contra el odio. Reconoce en una entrevista televisiva con el escritor francés Roger Errera en 1973 que el hecho de pensar es una empresa muy peligrosa, aunque no pensar lo es más todavía. Dice lo mismo del reflexionar, que consiste en pensar de manera crítica. Es otra tarea peligrosa, pero no hacerlo lo es más aún. Cabe añadir que habría que reflexionar sobre que el odio que lleva a la destrucción es a la vez una autodestrucción. Sin ir más lejos, Shakespeare plasmó esto en algunos de sus inmortales personajes, como el deforme duque de Gloucester, que se convierte en Ricardo III, o el prestamista judío Shylock en
El mercader de Venecia. No es casualidad que el dramaturgo inglés fuera uno de los autores favoritos de Hannah Arendt. Cabe preguntarse si la lectura de
La tempestad y
El cuento de invierno, en los que aparece el perdón como una fuerza de recomposición humana y social, tuvo alguna influencia en la filósofa. En
La condición humana considera el perdón como
la clave para no dejarse llevar por la espiral interminable de la venganza y para deshacer los actos del pasado. Lo fundamenta, sobre todo, en el respeto por la dignidad del ser humano, pues cree que cada persona es mucho más que lo que hace o lo que piensa. Asegura que, sin la posibilidad de recibir el perdón, seríamos siempre víctimas de las consecuencias de nuestros actos, pues en muchos casos hemos obrado sin saber con certeza lo que estábamos haciendo. La situación se asemejaría a la recreada por Goethe, otro escritor muy admirado por Arendt, en su balada sobre
El aprendiz de brujo,
desencadenador de unas fuerzas que no puede controlar.
Ante la espiral de los resentimientos, no estaría mal pararse a pensar en la famosa escena de Mickey en
Fantasía, de Walt Disney, que recrea la balada.
El pequeño mago cree en las soluciones fáciles y simplistas, y se ve desbordado por la situación. Del mismo modo, los resentimientos, con sus estereotipos sobre el bien y el mal, pueden hacernos
víctimas de sus consecuencias.